Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Domingo 15 TO

La palabra es eficaz, en particular la palabra divina, porque logra comunicar un mensaje liberador. Esa es la virtualidad profunda de la palabra: expresar la interioridad de la persona. A través de la palabra se hace manifiesto el querer y el proyecto de Dios. En ese sentido la palabra es como la lluvia, cumple el encargo de humedecer la tierra-corazón del hombre. En esa analogía se monta el Señor Jesús al exponer la parábola del sembrador. Las actitudes y disposiciones interiores del oyente de la Palabra pueden diferir. Las respuestas son divergentes. Pero nadie puede hacerse el desentendido, alegando desconocer la oferta y el llamado de Dios. El mensaje se volvió accesible. La primera parte del proceso de comunicación quedó cumplida. La libertad humana será determinante, así unos arriesgarán todo y otros, se quedarán mirándose el ombligo.

1. ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a cuantos se profesan como cristianos rechazar lo que sea contrario al nombre que llevan y cumplir lo que ese nombre significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 55, 10-11

Así dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo,  y no vuelven allá sino después de  empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar,  para que dé semilla al sembrador y pan al que  come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía,  sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

Aquí termina prácticamente el libro del Segundo Isaías. Libro de conso­lación y promesa. Libro de perdón y de gracia. Libro de misericordia y de amor a Israel. Libro que levanta los ánimos decaídos. Libro que anuncia como próxima la vuelta del destierro. Libro que declara vigente la eterna Alianza de Dios con su pueblo. Es la voz que clama: Consolad a mi pueblo (40, 1). Es la voz de Dios creadora y recreadora: que reúne al esparcido re­baño, que recupera la oveja descarriada, que atiende a la débil, que cura a la enferma. Voz que convierte los ríos en desierto, las peñas en fuentes. Voz que, a su paso, levanta de los pedregales y sedientas arenas cipreses, mir­tos, álamos y fronda. Voz de Dios, voz de poder, voz de amor misericordioso. Es Dios mismo que habla.

La palabra del profeta -es el texto- declara la acción recreadora de Dios en curso. Es eficiente desde que sale de su boca. Nada más pronunciarla co­mienza a operar. El tiempo y el espacio sentirán su fuerza. Dios «ha ha­blado» la salvación. Y la salvación comienza. Como la lluvia y la nieve co­mienzan a operar en el momento que caen, y llenan de sentido el tiempo y el espacio del hombre que vive del campo, así la palabra de Dios. No volverá vacía a su Señor. El tiempo y el espacio quedarán, en su debido momento y lugar, henchidos de su vigor.

La palabra de Dios describe una gigantesca parábola: desciende pode­rosa de Dios y arranca, pasando por este mundo, a la humanidad hacia Dios. La Palabra de Dios es Cristo, el Verbo Encarnado. Vino de Dios y, con su poder divino, nos arrastra hacia Dios ¡Bendito el que se deje llevar! ¡Ay del que se quede atrás! La palabra de Dios es eficaz, como es eficaz Dios mismo que la pronuncia. La Eficiencia de Dios, Cristo.

2.2. Salmo Responsorial Sal 64, 10. 11. 12-13. 14

R. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Tú cuidas de la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales. R.

Riegas los surcos, igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes. R.

Coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;
rezuman los pastos del páramo,
y las colinas se orlan de alegría. R.

Las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que aclaman y cantan. R.

Aire de himno. Alabanza. La liturgia recoge la segunda mitad. Alabanza a Dios salvador, dispensador de la vida: en las siembras y cosechas, en la fecundidad de los campos. Él es quien llueve y nieva; él es quien hace correr las aguas del arroyuelo, quien esponja los terrones, quien enriquece y fe­cunda la tierra. De él viven el hombre y los ganados. Dios es bueno. El Dios de los campos de que vivimos y nos alimentamos. El hombre de la ciudad, especialmente, lo va olvidando. ¡Bendito sea Dios que bendice los campos!

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se viera liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

La vida toda de Pablo -su actividad y movimiento- transcurre bajo el signo de la Resurrección de Cristo. Cristo -Jesús de Nazaret- ha resucitado de entre los muertos. Y este magno acontecimiento revela el sentido de todas las cosas. También da sentido a la vida de Pablo, y a la vida de la Iglesia, y a la historia del hombre, y al universo entero. Dios ha comenzado su Obra. Y su Obra es la glorificación, en el Hijo, de toda la creación. La ha revelado Dios en la Resurrección de su Hijo. Y revelar significa, en este caso, dejar ver, comunicar, asociar a. En la glorificación de Cristo ha comenzado ya nuestra glorificación como en el primero y cabeza de todos.

