Octava de Navidad – Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Fuenteycumbre

Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica a la “Virgen del camino”, a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en su momento inicial y “en la hora de nuestra muerte”.

Se le ha dado ese título en el nuevo calendario litúrgico revisado. La denominación pone claramente de manifiesto que se trata de una fiesta de Nuestra Señora, y que tiene por objeto honrar su maternidad divina con la solemnidad conveniente. Antes de cambiarse el título en 1969, se conocía la fiesta como la “Circuncisión de nuestro Señor”. También se conmemora esto, la imposición del nombre de Jesús al niño de María pero el objeto principal de la fiesta es la maternidad virginal de María contemplada a la luz de la navidad.

1.     Texto  y comentario

1.1. Lectura del libro de los Números 6,22-27.

El Señor habló a Moisés: Di a Aarón y a sus hijos: Esta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré.

Invocarán mi nombre sobre los israeli­tas y yo los bendecirá.

El texto, en cuanto al género, es una fórmula cultual. En cuanto a los destinatarios, el sacerdocio. En cuanto a los beneficiarios, los fieles de Israel. En cuanto al contenido, una bendición de Dios. En cuanto a su origen, Dios. Como fórmula breve y sustanciosa, «bendecir». Bendecir es «decir bien». Y decir bien es desear bien. Y desear bien es hacer bien en cuanto de uno de­pende. La boca de Dios que bendice es el corazón de Dios que desea, es la mano divina que obra el bien. El decir de Dios es creativo, efectivo. Dios que dice el bien a uno, hace el bien a uno. Dios bueno, deseoso de hacer bien.

El sacerdote representa a Dios, es su intermediario. Su oficio es mante­ner y continuar las relaciones del pueblo con Dios. Dios bendice en la bendi­ción del sacerdote. Ha sido puesto por él con esta finalidad. El sacerdote del Dios bueno debe ser bueno. El sacerdote del Dios misericordioso debe ser mi­sericordioso. El sacerdote del Dios que bendice debe hacer efectiva la bendi­ción de Dios. Dios bendice a su pueblo a través del sacerdote. El sacerdote bendice al pueblo en nombre de Dios. Es su oficio, es su función. Invocarán su nombre su nombre sobre el pueblo, y el nombre de Dios, bondadoso y atento, lloverá en la bendición.

La «bendición» habla de protección. Protección de todo peligro, de todo mal: del enemigo invasor, del criminal, del malhechor, de la epidemia, de las catástrofes, del hambre. Dios protege a su pueblo, como la gallina a sus po­lluelos. Es también favor, gracia, paz. La bendición es expresión de una vo­luntad buena que imparte y asegura la paz. Paz con Dios, paz con los hom­bres. Dios bendice a su pueblo en la voz del sacerdote que invoca su nombre.

1.2. SALMO RESPONSORIAL  sal 66, 2-3. 5. 6 y 8

R/. El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros: conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud, y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que lo teman hasta los confines del orbe.

El Señor tenga piedad y nos bendiga.

No resulta fácil catalogar este salmo. Alguien pensaría en una acción de gracias. Otro en una alabanza. Probable, de todos modos, su pertenencia al culto: aire cultual.

Los tiempos del verbo, en subjuntivo, expresan un deseo. Un deseo que se extiende a todos: a los presentes y a los ausentes, al pueblo fiel y al mundo entero. El deseo se convierte, por un parte, en oración; por otra, en invita­ción. El estribillo insiste en la primera: «El Señor tenga piedad y nos ben­diga». Preciosa oración llena de confianza. También jubilosa la invitación a la alabanza: «Que canten de alegría las naciones». Dios piadoso con sus hi­jos, Dios poderoso en su palabra, es la fuente de salvación para todos. La bendición de Dios suscita la alabanza, que ha de ser como la bendición, uni­versal.

1.3. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 4,4-7.

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Cuando se cumplió el tiempo Dios envió a su hijo nacido de una mujer.

Breve, pero densa. Una verdadera síntesis cristológica, la primera; la se­gunda, teológica.

