Solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo – Ciclo B

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO ciclo B

El tema central que nos ocupa en esta solemnidad del Corpus Christi es la Alianza de Dios con los hombres. El pacto de Dios con el pueblo de Israel queda sellado en el Sinaí, por mediación de Moisés, con la sangre de los animales, como lo presenta la primera lectura. La nueva Alianza se sella también con la sangre de la víctima; pero aquí quien se ofrece es Jesucristo, sumo Sacerdote y Mediador, presentado por la carta a los Hebreos. En la Última Cena, Cristo anticipa sacramentalmente su oblación, y establece, por medio de su Cuerpo y de su Sangre, la nueva y definitiva Alianza;  aquella que nos revela el rostro misericordioso de Dios y la salvación del género humano, según san Marcos.

  1. 1.      Oración:

Señor nuestro, Jesucristo, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre  que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

«Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahveh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió  a una voz: “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh”. Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahveh; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel. Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahveh. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: “Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh”. Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: “Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras”».

En el medio oriente antiguo, cuando los reyes sellaban una alianza, el soberano convocaba a su vasallo para una celebración. Comenzaba por nombrarse a sí mismo, haciendo la lista de sus títulos y recordando lo que había hecho por su vasallo en el pasado. Luego le dictaba las cláusulas del tratado de alianza. Éstas eran esculpidas sobre la piedra o en el pavimento y después se proclamaban al pueblo. La celebración concluía con un sacrificio en honor de los dioses, en él la sangre de los animales jugaba un papel importante. La liturgia del Sinaí, narrada por Éxodo 19-24, se apoya en estos ritos. Dios se le aparece a Moisés en la cima de la montaña: “Yo soy el Señor tu Dios”. Le recuerda lo que ha hecho por él: “Te hice salir del país de Egipto, de la casa de servidumbre”. Le enuncia luego la cláusula principal de la Alianza: “No tendrás otros dioses fuera de mí”. Luego las cláusulas secundarias: no fabricar ídolos, respetar el nombre divino, guardar el sábado, etc. Dios promete su bendición al pueblo, si observa la Ley; pero si desobedece, le espera una maldición. Todo termina con el ritual final: precisamente lo que nos narra la lectura de hoy. El texto pone el acento en la ratificación de la alianza por parte del pueblo y en el rol del mediador. En dos ocasiones Moisés le transmite al pueblo las palabras del Señor. Las otras dos veces lo hace en forma oral; pero hay que notar que la segunda se apoya en un texto escrito: “Tomó el documento de la Alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo”. El pueblo también, en dos ocasiones, ratifica la Alianza y se compromete a poner en práctica las cláusulas. De esta forma acepta la soberanía del Señor y se compromete a no servir a nadie más que a él. Notemos cómo, transmitida por las Escrituras Santas, la Palabra de Dios se convierte en fuente de vida cuando es recibida por oídos atentos y por los corazones generosos. Después del ritual de la Palabra sigue el ritual de la sangre. Ésta se derrama sobre el altar, que simboliza la presencia de Dios, y sobre las doce piedras levantadas (estelas), que representan al pueblo. La sangre derramada establece el vínculo entre Dios y el pueblo.

 

2.2.SALMO RESPONSORIAL Sal 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18
R/. «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
R/. «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas.
R/. «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
R/. «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Este Salmo es un grito de acción de gracias que pronuncia una persona que ha pasado por un peligro de muerte y que ha sido salvado por el Señor. El Señor se manifiesta como el Dios de la vida. Dios no se regocija con la muerte de los seres humanos: “Vale mucho a los ojos del Señor la vida de sus fieles”. Pues bien, después de haber sido salvado de la muerte, el orante viene al Templo a darle las gracias al Señor. Allí surge una inquietud: ¿Cómo reconocerle de manera completa y como Él se lo merece, todo el bien que ha hecho? La respuesta es: cumpliendo la promesa. Cuando estaba en el apuro, este orante le había prometido a Dios ofrecerle un sacrificio. Viene, pues, al Templo a cumplir su palabra, pero también para testimoniar ante todo el pueblo la bondad de Dios. Es interesante: en cuanto salvado por Dios, el orante está en el centro de la liturgia de acción de gracias que se eleva a Dios. Los cristianos ponemos, en primer lugar, esta oración en labios de Jesús. Dios ha roto las cadenas de la muerte y lo ha resucitado. Por nuestra parte, podemos unirnos a la acción de gracias de Jesús, quien lo hace de una manera perfecta. En esta solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, elevémosle a Dios “la copa de la salvación” para festejar la liberación definitiva que nos ha alcanzado la sangre de la Cruz.

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 9,11-15

«Pero se presentó Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones  de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida».

La carta a los Hebreos combina el sacrificio exterior (primera lectura) con el sacrificio interior (salmo responsorial) en la persona de Jesús quien derrama su sangre para poner el fundamento de la Nueva Alianza. ¿Cómo expresar de manera bien fuerte la dimensión vital del sacrificio ofrecido por este Sumo Sacerdote de bienaventuranza que viene? y, ¿Cómo entrar de forma adecuada en la acción de gracias que, a partir de Cristo, penetra en el santuario del cielo, de un cielo que por fin se hace accesible a todos los hombres a quienes Dios les ofrece una liberación definitiva? Tal es el culto del Dios viviente. Desde el comienzo de la liturgia de este domingo se expresa esta convicción. Lo fundamental es el don de la vida que recibimos en la vida misma del Hijo de Dios, una vida ofrecida en herencia, la cual recibimos en una liturgia cuya cumbre está en la acción de gracias que Jesús ofrece por nosotros a su Padre y nuestro Padre.

La alianza del Sinaí encuentra su culminación y perfección en la nueva alianza que Dios establece con los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. La carta a los Hebreos presenta a Cristo como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto. Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros. La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no es la sangre de animales la que ofrece el sacerdote en el «santo de los santos», ahora es la sangre misma de Cristo, sumo sacerdote, la que se ofrece. Jesús, el Verbo Encarnado, habiendo muerto y resucitado ha entrado de una vez para siempre en el santuario del cielo y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros, sus hermanos en adopción.

2.4.Lectura del Evangelio según San Marcos 14, 12-16. 22- 26

«El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?” Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?” El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para  nosotros”. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: “Tomad, este es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios”. Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Preparación de la Cena Pascual.

 

Jesús sabe que será traicionado. Pero aún así, trata de fraternizar con los discípulos en la última cena. Seguramente que han gastado mucho dinero para alquilar “aquella sala grande, al piso superior, con tapetes” (Mc 14,15). Además, siendo la noche de pascua, la ciudad está que rebosa de gente que está de paso. Por lo que la población se triplicaba. Era difícil encontrar una sala para reunirse. En la noche de Pascua, las familias llegadas de todas las partes del país, cargaban su propio cordero para ser sacrificado en el templo, y luego, cada familia en una celebración íntima y muy familiar en casa, celebraban la Cena Pascual y comían el cordero. La celebración de la Cena Pascual estaba presidida por el padre de familia. Por esto Jesús presidía la ceremonia y celebraba la pascua junto a sus discípulos, su nueva “familia” (cf. Mc 3,33-35). Aquella “sala grande al piso superior” quedó en la memoria de los primeros cristianos como el lugar de la primera eucaristía. Es allí donde se reúnen después de la Ascensión del Señor Jesús (Hch 1,13) y allí estaban reunidos cuando descendió el Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hch 2,1). Pudo ser la sala donde se reunían para rezar durante la persecución (Hch 4,23.31) y donde Pedro los encontró después de su liberación (Hch 12,12). La memoria es concreta, ligada a los tiempos y lugares de la vida.

 

Marcos 14,22-26: La Eucaristía: el gesto supremo de amor.

 

El último encuentro de Jesús con los discípulos se desarrolla en el ambiente solemne de la tradicional celebración de Pascua. El contraste es muy grande. Por un lado, los discípulos, que se sienten inseguros y no entienden nada de lo que sucede. Por otro lado, Jesús tranquilo y señor de la situación, que preside la cena y realiza el gesto de partir el pan, invitando a los amigos a tomar su cuerpo y su sangre. Él hace aquello por lo que siempre oró: dar su vida a fin de que sus amigos pudiesen vivir. Y este es el sentido profundo de la Eucaristía: aprender de Jesús a distribuirse, a darse, sin miedo de las fuerzas que amenazan la vida. Porque la vida es más fuerte que la muerte. La fe en la resurrección anula el poder de la muerte. Terminada la cena, saliendo con sus amigos hacia el Huerto, Jesús anuncia que todos lo abandonarán: ¡Huirán o se dispersarán!. Pero ya les avisa: “¡Después de la resurrección os precederé en Galilea!”. ¡Ellos rompen las relaciones con Jesús, pero Jesús no las rompe con ellos! Él continúa esperándolos en Galilea, en el mismo lugar donde tres años antes los había llamado por primera vez. O sea, la certeza de la presencia de Jesús en la vida del discípulo ¡es más fuerte que el abandono y la fuga! Jesús continúa llamando. ¡El regreso es siempre posible! Y este anuncio de Marcos para los cristianos de los años setenta es también para todos nosotros. Por su modo de describir la Eucaristía, Marcos acentúa todavía más el contraste entre el gesto de Jesús y la conducta de los discípulos. Antes del gesto de amor habla de la traición de Judas (Mc 14,17-21) y, después del gesto de Jesús, habla del anuncio de la negación de Pedro y de la huida de los discípulos (Mc 14,26-31). De este modo pone el acento en el amor incondicional de Jesús, que supera la traición, la negación y la fuga de los amigos. ¡Es la revelación del amor gratuito del Padre! Quien lo experimentó dirá: “¡Ni las potestades, ni la altura ni la profundidad. ni ninguna otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, nuestro Señor! (Rom. 8,39).

