Domingo 2 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Fuenteycumbre

La Iglesia es la Esposa de Cristo. Cada vez que celebramos la Eucaristía festejamos las  bodas de Cristo con la Iglesia. Por eso no tiene nada de extraño que Jesús, en Caná de  Galilea, cuando todavía no había llegado «la hora», anticipara misteriosamente el banquete  eucarístico en medio de la celebración de una boda: ¿Qué otra cosa puede significar la  abundante conversión del agua en vino que aquella otra conversión del vino en su propia  sangre…? En las bodas que Cristo contrae con la Iglesia nos ofrece a todos  abundantemente el mejor vino, su propia sangre derramada por todos los hombres.

1.      Oración:

Muéstrate propicio, Señor, a los deseos de tu pueblo: danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo….

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El Bautismo del Señor – Ciclo C

DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR ciclo C

bautismo

Con la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos en el segundo domingo de Enero se cierra el tiempo de Navidad para introducirnos en la liturgia del tiempo ordinario. En la Navidad y Epifanía hemos celebrado el acontecimiento más determinante de la historia del mundo religioso: Dios ha hecho una opción por nuestra humanidad, por cada uno de nosotros, y se ha revelado como Aquél que nunca nos abandonará a un destino ciego y a la impiedad del mundo. Esa es la fuerza del misterio de la encarnación: la humanidad de nuestro Dios que nos quiere comunicar su divinidad a todos por su Hijo Jesucristo.

1.     Oración (colecta)

Dios todopoderoso y eterno, que en el bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo, concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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La epifanía del Señor – Ciclo C

DOMINGO DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Navidad y epifanía son fiestas complementarias que se enriquecen mutuamente. Ambas celebran, desde diferentes perspectivas, el misterio de la encarnación, la venida y manifestación de Cristo al mundo. Navidad acentúa más la venida, mientras que epifanía subraya la manifestación. La oración principal de la fiesta, oración atribuida a san Gregorio Magno, sugiere este último enfoque. Es una oración que enlaza tres ideas: la vocación de las naciones, la estrella como símbolo de fe y el premio de la fe, que es la visión de Dios cara a cara.

1.      Oración inicial (colecta)

Señor, tú que en este día revelaste a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria. Seguir leyendo «La epifanía del Señor – Ciclo C»

Domingo de la Sagrada Familia – Ciclo C

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA

En la fiesta de la Sagrada Familia, pedimos la intercesión de María y José. Ellos fueron testigos y promotores del crecimiento vital y personal del Hijo de Dios encarnado en la humanidad. En su entrega y en su humanidad dieron cumplimiento a los planes de Dios. Que ellos nos sirvan de guía, en especial a los esposos y a las familias para que su andadura alcance la plenitud de su vocación.

 

1. Oración:

Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios en el hogar del Cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Domingo 4 de Adviento – Ciclo C

DOMINGO IV DE ADVIENTO CICLO C

“¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”

Dios manifiesta su predilección por lo pequeño y por la grandeza de ánimo de los pequeños y humildes. Lo que hay que hacer en la vida cotidiana está, pues, al alcance de todos y de cada uno. Es Dios quien acrecienta el resultado de nuestros esfuerzos. Nada nos exime de colaborar con el Dios que se acerca anunciando un mundo mejor. Las grandes dificultades que vivimos son un desafío para la creatividad y la solidaridad, y también para la fe en que Dios mismo, hecho uno de nosotros, nos acompaña con su ternura y con su poder.

1.      Oración:

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

2.      Textos y comentario

2.1.Lectura del Profeta Miqueas 5, 2-5a

Esto dice el Señor: Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo  en que la madre dé a luz,  y el resto de sus hermanos retornarán a los hijos de Israel. En pie pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor su Dios. Habitarán tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y ésta será nuestra paz.

Miqueas conoció la caída de Samaría y es con­temporáneo de Isaías. Con él tiene, en algunos pa­sajes, bastante semejanza. Hoy nos toca leer un mensaje de salvación.

Comienza el pasaje con una apelación a Belén. Es, en este punto, una de las profecías más deter­minadas y concretas que se encuentran en el Anti­guo Testamento. De Belén de Judá era oriundo David, el pastor de Israel, el gran rey que supo unir bajo su cetro a todas las tribus del reino. Bajo su reinado el pueblo vivió la paz, el esplendor y el bienestar. David fue el gran siervo de Dios. Mi siervo David dirán algunos textos antiguos. A él fueron hechas las so­lemnes promesas, promesas de asistencia particu­lar, de bendición singular y de sal­vación univer­sal. De él descendería uno en quien Dios mismo ha­bría de colocar el poder, a quien habría de asistir el Espíritu en todas sus obras y a quien habría de acompañar siempre la paz divina. De ello habla­ban los profetas.

