Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Domingo 14 TO

Las lecturas  que nos ofrece hoy la liturgia, giran en torno a dos ejes fundamentales: por una parte presentarnos un Dios y un Mesías humilde y pacífico que contrasta con la imagen de Dios poderoso y colérico temido por el pueblo y por otra destacar la importancia de dar gloria a Dios, de alabarle y acudir a Él. Jesús nos muestra con su vida el camino para conocer al Padre y nos deja el Espíritu Santo para ayudarnos a vivir dando Gloria a Dios.

1. Oración inicial:

Padre Santo, Tú que te has revelado y te has dado a conocer en la gente sencilla, en los de corazón abierto, en personas que son dóciles a tu acción en ellos y así responden a tus manifestaciones dejándose guiar y conducir por ti, te pedimos que nos ayudes a dejarte espacio en nuestro corazón,  a dejar que Tú actúes en nosotros y así podamos conocerte cada vez más, experimentando tu presencia viva y vivificante en nosotros y junto a nosotros.

Danos Señor la gracia de aprender de tu Hijo Jesús, nuestro Señor, a amarte y a vivir como Tú quieres, siendo dóciles a tu voz, sensibles a tu presencia y así vivir de acuerdo a tu voluntad, haciendo vida tu proyecto de amor. Que así sea.

 

2. Texto y comentario

2.1. Lectura de la profecía de Zacarías 9, 9-10

Así dice el Señor: «Alégrate, hija de Sión;  canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso;  modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén,  romperá los arcos guerreros,  dictará la paz a las naciones;  dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.»

Segunda parte del libro de Zacarías (capítulos 9 al 14), profeta inmediato posterior al destierro. Origen discutido; probablemente de autor anónimo. Material heterogéneo; estilo menos original que en la primera parte; tiempo de composición bastante posterior. Interesante por el contenido mesiánico. Una serie de textos, dispersos, van señalando con cierta propiedad algunos rasgos del futuro Mesías. Uno de ellos lo tenemos aquí.

Es un anuncio mesiánico, un anuncio de salvación. La estructura es senci­lla:

a) Jubilosa y entusiasta invitación a la alegría mesiánica (evoca a Sofo­nías 3, 14ss): alégrate, canta, mira

b) Descripción del Mesías, efectos de su aparición:

Viene el Rey Justo y Victorioso; Rey Manso y humilde; entra modesta­mente en su Reino. Con él la paz, con el la unión pacífica de los dos reinos, sin rivalidades, sin discordias, hermanados; con él la bendición y la paz a todas las gentes. El Reino se extenderá de mar a mar (Mediterráneo – Mar Muerto) y de río a río (Eúfrates – Torrente de Egipto). La descripción nos re­cuerda al rey David y a su reino. El oráculo tiene un alcance universal.

 

2.2. Salmo Responsorial: Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14

R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás. R.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R.

Dios es Rey. Su Reino es un Reino de gloria. La alabanza surge espontá­nea al solo recuerdo de las obras que la manifiestan: Dios es clemente, Dios es misericordioso, Dios es fiel, Dios es rico en piedad, Dios es bondadoso, Dios sostiene al que va a caer… Por eso, insiste el salmista en la alabanza. La alabanza es al mismo tiempo un reconocimiento por lo recibido y un mo­tivo perenne para la súplica. No ha de cesar en nuestros labios la alabanza, el reconocimiento y la bendición. Toda nuestra vida ha de ser destinada a ello: Te ensalzaré y bendeciré por siempre jamás. Ese es nuestro destino. Hay que acostumbrarse desde ahora a lo que haremos por toda la eternidad (San Agustín).