 

La celebración de la Pascua en tiempos de Jesús

 

La Pascua era la fiesta principal de los judíos. En ella se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto, que se encuentra a los orígenes del pueblo de Dios. Pero más que una simple memoria del Éxodo, la Pascua era una puerta que se abría de nuevo cada año, a fin de que todas las generaciones pudiesen tener acceso a aquella acción liberadora de Dios que, en el pasado, había generado el pueblo. Mediante la celebración de la Pascua, cada generación, cada persona, bebían de la misma fuente de la que habían bebido los padres en el pasado, al ser liberados de la esclavitud de Egipto. La celebración era como un renacimiento anual. En tiempo de Jesús, la celebración de la Pascua se hacía de modo tal que los participantes pudiesen recorrer el mismo camino que fue recorrido por el pueblo, después de la liberación de Egipto. Para que esto pudiese suceder, la celebración se desarrollaba con muchos símbolos: hierbas amargas, cordero mal asado, pan sin levadura, cáliz de vino y otros. Durante la celebración, el hijo menor debía preguntar al padre: “Papá, ¿por qué esta noche es diversa de las otras?¿Por qué comemos hierbas amargas? ¿Por qué el cordero está a medio asar?¿Por qué el pan no tiene levadura?” Y el padre respondía, narrando con libertad los hechos del pasado: “Las hierbas amargas nos permiten experimentar la dureza y amargura de la esclavitud. El cordero mal cocinado evoca la rapidez de la acción divina que libera al pueblo. El pan no fermentado indica la necesidad de renovación y de conversión constante. Recuerda también la falta de tiempo para preparar todo, siendo como es muy rápida la acción divina”. Este modo de celebrar la Pascua, presidida por el padre de familia, daba libertad y creatividad al presidente en el modo de conducir la celebración.

 

Eucaristía: La Pascua celebrada por Jesús en la Última Cena

 

Fue con la intención de celebrar la Pascua de los judíos, cuando Jesús a la vigilia de su muerte, se reunió con sus discípulos. Era su último encuentro con ellos. Por esto lo llamamos encuentro de la “Última Cena” (Mc 14,22-26; Mt 26, 26-29; Lc 22,14-20). Muchos aspectos de la Pascua de los judíos continúan siendo válidos para la celebración de la Pascua de Jesús y son el fondo. Ayudan a entender toda la portada de la Eucaristía. Aprovechando de la libertad que el ritual le daba, Jesús dio un nuevo significado a los símbolos del pan y del vino. Cuando distribuye el pan, dice: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo entregado por vosotros” Cuando distribuye el cáliz con el vino, dice: “Tomad y bebed, ésta es mi sangre derramada por vosotros y por todos”. Y finalmente, sabiendo que se trataba del último encuentro, la “última cena”, Jesús dice: “Ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en el que lo beberé de nuevo en el reino de Dios”. (Mc 14,25). De este modo Él unía su dedicación, simbolizada en el pan partido y compartido, a la utopía del Reino. Eucaristía quiere decir celebrar la memoria de Jesús que da su vida por nosotros, a fin de que nos sea posible vivir en Dios y tener acceso al Padre. He aquí el sentido profundo de la Eucaristía: hacer presente en medio de nosotros y experimentar en la propia vida, la experiencia de Jesús que se da, muriendo y resucitando.

 

La celebración de la Eucaristía por parte de los primeros cristianos

 

No siempre los cristianos han conseguido mantener este ideal de la Eucaristía. En los años cincuenta, Pablo critica a la comunidad de Corinto por que cuando celebraban la cena del Señor hacían exactamente lo contrario, porque algunos comen primero su cena y así uno tiene hambre, el otro está borracho (1Cor 11,20-22). Celebrar la Eucaristía como memorial de Jesús quiere decir asumir el proyecto de Jesús. Quiere decir asimilar el proyecto de Jesús. Quiere decir imitar su vida compartida, puesta completamente al servicio de la vida de los pobres. Al final del primer siglo, el evangelio de Juan, en vez de describir el rito de la Eucaristía, describe cómo Jesús se arrodilla para cumplir el servicio más común en aquel tiempo: lavar los pies. Al término de aquel servicio, Jesús no dice: “Haced esto en memoria mía” (como en la institución de la Eucaristía en Lc 22,19; 1Cor 11,24), sino que dice: “Haced lo que yo he hecho” (Jn 13,15). En vez de ordenar que se repita el rito, el evangelio de Juan pide actitudes de vida que mantenga viva la memoria del don sin límite que Jesús hace de sí mismo. Los cristianos de la comunidad de Juan sentían la necesidad de insistir más en el significado de la Eucaristía como servicio, que del rito en sí.

En la Última Cena se anticipa sacramentalmente al sacrificio de Cristo en la cruz que será el ofrecimiento definitivo y fundará la alianza definitiva. La sangre que Cristo ofrece en el cáliz es la sangre de la alianza que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico, por todos. En esta cena se evoca la liberación de Egipto y la estipulación de la alianza del Sinaí. Esta alianza no era entre «dos partes iguales». Dios mismo se comprometía en favor de su pueblo. El pueblo, por su parte, se comprometía a observar los mandamientos. Con la sangre de Cristo se establece la nueva y definitiva alianza. En su sangre, en el don de su vida, se manifiesta el amor del Padre por el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único,  para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Por medio de esta sangre los hombres son liberados de la esclavitud del pecado, absueltos de sus culpas y reconciliados con el Padre. Dios se compromete a manifestar siempre su amor, su «hesed» (misericordia). Ahora el hombre tiene abierto el camino de la conversión y de la vida eterna. En el sacramento de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus discípulos, sino que funda con ellos su comunión con Dios.

  1. Alabanzas al Santísimo Sacramento

Bendito sea Dios
Bendito sea su santo nombre
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre
Bendito sea el nombre de Jesús
Bendito sea su sacratísimo corazón
Bendita sea su preciosísima sangre
Bendito sea Jesús en el santísimo sacramento del altar
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito
Bendita sea la gran madre de Dios María santísima
Bendita sea su santa e inmaculada concepción
Bendita sea su gloriosa asunción
Bendito sea el nombre de María, Virgen y Madre
Bendito sea San José, su castísimo esposo
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos

 

 

 

Solemnidad de la Santísima Trinidad – Ciclo B

DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (ciclo B)

 

La constitución dogmática Dei Verbun de Concilio Vaticano II dice: “Quiso Dios en su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9); por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 2 Pe 1,4. En esta revelación, Dios invisible (cf. Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cf. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía…(DV 2).

  1. 1.      Oración a la Santísima Trinidad

¡Oh Dios mío, trinidad adorable, ayúdame a olvidarme por entero para establecerme en ti!

¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Siento mi impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que identifiques mi alma con todos los movimientos de tu alma; que me sustituyas, para que mi vida no sea más que una irradiación de tu propia vida. Ven a mí como adorador, como reparador y como salvador…

¡Oh fuego consumidor, Espíritu de amor! Ven a mí, para que se haga en mi alma una como encarnación del Verbo; que yo sea para él una humanidad sobreañadida en la que él renueve todo su misterio.

Y tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre tu criatura; no veas en ella más que a tu amado en el que has puesto todas tus complacencias.

¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita, inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como una presa; sepultaos en mi para que yo me sepulte en vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas. (Sor Isabel de la Trinidad)

2.      Textos y comentario

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40

Moisés habló al pueblo, diciendo: – «Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre.»

A lo largo de todo el cap. 4 el autor intenta comentar e inculcar la primera palabra del Decálogo: “No tendrás otros dioses frente a mí”. Para el escritor el Señor no es una momia del pasado sino un Dios muy cercano que puede verse y palparse; sólo es necesario que el hombre abra de par en par sus ojos a los acontecimientos históricos: “Pues, ¿qué nación… tiene un Dios tan cercano como está el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?” (v. 7).

Y estas palabras están dirigidas al pueblo de Israel que conoce la dura experiencia del destierro de Babilonia (a. 587 a.C.) por su perversión (vs. 25-26). Según la concepción de aquellos pueblos el triunfo de los babilonios implicaba la victoria de sus dioses sobre el Dios de Israel. Por eso los israelitas se preguntan ¿dónde está ese dios tan cercano que permite nuestra derrota político-militar? El Dios de Israel parece enmudecer, ¿qué ha ocurrido?.

¿Por qué Dios calla y permite el triunfo de los dioses babilonios? El autor intenta responder a todas estas preguntas a lo largo de todo el capítulo estructurándolo de forma muy sencilla:

1) Percepción; abrir los ojos-ver-preguntar-oir y reflexión; reconocer “vuestros ojos han visto…” (vs. 3,4), “… los sucesos que vieron tus ojos…” (vs. 9 ss.), “pregunta… a los tiempos antiguos…” (vs. 32 ss) etc. La experiencia que Israel tiene de su Dios abarca todos los tiempos y espacios, no sólo se apela a la historia del pasado sino también al hoy histórico. En el v. 32, el autor se sitúa al término de una larga historia e invita a Israel a contemplar la historia universal en su más amplio espacio temporal (desde la creación del hombre) y geográfico (de un extremo a otro del cielo). Nada de lo acaecido en el mundo se puede parangonar con las gestas de Dios en la historia de Israel.

La conclusión es evidente. Israel ha de reconocer “hoy” que nada de lo que ha acontecido en la historia puede parangonarse con las gestas del Dios de Israel. Por eso han de reconocer que el Señor es único y no admite competencias (vs. 35, 39). Los otros pueblos podrán tener sus dioses pero Israel sólo debe reconocer a su Dios. Por escoger a otras divinidades Israel ha servido como esclavo en Babel. La culpa no es de Dios (vs. 23-38).

2) Cumplimiento (guardar, cuidarse bien de, observar…) Dios se ha elegido en exclusividad a Israel; en consecuencia Israel deberá servir exclusivamente al Señor. Y si el Dios de Israel se ha revelado en los acontecimientos históricos la respuesta que se exige al pueblo no es exclusivamente mental sino existencial: con mente, sentimientos, quereres… La historia de Dios con el pueblo aún no ha terminado (vs. 29-31); las grandes obras realizadas en el pasado no lo fueron en vano. Si Israel reconoce sólo y exclusivamente al Señor su Dios, aún es posible la esperanza. La promesa a los padres (v. 37) prevalecerá sobre la maldición de la Alianza que pesa sobre los desterrados.