Miqueas lo recuerda y, emocionado, dirige la mirada hacia ese príncipe que sucede a David. Allí nace el vástago, donde se encuentra la raíz: en Belén de Judá. Desde antiguo van apuntando hacia él las promesas divinas. Él reunirá -recordemos a David, rey de todo Israel- a su pueblo, desbara­tado por el mo­mento en la deportación (alusión a la dispersión con ocasión de la toma y des­trucción del reino del Norte). Él será el nuevo pastor que lo guíe, Pastor pode­roso. El Señor estará siempre con él. Volverá de nuevo la paz, de la que es pá­lido anuncio la paz davídica. Su grandeza abarcará los confines de la tierra. Él es el Señor y la Paz. El nuevo David supera con creces al antiguo.

Es una bella promesa coloreada por las circuns­tancias en que se encuentra el pueblo. El lugar del nacimiento está señalado: Belén de Judá.

2.2.Salmo Responsorial: Sal 79, 2-3. 15-16. 18-19:

 Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece.
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R.

Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó
y que tú hiciste vigorosa. R.

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste,
no nos alejaremos de ti;
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R.

Es una petición intensa y fervorosa. El versículo que sirve de estribillo re­sume admirablemente el objeto de la petición. La alusión, al final, del Un­gido le da un carácter suavemente mesiánico.

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10

Hermanos: Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has reparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: «Aquí estoy, oh Dios,  para hacer tu voluntad». Primero dice: No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias,
–que se ofrecen según la ley–. Después añade: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.
Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados  por la oblación del cuerpo de Jesucristo,  hecha una vez para siempre.

La oblación del cuerpo de Jesucristo más bien dirigiría nuestra atención, por lo que suena, al misterio de la pasión y de la muerte de Cristo que al misterio de su en­carnación. Sin embargo, la oblación que Cristo hace de sí mismo, lo coloca al frente de una nueva economía, en la cual todos quedamos santificados. La postura de Cristo como instaurador y salvador es evidente. En esta dirección encuentra la lec­tura de la carta a los Hebreos una adecuada conforma­ción con el tiempo de Adviento. Veamos a grandes rasgos el sentido de estos versículos. He aquí la línea principal y los asertos fundamentales del pá­rrafo. Al frente de la lectura nos encontramos con una cita del salmo 40. El autor de la carta acude por regla general al Antiguo Testamento en busca de apoyo a sus afirmaciones. No hay más que leer el capítulo primero de la carta, para darse cuenta de ello. El autor no quiere alejarse de la palabra de Dios reve­lada a los antiguos. Ella da luz a los acontecimientos nuevos. Hay continuidad entre los dos testamentos. La continuidad no excluye el con­traste. A veces, se­ñala el autor, hay oposición. Es­tamos en un caso de estos.

El salmo opone dos actitudes. Los sacrificios, en número y en especie, no agradan a Dios. Sí, en cam­bio, le agrada la obediencia a su voluntad. La obe­diencia a Dios es mucho más valiosa que el sacrifi­cio de reses. Así lo procla­maban también los profe­tas de Israel. El autor de la carta a los Hebreos no se limita a repetir y a poner de relieve el contraste entre el culto interno -culto a Dios mediante la obediencia a su vo­luntad- y el culto externo, -culto ritual de sacrificios y ofrendas-, sino que esta­blece, par­tiendo del mismo texto del salmo, una oposición entre la Antigua Economía y la Nueva.

La Antigua Economía basa su religiosidad en los sacrificios, ordenados por la Ley, y en las ob­servancias de la misma Ley. La Nueva, en cambio, basa su religiosidad en la obediencia de Cristo al Padre. La primera es externa, aun­que tenga ele­mentos internos, la segunda es interna, profunda y transforma­tiva. No son sólo dos modos los que se oponen, son dos períodos distintos de naturaleza diversa. Parecería audaz la deducción del autor. No lo es tanto, si consideramos atentamente los párrafos que siguen.

Hemos de notar, en primer lugar, que ya Jere­mías había anunciado la su­peración de la actual disposición (A. T.) por otra superior (Jr 31, 31-34;). El autor lo recuerda en su carta. Según Jeremías la nueva disposición iba a colo­car dentro del corazón humano algo que haría del hombre un ser más dó­cil y más inclinado a la voz divina. Dios pondría la Ley en el corazón. Jeremías no había especifi­cado el modo. Hay que notar, en segundo lugar, que el autor es conocedor de la obra de Cristo. Cristo con su obra ha abierto una nueva época, una nueva disposición. No es extraño, pues, que el autor vea en el salmo 40 una indicación de ese aconteci­miento: Oblación del cuerpo.

