Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Domingo 17 TO

La eucaristía es también un tesoro escondido. Tanto que pasa desapercibido incluso para nosotros, que venimos a misa con asiduidad. Escondido en cosas tan triviales como pan y vino está nada menos que todo el insondable amor de Dios a los hombres. Si descubrimos ese tesoro, si lo apreciamos, nos llenaremos de gozo y nuestra eucaristía resultará de verdad una fiesta. Sólo sentiremos de verdad el amor de Dios, si empezamos por demostrar amor a nuestros hermanos los más débiles.

1. Oración colecta

Padre providente, tú siempre proteges a los que esperan en ti,
y sin ti nada es fuerte ni santo;
te pedimos que multipliques sobre nosotros
los signos de tu misericordia,
para que, bajo tu guía providente,
de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros
que ya podamos adherirnos a las realidades eternas.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que contigo y el Espíritu Santo
vive y reina en unidad, y es Dios
por los siglos de los siglos. 

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: -«Pídeme lo que quieras.» Respondió Salomón: -«Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?» Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: -«Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. »

Estamos en los mismísimos comienzos del reinado de Salomón. Salomón es todavía joven; le falta experiencia. El reino que ha heredado es relativa­mente de cierta extensión. El pueblo, un pueblo no fácil de gobernar. No es un pueblo cualquiera. Aquel pueblo guarda especial relación con Dios Yahvé. Dios puede intervenir en cualquier momento de su vida y echarle en cara sus errores o caprichos, como lo hizo con su padre David. Todo rey, en oriente, pide a la divinidad largo reinado, seguridad absoluta, dominio de los enemigos, esplendor, fuerza y poder. ¿Cuáles son los pensamientos que en­tretienen al joven rey? El sueño de Gabaón, adonde se ha dirigido el mo­narca para celebrar al frente de todas las tribus de Israel el ascenso al trono, nos lo declara. Salomón desea sabiduría, conocimiento, juicio, discer­nimiento del bien y del mal: acierto en el gobierno. Una petición digna del sabio Salomón. No piensa en riquezas, ni en esplendor, ni en dominio, ni en la extensión de su reino, ni en venganzas… Su deseo es más sencillo y más atinado: sabiduría, un buen gobierno, discernir el bien del mal. Hermosa pe­tición. El esplendor y las riquezas, quizás, vendrán con la sabiduría dese­ada. La petición fue escuchada. Dios le concedió sabiduría, y tras ella largo reinado, brillante y pacífico. Las palabras de Salomón son la oración de un sabio. Dignas de imitación.

2.2. Salmo responsorial Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-13ó (R.: 97a)

 R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Mi porción es el Señor; he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata. R.

Mi porción es el Señor; he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata. R.

Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo; cuando me alcance tu compasión, viviré, y mis delicias serán tu voluntad. R.

Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos y detesto el camino de la mentira. R.

Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma; la explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes. R.

Salmo interesante, aunque poco poético. De tono sapiencial. El autor canta de forma un tanto original las excelencias de la Ley. Canta y medita. Medita y suplica. Dedica ocho versículos a cada una de las letras del alfabeto. Es alfabético. Hasta la forma externa de la composición anuncia y canta la perfección de la Ley. Los versos, aunque un poco artificiales, son sugestivos. Presentan una vasta gama de afectos. La Ley bendita hace bendito al hom­bre que la cumple. Sustituyamos la Ley por Cristo y tendremos así un sen­tido más hondo y pleno

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-30

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los  llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

San Pablo ha declarado, unas líneas antes, que son hijos aquéllos que son llevados por el Espíritu. Ha vuelto a recordar que el Espíritu de filiación ha­bita en el cristiano y que éste es sostenido y alentado por aquél en sus rela­ciones de hijo: nos hace clamar a Dios ¡Padre! Estos son los que aman a Dios. Dios por su parte responde con una actitud paternal, de amor, hacia ellos: conduce todas las cosas para su bien. ¿Qué menos, si es Padre amante y todopoderoso? Dios ha comenzado la obra: nos ha elegido. Signo de amor y predilección. No es el hombre quien toma la iniciativa, sino Dios. Dios nos ha elevado, movido por su amor. San Pablo emplea el término predestinó. ¿Qué significa ese pre? ¿Querrá, quizás, insistir en nuestra condición de amados, elegidos, llamados antes, es decir, al margen de los méritos propios, y, por tanto, por encima del tiempo y del espacio? El hombre se encuentra con una llamada gratuita, con un don que no ha merecido, con el Espíritu de lo alto, que precede a toda decisión personal. Naturalmente que habrá de tomar una decisión ante tamaño Regalo. Pero no es el Regalo fruto de su de­cisión. Quizás vaya por ahí su pensamiento. La gratuidad del don de Dios que trasciende la condición temporal del hombre.