2.2. Salmo responsorial Sal 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22 1 2b)

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 14-17

Hermanos: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

Los versículos de la lectura litúrgica del día de hoy describen los ejes fundamentales en que se basa esta existencia.

a) La primera dimensión de esta existencia es la de hijo de Dios (vv. 14-15). Dios ha dado al hombre su Espíritu para que este acceda a la casa paterna. Por tanto, el hombre no debe dejarse dominar por un espíritu de temor sino vivir unas relaciones filiales que, por sí mismas, ahuyentan el temor. El privilegio del hijo de Dios consiste en poder llamar a Dios Padre (Abba alude, quizá, a la oración de Padre Nuestro, que quizá algunos de los interlocutores de Pablo conocían en arameo: v. 15). El hijo de Dios no tiene que fabricarse una religión en que, como sucede en la religión judía, sería necesario contabilizar los esfuerzos ante un Dios-Juez, o, como en la religión pagana, acumular los ritos para ganarse la benevolencia de un Dios terrible. El cristiano puede llamar Padre a su Dios, con todo lo que esto supone de familiaridad y, sobre todo, de iniciativa misericordiosa por parte de Dios.

b) La segunda dimensión de esta existencia es la de heredero de Dios (v. 17). Al ser hijo, el hombre tiene derecho a una vida de familia y dispone de los bienes de la casa. El término “heredero” no debe comprenderse aquí en el sentido moderno (el que dispone de los bienes del padre, después de la muerte de este), sino en el sentido hebreo de “tomar posesión” (Is 60, 21; 61, 7; Mt 19, 29; 1 Cor 6, 9). El pensamiento de Pablo se asocia a la concepción que el Antiguo Testamento se hacía de la herencia, pero la completa al unirla a la idea de la filiación. Los hombres adquieren de ahora en adelante la herencia, en relación a su unión al Hijo por excelencia, el único que goza, efectivamente, de todos los bienes divinos, por su naturaleza. Efectivamente, el hijo de Dios hereda la gloria divina, irradiación de la vida de Dios en la persona de Cristo. Pero la herencia sólo se obtiene mediante el sufrimiento. Se hereda con Cristo si se sufre con El. El sufrimiento conduce a la gloria, no como condición meritoria, sino como signo de vida-en-Cristo, prenda de herencia de la gloria con El.

Por tanto, toda la Trinidad actúa en la justificación del hombre: el Padre aporta su amor para hacer de los hombres hijos suyos; el Espíritu viene a cada uno de ellos a dominar su miedo e iniciarlos paulatinamente en un comportamiento filial; finalmente, el Hijo, el único Hijo por naturaleza, el único heredero de derecho, viene a la tierra a hacer de la condición humana y del sufrimiento el camino de acceso a la filiación, revelando así a sus hermanos las condiciones de la herencia.

Este nuevo estado del hombre, hijo y heredero, elimina todos los temores alienantes (v. 15). No se trata solamente del temor de los judíos ante la retribución de un juez, o del pánico de los paganos ante las fatalidades y los determinismos: la condición de hijo permite al cristiano vencer todos los miedos actuales, modernos, y rechazar las falsas seguridades que ellas originan: las seguridades de las instituciones y de las fórmulas hechas, las del poder y de las jerarquías.

El miedo desaparece por la presencia del Espíritu que inspira a cada uno el amor a los hermanos y lo hace capaz de triunfar sobre su propio miedo cuando están en juego la vida y la libertad de otro. Porque el Espíritu libera al hombre de la autosuficiencia y le da las armas para luchar victoriosamente contra las obras de la “carne”. La venida del Espíritu está asociada a los sufrimientos y a la resurrección de Jesús. Precisamente porque es el Hijo de Dios, este hombre ha respondido perfectamente a la iniciativa previsora del Padre y ha decidido enviar al Espíritu sobre todos aquellos a quienes Dios llama a la adopción filial. En la vinculación viva con Jesucristo, que le ofrece la Iglesia, el hombre se convierte en hijo de Dios y obtiene una participación en los bienes de la familia del Padre propuestos en la Eucaristía.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: – «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Mateo 28, 16: La primera y última aparición de Jesús resucitado a los Once discípulos. Jesús aparece antes que a nadie a las mujeres (Mt 28,9) y, a través de las mujeres, hace saber a los hombres que debían andar a Galilea para verlo de nuevo. En Galilea habían recibido la primera llamada (Mt 4, 12.18) y la primera misión oficial (Mt 10,1-16). Y es allá, en Galilea, donde todo comenzará de nuevo: ¡una nueva llamada, una nueva misión! Como en el Antiguo Testamento, las cosas importantes acontecen siempre sobre la montaña, la Montaña de Dios.

Mateo 28, 17: Algunos dudaban. Al ver a Jesús, los discípulos se postraron delante de Él. La postración y la posición del que cree y acoge la presencia de Dios, aunque ella sorprende y sobrepasa la capacidad humana de comprensión. Algunos, por tanto, dudaron. Todos los cuatro evangelistas acentúan la duda y la incredulidad de los discípulos de frente a la resurrección de Jesús (Mt 28,17; Mc 16,11.13.14; Lc 24,11.24.37-38; Jn 20,25). Sirve para demostrar que los apóstoles no eran unos ingenuos y para animar a las comunidades de los años ochenta d. de C. que tenían todavía dudas.

Mateo 20,18: La autoridad de Jesús. “Me ha sido dado todo poder sobre la tierra”. Solemne frase que se parece mucho a esta otra afirmación: “Todo me ha sido dado por mi Padre” (Mt 11,27). También son semejantes algunas afirmaciones de Jesús que se encuentran en el evangelio de Juan: “Sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos” (Jn 13,3) y “Todo lo que es mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17,10). La misma convicción de fe con respecto a Jesús se vislumbra en los cánticos conservados en las cartas de Pablo (Ef 1,3-14; Fil 2,6-11; Col 1,15-20). En Jesús se manifestó la plenitud de la divinidad (Col 1,19). Esta autoridad de Jesús, nacida de su identidad con Dios Padre, da fundamento a la misión que los Once están por recibir y es la base de nuestra fe en la Santísima Trinidad.

Mateo 28, 19-20ª: La triple misión. Jesús comunica una triple misión: (1) hacer discípulos a todas las naciones, (2) bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y (3) enseñarles a observar todo lo que había mandado.

a) Llegar a ser discípulos: El discípulo convive con el maestro y aprende de él en la convivencia cotidiana. Forma comunidad con el maestro y lo sigue, tratando de imitar su modo de vivir y de convivir. Discípulo es aquella persona que no absolutiza su propio pensamiento, sino que está siempre dispuesto a aprender. Como el “siervo de Yahvé”, el discípulo, él o ella, afinan el oído para escuchar lo que Dios ha de decir (Is 50,4).

b) Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo:

La Buena Noticia de Dios que Jesús nos ha traído es la revelación de que Dios es el Padre y que por tanto todo somos hermanos y hermanas. Esta nueva experiencia de Dios, Jesús la ha vivido y obtenido para nuestra bien con su muerte y resurrección. Es el nuevo Espíritu que Él ha derramado sobre sus seguidores en el día de Pentecostés. En aquel tiempo, ser bautizado en nombre de alguno significaba asumir públicamente el empeño de observar el mensaje anunciado. Por tanto, ser bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, era lo mismo que ser bautizado en el nombre de Jesús. (Hch 2,38) y lo mismo que ser bautizado en el Espíritu Santo (Hch 1,5). Significaba y significa asumir públicamente el compromiso de vivir la Buena Noticia que Jesús nos ha dado: revelar a través de la fraternidad profética que Dios es Padre y luchar porque se superen las divisiones y las separaciones entre los hombres y afirmar que todos somos hijos e hijas de Dios.

c) Enseñar a observar todo lo que Jesús ha ordenado:

No enseñamos doctrinas nuevas ni nuestras, sino que revelamos el rostro de Dios que Jesús nos ha revelado. De aquí es de donde se deriva toda la doctrina que nos fue transmitida por los apóstoles.

Mateo 28,20b: Dios con nosotros hasta el final de los tiempos.

Esta es la gran promesa, la síntesis de todo lo que ha sido revelado desde el comienzo. Es el resumen del Nombre del Dios, el resumen de todo el Antiguo Testamento, de todas las promesas, de todas las aspiraciones del corazón humano. Es el resumen final de la buena Noticia de Dios, transmitida por el Evangelio de Mateo.

En la liturgia de este día Dios se revela como único y, al mismo tiempo, como Padre de misericordia que ha puesto en nosotros el Espíritu de su Hijo. Es decir, se revela como trinidad. La economía de la redención nos muestra el vértice más alto de la revelación de Dios. Dios Padre de misericordia, se compadece de sus criaturas y las llama a una intimidad inimaginable para el hombre: llegar a formar parte de la familia de Dios. No hemos recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace clamar Abba! (Padre). Así pues, somos con toda verdad “hijos de Dios”, somos “herederos de Dios” de sus bienes, de su amor y misericordia. Co-herederos con Cristo. ¿Habremos meditado en toda profundidad lo que esto significa en la vida del hombre, en la vida de cada uno de nosotros. El Dios de majestad, creador de cielo y tierra, omnisciente, omnipotente, trascendente, se inclina a la tierra (Cf. Salmo 144). Dios envía a su propio Hijo a revelar plenamente su amor y concedernos la filiación adoptiva. Por Cristo, con Él y en Él tenemos acceso al Padre y nos convertimos en templos de la Trinidad Santísima. Si bien, por una parte, el misterio de la Trinidad escapa a nuestra comprensión humana, por otra parte, la realidad de este misterio es de tal suavidad y de tales consecuencias para nuestra pobre existencia que casi es imposible creerlo. «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”.

 

(Para ver la sugerencia de cantos, visiten nuestra fanpage en Facebook)

Domingo de Pentecostés – Ciclo B

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de  tu amor.

V. Envía tu Espíritu y todo será creado.

R. Y se renovará la faz de la tierra.

 

  1. 1.     Oremos

¡Oh Dios!, que instruiste los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos, según el mismo Espíritu, conocer las cosas rectas y gozar siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo, Señor nuestro, R. Amén.