Dios nos ha concedido su Espíritu: el que resucitó a Jesús de entre los muertos. En él le llamanos ¡Padre! Dios nos ha revelado hijos. Somoshijos, here­deros; coherederos, con Cristo y en Cristo, de la glorificación que ya le ha otorgado. Es algo que ya ha comenzado, algo que está ya en marcha, algo que toca ya lo más profundo de nuestro ser: somos en realidad hijos, posee­mos el Espíritu. Nuestra condición, no obstante, temporal -en este siglo- den­tro de los límites del tiempo y del espacio, nos coloca en actitud de espera. Este siglo -espacio y tiempo, corrupción y desorden- opone resistencia al em­peño de Dios. Pero Dios ha iniciado ya la transformación. La oposición que ofrece la actual condición de las cosas, dolorosa y amarga, nos resulta sim­plemente insignificante, si la referimos a la glorificación inefable que nos es­pera. La situación ahora vigente ha de pasar pronto. Prueba de ello es el gemido universal, de agobio y compasión, que se levanta de la creación en­tera hasta Dios creador y recreador de la naturaleza. La creación -orden y equilibrio- sufre violencia. La vanidad del hombre -corrupción y desobedien­cia- la violentan agriamente. El hombre resiste a la voluntad de Dios. La creación se ve obligada, contra su instinto primario, a caminar fuera del destino que le señaló su Creador. El hombre, a quien se le entregó su go­bierno, se ha revelado contra Dios, y sus manos, pringadas de pecado, afean la hermosura de la creación. Y tal violencia y torcedura arrancan un angus­tioso gemido por la liberación. Piénsese en todos los abusos que comete el hombre al margen de la voluntad de Dios: guerras, matanzas, odios, usos innobles… El cristiano, que posee el Espíritu, oye gemir a la creación.

También nosotros gemimos con ella. Nosotros que poseemos las primicias del Espíritu. Dios gime en nosotros, pues en nuestro espíritu gime el Espíritu de Dios. Todo lo que va en contra de la voluntad de Dios nos hace llorar y gemir, suspirar y esperar. El gemido universal es prueba de la disposición de Dios de ordenarlo todo: Dios va a recrear las cosas. Vivimos de la espe­ranza. El cristiano es, por definición, esperanza. Dios actuará, porque Dios ya ha actuado: esperamos la redención de nuestro cuerpo, libre ya de pecado y de muerte, en el acontecimiento soberano de la Resurrección de su Hijo de entre los muertos. Suspiramos, esperamos, gemimos, llevados de la mano por Dios Todopoderoso. Algo grande, muy grande, se avecina: la hora de ser hijos, la redención de nuestro cuerpo, la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: – «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenla tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.» Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: – « ¿Por qué les hablas en parábolas?» El les contestó: – «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender;  miraréis con los ojos sin ver;  porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.” ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»

El capítulo 13 de San Mateo es uno de los cinco pilares sobre los que se asienta la obra. Es el discurso en parábolas: los misterios del Reino. Lo ini­cia la lectura de hoy. Lo continuarán los domingos que siguen.

Podemos distinguir en la lectura de hoy tres partes mayores: la parábola del Sembrador, la cuestión presentada por los discípulos, la explicación de la parábola en boca de Jesús. Vamos a detenernos preferentemente en la pri­mera y en la última, dejando un tanto en la sombra, no olvidando, la se­gunda. La cita de Isaías, traída por Jesús, interesante por cierto, nos lleva­ría mucho tiempo.

Jesús habla en parábolas. Jesús usa comparaciones. Jesús presenta en imágenes plásticas las verdades -misterios- del Reino. Jesús se acomoda a la inteligencia de las gentes que le escuchan. Parece que las parábolas surgen espontáneas en Jesús. Jesús vive intensamente su misión. Con suma agili­dad pasa de las realidades terrenas y humanas a las verdades de Dios. Los usos y costumbres humanos le sirven de arranque para hablar de Dios. Je­sús ve en las realidades humanas las realidades de Dios.