Aunque fuera de todo tiempo, Dios actúa en el tiempo. Obra de condes­cendencia para con el hombre, criatura sujeta al tiempo. El tiempo entra en el plan de Dios. El plan de Dios, salvar al hombre, se realiza en el tiempo. Hay un tiempo «antes» y hay un tiempo «después»: sucesión de los tiempos, diversidad de los tiempos. Tiempo de «preparación» y tiempo de «realización». El plan de Dios modifica o cualifica el tiempo: tiempo de es­pera, tiempo de plenitud. El tiempo llegó a su «momento» cuando Dios deter­minó llenarlo con su presencia, haciéndose tiempo: Dios envió a su hijo. El Hijo de Dios, que ya existía, tomó carne, se hizo hombre, transcurrió su vida en el tiempo. El tiempo recibió así su sentido y plenitud. Para ello había sido creado. El envío del Hijo es la plenitud de los tiempos.

Nació de una mujer, sujeto a todas las contingencias del ser humano en el tiempo. La mujer, la conocemos, es la Virgen María, a ella le tocó, con la aceptación del Verbo, dar plenitud a los tiempos. Un nombre, pues, un lugar, un tiempo. «Nacido bajo la Ley»: en el pueblo de Israel, bajo las disposiciones de un Dios que llevaba a un hombre empobrecido a la riqueza de su Reino Vino a rescatar: a levantar al hombre de su miseria, a liberarlo de la ley que se la recordaba, y a encumbrarlo por encima del tiempo y del espacio que le apresaba. Y para rescatarle se hizo hombre. Participó de su condición para elevarle a la suya: para hacerle de esclavo hijo. Una obra magnífica que da sentido al hombre y a los tiempos. Dios llenó el espacio con su voz y el tiempo con su aliento: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Dios nos libró, en el Hijo, de la Ley y nos hizo hijos de adopción. Cristo es el cen­tro de los tiempos

Hijos. Y no de nombre. Lo que Dios nombra, hace. Decir y hacer, en Dios, es lo mismo. Nos llama hijos, somos hijos. Participamos de su mismo espí­ritu. El Espíritu de su Hijo, que se ha asentado en nuestros corazones, nos hace hijos. Gozamos, inefablemente, de la naturaleza divina. Dios, hecho hombre, continúa llenando nuestro tiempo, haciéndonos hijos. La plenitud de nuestro tiempo, el sentido de nuestro ser, es ser hijos. Hemos recibido el auténtico Espíritu de hijos. El clama en nosotros: ¡Padre! ¡Papá! Pasamos de ser esclavos a hijos una vez liberados de la Ley. Y somos liberados de la Ley porque la ley está en nosotros: el Espíritu Santo. Ungido nuestro corazón por su presencia, se mueve y actúa al unísono con Dios: somos hijos. Y como hi­jos, herederos. Herederos del Reino, coherederos de Cristo. Todo por la libre y bondadosa disposición de Dios. Dios lo ha hecho en su Hijo Jesús.

El tiempo recibe así su plenitud. También en nosotros. Nosotros no somos esclavos del tiempo; somos señores, pues somos hijos. Llenaremos el tiempo si lo llenamos en Cristo, plenitud de los tiempos. Seremos libres si actuamos en el Espíritu. El Espíritu es el preciado Don que nos dispensa el Hijo, nacido de mujer, en el tiempo, para lanzarnos a la eternidad. En el misterio de Cristo, somos Cristo en su misterio.

1.4.Lectura del santo Evangelio según San Lucas 2,16-21.

En aquel tiempo los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Al cumplirse los ocho días le pusieron por nombre Jesús.

Vuelven a re­cordársenos las «maravillas» del nacimiento de Jesús: pastores, establos, María, José, admiración y sorpresa, constante reflexión, por parte de María sobre los acontecimientos. Jesús nace como cualquier niño pobre: sin casa, fuera de la ciudad de Nazaret, a las afueras de Belén, con unos incultos pas­tores de admiradores, todo ello inesperado e inaudito de un Mesías que viene a salvar a su pueblo.