Efectivamente, Dios ha transformado interna­mente al hombre -esta es la Nueva Economía- por la adhesión de Cristo a la voluntad divina hasta la muerte. En ese momento, y, partiendo de ese momento, Dios escribe en noso­tros sus leyes. No es otra cosa que el don del Espíritu Santo en nosotros, Ley y Virtud nuevas. Él nos hace dóciles; él nos asimila a Cristo, obediente a Dios hasta la muerte. Cristo ofrece su cuerpo, sustitución de los sacrificios y Ley an­tiguos. El cuerpo aquí es expre­sión de la obediencia efectiva de Cristo hasta la muerte. No basta la intención de obedecer; es su obra obediente hasta la muerte, donde él mismo -su cuerpo- se entrega por nosotros. La obra de Cristo redunda en favor nuestro; por él quedamos santificados.

Todo parte de Dios, a quien debemos esta dispo­sición maravillosa, de Él también la obra de Cristo. Cristo ha sido constituido, en su obediencia al Pa­dre, el Santo perfecto, el Nuevo Hombre, el hombre glorioso, la nueva creación. De él nos viene a nosotros: somos partícipes de los títulos de Cristo; santifica­dos, nueva creación. Estamos, no obstante, en proceso de mayor santificación. La glorificación definitiva todavía no la hemos al­canzado. La esperamos. Cristo obediente es la causa de la salvación que nos viene. La venida del Salvador nos recuerda su obra salvífica.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: –¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la  madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído! porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

La infancia de Cristo en Lucas está impregnada de luz y alegría. Por do­quier surge el gozo y la exultación. Es, sin duda, la presencia del Espíritu quien la motiva. El Espíritu llena los corazones; el Espíritu ilumina las men­tes; el Espíritu acerca a los hombres al misterio que está realizándose y les hace prorrumpir en alabanzas, himnos y cánticos de júbilo.

Nos encontramos en uno de los episodios más tiernos de esta historia. Las dos madres, la de Juan, el más grande nacido de mujer, y la de Jesús, el Me­sías, son las protagonistas de la escena. La madre de Juan entrevé, por el salto del hijo en sus entrañas y por la iluminación del Espíritu en su in­terior, el misterio de que es portadora su pariente María. La exclamación que brota de sus labios es significativa: Bendita tú entre todas las mujeres… Es la más antigua alabanza y el más respetuoso acatamiento y reconocimiento que haya surgido de boca humana. Desde un principio comprendió Isa­bel la grandeza de María: Madre del Mesías. Es a lo más que podía aspirar una mujer judía. Si los tiempos mesiánicos habían sido la expectación an­siosa de los antiguos pa­triarcas y profetas; si su sola certeza los había colmado de gozo, aun tan dis­tantes de él; si las promesas de Dios no tenían otro término que este magno acontecimiento; ¿qué podemos pensar de la persona a quien toca, no digo vivir en ellos, sino ser nada menos que la madre del Mesías?

Las palabras de Isabel se han eternizado. Ellas han sido el saludo de mul­titudes y generaciones en todo lugar y en todo tiempo. Es el más cordial sa­ludo que, con las palabras del ángel, cotidiana­mente le dirige el cristiano a María.

El reconocimiento de Isabel nos recuerda el re­conocimiento de Juan: No soy digno… Isabel hace la misma profesión de fe ante María. Alaba su disponibi­lidad y fe. La actitud de María a las pa­labras del ángel merecen todo enaltecimiento y toda ala­banza.

Meditemos:

El cuarto domingo de Adviento nos presenta el más sublime modelo de pre­paración al Señor que viene: María, sierva del Señor y madre de todo co­razón. María no es sin más madre de un hijo que resultó ser el Mesías. La fe, la dis­posición servi­cial, la actitud de absoluta obediencia a Dios la han hecho ma­dre. En ella comienza la presencia maravi­llosa de Dios entre los hombres. Y el Señor, que ha comenzado la obra, la cumplirá. Un magnífico futuro: Cumplirá; un precioso pre­sente: Bendita. La fe ha he­cho a María Madre de Dios. Fe única, Madre única. Pero no es la única que tiene fe ni la única que llega a ser madre. Ma­dres y hermanos son los que en fe y amor siguen a Jesús en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Para ellos la preciosa bendición y dicha, que se convertirán en la Dicha y Bendición supremas.

 

El cristiano, como el Adviento, ha de ser po­ema, canto, grito de triunfo: Grito de victoria: ¡Viene el Vencedor de la Muerte! Abogamos por la vida y la gozamos eter­namente.

Canto: Alborozo sereno de gentes que llevan dentro la luz y la irradian en el rostro. Toda su fi­gura, en profundidad y anchura; el hombre entero, hasta los huesos más podridos cantan: ¡El Señor ha venido!

Poema: Acción intensa, acción fecunda; acciones bellas del Señor que llega. Tensión encantadora, transformadora del sonido en verso y del ser hu­mano en espejo terso. Acción de gloria que trans­porta a Dios en la historia. Vencedores, gritamos, y, trovadores de la Vida Nueva, alegramos los tiempos y hacemos el bien:

¡Ven, Señor Jesús, Nacido en Belén!