Hoy celebramos y revivimos el misterio de Pentecostés, la plenitud del misterio de la Pascua en la efusión del Espíritu Santo. Celebramos el fuego de amor que el Espíritu encendió en la Iglesia para que arda en el mundo entero: ¡fuego que no se apagará jamás!

  1. 2.     Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: – «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

En 2, 1 se nos dice que «estaban TODOS reunidos». No se trata sólo de los 12 apóstoles, sino de la asamblea de los 120 (1, 15), entre los cuales está María, la madre de Jesús, el grupo de las mujeres y el grupo de los hermanos de Jesús, entre los cuales con certeza también Santiago, el hermano del Señor (1, 14). El don del Espíritu se da a esta primera comunidad, si bien es Pedro, junto con los once, el que va a pronunciar el discurso (vv.14-36). Se añade también que están reunidos «con un mismo propósito». Este mismo propósito es posiblemente la estrategia restauracionista implícita en la elección de Matías en 1, 15-26. La irrupción del Espíritu viene a romper este propósito de restauración, que mira más al pasado que al futuro. El Espíritu viene de repente, con ruido como de viento impetuoso y en lenguas como de fuego: estos símbolos (huracán u fuego) muestran la «violencia» necesaria del Espíritu para transformar al grupo presente y reorientar la primera comunidad, desde una posición restauracionista hacia una posición profética y misionera. Esta tensión entre restauración y misión, es la que vimos en 1, 6-11. Pentecostés es el bautismo en el Espíritu Santo anunciado en 1, 5. El bautismo de Juan Bautista era de agua, un símbolo judío de conversión personal; ahora de trata del bautismo en el Espíritu, que es el símbolo característico del movimiento profético de Jesús, no ya sólo de conversión personal, sino de transformación de la comunidad de los discípulos en auténtica comunidad profética, para dar testimonio de Jesús hasta los confines de la tierra. Los que se reúnen, atraídos por los sucesos de Pentecostés, son «hombres piadosos, que habitaban en Jerusalén, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo». Tenemos aquí una ficción literaria de Lucas, pues es un hecho extraordinario que estén reunidos en Jerusalén gente piadosa de todas las naciones del mundo. El hecho es tan extraordinario, que manuscritos posteriores (tradición occidental) agregan la palabra «judíos»: los reunidos serían «judíos de todas las naciones, que habitan en Jerusalén». Lucas con su ficción literaria tiene una clara intención teológica: reúne simbólicamente en Jerusalén a gente piadosa de todas las naciones del mundo, que en Pentecostés van a recibir el testimonio profético de la primera comunidad apostólica. El Espíritu es derramado en función de todos los pueblos y culturas del mundo. Eso ya se da para Lucas en el hecho fundante de Pentecostés.

En los vv. 9-11 tenemos la lista de la naciones. Lucas enumera 12 pueblos y tres regiones. El primer grupo lo constituyen los nativos partos, medos y elamitas. El segundo grupo son los habitantes de Judea, Capadocia, Ponto, Frigia, Panfilia y Egipto. Aquí también se enumeran tres regiones: la Mesopotamia, el Asia y la Libia, que confina con Cirene. El tercer grupo son los forasteros: romanos, cretenses y árabes. ¿Cuál es la lógica de esta enumeración? En primer lugar Lucas distingue nativos, habitantes y forasteros. Los nativos son pueblos del oriente, civilizaciones del pasado. Los habitantes están repartidos en tres regiones: la Mesopotamia (al este), el Asia (al norte) y la Libia (al sur) y en 6 pueblos: Judea (al centro), Capadocia, Ponto, Frigia y Panfilia (al norte) y Egipto (al sur). Por último los forasteros romanos que vienen de visita a Jerusalén; entre estos se distinguen romanos judíos y romanos prosélitos, los cretenses, son un pueblo marítimo, en expansión hacia occidente y los árabes sería una designación global para referirse a los pueblos del desierto, en expansión hacia oriente. La lógica geográfica es la que domina al grupo de los habitantes (oriente, norte y sur, con Judea al centro). Los visitantes (romanos, cretense y árabes) no siguen una lógica geográfica, sino más bien la lógica de visitantes esporádicos (grupos amplios y ambiguos), que regresan a su patria. En síntesis, los representantes de los pueblos vienen de todas las regiones de la tierra, de las culturas antiguas de oriente, de los pueblos establecidos en torno a Judea (oriente, norte y sur) y de las poblaciones que se desplazan hacia oriente y occidente, cuyo centro es Roma. Lucas combina criterios culturales, geográficos y sociales y construye así históricamente el paradigma misionero del Espíritu. Lo curioso es que no se menciona Siria, Macedonia y Grecia, que es el territorio de las iglesias paulinas. Quizás no aparecen estos pueblos, pues es ahí donde Lucas escribe su obra y son ya en su tiempo Iglesias independientes de Jerusalén.

Lucas insiste tres veces (vv. 6.8 y 11) en que los presentes, que vienen de todos los pueblos, entienden el discurso de Pedro, cada uno en su propia lengua. Pedro y los Once son galileos (v. 7) y hablan por lo tanto en arameo, que era una lengua bastante conocida en Siria y oriente. El milagro de Pentecostés es que cada uno entiende a los apóstoles en su propia lengua nativa. No se trata de la glosolalia, pues cada pueblo escucha el Evangelio en su propia lengua, y podríamos agregar, en su propia cultura. Por eso consideramos hoy en día a Pentecostés como la fiesta cristiana de la Inculturación del Evangelio.

En Pentecostés se habría recuperado la unidad perdida en Babel. Desde la perspectiva liberadora de la inculturación del Evangelio, la diversidad de lenguas es el hecho liberador que permitió la huída de los trabajadores y la paralización de la construcción de la ciudad. En Pentecostés cada pueblo conserva su lengua y cultura. Lo nuevo en Pentecostés es la unidad en la comprensión del Evangelio, manteniendo la diversidad de lenguas y culturas. La unicidad de lenguas no es el proyecto original de Dios, ni tampoco su recuperación en Pentecostés, sino una forma de dominación cultural. El proyecto original de Dios, recuperado en Pentecostés, es una humanidad plurilingüe y multicultural.

2.2.Salmo responsorial Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34

Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

Este Salmo es un canto de alabanza dirigido a Dios creador. La liturgia retiene algunos versículos que se refieren al soplo de Dios. Después del invitatorio, en el que el Salmista se dirige a sí mismo, aparece el tema central de la alabanza: “¡Señor, Dios mío, qué grande eres!” (v.1b). La grandeza de Dios se manifiesta en la magnificencia de su creación. Entre los bienes más preciosos de la creación figura el “soplo vital”. Dado a los animales, este soplo confiere la vida. Cuando Dios lo quita, llega la muerte. En el capítulo 37 de la profecía de Ezequiel, el soplo de Dios es dado a los huesos descalcificados esparcidos en un valle, éstos reciben de nuevo carne y vida. Esta imagen poética designa la restauración del pueblo. El v.30, en su versión latina (de la “Vulgata”) se hizo como texto de la acción del Espíritu Santo en el alma de los fieles y en el mundo entero redimido: “Envía tu Espíritu y será creado y renovarás la faz de la tierra”. En Pentecostés, el soplo divino es dado a la Iglesia naciente. Una nueva creación comienza.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos: Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Este texto es importante para comprender la teología paulina del Espíritu Santo: (1) El Espíritu Santo es el alma de la profesión de fe en Cristo Señor. (2) El Espíritu Santo es la fuente de todos los carismas y, por la convergencia de los mismos (“para el bien común”), es el principio de la unidad de la Iglesia. (3) El Espíritu Santo está vinculado a los sacramentos, particularmente al Bautismo y a la Eucaristía. (4) El Espíritu no se comprende sin la Trinidad. En los vv.4-7 se insinúa una visión trinitaria de misterio cristiano. Nótese la unidad entre el Espíritu (v.4: “el Espíritu es el mismo”), el Señor (=Jesús; v.5: “el Señor es el mismo”) y Dios (=Padre; v.6: “el mismo Dios que obra todo en todos”).

En el trasfondo de este pasaje hay una problemática pastoral que no hay que dejar pasar desapercibida: en la comunidad de Corinto, aquellos que se beneficiaban de algunos carismas y manifestaciones espirituales se creían superiores a los otros. Pablo reacciona insistiendo en el hecho de que los carismas son “dones” (ver que aparece siete veces esta palabra a lo largo del pasaje). La respuesta va en esta dirección: (1) Dichos “dones” tienen un mismo origen: el mismo Espíritu, el mismo Señor, el mismo Dios, quien hace la unidad en la diversidad. (2) Los “dones” son ofrecidos por Dios a cada persona en función “del bien de todos”, es decir, al servicio de la edificación de la comunidad y de la misión. El Espíritu Santo no sólo hace nacer sino también crecer a la Iglesia, “Cuerpo de Cristo”. La comparación con el “Cuerpo” destaca la diversidad, la solidaridad y la unidad de la Iglesia.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros.» Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – «Recibid’ el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

1ª) Reconocimiento de Jesús vivo.

Les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Como el Padre me ha enviado así os envío yo a vosotros. En la escuela joánica se insiste de modo particular en la misión. El Padre envía al Hijo al mundo para salvarlo y no para condenarlo. El Padre y el Hijo envían al Espíritu, y juntos a los Apóstoles. La cadena de la misión se prolonga hasta la vuelta del Señor Glorioso al final de los tiempos. Este carácter teológico de la misión se traduce en un sentido misionero profundo que invade el Evangelio.

2ª) El Espíritu realiza la nueva creación.