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 9. 11-13

Hermanos: Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

La carne, de la que habla San Pablo, es el hombre que se deja llevar de sus propios impulsos al margen de Dios. Será amor propio, orgullo, egoísmo, avaricia, lujuria, etc. Espíritu, en cambio, indica el hombre que se deja lle­var por la acción del Espíritu que habita en él. Son dos fuerzas que arras­tran. La una la tenemos, la otra se nos da. A estos dos principios correspon­den dos conductas. El cristiano debe dar muestras en su vida de ser guiado por Dios. El hombre se ha convertido, en Cristo, de carnal en espiritual. El Espíritu que habita en nosotros perfeccionará la obra comenzada, nos trans­formará plenamente como transformó a Cristo. Es nuestra más sugestiva esperanza.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús: – «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre,  sí te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Tras el sorprendente discurso de la misión (capítulo 10), coloca Mateo una serie de relatos débilmente relacionados entre sí. La misma perícopa leída delata el arte de componer de Mateo. Ni siquiera ella presenta una unidad compacta y original. La palabra-concepto revelación sirve de en­lace a dos sentencias que indudablemente estuvieron separadas. Y la subsi­guiente invitación-promesa ha sido quizás también arrastrada por el tema. Lucas ha conservado mejor el contexto original.

Todavía suenan como un eco las palabras de Cristo enviando a sus doce a la predicación de la Buena Nueva (capítulo 10). Más cercano aún (contexto próximo) suena el apóstrofe condenatorio dirigido por Cristo a las ciudades del Lago por no haber apreciado su día. La palabra de Dios no siempre es bien recibida; el evangelio no siempre es cordialmente aceptado. Los humil­des lo reciben; los altaneros lo desprecian o lo dejan pasar desdeñosamente. La palabra de Dios, espada de dos filos, es condenación para unos y bendi­ción para otros. Los más preparados, humanamente hablando, no han hecho caso. Un verdadero misterio.

Dividamos las palabras de Jesús en tres partes:

a) Versículos 25-26.- Exclamación vehemente, profunda e incontenible; go­zosa y jubilosa acción de gracias a Dios (lleno de gozo en el Espíritu Santo, dice Lucas). Una de las pocas oraciones que los evangelios nos han conser­vado de Jesús. La intensidad de la gratitud y de la alabanza le hace pro­rrumpir en alta voz. La oración va dirigida al Padre en sentido propio. Es el Hijo quien se dirige al Padre de forma incomunicable; la filiación de Jesús es única. La oración es afectuosa en extremo. La frase Señor del cielo y de la tierra es un apelativo frecuente en las oraciones judías.

El motivo de la oración de Jesús toca de lleno a su predicación, en parti­cular al resultado hasta ahora obtenido. Los sabios y entendidos han recha­zado el mensaje salvador; los sencillos, los infantes lo han aceptado. Ese es el hecho. Todo dentro del plan de Dios: Dios lo ha querido así. La inteligencia humana, los teólogos de Israel, han sufrido escándalo en Cristo. No les han favorecido mucho sus conocimientos religiosos del pasado de Israel. Antes bien, subidos a ellos, han mirado con desprecio, con envidia y odio quizás, al humilde profeta de Nazaret. Se han cerrado a la revelación y han quedado ocultos, para ellos, el misterio del Reino de los cielos y la dignidad mesiánica de Jesús.

Los infantes y sencillos, los discípulos, en primer lugar, se han abierto sin obstáculo a la revelación del Señor. Su actitud es la fe; han creído en Jesús. A ellos se les han revelado los misterios del Reino y la dignidad de Jesús. Dios, pues, ha tenido a bien revelarse a estos humildes y pobres hombres, gente maldita (ignorante) para los entendidos, y ocultarse a los sabios y co­nocedores. La consideración de este plan divino levanta en Jesús un cordial, entusiasta, devoto y vehemente grito de acción de gracias. La sabiduría no vale; la fe sí. A ésta han llegado los sencillos, ¡Gloria a Dios! No todos son capaces de sabiduría humana; sí, en cambio, de fe. San Pablo tiene escritas unas bellas páginas sobre el tema en su carta a los Corintios. La Iglesia lo ha predicado siempre apoyada en la secular experiencia.