 

  1. 3.                  Oración final:

Aquí nos tienes, Señor, para hacer tu voluntad. Bendice nuestras vidas, acoge nuestras oraciones, y ayúdanos a preparar el camino a tu Hijo que viene a salvarnos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Domingo 3 de Adviento – Ciclo C

DOMINGO III DE ADVIENTO CICLO C

Juan y Jesús aparecen en la vida pública en una época de crisis en Palestina: la mayor parte de la población vivía en una gran pobreza, mientras que sólo unos pocos disfrutaban de abundantes riquezas; esa misma población estaba sometida a la dura colonización del imperio romano, a sus impuestos y arbitrariedades; además, los sacerdotes del templo de Jerusalén habían perdido toda su credibilidad entre la gente, porque no era el servicio a Yahvé lo que les movía, sino la usura y los privilegios propios. En palabras del profeta Juan, aquella sociedad necesitaba un vuelco radical, una conversión y un arrepentimiento. Esa visión radical sobre la situación de maldad de Israel no sólo la compartió Jesús en sus inicios, sino que permaneció también a lo largo de toda su misión posterior.

También hoy nuestra sociedad de la abundancia necesita un cambio radical, una conversión y un arrepentimiento de los que la formamos, porque somos pocos los que la disfrutamos y muchísimos –cada día más– los que padecen la exclusión, el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, el paro, el desalojo de sus viviendas y otras dolorosas miserias. Los cristianos estamos llamados a ser colaboradores del Jesús que está presente y es el profeta de la salvación. ¿Cómo? Llevando la ayuda allá donde la gente esté padeciendo cualquier tipo de esclavitud, de carencia o de sufrimiento.

1.      Oración:

Oh Dios, que ves a tu pueblo esperando con fe la festividad del nacimiento del Señor, concédenos alcanzar la gran alegría de la salvación, y celebrarla siempre con ánimo dedicado y jubiloso. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo…

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Domingo 2 de Adviento – Ciclo C

DOMINGO II DE ADVIENTO ciclo C

 

La liturgia de este domingo nos recuerda que nuestra meta es siempre Cristo, la gran promesa de la salvación hecha por el Padre para todos los hombres de todos los tiempos. Y que el camino que nos conduce hasta Cristo es también de iniciativa divina. Los grandes profetas de Dios no han tenido otra misión en la Historia de la Salvación que preparar ese camino bajo la luz esplendorosa de la Revelación, es decir, abriendo las conciencias a la Palabra de Dios, renovadora de los corazones para el misterio de Cristo.

 1.      Oración:

 

Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Domingo I de Adviento – Ciclo C

DOMINGO I DE ADVIENTO ciclo C

Comenzamos un nuevo año litúrgico con profunda expectativa, al saber que el Señor viene a nuestro encuentro; también porque estamos en el año de la fe celebrando los cincuenta años del Concilio Vaticano II y veinte años del catecismo de la Iglesia católica, en que de manera especial el Espíritu Santo, con su presencia anima y vivifica la vida de la Iglesia llamándola a la conversión e impulsándola a la santidad.

En el Adviento es el Espíritu Santo quien nos prepara para ir al encuentro del Señor, viene a nosotros y dispone nuestra inteligencia y nuestro corazón a la Palabra del Señor para que nos abramos a la salvación.

Este es el sentido del Evangelio que hoy nos regala la liturgia, no es un anuncio del fin del mundo, sino la venida del Señor. «Estén siempre despiertos… y manténganse en pie ante el Hijo del Hombre». Somos invitados a permanecer vigilantes, como disposición necesaria para no dejarnos sorprender, debemos alegrarnos, pues la llegada del Señor nos trae la plena libertad y el gozo de su presencia.

1.      Oración:

 

Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijo con la luz del Espíritu Santo, haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre del bien y gozar de sus consuelo. Por Cristo Nuestro Señor.
Amén.

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Domingo 34 del Tiempo Ordinario: SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO – Ciclo B

DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD: JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO CICLO B

“Soy Rey, para esto he nacido y para esto he venido al mundo”

Oración

“Te damos gracias en todo tiempo y lugar oh Señor Santo, Padre todopoderoso y eterno Dios! Que a tu Unigénito Hijo y Señor nuestro Jesucristo, Sacerdote eterno y Rey del universo, le ungiste con óleo de júbilo, para que, ofreciéndose a Sí mismo en el ara de la Cruz, como Hostia inmaculada y pacífica, consumase el misterio de la humana redención; y sometidas a su imperio todas las criaturas, entregase a tu inmensa Majestad su Reino eterno y universal: Reino de verdad y de vida; Reino de santidad y de gracia; Reino de justicia, de amor y de paz”

