Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo A

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Hoy un ciego comparte con Jesucristo el protagonismo de la página evangélica. Siempre, pero mucho más en la época en la que vivía Jesús, el ciego es un hombre que, por su defecto físico, carece de autonomía; un hombre que en determinados momentos necesita de los demás; un hombre, en una palabra, dependiente. El paso de Jesús cerca de este hombre y la atención especial que le demuestra tienen para él una consecuencia inmediata y positiva: queda curado de su ceguera y convertido en un hombre completo y liberado. Ya no necesitará de otro hombre que lo guíe por las intrincadas calles, y ya no necesitará que una mano misericordiosa ponga en su mano extendida una limosna. El ciego del Evangelio se ha convertido, por obra y gracia de Jesús, en un hombre que puede andar solo.

1. Oración

Señor Jesús, de la misma manera como Tú te acercaste a la Samaritana y buscaste que ella se encontrara consigo misma y así contigo,…así también te pedimos que nos ayudes a mirar nuestro corazón y ver cómo estamos viviendo nuestra fe en ti, para ser conscientes de nuestra situación y nuestra realidad, para que Tú puedas ayudarnos a vivir como Tú quieres y esperas de nosotros. Por eso Señor, te pedimos que nos ayudes a encontrarnos a nosotros mismos dejando que Tú nos transformes interiormente, como lo hiciste con la Samaritana. Que así sea.

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