Jesús les dijo: Paz a vosotros. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos. Aliento y viento se expresan en hebreo con el mismo término de «Ruaj» (que en griego se traduce por «Pneûma» y en castellano «Espíritu»). Este doble sentido del término es el que expresa toda la riqueza del Espíritu. Es necesario observar algunos detalles para la comprensión del fragmento. En primer lugar, Jesús es el transmisor del Espíritu. Se ha cumplido la era mesiánica y Jesús, verdadero Mesías, dispone del Espíritu recibido del Padre y lo entrega a sus discípulos. En segundo lugar, el verbo «exhalar» remite a dos momentos importantes en el pan del Dios creador y salvador: la creación del hombre (Gn 2,7): Dios sopla en las narices de la imagen elaborada con la arcilla y se convierte en un ser vivo. Es la primera creación, que traduce el proyecto del Dios Creador que es de vida y para la vida. El hombre es un ser vivo por la acción del Espíritu. En segundo lugar, la visión de los huesos secos que vuelven a la vida (Ez 37). Esta visión se enmarca en el exilio de Babilonia. Los huesos secos representan a la casa de Israel que ha perdido su esperanza y siente el peso del silencio de Dios. De nuevo aparece el Espíritu y de nuevo la misma expresión verbal «soplar». Este acontecimiento histórico, pasa a ser símbolo de la nueva creación por obra del Espíritu. Estos datos precedentes nos ayudan a valorar las expresiones de Juan cuando nos transmite que Jesús resucitado se hace presente entre sus discípulos, «sopla» su aliento sobre ellos y les entrega el Espíritu. Nos permite comprender que se trata del Espíritu Creador que va a llevar adelante la nueva creación.

3ª) Nueva creación y perdón de los pecados.

Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El don del Espíritu Creador se manifiesta en el perdón de pecados. El pecado es el que malogró, en el paraíso, el proyecto de Dios sobre el hombre. Lo quiso para la vida y feliz pero en la obediencia y comunión con su Creador. El hombre desconfía de su propio Creador y comete el pecado de querer ser él mismo en total independencia de Dios. El Espíritu Santo, llevando adelante su actividad de perdonar los pecados a través de los Apóstoles y de la Iglesia, hará presente en el mundo la nueva creación; manifestará en el mundo el verdadero proyecto de Dios. El pecado no pertenece a la textura original del hombre. Por eso podemos afirmar que el pecado no es humano, es decir, no entra en el proyecto original de hombre. Y por eso hay que afirmar que Jesús no lo pudo tener como hombre (y mucho menos como Dios), aun cuando fue igual a nosotros en todo. Con la reconciliación universal, obra de la Muerte-Resurrección de Jesús y que se actualiza siempre por el Espíritu Santo, aparece de nuevo cuál fue el sentido del hombre en el proyecto de Dios creador.

Cristo desborda la plenitud del Espíritu Santo.

Cristo desborda la plenitud del Espíritu Santo para hacer partícipes del mismo Espíritu a los Apóstoles: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. O sea, los Apóstoles son enviados por obra del Espíritu Santo para continuar la obra salvífica de Cristo. Los apóstoles reciben el poder del Espíritu de Cristo para perdonar o retener los pecados, para aplicar los frutos de la Redención de Cristo.

El día de Pentecostés.

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre la totalidad de la Iglesia instituida por Cristo y a la que ha ido dotando progresivamente de las estructuras necesarias para cumplir su misión. Pentecostés es, también, una fuerte llamada para amar a la Iglesia de Cristo animada por el Espíritu Santo-Amor. Por eso, renovamos nuestra fidelidad a la Iglesia de Cristo desde la fidelidad a las exigencias de nuestro carisma específico.

  1. 3.     Invocación mariana.

María; eres Madre de la Iglesia porque eres Madre de Cristo por obra del Espíritu Santo. Eres nuestra Madre espiritual.

Nos consagramos a ti, María, Esposa del Espíritu Santo y te pedimos que nos enseñe a ser fieles a la presencia y acción del Espíritu Santo.

Domingo 7 de Pascua – La Ascención del Señor – Ciclo B

DOMINGO SEPTIMO DE PASCUA: LA ASCENSION DEL SEÑOR ciclo B

Seguir leyendo «Domingo 7 de Pascua – La Ascención del Señor – Ciclo B»

Domingo 6 de Pascua – Ciclo B

Domingo sexto de pascua ciclo B

En la medida que vamos leyendo la historia del cristianismo más se comprende el significado central del mandamiento del amor. Nos damos cuenta que cuando marginamos y relativizamos la vivencia del amor, se desorienta nuestra comunidad cristiana; entonces terminamos por defender valores secundarios, como si fueran principales. El amor produce vida. La muerte, no puede presentarse ni justificarse como expresión del amor. Quienes eliminaron a Jesús creían dar gloria a Dios. La narración de los Hechos de los Apóstoles nos documenta como se iba abriendo camino el amor incluyente del Padre hacia los extranjeros. A regañadientes comprendió Pedro esa novedad y acogió en la comunidad cristiana al oficial llamado Cornelio. De inmediato el Espíritu ratificó aquella decisión, realizando una nueva efusión del Espíritu Santo.

  1. 1.     ORACIÓN

Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con amor y alegría la victoria de Cristo resucitado, y que el misterio de su Pascua transforme nuestra vida y se manifieste en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo…

  1. 2.     Texto y comentario

2.1.Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 15, 25-26. 34-35. 44-48

En aquel tiempo, entró Pedro en la casa del oficial Cornelio, y éste le salió al encuentro y se postró ante él en señal de adoración. Pedro lo levantó y le dijo:”Ponte de pie, pues soy un hombre como tú”. Luego añadió: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere”. Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que estaba escuchando el mensaje. Al oírlos hablar en lenguas desconocidas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes judíos que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se hubiera derramado también sobre los paganos. Entonces Pedro sacó esta conclusión: “¿Quién puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo lo mismo que nosotros?. Y los mandó a bautizar en el nombre de Jesucristo. Luego le rogaron que se quedara con ellos algunos días.

La gran extensión del relato y la profusión de detalles dejan entrever la importancia que tuvo para Lucas y para la Iglesia primi­tiva la conversión de Cornelio. Lucas insiste en el carácter milagroso del su­ceso: visión de Pedro, visión de Cornelio, irrupción del Espíritu… El relato guarda relación con los acontecimientos posteriores, en especial con las de­terminaciones tomadas en el Concilio de Jerusalén. La presencia del «judío» Pedro en la casa de «pagano» Cornelio, sancionada por la visión de los ani­males impuros que descendían del cielo, y el subsiguiente bautismo del cen­turión romano con su familia son elementos que tuvieron una resonancia transcendente. Los apóstoles entreveían, sin duda alguna, en el mensaje de Cristo una extensión universal. Ignoraban, no obstante, el modo y el mo­mento de realizarlo. Todavía judíos, sus relaciones con los paganos eran re­almente distanciadas. El acontecimiento de Cornelio los obligó a acortarlas. En el Concilio de Jerusalén volverá a presentarse la cuestión. Aquí se da ya una solución adelantada. Y la da, desde arriba y desde dentro, el Espíritu Santo.

Es importante anotar lo siguiente:

1) La disposición divina. Dios llama a todos. Dios no hace distinciones: ofrece sus dones al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. El llamamiento es universal. La misericordia de Dios se extiende a to­dos. El acontecimiento Cristo, sellado por la acción del santo Espíritu, ha de­rribado el muro que separaba a gentiles y judíos. La fuerza del Espíritu Santo desciende también sobre los paganos y los constituye hijos de Dios.

2) La figura de Cornelio. Nos cae simpática. Es un centurión; militar, por tanto. Lucas lo califica de «temeroso de Dios». Daba muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios. Un hombre piadoso y caritativo; también modesto y sencillo. Reconoce en Pedro la autoridad que viene de lo alto. Todo un centu­rión romano postrado a los pies del judío Pedro. Era un hombre abierto a Dios.

3) La figura de Pedro, reconoce que su per­sona, a pesar de la autoridad que ostenta, príncipe de la Iglesia, no se eleva por encima de los demás. Los prejuicios judíos no le impiden ver en el acon­tecimiento la mano de Dios. Siervo fiel en el ministerio que le ha encomen­dado, acepta la disposición del Señor y la ejecuta con acatamiento. No es él quien dispone, sino Dios. Para un judío de aquel tiempo hubiera sido muy di­fícil confesar «soy un hombre como tú», tratándose de un pagano que le re­cordaba la sujeción a Roma. Pedro reconoce que la salvación no se limita a una raza o nación. ¡Dios imparte su gracia libremente! Pedro obra en conse­cuencia.

2.2. Salmo responsorial Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4 c£ 2b)

El Señor revela a las naciones su salvación.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

Dios se muestra Rey en sus intervenciones. Una de ellas en particular lo ha manifestado con mayor relieve. El salmista parece pensar en la vuelta del destierro. Dios reveló ante todos los pueblos su fidelidad y amor a Israel. Por eso un cántico nuevo. La intervención pasada, con todo, era un esbozo de la intervención futura: Dios ha intervenido de forma suprema y definitiva en Cristo Jesús.

2.3. De la primera carta del apóstol san Juan: 4, 7-10

Queridos hijos: Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, y todo el que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. El amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su hijo unigénito, para que vivamos por Él. El amor consiste en esto: no en nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados.

Comienza la lectura con una cordial exhortación al amor fraterno. Juan intenta declarar las señales más ciertas de la comunión con Dios: el amor fraterno. El que ama vive en unión con Dios. El amor encuentra su raíz en Dios y su expresión, como garantía de autenticidad, en la entrega y servicio a los hermanos. Hay que advertir, por eso, que todo amor, aun el que se pro­fesa al enemigo, es amor fraterno. El mundo, que no cree y no ama, está lejos de Dios; más, enfrentado a él. Los movimientos religiosos del tipo que sean que no muestren amor, no conocen a Dios, son realmente falsos.

¿Por qué tanto valor al amor? Porque Dios es amor. He ahí la gran reve­lación. Si Dios es amor, habrá que comprender que todo lo que hace Dios lo hace por amor. Pues el amor es su naturaleza. Con esta definición se alarga de forma ilimitada el concepto de la bondad de Dios, tan fuertemente subra­yada ya en el A. Testamento. La expresión más bella y acabada, con todo, de su amor- de sí mismo- es la entrega de su Hijo para nuestra salvación. En la entrega de su Hijo Dios revela la naturaleza de su amor y el amor como naturaleza. No hay otro amor que ese. El amor humano, se es amor de ver­dad, será como él y se fundirá en él. Con otras palabras: Dios nos amó pri­mero. El amor que Dios nos tiene nos capacita para amarle. El amor que le profesamos está sustentado, y es al mismo tiempo su expresión, por el amor que nos tiene. El amor de Dios nos hace capaces de amar. La salvación, pues, está en dejarse amar y amar en Cristo Jesús.