(Del Prefacio de Cristo Rey) Seguir leyendo «Domingo 34 del Tiempo Ordinario: SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO – Ciclo B»

Domingo 32 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO TRIGÉSIMO SEGUNDO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

En las lecturas de este domingo se nos habla de generosidad, de dar no de lo que nos sobra sino de todo lo que somos y tenemos. Compartir y compartirnos es haber entendido de verdad el mensaje de Jesús en el Evangelio. En tiempos del profeta Elías, en respuesta a la fe y a la generosidad de una pobre viuda, el cántaro de harina no se vació y la botella de aceite no se agotó. Todo un signo de que Dios hace opción por los pequeños y los pobres. Menos mal que los ojos y el corazón de Dios no son como los nuestros. Él se apiada del infeliz y trata al pobre con misericordia.

  1. 1.      Oración:

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Texto y comentario:

2.1.Lectura del primer Libro de los Reyes 17, 10-16

En aquellos días, Elías se puso en camino hacia Sarepta, y al llegar a la puerta de la ciudad encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: –Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba. Mientras iba a buscarla le gritó: –Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan. Respondió ella: –Te juro por el Señor tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos. Respondió Elías: –No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor Dios de Israel: «La orza de harina no se vaciara, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.» Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó: como lo había dicho el Señor por medio de Elías.

Hombre de fuego llama el Eclesiástico a Elías. Y en verdad así lo fue. De entre aquella serie de personajes reales que se sucedieron unos a otros, como hojas que arrastra el viento, y que casi sin excepción llevaron al pueblo a la ruina, sobresale, como enhiesto e inconmovible cedro, como profeta airado demoledor de ídolos, como atrevido hombre de Dios en favor del pueblo y del débil frente a la injusta, inmoral y pagana autoridad de Israel, la gran fi­gura del profeta Elías. Todo eso es Elías y algo más: fuego devorador, voz gigante, que hace multiplicarse el alimento y enmudece a los cielos, cami­nante incansable, testimonio de Dios, profeta del Altísimo, consolador de los pobres y de las viudas, hombre santo. Malos tiempos corría Israel por aque­llas centurias. Los reyes -los ungidos- iban sucediéndose unos a otros en re­yertas que dejaban los palacios reales teñidos de sangre. Envidias, ambicio­nes, homicidios, injusticias, inmoralidad, idolatría y podredumbre. Hasta tal punto había llegado la corrupción, que ni siquiera los profetas -hijos de los profetas- tenían voz en Israel. El sacerdocio estaba corrompido y el culto pa­ganizado: Prostitución sagrada, sacrificios humanos, etc. Parece que ni si­quiera la palabra de Yavé podía decirse impunemente. Pululaban los cultos impíos, obscenos, macabros, crueles, degradantes que venían de tierras ex­trañas. La amistad con otras naciones -Fenicia, en especial- había traído la ruina sobre Israel. Todo parecía confabularse contra Dios, el Dios de los pa­dres. En aquel momento, como preanuncio serio de la ruina que años des­pués vendrían sobre Israel, la voz del profeta Elías.

Dentro de los libros de los Reyes, el ciclo de Elías viene a ser como un rayo de luz en la noche oscura, como un oasis en el desierto árido, como fuego en la noche fría, como fontana pura dentro de charcos inmundos, como testimonio de Dios vivo en medio de un pueblo obcecado y muerto. El pueblo corría, tras sus dirigentes, hacia un bienestar que no provenía de las bendi­ciones divinas, sino las alianzas con pueblos extraños, en las que se inocu­laba solapada pero alarmantemente la idolatría y con ella las más perdidas costumbres, que ponían en peligro de existencia a toda la nación. Elías, tes­tigo de Dios, levanta la mano y acusa sin compasión; alza la voz y a su con­juro enmudecen los cielos, dejando la nación entera en una sequía sin prece­dentes. Por donde quiera que vaya, le acompañan señales divinas. El poder de Dios está con él. La naturaleza le obedece y le da muestras de respeto. Si Elías fulminó a los poderosos injustos, acogió amable a los pobres; si senten­ció a los sacerdotes paganos que corrompían al pueblo, atendió solícito al hijo de la viuda; si cerró los cielos, hizo crecer el pan y el aceite para el po­bre. Signo, testimonio de la presencia de dios entre los hombres.

Ese es el contexto en que nos encontramos. Interesante el relato. Nos choca la conducta del profeta. No deja de tener misterio. Nos invita a la me­ditación.

El profeta pide para sí un jarro de agua -no olvidemos la sequía- y un bo­cado de pan -gran carestía-. Era lo necesario para la vida. La mujer accede gustosa a lo primero; a lo segundo se excusa: es muy pobre, no tiene. El profeta insiste, consciente de su poder. Le asegura suficiente alimento para ella y para su hijo ¿Qué hacer? ¿Cederá un bien palpable, presente, por un bien no palpable por el momento, futuro? Por otra parte, aquel hombre es un hombre de Dios. Merece se le escuche. Así lo hace la buena mujer. Su devo­ción y confianza fueron recompensadas. La fuerza de Dios hizo el milagro. La mujer renuncia a lo presente en espera de conseguir lo futuro. Acertó.