La parábola, tal cual la refiere Jesús, parece poner de relieve este pen­samiento: la palabra de Dios -el Reino- crece y prospera, a pesar de las difi­cultades y obstáculos que encuentra a su paso. Serviría para calmar la im­paciencia escatológica de algunos. El sembrador pierde parte de su semilla, cuando lanza al viento su grano. El terreno, apelmazado en tiempo de la co­secha por los segadores o en verano por los transeúntes, ofrece resistencia al grano que cae. Queda a flor de tierra. No es extraño que lo arrebaten los pá­jaros del cielo. Tampoco es raro encontrar en los campos de Palestina terre­nos poco profundos, con la roca casi a flor de tierra. El grano queda entonces muy somero; no puede echar raíz; pronto se seca. También hay cardos en los campos. Más vigorosos que el trigo, lo sofocan. Grano que también se pierde. Sucede así, con sus más y sus menos, en toda siembra. No es impericia del sembrador: los campos son así. Él cuenta con ello. El terreno fértil tampoco es en toda su extensión igualmente fértil. También sabe esto el agricultor. Hay terrenos buenos, menos buenos y malos. La semilla, con todo, asegura la cosecha del año. A pesar de las dificultades y pérdidas, el Reino, como en el sembrado, crece y se multiplica. Esta es la verdad primaria de la pará­bola. La semilla -la palabra- tiene tal vigor y energía vital que, a pesar de las pérdidas, se expande, crece y multiplica.

La explicación de la parábola, sin embargo (es la tercera parte), desplaza un tanto el acento y, sin olvidar la verdad primaria, todavía al fondo, se de­tiene en presentar, con auténtico interés parenético, las verdaderas condi­ciones del terreno que obstaculizan la fructificación de la semilla. Más que del sembrador es la parábola de los distintos terrenos. Hay una casi com­pleta alegorización de la parábola. Ya no interesa tanto, en primer plano, si se asegura o no la cosecha. Interesa saber, más bien, cuáles son los verda­deros obstáculos que impiden el crecimiento. La palabra de Dios posee la fuerza suficiente para producir el ciento por uno. Pero es el terreno el que condiciona la expansión y el fruto. Conviene conocer los impedimentos. Ahí tenemos, por ejemplo, la indiferencia, el poco aprecio. La palabra no cala; se la lleva el maligno. Ahí están las dificultades y sinsabores que ocasiona el evangelio: tribulaciones, persecuciones, vejaciones, postergaciones, aisla­miento… El que se deja impresionar y presionar por ellas seca pronto la se­milla y se olvida de ella. Para ser cristiano hay que tener hombría y valen­tía. Los que se entregan, por otra parte, a los cuidados de esta vida -riquezas, sensualidad, prestigio, poder, comodidad- sofocan los buenos co­mienzos de la gracia: muere la semilla. Otros, por último, acogen con verda­dero afán la semilla que viene del cielo. Ésta brota con pujanza y produce fruto abundante según el cuidado que se le prodigue: unos treinta, otros se­senta, otros ciento por uno. La advertencia final de Jesús el que tenga oídos para oír que oiga da seriedad al asunto. Urge escuchar atentamente la pa­labra de Jesús: nos va en ello la vida eterna.

El público que escuchaba a Jesús no parece que se dejara impresionar lo suficiente por su predicación. La mayoría no captó la importancia del mo­mento. Lo dejó pasar inadvertidamente. Es el constante lamento de Jesús. No pasaron algunos de mostrar cierta admiración. El grueso del pueblo no se decidió, no cambió, no se convirtió. La cita de Isaías subraya con amar­gura semejante actitud del pueblo. Un pueblo preparado desde siglos atrás por profetas y sabios para este magno acontecimiento, y dejan pasar la oca­sión. Se cierran a las palabras de Jesús. Sin embargo, a pesar de este con­tratiempo, grave por cierto, la semilla ha de fructificar a su debido tiempo. El Reino es así, lleno de misterio. La semilla hay que cuidarla, hay que mi­marla, hay que protegerla contra todo elemento que pueda ponerla en peli­gro. La advertencia de Jesús va para todos los tiempos. Jesús confía a los suyos los misterios del Reino. La entrega expresa con­fianza, y la confianza exige fe. Sólo a los que tienen fe confía Jesús sus mis­terios. Es una nota interesante.

Reflexionemos:

El evangelio nos ofrece el tema principal:

a) La palabra de Dios es eficiente.