El amor de Dios es creativo: nos constituye hijos. Poseemos la capacidad de amarlo como hijos. El amor a Dios filial es respecto a los hombres fra­terno. Dios nos capacita para amarle y para amarnos. El amarnos es ga­rantía segura de la permanencia en su amor. Nuestro amor a él y a los her­manos es del mismo signo que el suyo: es en el Espíritu Santo. Si la natura­leza de Dios es amar, el amor que se nos concede, nos naturaliza con él: amaremos por naturaleza. En otras palabras: todos nuestros actos han de ser expresión de nuestra filiación de Dios y de nuestra fraternidad con los hermanos, nacidos todos del amor. Por eso el que ama muestra dónde está -en Dios- y qué es: hijo de Dios y hermano de todos. En Jesús se ha mostrado Dios amor, que ama y cómo ama. El amor que profesamos y cómo lo profe­samos mostrará si estamos en Jesús y, por tanto, en Dios. Amemos a los hermanos: quien no ama no conoce a Dios.

2.4. Del santo Evangelio según san Juan: 15, 9-17

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mí alegría esté en ustedes y su alegría sea plena. Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le oído a mi Padre. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quién los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”

La exhortación se expresa con las palabras mismas que explicitan la imagen y se centra en el verbo “permanecer”; los discípulos están llamados a permanecer en Jesús así como lo hacen los sarmientos en la vid, para tener vida y dar fruto. El tema de dar fruto, pero también el tema de pedir y obtener que vamos a encontrar en los versículos que comentamos, ha sido anticipado aquí, ofreciéndonos un ejemplo del estilo de Juan, que retoma los temas profundizándolos.

 

Ciertamente en el verso n. 9 en el tono del discurso se percibe un cambio: no hay imágenes, sino la referencia directa a una relación: “Como el Padre me amó, yo también os he amado”. Jesús se pone en medio de un recorrido descendiente que va de Dios a los hombres. El verbo “amar” lo habíamos encontrado ya en el capítulo 14 al hablar de la observancia de los mandamientos; y ahora despunta de nuevo para llevar a una nueva síntesis en nuestro relato allí donde los “mandamientos” dejan paso al “mandamiento” que es el de Jesús: “Esto es lo que os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15,17). La relación de reciprocidad se retoma inmediatamente tras un imperativo: “Permaneced en mi amor”; se pasa del verbo “amar” al sustantivo “amor” para indicar que la acción procedente del Padre y que pasa por el Hijo a los hombres ha creado y crea un nuevo estado de cosas, una posibilidad que era impensable hasta ese momento.

 

Y en el verso 10 la reciprocidad se realiza en sentido contrario: la observancia de los mandamientos de Jesús es para los discípulos la manera de responder a su amor, en analogía y en continuidad real con la actitud del Hijo que ha observado los mandamientos del Padre y por esto él también permanece en su amor. Entonces, la perspectiva es muy distinta de aquel legalismo que había monopolizado los conceptos de “ley” y “mandamientos”: Jesús vuelve a colocar todo en su perspectiva más verdadera: una respuesta de amor al amor recibido, el anuncio de la posibilidad de estabilidad en la presencia de Dios.

 

También la frase en el v. 11 se convierte en una salida ulterior de la perspectiva legalista: el fin es el gozo, un gozo, eso sí, de relación; el gozo de Jesús en sus discípulos, su gozo presente en plenitud.

 

En el v. 12, como ya se ha dicho, el discurso se hace más apremiante: Jesús afirma que sus mandamientos se reducen a uno sólo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”; notamos como la línea relacional sea la misma, siempre en clave de respuesta: los discípulos se amarán como Jesús los ha amado. Pero lo que sigue restablece en términos absolutos el primado del don de Jesús: “Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida para los amigos” (v. 13). Es ésta la obra insuperable de su amor, una acción que levanta a su nivel más alto el grado de implicación: el don de la vida. De aquí una importante digresión sobre este nuevo nombre dado a los discípulos: “amigos”; un término que se ve ulteriormente circunstanciado en contraposición con otra categoría, la de los “siervos”; la diferencia está en la falta de conocimiento del siervo respecto de los proyectos de su señor: el siervo es llamado a ejecutar y basta. El discurso de Jesús sigue su lógica: justamente porque ha amado a sus discípulos y está a punto de dar la vida por ellos, él les ha revelado el proyecto suyo y de su Padre, lo ha hecho mediante signos y obras, lo hará en su obra más grande, su muerte en la cruz. Una vez más Jesús señala su íntima relación con el Padre: “Os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre” (v. 15). Y sin embargo, en el corazón de la afirmación de Jesús sobre los discípulos como amigos no se olvida lo que se ha expresado antes: “Sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (v. 14).

 

Los últimos versículos de nuestro texto vuelven a lanzar la imagen de la vid, con además lo que ha sido afirmado: es Jesús que ha elegido a sus discípulos, no el contrario, la iniciativa sale de él. Sin embargo la imagen se ha dinamizado un poco: al contrario de una vid plantada en tierra, los discípulos están llamados para que vayan y para que en este ir den fruto; el fruto está destinado a permanecer (mismo verbo usado para invitar a permanecer en el amor de Jesús), otra calificación de estabilidad que vuelve a dar equilibrio al dinamismo.

 

Su identidad de discípulos se fundamenta en la elección hecha por Jesús y presenta un camino que recorrer, un fruto que dar. Entre el pasado de la llamada, el presente de la escucha y el futuro de la fructificación, el cuadro del discípulo parece completo. Sin embargo, hay que arrojar luz sobre Alguien, hay todavía una actitud que proponer. “Dar fruto” puede llevar a los discípulos a un actuar unilateral; la partícula “para que” enlaza el fruto con lo que sigue: pedir y recibir, experimentar la indigencia y el don dado con abundancia (“todo lo que pediréis”) y gratuitamente. Aquel Alguien que Jesús revela es el Padre, fuente del amor y de la misión del Hijo, el Padre al cual es posible dirigirse en nombre del Hijo ya que hemos permanecido en su amor. Y la conclusión se plantea de manera solemne y lapidaria: “Esto os mando: que os améis unos a otros”.

 

Oración final

Señor Jesucristo, te damos gracias por el amor con que has instruido y sigue instruyendo a tus discípulos. Alabado seas, Señor, vencedor del pecado y de la muerte, porque te has entregado totalmente, implicando también tu infinita relación con el Padre en el Espíritu. Tú nos has puesto esta relación delante y nosotros corremos el riesgo de no comprenderla, de achatarla, de olvidarla. Nos has hablado de ella para que comprendiéramos ese gran amor que nos ha engendrado. Haz, Señor, que permanezcamos en ti como los sarmientos a la vid que los sostiene y los alimenta y que por ello dan fruto. Danos, Señor, una mirada de fe y de esperanza que sepa pasar de las palabras, de los deseos a lo concreto de las obras, a tu imagen, Tú que nos amaste hasta el fin, dándonos tu vida para que tuviéramos vida en ti. Tú que vives y reinas con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor.

La Iglesia sabe muy bien que nada hay digno de ser presentado ante el divino acatamiento, como ofrenda que esté a la altura de su grandeza y santidad.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dios todopoderoso y eterno, que, en Cristo resucitado, nos has hecho renacer a la vida eterna, haz que este misterio pascual en el que acabamos de participar por medio de la Eucaristía, dé en nosotros abundantes frutos de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Dios hecho hombre es Jesús de Nazaret, el enviado del Padre presencia viva de Dios, es él el sacramento del Padre entre nosotros. Ahora nosotros somos el sacramento de Jesucristo presencia de Dios en el mundo, por ello pedimos que seamos en el mundo signos de Dios y, con la vitalidad que nos da el estar unido como los sarmientos a la vid, podamos dar los frutos que el Señor quiere.

 

Domingo 5 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO QUINTO DE PASCUA (ciclo B)

 

Un cristiano es el que ha experimentado a Cristo. Esto no quiere decir que todo cristiano tenga que ver a Cristo. No le han visto y creen en él, es una bienaventuranza. No lo hemos visto, pero lo hemos experimentado. Desde la experiencia a la fe, desde la fe a la experiencia. Nada mejor nos puede suceder. Que es creer en Cristo desde la experiencia, es empezar a ver, a vivir, a ser como Cristo. San Agustín con su expresividad acostumbrada nos lo dice, no somos cristianos, somos Cristo.  Las lecturas de hoy nos invita a encontrarnos una vez más con Cristo, a renovar nuestra fe en Cristo, a vivir el amor de Cristo y a intensificar nuestra unión con Cristo.

1.      Oración:

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Amén.

 

2.      Lectura y comentario de los textos:

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 9,26-31

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles. Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús. Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso. La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo.

Aparece en la primitiva comunidad un personaje de cualidades e impor­tancia excepcionales: Pablo de Tarso, gran predicador de Cristo y Apóstol de las gentes. Pablo da «testimonio de Cristo resucitado», predicando públicamente el nombre del Señor. Él lo ha visto glorioso en su camino a Damasco. Su vida ha dado un cambio de rumbo. Iba perseguidor, vuelve ferviente y entregado propagador de su mensaje y de su persona. Se ha verificado una «conversión» completa.

El celo que lo anima es extraordinario. Hasta tal punto, que los hermanos temen por su vida. Pablo predica pública­mente a Cristo en Damasco y en Jerusalén, en lengua griega y en lengua aramea, a ilustrados y a sencillos. Es un siervo del Señor que no desperdicia ocasión para manifestar su convicción y dar testimonio de Cristo resucitado. La actitud de Pablo, convertido al margen de los Doce, es un testimonio ex­traordinario, que motiva la admiración y la estupefacción de los racionalis­tas.

 

Los hermanos lo recuerdan perseguidor. El recuerdo no se borra fácilmente.; du­rará por un tiempo, bien es verdad que no entre los más notables. Así se purificará más. Su testimonio será más sincero.