El hombre, llamado por Dios hijo, camina a la conformación plena del Hijo, resucitado de entre los muertos. Dios recrea al hombre en una condi­ción nueva, en la Imagen perfecta de su Hijo. En Cristo, por la fe, por la ad­hesión, adquiere el cristiano el Espíritu que lo modela y lo conforma a su Se­ñor: cuando clama (¡Padre!), cuando gime (de forma inenarrable), cuando obra (ama), cuando un día lo eleve de los muertos y lo transforme (Si habita en nosotros el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, resucitará nuestros cuerpos mortales). Es nuestra condición de hijos. Nosotros, empero, podemos anular la acción de Dios. Ser imagen de su Hijo, ser hijos de Dios, ser como Dios. Esa es nuestra meta ofrecida por Dios. Ya no es tentación ser como Dios; es una oferta y un destino. Lo alcanzaremos tan sólo en Cristo obediente, Imagen perfecta de su amor.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: -«Sí.» Él les dijo:
-«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo. »

Continúa la enseñanza en parábolas. Las dos expresan la misma doc­trina. La tercera podemos relacionarla con la de la cizaña.

No era extraño en aquellos tiempos encontrar verdaderos tesoros, ente­rrados, en los lugares más impensados. Ladrones, ocupaciones militares, cambios políticos, inseguridad en general, inducían a más de uno a ocultar, en tierra, dentro de vasijas de barro sus dineros y sus joyas. Acontecía con frecuencia que uno moría después, sin habérselo comunicado a nadie. El te­soro quedaba, para el más afortunado.

Nuestro amigo de la parábola topó impensadamente con uno de esos teso­ros. Su alegría fue naturalmente grande. También lo fue su sorpresa. Lo en­contró donde y cuando menos lo pensaba. Una fortuna le venía a las manos sin haber contado con ella. Nadie deja escapar una ocasión como ésta. Puede que no vuelva más. Tampoco nuestro hombre la dejó pasar. Aquel tesoro le iba a proporcionar bienestar y holgura. Se hizo con él. Vendió todo lo que te­nía, compró aquel terreno y el tesoro pasó a su poder. Algo semejante le aconteció a un buen mercader de perlas y piedras preciosas. Cayó en sus manos una perla de extraordinaria belleza y valor. Dejó a un lado todo lo que poseía y se hizo con ella. Así el Reino de los Cielos.

¿Dónde está el énfasis de la parábola? Tanto el labrador como el merca­der vendieron todo para hacerse con aquella riqueza, tesoro y perla. No de­jaron pasar, en balde, la ocasión de conseguir algo de extraordinario valor. La aprovecharon llenos de alegría y contento. No se subraya, al parecer, la dificultad de la adquisición. No les resultó costosa la decisión de venderlo todo con esa finalidad, pues lo que adquirían en cambio era un tesoro y una joya de gran valor. Todos hubieran tomado una decisión semejante. Se tra­taba de un verdadero tesoro.

El Reino de Dios es un Tesoro, un Joya de incalculable valor. Los oyentes de Jesús parece que no se dan cuenta de la importancia del momento y de la necesidad de tomar una pronta y decisiva determinación de entrar en el Reino. Es de insensatos dejar pasar la ocasión. De repente aparece ante sus ojos el gran Tesoro del Reino de Dios y ¿qué hacen? La parábola obliga, por su peso y claridad, a tomar una decisión rápida y tajante. El Reino de los Cielos es la Cosa más grande que existe. Su posesión nos lle­nará de alegría y júbilo. Y ningún trabajo o molestia, renuncia o abandono, podrá equipararse con la adquisición de tan notable gracia.

La parábola tercera guarda relación con aquélla de la cizaña. Hay, con todo, notables diferencias. Solo la parábola de la cizaña coloca el acento en el estado actual del Reino -buenos y malos- y en segundo plano apunta al juicio, ésta, la de la red, centra la atención en el juicio y deja un tanto atrás la co­existencia de buenos y malos. En efecto, los pescadores separan los peces, los buenos de los malos, que contenía la red. Así será al final de los tiempos.