b) Versículo 27.- El tema revelación une este versículo con los anteriores. En realidad nos encontramos ante una verdadera revelación de Jesús. Qui­zás sea la más profunda y la más clara en los sinópticos. En Juan sería or­dinario, es decir, no sorprendente; aquí es rara. El logión muestra a las cla­ras que Jesús, aun dentro de la tradición sinóptica, tenía clara conciencia de sí mismo y de su dignidad. Jesús es el Hijo, es el Hijo único de Dios, igual al Padre. Aunque el texto habla expresamente de una comprensión mutua, en el fondo la entrega que hace el Padre al Hijo no es otra que la de la natura­leza divina. Las relaciones son únicas e inefables. El Hijo es el único Revela­dor del Padre; es el único que lo conoce y el único, por tanto, que puede reve­larlo. Al fondo, las relaciones trinitarias.

c) Versículos 28-29.-El único Revelador del Padre es el Hijo, se sigue que el único Salvador es el Hijo. No hay, por tanto, salvación fuera de él; él es el auténtico Enviado. Nadie puede llevarnos a Dios sino él. En él está la salvación. Esta idea ha sido quizás la razón de por qué se han colocado aquí estos verículos. Son dos invitaciones y dos promesas en paralelismo, un tanto paradójicas.

Jesús invita a los agobiados a venir a él.Él es el Salvador. Promete el ali­vio. Hay que pensar, en primer plano, en los que caminan encorvados bajo el peso de la Ley. Son tantos en verdad los preceptos, mandamientos y ordena­ciones, que el hombre no puede con ellos. La Ley de Cristo es más sencilla: amor a Dios y amor al prójimo. Cristo aligera la carga, alivia el peso, pro­mete un caminar holgado y sin trabas impertinentes. No obstante, invita a llevar su carga, aunque más ligera, y a cargar su yugo. El yugo de Cristo son sus mandamientos, sus exigencias. Puede que éstas no parezcan tan suaves, como pudiera creerse a primera vista. En realidad el capítulo dé­cimo habla de exigencias radicales. ¿Cómo entender esto?

Es verdad que las prescripciones de Cristo son, en comparación con las impuestas por la Ley, un alivio y una carga suave, pero no es eso todo. Je­sús acompaña su invitación con una ayuda interior que hace la carga ligera y el peso leve. La gracia, que la Ley no podía dar, la da Cristo. Cristo no es un tirano. Los mandamientos de Cristo no son imposibles de cumplir. Cristo nos ayuda desde dentro a llevar la carga, es decir, a cumplir y realizar con ligereza sus exigencias. El descanso auténtico está en él. Fuera de él no hay otro. ¿Se equipara aquí Jesús con la Sabiduría? Algunos así lo creen. De to­dos modos las fórmulas nos la recuerdan. Cristo es la auténtica Sabiduría de Dios que sacia, aligera, alivia y salva.

Reflexionando para ponerlo en práctica:

Jesús manso y humilde de corazón.- Tanto Mateo como Juan traen el texto de Zacarías (9, 9) al describir la entrada de Cristo en Jerusalén, apo­teósica y triunfal. Así entró Jesús en la capital de su reino: montado sobre una asna. Sin ostentación de poder, sin boato, sin guardia de honor, sin trompetería ni aplauso de los grandes; aclamado por los niños, por los infan­tes, por los discípulos, por el pueblo sencillo y humilde. También Marcos y Lucas recuerdan el acontecimiento, aunque no citan expresamente al pro­feta.

Esa es la figura de Jesús que nos han dejado los evangelios. Jesús es Rey, pero manso y humilde de corazón. Dios nos lo ha enviado así, humano, senci­llo, abierto a todos, en especial a los más necesitados y humildes. Su manse­dumbre y humildad no lograron convencer a los sabios. Los dirigentes, pose­edores en monopolio de la religión, no se resignaron a ver en él al Mesías prometido; se escandalizaron, tropezaron, cayeron. El Cristo que come con los pecadores, que trata con la gente de las aldeas, que come y bebe, que muere en la cruz, fue para ellos un bochorno. Cristo pasó de largo para ellos.