La Iglesia se multiplicaba animada por el Espíritu Santo. El incremento lo da el Señor, dirá después Pablo. Los apóstoles lanzan la semilla. El Espí­ritu se encarga de que fructifique. Así es la Iglesia, vivo testimonio, animada por el Espíritu.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 21, 26b-27. 28 y 30. 31-32 (J_26a)

El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre.

Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba, ante él se inclinarán los que bajan al polvo.

Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor.

«Todo lo hizo el Se­ñor», es una alusión a la gran maravilla realizada por Dios en la resurrec­ción de Cristo. Cristo resucitado da testimonio de su poder y de su gloria. La «asamblea», la Iglesia, reconoce el testimonio y lo trasmite de generación en generación hasta la consumación de los siglos. Ahí con Cristo que da gracias a Dios, estamos todo nosotros. ¿No es el sacrificio de la misa un recuerdo de esta maravilla, una presen­cia del Señor en la asamblea, y una contínua acción de gracias, una perpe­tua «eucaristía»?

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 18-24

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

Refiere san Jerónimo que san Juan, aun en la más avanzada edad, no de­jaba de repetir ante la asamblea cristiana la misma amonestación: «Amaos los unos a los otros». Cansados los discípulos de escuchar siempre la misma exhortación, le preguntaron el porqué de tanta insistencia en aquel precepto. La respuesta, digna del apóstol, subraya San Jerónimo, fue la siguiente: «porque es un precepto del Señor, y si se cumple, todo está cumplido; mas si falta, todo falta». Es la mejor introducción a este pasaje.

Este parece ser el orden de las ideas. El amor de Dios a los hombres se ha manifestado en la muerte de Cristo en nuestro favor (v. 16-17). «…dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar la vida por los hermanos». La caridad fraterna nace del amor de dios a los hombres; y Cristo es el modelo que debe regir vuestras relaciones cristianas. Por eso nuestro amor debe ser obra y en verdad. Es decir, obrado y nacido de la verdad revelada que está en no­sotros, correspondiente a la fe en Cristo, a la aceptación de su mensaje, y por consiguiente, a la caridad que habita en nosotros. La fe y las obras de­ben estar en armonía. Se trata de una fe viva en la práctica de la caridad y de una caridad fundada y nacida en la aceptación de Cristo, que habita en nosotros por la fe.

 

La práctica del amor fraterno, mostrado en obras, basado en la verdad, será la señal de que nuestro amor es auténtico, digno de la fe que hemos concebido. Una conducta semejante nos tranquilizará ante la conciencia (ante Dios en resumidas cuentas). Aunque nuestra conciencia nos acuse de otro tipo de faltas, podemos estar tranquilos. Dios, misericordioso, conoce la auténtica caridad que tenemos; si la practicamos según lo dicho, tendrá piedad de no­sotros. La caridad cubre la multitud de los pecados. (1 Pe 4,8) Si nuestro amor nace de la verdad, también nuestra oración será escu­chada. La atención de Dios a las oraciones de los hombres está en estrecha relación con la unión que estos guardan con él. Unidos a El por la caridad verdadera y por el cumplimiento de los preceptos, vividos en fe, Dios escu­chará nuestras oraciones.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 15,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

La alegoría de la vid. Pasaje denso y profundo, sumamente teológico. Nos encontramos en el contexto de la Cena. Más exactamente hablando, el pasaje forma parte del discurso -segundo- de Cristo a los suyos, momentos antes de ser entregado. Son momentos de efusión y de comunicaciones ínti­mas. Temas: la unión, el amor.

 

Los discípulos deben permanecer unidos a Cristo, si no quieren perderse como tales y como hombres- «echados al fuego». La unión con Cristo garan­tiza el «éxito» en el plan de Dios. Unidos a Cristo, quedamos por lo mismo unidos a los hermanos-miembros de una misma planta por la que corre la misma savia; de este modo también se asegura el fruto -actividad del Espí­ritu Santo.

 

En unión con Cristo, el éxito en la oración al Padre está asegurado. Natu­ralmente la oración no puede ser otra que la que va dirigida al cumplimiento de la voluntad de Dios, que, a su vez, no intenta otra cosa que manifestar su gloria-comunicarla- a los hombres. Los apóstoles cumplirán perfectamente su misión de anunciadores, de reveladores, de santificadores en unión con Cristo. Unidos a él la actividad del Espíritu será amplia y poderosa; se lle­narán de la gloria de Dios. Si pensamos todavía en los frutos, el primero, sin duda alguna, el del amor en toda su extensión, que va de Cristo a los sar­mientos. Esa es la vida de Dios; no otra la vida de cristianismo. Sin em­bargo, los sarmientos necesitan de una poda. La imagen es sugestiva. Hay que eliminar lo superfluo, lo inútil, para dar paso a la fuerza de la savia que irrumpe de la vid, a la fuerza del Espíritu que viene de Cristo. Es un cuidado de la vid, no un castigo. La poda es necesaria. Así es la disciplina divina. Vale para todo cristiano.

Los autores ven en la alegoría de la vida una alusión a la Eucaristía. Efectivamente, los sinópticos traen un texto, dentro del contexto de la Cena, altamente sugestivo: «En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día que lo beba de nuevo en el Reino de Dios». La Didajé: «Te damos gracias Padre nuestro, por la vida santa de David tu siervo, que nos revelaste por David tu siervo». Estas palabras en las preces eucarísticas. Recuérdese el vino superior y abundante de las bodas de Caná. No está, pues, demás, una alusión a la Eucaristía.

 

La imagen de la Vid nos recuerda también múltiples pasajes del Antiguo Testamento. Baste el salmo 80,9-16. El Pueblo de Dios es comparado a una vid frondosa. San Pablo lo compara a un olivo. Entonces la idea es clara. El pueblo nuevo -el Pueblo de Dios- no es otro que aquel formado en Cristo. No hay pueblo, no hay fiel fuera de la unión con Cristo. La Vid auténtica, la que el Padre cuida, la que el Padre reconoce como propia, es la que tiene por tronco y principio a Dios. La salvación viene por El. La purificación nos llega a través de su Palabra, a través de sus Revelación. Ella nos libera y nos santifica mediante la aceptación por nuestra parte, en fe y amor, de Cristo como Hijo del Padre y salvador único. Quien se aparta de El está condenado a la ruina. El mismo se pierde. El nuevo pueblo es Cristo entero que se ex­pande y lleva su fruto a todas partes. El sarmiento llegará a su fin si per­manece unido a la Vid. De esta forma fructificará.

 

Reflexionemos

 

La antífona de entrada nos recuerda la Resurrección de Cristo, centro y fuente del Cristianismo, como doctrina y como vida. Las oraciones nos men­cionan, como corporación, los dones recibidos: «nos has redimido», «nos has hecho hijos», «partícipes de la divinidad», «nos has iniciado en los misterios del reino», y nos lanzan a una petición sincera:«libertad verdadera y herencia eterna», viviendo según la vocación que tenemos, alejados del pecado y co­menzando aquí ya la vida eterna. Unión con Dios, pues somos hijos, amor fraterno, pues somos hermanos. La imagen de la Vid lo recalca

 

A) Cristo es la Vid. La verdadera, la auténtica. Sin él nada. Las expre­siones del Evangelio son tajantes. En el Prólogo aparece el Verbo centro de la creación.«Todo fue hecho por él, y nada de lo que fue hecho fue hecho fuera de él». Función cosmológica. Todo depende de él en la misma existencia. Los signos cristológicos de Fili­penses y Colosenses revela la misma verdad. En estrecha relación con el papel cosmológico está la función soterioló­gica. La salvación nos viene de él. Todo con él, nada sin él. Dios nos da la salvación sólo y dentro de Cristo. Cristo es la fuente y el centro. El hombre recibe, sólo unido a él, la filiación divina. Cristo es el Hijo .Unidos a él llegamos a ser hijos. Sin él el fracaso. Llamado el hombre a una herencia eterna, no la conseguirá sino unido a Cristo glorioso, dador de la gloria eterna. Se nos exige naturalmente la permanencia en él. El hombre, pues, no conseguirá el fin en cuanto hijo de Dios -don recibido- ni en cuanto hombre -creatura de Dios- si nos separamos de él. Vendrá sobre nosotros la perdición. Así el sarmiento que muere. Lo mismo el Apóstol, como el simple fiel, fracasan como tales en su vocación de herederos de la vida eterna y como hombre, separados de él.

 

La iglesia es la unión de los que creen y viven en Cristo. No es la iglesia un movimiento sociológico, filosófico, humano. La Iglesia tiene como cabeza a Cristo con el que mantienen los fieles una unión mística, vital y divina. No son nuestras obras las que nos salvan, sino nuestra vida unida a Cristo. La vida desciende de arriba, de Dios mediante Cristo, se agita en nosotros, fructifica en nosotros en tanto nos mantengamos unidos a él. No es obra nuestra, es obra de Dios en nosotros y con nosotros.

B) Cooperación humana No basta ser llamados. Es menester vivir la vo­cación. Fe en Cristo, amor a los hermanos, dentro del amor a Dios en él. Esta es la vocación del cristiano. La unión con Cristo nos hará vivir la voca­ción -cumplir- y el cumplimiento de los preceptos nos mantendrá unidos a él. La unión con él garantiza la unión con los demás, así como el amor a los hermanos demuestra la unión con él. De ello nos habla la segunda lectura: amarnos como él nos amó. No podremos hacerlo sino unidos a él; y cuanto más nos amamos, más nos unimos a él. Quien quiera construir una vida propia al margen de esta verdad, está seco; su destino es desastroso. Ahí está el ejemplo del sarmiento seco. Quien no ama al hermano se aparta de Cristo y muere.