2.2.Salmo responsorial: Sal. 145, 7. 8-9a. 9bc-10

El salmo responsorial es un canto a la fuerza creadora de Dios en favor del pobre y del humilde: viuda, huérfano, pobre A ese grupo pertenecemos nosotros. Cantemos y pidamos por ellos.

R: Alaba, alma mía, al Señor.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 9, 24-28

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres –imagen del auténtico–, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces –como el sumo sacerdote que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena. Si hubiese sido así, Cristo tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo–. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. El destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la misma manera Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar definitivamente a los que lo esperan.

Sigue adelante la comparación comenzada ya en la lectura del domingo pasado. El sacerdocio de Cristo superior al sacerdocio antiguo; nueva eco­nomía superior a la antigua. Ese es el tema. Son muchas las imperfecciones que arrastraba la antigua disposición. La nueva es más excelente, la supera en muchos aspectos. Al fin y al cabo, es ésta la definitiva, en tanto que aqué­lla era transitoria y temporal.

El primer paso va encaminado al santuario -al sagrado santuario, cuyo nombre pronunciaban respetuosos los judíos-, al lugar, donde Dios manifes­taba su gloria, donde Dios habita. Aunque lo toca indirectamente, hay que pensar en él. El santuario, por más excelente y sagrado que sea, es al fin y al cabo obra de hombres. Los materiales de que está construido son delez­nables: madera, ladrillo, adobe, piedra… Para la guarda de este santuario estaban destinados los sacerdotes de la antiguo economía. Cristo, como sa­cerdote que tiene su propio santuario. Penetró en él, como lo hacía el sumo sacerdote una vez al año. Pero el santuario de Cristo, lo mismo que su sa­cerdocio, es de otra naturaleza. Es la misma morada de Dios, no terrestre, sino celeste, el cielo mismo, donde Dios habita antes y sobre toda criatura. Es la morada inaccesible de Dios. Allí mora Dios sin símbolos ni figuras, ni sombras, ni imágenes. Allí está Dios en persona. Es un santuario divino, no humano; allí la gloria de Dios, Dios mismo, a quien el hombre no puede lle­gar. Allí penetro Cristo en el momento de su exaltación. El templo terreno era figura del celeste. Al poseer la misma realidad de las cosas, sobran las imágenes. Sobra el antiguo santuario con toda su economía, viene la nueva.

Por eso su sacrifico, único en número y en especie, el auténtico, el verda­dero dura para siempre y desplaza por ello todos los que disponía la antiguo economía. No es menester repetir el sacrifico. Tiene eficacia para siempre y para todos. En él fue destruido totalmente el pecado. Destino del hombre es morir una sola vez y tras ello el juicio. Así Cristo murió una sola vez y con su muerte destruyó para siempre el obstáculo que impedía al hombre acercarse a Dios. Abrió las puertas para siempre. Es la nueva economía.

La muerte de Cristo así concebida tiene un alcance insospechado. Cristo murió, pero vive. Entró en el santo templo de Dios, está delante de Dios, per­tenece a la esfera divina, está glorificado. Vendrá a salvar definitivamente a los suyos y a juzgar a los impíos, la salvación ha comenzado ya; ya no hay pecado, pero no se ha consumado todavía la salvación. Se realiza paulati­namente. Cristo ya triunfó; vendrá a completar lo comenzado. Es la Parusía, la salvación definitiva, la resurrección de los muertos. Así Cristo en su san­tuario.

 

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos I2, 38-44.

En aquel tiempo [enseñaba Jesús a la multitud y les decía: –¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa.] Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos les dijo: –Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

El pasaje lo podemos dividir en dos partes bien señaladas. Ambas han existido probablemente por separado antes de ser consignadas por escrito donde ahora están, siendo quizás la razón de su actual ligazón la palabra viuda señala el fin de la primera y tema de la segunda.