Sin embargo, él es el Hijo de Dios, el Conocedor perfecto del Padre, el Re­velador único, el Salvador de la humanidad. Sólo en él se hace accesible Dios a los hombres.Él está en posesión de la verdadera doctrina que salva; él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Pero sólo aquellos que se asemejan a él pueden llegar a verlo: los senci­llos, los infantes. La fe, fácil para ellos, les hace ver lo que la sabiduría hin­chada de los entendidos no logró adivinar. Esta tremenda paradoja de efec­tos entraba en los planes de Dios, como también entraba la paradoja de que su Hijo fuera manso y humilde de corazón. Los sabios son confundidos, los ignorantes quedan instruidos. Es una verdad ésta que nunca meditaremos bastante. La historia del cristia­nismo está llena de ejemplos. Los apóstoles son los primeros, sencillos, muy torpes en verdad, pero creyentes. Los santos de todos los tiempos han dado testimonio de un auténtico desprecio de la sabiduría humana y de una pro­funda, convincente y maravillosa comunión con Dios. A ella llegaron por el menosprecio de sí mismos y el amor de Dios. Y es que para beber del to­rrente hay que agacharse, para ver hay que dejarse iluminar, para sanar hay que acudir al médico.

También está avalado por toda la historia del cristianismo la facilidad y felicidad de llevar el peso de Cristo y de someterse a su yugo. No hay más que leer la vida de los santos y echar una ojeada por la historia de la espiri­tualidad cristiana de todos los tiempos. Todos hablan de la dulzura de servir a Cristo y de las mercedes admirables que Dios concede a sus fieles. Dios da siempre la gracia y la da abundantemente. Pero hay que pedirla, hay que acercarse al dispensador. El humilde lo alcanzará todo. Es para alabar a Dios que ha hecho así las cosas. Jesús levanta su voz agradecida y, con él, la Iglesia y todos nosotros. Gracias, Señor, por haber descubierto a los sen­cillos, a los humildes, a los infantes, a los desprovistos de medios para ello, el Reino de los Cielos. Te bendecimos y te alabamos, Señor, por todo ello. Un niño cristiano, una olvidada viejecilla saben más y están más seguros en sus conocimientos que todos los filósofos juntos. El cristiano no puede olvidar verdad tan importante: a Dios hay que acercarse con sencillez, con humil­dad, con fe, con la misma sencillez con que Cristo se acercó a nosotros. Sólo así verá a Dios y sólo así le será fácil y gustoso cumplir la voluntad del Se­ñor. El salmo corea la oración de Jesús.

Pablo nos asegura la presencia del Espíritu en nosotros; Espíritu de Cristo, Espíritu de salvación, Espíritu enriquecedor, Espíritu fortalecedor.Él es el elemento interno que hace fácil y gustosa la práctica de las virtudes cristianas. Debemos dejarnos llevar por él. Lo carnal debe desaparecer de nosotros: soberbia, odio, desprecio, altanería, avaricia, lujuria… Hemos de ser espirituales, es decir, vivir como Cristo. El Espíritu que habita en noso­tros nos transformará un día en seres gloriosos como hizo con Cristo. La humildad y docilidad han de ser ahora nuestro lema.

La alegría mesiánica anunciada por el profeta ha comenzado a cumplirse.

La Eucaristía es la Acción de gracias por excelencia. Cristo, Revelador del Padre, se nos ofrece como alimento y vida. Ahí se nos comunica el don del Espíritu, ahí la fuerza para llevar su peso y el sentido para gustar su yugo.Él nos hace capaces de llevar -y estimular en nosotros- una vida espiri­tual conforme a la vocación de cristianos. La alegría mesiánica es ya una realidad, es para todos, sobre todo para los humildes y sencillos.

3. Oración final:

Señor Jesús Tú que nos dices: “…vengan a mí cuando estén cansados y agobiados y yo los aliviaré…”; a ti llegamos Señor, con toda nuestra vida, con toda nuestra historia, con todo lo que hemos vivido y con todo lo que hemos pasado, para dejar en tus manos todo lo que somos,

todo lo que tenemos y todo lo que hemos hecho, para que Tú Señor nos llenes de tu paz, para que nos hagas experimentar tu amor, para que Tú nos des libertad interior, para que nos des un corazón sensible y dócil como el tuyo. Señor, danos la gracia de vivir tu Palabra e imitarte para tener de ti tu amor y tu bendición y así vivir como Tú nos pides dando testimonio de ti, haciendo vida tu Palabra. Que así sea.

 

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