Las últimas palabras, que para algunos representarían una brevísima parábola, atañen al escriba. El escriba en el Reino es el evange­lista, el apóstol. Debe saber exponer y proponer los misterios del Reino con acierto y soltura.

Reflexionemos:

Partamos del evangelio. El evangelio continúa ofreciendo en parábolas los misterios del Reino. El Reino de Dios es la Obra de Dios, el Tesoro de Dios.

a) El Reino de Dios como Tesoro.- Dios ofrece su Reino a los hombres. Algo grande, algo precioso, algo superior, algo único, como único es Dios que lo ofrece. Las dos primeras parábolas insisten en la postura que debe adop­tar el hombre al encontrar semejante Tesoro: hacerse con él, poseerlo. Es de sentido común. Quien se comporte de otra manera, sería un necio, una tontería. Sería dejar pasar la ocasión de salvarse. ¿Nos damos cuenta de que nos jugamos la vida eterna? El venderlo todo para apoderarse de la joya preciosa recuerda, por una parte, trayendo al­gunos textos del evangelio, la poquedad de la renuncia en comparación de tan elevado tesoro, y, por otra parte, la necesidad de desprenderse de todo, fuere lo que fuere, que impida posesionarnos de tanto bien. El Reino de Dios tiene sus exigencias.

Es interesante también el tema de la alegría. ¿Nos sentimos agraciados por la posesión del Reino? ¿Nos parece cosa grande? ¿Lo demostramos en nuestra vida? ¿Nos soltamos dichosos de todo aquello que impide su posesión perfecta? ¿Dónde está nuestra alegría de ser cristianos?

La primera lectura nos habla del sabio Salomón y de su sabia súplica. ¿Pedimos nosotros una sabiduría semejante? ¿La apreciamos? ¿Nos mos­tramos sabios y prudentes? El evangelio nos presenta al sabio labriego y al sabio mercader. ¿Nos parecemos a ellos? ¿En qué consiste nuestra sabidu­ría? La sabiduría de muchos cristianos no consiste precisamente en apode­rarse del Reino o en vivir según la voluntad de Dios.

La segunda lectura habla de la postura de Dios para con aquéllos que le aman: todo les sirve para bien. ¿No es esto lo que más puede apetecer el hombre? ¿No es el mejor don de Dios ser imagen de su Hijo? Es el Reino. Pero es necesario amar a Dios. Procuremos amarle, como reza el salmo. ¡Cuán necios seremos, si no sabemos aprovechar la ocasión! Los hijos de este mundo son, para sus cosas, más sagaces que los hijos de la luz. Pidamos la santa sabiduría. Tomemos resueltos una decisión: venderlo todo para poseer el Reino. Vivamos contentos de su posesión y esperemos la revelación per­fecta de los hijos de Dios.

b) La parábola de la red.- Los temas que pueden resultar de esta pará­bola, se aprecian ya, de alguna forma, en la parábola de la cizaña. Viene el Juicio, la definitiva Separación. Recordemos la imagen que de él nos ofrece el evangelio: Izquierda o Derecha; Reino o Castigo Eterno. Urge tomar una determinación por alcanzar el lugar apetecido. Nuestro puesto está señalado a la derecha. Lo asegura San Pablo. Condición necesaria: amar a Dios sobre todas las cosas, permanecer asidos a su mano bondadosa que nos quiere salvar. Todavía estamos a tiempo de pasar de pez malo a pez bueno. Apro­vechemos el tiempo que se nos concede. Así lo haría el letrado sabio y pru­dente en el Reino de Dios. Para los que se dedican, en el Reino, a evangeli­zar, la necesidad de prudencia y sabiduría es más urgente. Deben meditar, reflexionar; pedir y trabajar por acertar en un oficio de tanta responsabili­dad en el Reino. ¿Lo entendemos bien nosotros? ¿Hasta qué punto llega nuestra prudencia?

c) La epístola de Pablo nos introduce en el misterioso Plan de Dios. Con­viene detenerse en actos de esperanza, de confianza y amor de Dios. Dios lo encamina todo para nuestro bien. Dios, que nos ama y es fiel, llevará la obra comenzada a cabo.

3. Oración después de la comunión

Después de recibir este sacramento,
memorial perpetuo de la Pasión de tu Hijo,
te pedimos, Señor, que nos conduzca a la salvación
este fruto de su inefable amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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