La primera parte va dirigida a los escribas de entonces. Son palabras muy duras. Mateo y Lucas también las traen, aunque en contextos diferen­tes. Parece ser que se quedaron muy bien grabadas en la mente de los pri­meros discípulos. La pintura que de los escribas nos hace en este lugar Cristo no es muy halagüeña. Ostentación, avaricia, ambición, son los vicios que a todas luces transparentan. Parece que los estamos viendo. Desean ser saludados honrosamente por todos, reconocidos maestros, admirada su posi­ción superior como doctores de la ley. Ellos quieren ser los primeros en todo. Con figura arrogante, con mirada altiva, con voz hinchada, con tono docto­ral pasean su persona por las plazas y calles de la ciudad. Se comportan como grandes señores, cuando debieran ser siervos de la palabra divina, de quien dicen ser los intérpretes. Por si esto fuera poco, anida en muchos de ellos una avaricia criminal que destroza a los pobres. Con título de sabios piadosos y de piadosos sabios agravan con sus largas e inoportunas oracio­nes a la gente necesitada. Parece ser que, con ocasión de las visitas a las viudas y de rezos por los difuntos, se demoran largamente en las casas y se hacen servir como grandes señores. En lugar de ayudar, depauperan y em­pobrecen a las familias más necesitadas. Es una piedad ostentosa y vana. Su castigo será severo, como conviene a injustos y a falsos. Probablemente no todos eran así, pero sí muchos o al menos algunos. Contrasta con la conducta de los escribas, la tierna y sencilla figura de la viuda.

Jesús se sienta, en el atrio de las mujeres, enfrente de la cajeta, donde se recogen las limosnas voluntarias para el templo. Allí cerca, a dos pasos de él, un sacerdote sostiene una caja. En ella van depositando los transeúntes, indicando el destino de su oferta, sus limosnas. Ir y venir de gentes. Corren monedas de todas las naciones. Nada pasa desapercibido para el Maestro. Pasan los ricos y depositan grandes cantidades; unos más otros menos. Qui­zás ha observado Jesús los ojos atónitos de los discípulos y de las gentes sencillas ante aquel derroche de generosidad que algunos ricos ostentan. Parece leer sus pensamientos: Estos hombres sí que son piadosos, dan mu­cho por el templo. Pero he aquí que llega una pobre viuda. Quizás estaba allí desde hacía un tiempo, esperando la ocasión de presentar su ofrenda. Mo­desta y un poco avergonzada de ofrecer algo tan pequeño, algo tan insignifi­cante, comparado con lo que ofrecían aquellos grandes señores, se mantenía un tanto retraída y oculta. Por fin llega su turno, avanza tímida y deposita vergonzosa, en la caja sostenida por el sacerdote, una diminuta moneda, un lepto -la moneda más pequeña que existía en el mundo griego-. No sabemos qué gesto se dibujó en el rostro del sacerdote ¿Sonrió paternalmente? ¿Disimuló ignorarlo? ¿O más bien le increpó, riñéndole no impidiera el paso o no se molestar venir por allí para ofrecer tal insignificancia? No lo sabemos. Y es una pena. La pobre mujer manifestaba así su devoción y piedad al tem­plo santo de Dios. Para los presentes pasó desapercibida. No a Jesús. Jesús apreció el gesto de aquella buena mujer y lo alabó. Los discípulos necesita­ban una buena enseñanza y Jesús se la dio. Lucas, amigo de los pobres, trae también el pasaje, la viuda no tenía más. Ha dado todo lo que tenía; ha dado aquello mismo que le hacía falta para vivir. Seguramente habría conseguido con gran esfuerzo aquella pequeñez, y sin duda alguna, le habría costado una buena serie de privaciones. Pero no le importaba. Materialmente ha­blando, poco podía hacerse por el templo santo de Dios con aquella limosna. Pero había puesto toda su alma, todo su trabajo, todo su esfuerzo, todo su corazón. Profunda piedad interior. Eso es lo que valía. Otros daban muchos más porque tenían mucho y les sobraba mucho. Esta, por el contrario, daba poco; pero era todo lo que tenía. Sin duda alguna la limosna de la viuda agradó enormemente al Señor, mucho más que la de aquellos que daban más. Esa es la doctrina del Maestro.

Meditemos:

Más que una organizada presentación de textos sobre un tema concreto, parece, o al menos así es la impresión que uno recibe, que las lecturas de hoy ofrecen una colección de estampas, orientadas, más que a una exposi­ción doctrinal, a la contemplación detenida. Realmente hay un tema, una pa­labra más bien, que una a algunas de ellas -primera lectura, tercera-`. La unión es, sin embargo, tenue y en forma de cuadros. Vamos a comenzar por ahí.

A) El evangelio, a quien acompaña la primera lectura y el salmo, nos ofrece el primer tema de meditación; consideración de contraste.

Por una parte, los escribas, orgullosos, ambiciosos, llenos de avaricia, expositores de una piedad falsa y, por tanto, condenable. El juicio de Cristo es duro, definitivo, sin amortiguadores ni concesiones, que puedan presentar la conducta de estos señores, en algún sentido, excusable. Nada de eso. El juicio, dice el Maestro, será duro para ellos. Esto indica a las claras que la conducta de los escribas es en verdad condenable.