1) Nótese, por tanto, en primer lugar la fuerza y eficacia de la palabra de Dios. La parábola del Sembrador la compara con la semilla. Es un ser vivo, capaz de crecer y multiplicarse al ciento por uno. No solamente es capaz de producir, produce de hecho: es eficaz. La semilla, sean cuales sean los obstá­culos que se le opongan aquí en este mundo, ha de producir, ha de prospe­rar, pues es semilla de Dios, palabra de Dios: Dios hablando, Dios haciendo. Y Dios haciendo hace por encima de todo. Lo declara la parábola de forma natural. Es para dar gracias a Dios. Es para alegrarse y confiar: Dios su­pera todas las dificultades. El Reino de Dios ha de progresar. La primera lectura confirma esta afirmación fundamental. La imagen de la lluvia y de la nieve es sugestiva: la palabra de Dios torna a él cargada de fruto. La pala­bra, que anunciaba la vuelta del destierro, operó la maravilla: el pueblo de Dios surgió de nuevo. La expansión del cristianismo da también testimonio de ello.

La segunda lectura corre en otra dirección. Con todo podría traérsela a esta consideración presentándola como fruto de la semilla: somos hijos, so­mos herederos, coherederos con Cristo; poseemos las primicias del Espíritu. Esa es la maravilla que produce en nosotros la semilla de Dios acogida con fe. Fiados de su palabra, pues, eficaz y hacedora, esperamos, como fruto, la vida eterna, la liberación perfecta.- El salmo nos serviría para embellecer la imagen de la parábola. Así de hermosa y grande es la palabra de Dios, como espada de dos filos.

2) El segundo punto podría versar sobre la cooperación humana a esta bendita palabra de Dios. El evangelio lo pone de manifiesto al explicar la pa­rábola. Es esta precisamente su intención: distintos terrenos, diferente fruto. Unos nada, otros algo, otros más. La condición del terreno juega, pues, un papel importante, principal. Dios exige la cooperación humana. Su palabra viene de arriba, como el agua y la nieve. La eficiencia está, pues, en Dios. Pero el agua, la gracia, requiere un terreno abonado y preparado. El desin­terés, la falta de intrepidez y decisión, la falta de entrega, hacen de la siem­bra un trabajo inútil. Más aún, pernicioso: Hb 6, 7-8. Aquí debiera dete­nerse uno para ponderar, con seriedad y reposo, los obstáculos que suelen impedir el éxito de la siembra: riquezas, placeres, cuidados de este mundo, miedo, temor… Sería todo un tratado.- La segunda lectura nos asegura que los trabajos de este mundo no son nada en comparación con lo que Dios nos tiene preparado. ¿Qué es, pues, todo trabajo o pena en relación con el fruto que esperamos de Dios? ¿Qué podría apartarnos de una dedicación plena a la semilla de Dios?

3) En torno a estos temas capitales podrían traerse también: Cristo es la Palabra del Padre, Verdad y Eficiencia de Dios. Dios la ha enviado a la tie­rra para producir fruto. ¿Qué actitud tomamos nosotros frente a ella? La pa­labra de Dios en cuanto promesa: se cumplirá lo que Dios ha prometido. La promesa está ya en marcha. De esa promesa, hecha en parte realidad, de esa esperanza y de ese destino, habla abundantemente la segunda lectura. La urgencia a trabajar y a decidirse viene subrayada por las palabras de Jesús: El que tenga oídos para oír que oiga. Lo mismo el texto de Isaías. Es asunto de capital importancia. ¿Lo dejaremos pasar inadvertidos por los cuidados y trabajos de este mundo? Sería fatal.

b) La segunda lectura es tan rica y sustanciosa que constituye de por sí una serie de temas aparte. Están apuntados en el comentario: • aguardamos la revelación de los hijos de Dios, • la liberación perfecta, • el gemido de toda la creación, • los trabajos de este mundo, • nuestra condición de hijos de Dios… El tema de dispensadores de los misterios de Dios es también sugestivo e interesante.

3. Como oración final

La gloria de Dios es que el hombre tenga vida

Tú eres el Dios vivo y verdadero; el universo está lleno de tu presencia, pero sobre todo has dejado tu huella de tu gloria en el hombre, creado a tu imagen. Tú lo llamas a cooperar con el trabajo cotidiano en el proyecto de la creación y le das a tu Espíritu Santo para que se sea artífice de justicia y de paz, en Cristo, hombre nuevo. Por eso, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos con alegría el himno de tu alabanza: (Prefacio Común IX)

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