Ahora la circuncisión. Es un hebreo, hijo de hebreos. Hebreos, María, su madre y José, fieles devotos, miembros del pueblo santo de Dios. La circun­cisión es la señal externa que expresa la vinculación y pertenencia a Dios en su pueblo. Cumplen religiosamente la Ley. Al niño se le impone el nombre de Jesús. Nombre elegido de lo alto. Nombre que indica su «misión» y natura­leza: Jesús Salvador. Así en la Anunciación y así a los pastores.

REFLEXIONEMOS:

La Octava de la Natividad del Señor. Es también el día de María. Añadamos como tradicional el día de Año Nuevo. Tratemos de conjugarlos armoniosamente.

La Fiesta, como octava de la Natividad, nos recuerda el misterio del na­cimiento de Jesús, Mesías de Dios. En el fondo, el misterio de la Encarna­ción. Podemos recordar a este respecto, además de lo dicho en la Fiesta del Nacimiento, la verdad que toca S. Pablo en la segunda lectura: Jesús nacido bajo la Ley. Dios, sobre toda criatura, se hace hombre, y depende en todo y para todo, como cualquier niño, en una mujer. Humanidad con todas las con­tingencias anejas a la vida humana. Necesita de los cuidados de los hom­bres, él, que sostiene el mundo entero. La circuncisión es también secuela de la Encarnación. Condición, pues de humildad y necesidad. He ahí el misterio.

El sentido de la Encarnación tiene un nombre: Jesús. Jesús significa «salvador». Eso es Jesús, y para eso ha venido: para salvar. Y la salvación es, es boca de Pablo, una liberación. Una liberación de la Ley. De la Ley ex­terna, mediante una Ley que se hace de nuestra carne, el Espíritu. Se nos ha concedido el Espíritu de Dios. Somos sus hijos. El Hijo de Dios nos ha ele­vado a la dignidad inefable de ser hijos de Dios. Dios es nuestro Padre. Po­demos invocarle con toda confianza y afecto con el nombre de ¡Padre! Es una realidad. Somos, en consecuencia, herederos. Y como hijos y herederos, li­bres, no más esclavos. Nacimos de Dios por el que nació de mujer; nacimos a la Ley del Espíritu por quien se sometió a la Ley de piedra; somos libres por quien se hizo esclavo; somos supertemporales por quien se hizo carne y tiempo. Toda una bendición (lº Lectura). El salmo nos invita a dar gracias y a cantar tal maravilla.

Es el día de la Virgen María. Ese «nacido de mujer» es fundamental. He ahí una mujer hecha Mujer para todos los hombres. En otras palabras, la madre de Jesús es la Madre de todos. Mujer privilegiada, se encuentra próxima, como ninguna, en cuerpo y alma al misterio de Jesús, Salvador. Las oraciones del día van por ahí. A través de ella vino la Bendición. No está de más impetrarla por su intercesión. Madre Virgen, Madre Santa, Madre Buena, Madre Bendita, Madre de Jesús, intercede por nosotros pecadores.

La Fiesta de Año Nuevo nos recuerda, en palabras de Pablo, el tema del tiempo. Somos tiempo y estamos en el tiempo. La Salvación ha consistido en librarnos de esa atadura y lanzarnos a la eternidad: somos herederos del cielo. El tiempo tiene un sentido. Y éste se encuentra en Cristo. Llenaremos el tiempo, llenaremos nuestro tiempo, nos llenaremos a nosotros mismos, si vivimos en Cristo, si vivimos como Hijos de Dios. Un año que comienza es un tiempo más a nuestra disposición para vivir la inefable filiación de Dios en el tiempo. Nos vaciará el tiempo, nos hará esclavos si no le damos sentido y plenitud. Y la plenitud de los tiempos es Cristo. También nuestra plenitud. Somos señores del tiempo, no esclavos. Vivamos el tiempo con toda dignidad. El Espíritu que clama ¡Padre! nos depara toda una eternidad en Dios.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s