También entre nosotros existe una autoridad docente, cuya piedad debe resplandecer como ejemplar ¿Somos como los escribas? ¿Paseamos con lar­gos y elegantes manteos nuestra ciencia? ¿Buscamos el honor externo, la re­verencia, la admiración, los primeros lugares en todo, como premio a nues­tro rango? ¿Devoramos, este sería peor, los bienes de los pobres? ¿Es verdad que somos servidores de la Palabra, como Lucas en el prólogo de su evange­lio, define a la autoridad docente de la iglesia primitiva -apóstoles y evange­listas-? ¿Acudimos a aliviar al necesitado o más bien nos mostramos ávidos de dinero? ¿Cómo es nuestra piedad? ¿Ostentosa, vacía, dañina? A los hom­bres podemos engañar, a Dios no. Tratar de engañar a Dios es un crimen. Como crimen será castigado ¿Qué decir de la codicia? San Pablo la coloca a la cabeza de muchos males e injusticias. Nuestra piedad y nuestro oficio de enseñar han de ser sencillos, sinceros, humildes, empapados cordialmente en un intenso interés por el bien del prójimo. Preguntemos al pueblo cristiano qué impresión causamos.

El gesto de esta humilde persona cautiva y embelesa. He ahí una piedad sincera, leal, profunda, santa. Nadie, al parecer, se dio cuenta de la magnitud de su obra. Jesús la apreció en todo su valor. Todo lo que tenía esta buena mujer, lo entregó para su Señor. Nada de ostentación, nada de aplauso, nada de orgullo; sí, quizás, un poco de timidez y de rubor al ofrecer cosa tan pequeña; sí, seguramente, decisión, entrega, amor y piedad profunda a su Dios de Israel ¿Es así nues­tra piedad? La generosidad de la viuda nos hace pensar en el valor del acto interno.

La primera lectura y el salmo nos obligan a retardarnos. La viuda es po­bre, no tiene marido, no tiene hacienda, no tiene quien la defienda, no tiene quien la ampare. Estampa familiar a la Biblia. Está sola ¡Hay de aquellos que osen, a la sombra de su poder y autoridad, aprovecharse de su desam­paro! Dios tomará dura venganza de ellos. Porque Dios, Yavé de los ejérci­tos, es su defensor y su amparo.

Admiramos, pues, en esta imagen el desprendimiento y la piedad sin ta­cha. Devoción al templo, al siervo de Dios. Piedad auténtica, firme, robusta. Pensemos, por nuestra parte, en los desprovistos, en los desamparados, en los pobres ¿Son nuestra preocupación? ¿Son objeto de nuestra más sincera atención? ¿No son los pobres, según la más hermosa y santa tradición cris­tiana, las joyas de la Iglesia? ¿Cómo los asistimos? ¿Está nuestro servicio dirigido en primer lugar a ellos? Nunca se pensará bastante sobre ello. So­mos muy tentados del honor, de la vanidad, de la codicia ¡Cuidado! El juicio de Dios será duro con nosotros, si no atendemos su demanda; lleno, en cam­bio de misericordia con los que han usado de ella. El Señor sustenta a la viuda, dice el salmo. Seremos representantes del Señor si le imitamos. Nues­tras manos pueden hacer milagros, como las manos de Elías. Tenemos poder para ello. Alarguémoslas generosamente.

B) Cristo, sacerdote, juez. Es el tema de la segunda lectura. No es necesa­rio insistir mucho en el tema. Lo hicimos ya al comentar las lecturas de los domingos precedentes. Baste, de momento, notar que la salvación operada por Cristo en su obra redentora no es todavía completa. Ha comenzado ya, sí; pero esperamos la revelación de Cristo en su segunda venida. El Señor vendrá. Se anuncia la parusía y con ella la decisión última del juez de vivos y muertos. Hemos de morir, y ante él hemos de dar cuenta de todo. En esta actitud de espera hemos de despreciar muchos bienes presentes, seguros de los futuros. Es una tensión, una prueba, un sacrificio. Pensemos en la vida de Elías y del evangelio.

La salvación está en Cristo. Caminamos hacia la salvación completa. La salvación continúa adelante. La salvación opera en nosotros y nosotros ope­ramos la salvación. Nuestra piedad y nuestras obras nos harán salvos en Cristo y haremos salvos a los otros. Las obras de caridad nos santifican y llevan la salvación a otros. Servidores de la palabra y de la caridad. Ope­remos la salvación. Cristo nos salvará definitivamente.

Pensamiento eucarístico: El Cristo que nos ha de salvar toma contacto con nosotros. Trae la salva­ción. Respondamos con una piedad sincera y cordial. En él la fuerza, en él el ejemplo. Veamos, en la participación de los cristianos en este sacramento, el amor de unos a otros: los pobres, los desamparados, las viudas… ¡el Señor viene!

  1. 3.      Oración final:

Gracias, Padre, porque nos permites acudir a ti y porque no dejas de escucharnos. Bendice a tu Iglesia, guía nuestros pasos hacia Ti y haz que seamos servidores de tu palabra, cumpliendo así tu voluntad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.