 

C) Garantía de «éxito». Hay que entenderlo bien. El éxito consiste principalmente en realizar en nosotros, y también en el mundo entero, el plan de Dios de salvación. De esta forma llegaremos a la salvación eterna. Así se hará presente el reino de Dios, cuyos misterios es­tamos ya ahora participando (oración). No se trata de otro éxito. El «éxito» es que viva en nosotros Cristo, según la voluntad del Padre. No quiere decir esto que nuestras obras van a palpar ya ante los hombres el fruto de los trabajos. Sería engañoso. El «éxito» es cumplir la voluntad de Dios sea cual sea, ya cruz, ya gloria, ya en silencio, ya en esplendor. La primera lectura nos ofrece un ejemplo. Pablo, apóstol de Cristo, entregado totalmente al ser­vicio divino, anhelando tan solo vivir en sí la vida de Cristo. Así también la Iglesia, movida por el Espíritu.

 

D) La Poda. El tema es sugestivo. Dios no mata; es el Dios de la vida. Dios cura, vivifica, vigoriza, enriquece, perfecciona. Hay que contar con la acción purificadora de Dios. Puede ser dolorosa, pero en todo caso saludable. Es condición indispensable, dad nuestra condición actual. Como advertencia saludable no olvidemos el sentido de «desecho» que puede encerar el término poda.

 

E) Petición. El tema de la petición es también interesante. Conocemos el precepto del Señor: «Permaneced en mí». Poseemos los dones. Debemos res­ponder a ellos. Hay que vivir el don recibido. Hay que pedirlo también. Se nos concederá a medida de la unión con él, y mayor la unión cuanto más la pidamos y la vivamos. El deseo se convierte en oración y la oración en vida.

 

F) Eucaristía. Buen momento para recordar el «Permaneced en mí». «Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida en mí y yo en él», dice Cristo. La virtud del sacramento nos une a él y nos hace una misma cosa con él. En ella su fortaleza, en ella su amor, en ella su gracia; en ella la co­munión fraterna. El don del Espíritu se nos comunica en ella. La imagen de la Vid nos recuerda a la Iglesia entera que se mueve en torno a Cristo, pre­sente en la Eucaristía. Allí el vino de la vida; de allí la fuerza de expansión de los sarmientos; de allí la valentía de Pablo y la virtud entera de la Igle­sia. La eucaristía ha de ser vivida con entereza y amplitud: nuestro pensa­miento, nuestra voluntad, toda nuestra persona; en el momento cultual y en la vida entera: fe y amor a Dios en Cristo; amor profundo al hermano. La eucaristía lo expresa y realiza; lo expresamos y lo realizamos.

3.      Oración final:

 

Ven Señor en ayuda de tu pueblo y, ya, que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Domingo 4 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO CUARTO DE PASCUA ciclo B

Cada año en el cuarto domingo de Pascua leemos un fragmento del capítulo 10 de san Juan, que muestra la misión de Jesús a través de diversas imágenes referidas al tema de las ovejas y el pastoreo. En este ciclo B leemos la parte central de este capítulo que nos presenta a Jesucristo  como buen pastor y destaca sus principales características, las cuales no son estrictamente las que podríamos deducir si nos imaginamos lo que es un pastor. Nótese también que en este domingo del buen pastor se nos invita a pensar y a orar por las vocaciones: un tema eclesial que vale la pena tener presente.

En el evangelio de hoy Jesús se presenta como el Buen Pastor, como que da su vida por sus ovejas. En cuanto piedra rechazada por los constructores, se ha convertido en piedra angular de la Iglesia que reúne en sí a todos los que caminan con el gozo de reconocerse hijos de Dios.

1.      Oración:

«Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor».

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4,8-12

En aquellos días, Pedro, lleno de Espíritu Santo, dijo: -«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogan hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos ustedes y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante ustedes. Jesús es la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.»

Podemos notar, en primer lugar, la valiente decisión de Pedro. ¿Se trata del mismo Pedro que aseguraba, en la noche del prendimiento de Jesús, no conocer a «ese hom­bre»? Verdaderamente sorprende el cambio. Se trata, sin duda alguna, de la misma persona, pero profundamente transformada. Pedro está ahora «lleno del Espíritu Santo». Basta comparar las dos posturas, la pasada y la pre­sente, para percatarse del cambio operado. No es una mujerzuela la que ahora, de pasada, sin mayor interés, le pregunta. Es el supremo Tribunal del judaísmo, que puede condenar y expulsar de la sinagoga. La respuesta de Pedro es clara y radical, sin concesiones ni pretextos. Así obra el Espíritu. ¡Quién lo tuviera!

 

Magnífica respuesta la de Pedro. Pedro no se limita a responder y a dar cuenta de su fe. Va más allá. Les interpela valientemente: el milagro que tanto ha conmovido a la muchedumbre es obra del «Cristo a quien ustedes crucificaron»; ese «Jesús es la piedra que ustedes desecharon». En efecto, los maestros de Israel y sus dirigentes han cometido un grave error: han dado muerte al Autor de la vida. Han desechado la Piedra angular. Pedro confiesa e interpela al mismo tiempo. En la interpelación, una llamada a la conversión.

Cristo ha sido devuelto por Dios a la vida, exaltado. Su Nombre es pode­roso. Como proclama Pablo, Cristo ha heredado un «nombre sobre todo nom­bre». Ha sido colocado cobre toda criatura. Ha adquirido una posición que lo eleva por encima de los hombres y los constituye, a la derecha del Altísimo, causa de salvación. Cristo es la Piedra Angular del Edificio que Dios ha de­terminado levantar. Para integrarse en este Edificio es menester adosarse a esta Piedra de Dios. Quien choca contra esta Piedra, se estrella sin remedio. En ella la vida y la muerte, en ella la salvación y la condenación. Fuera de él nadie se salva. Los edificantes la han desechado: se han desechado así mis­mos. Atrevida respuesta la de Pedro. Tras él la voz del Espíritu Santo. Así de clara y firme la respuesta del cristiano a las pretensiones del mundo. De­cisión, claridad, valentía. Y en la claridad y valentía, la decisión de «curar» en Nombre del Señor. El cristianismo es un grito a la penitencia.

 

2.2.Salmo reponsorial: Sal 117.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes. 

Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación.  La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.

Bendito el que viene en nombre del Señor, os bendecimos desde la casa del Señor. Tu eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

El salmo goza desde antiguo de un manifiesto sabor mesiánico: Mt 21,42; Hch 2,33; 1 Pe 2,4-7. Las estrofas avanzan en acción de gracias -comienzo y fin- y el es­tribillo proclama el «acontecimiento».

La piedra. La piedra angular. No hay más que una, como uno es el edifi­cio. El Edificio de Dios descansa sobre la Piedra Angular «elegida» por él mismo. Todo descansa en Cristo. Han errado los arquitectos. Los jefes de Is­rael han elegido mal. Desecharon al Justo y aclamaron al malhechor. Pero Dios ha intervenido, Dios ha actuado: Dios ha resucitado a su Hijo de entre los muertos. Ha sido un milagro patente. Y patente y milagro permanece hasta la consumación de los siglos. Cristo Salvador supremo. Es el refugio seguro que nos ha deparado Dios. Es una magnífica obra de misericordia. Alabemos, demos gracias. Recurramos a él. Es el único que ofrece confianza y seguridad. Dios está con él.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-2

Queridos hermanos: Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

El amor de Dios es creativo. La palabra de Dios es eficaz por naturaleza. Eco de su voz son las cosas: la luz, los cielos, el agua, la tierra, los peces, los animales terrestres, el hombre, todo. Todo lo hizo Dios por amor. Esa misma voz, la voz que declaró a Jesús Hijo de un modo inefable en el bautismo, y lo llamó de entre los muertos, esa misma voz nos ha llamado a nosotros hijos. No es una ficción jurídica. Es una realidad inefable. Realmente somos hijos de Dios. Jesús nos mandó llamar a Dios en verdad, movidos por el Espíritu, «Padre nuestro». Dios es nuestro Padre y nosotros, hermanos unos de otros. Aquí también la causa de todo es el amor que Dios nos tiene. ¡Nos ha hecho hijos suyos! Es ciertamente un misterio. Pero no por eso deja de ser una rea­lidad. Ese es el don que nos trae Cristo. El, Hijo; nosotros, hijos. El mundo no puede comprenderlo, ya que no posee el Espíritu de filiación. Se mofará de nosotros, nos tachará de embusteros, de blasfemos quizás, nos perseguirá y nos hará la vida imposible. Pero nosotros lo vivimos en fe y en amor.

Este precioso don, que nos eleva a la dignidad de «hijos de Dios», es, al mismo tiempo, bajo un aspecto, objeto de esperanza. Somos realmente hijos; pero queda por revelarse lo que esto significa. «¡Seremos semejantes a él!». ¿A Cristo Glorificado? ¿A Dios mismo? Los autores no están de acuerdo en la interpretación. En el fondo la verdad es una. Cuando aparezca -ya sea Cristo, ya sea «lo que seremos»- nuestra semejanza con Dios, pues somos hi­jos, se realizará en Cristo. Cristo es la Imagen de Dios. En él recibimos noso­tros la filiación, la imagen, la salvación… de Dios. Cristo glorioso es la mani­festación de Dios mismo. Todo ello tendrá lugar al fin de los tiempos, cuando Cristo aparezca, cuando Cristo venga. Es una condición semejante a la de Cristo. Hijos como él, poseedores de la gloria como él. Envueltos de su gloria veremos a Cristo en Dios, a Dios en Cristo y a todos nosotros en él. «Veremos a Dios tal cual es». Además de una contemplación inefable de «cara a cara», se trata aquí de una «convivencia familiar con Dios». Partici­paremos de la «comunión» maravillosa que el Padre tiene con el Hijo. Sentido vital no meramente especulativo. Participaremos, como sujetos y objeto, de la vida trinitaria. Amaremos y nos sentiremos amados; veremos y nos ve­remos vistos… Lo que nos espera es grande. De aquí la alegría. Es para alabar a Dios y darle gracias. El don es mag­nífico. El término nos hará intensamente felices. Ello nos ayudará a sobrelle­var las molestias de la vida. Las penalidades de este mundo no se pueden comparar con el premio que Dios ha reservado a los que aman, asegura Pa­blo. Así de firme y así de grande es la fe cristiana. Somos hombres llamados a convivir en Dios con Dios. Hombres llenos siempre de optimismo. ¡Somos hijos de Dios! ¡Lo veremos tal cual es!

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús: – «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

«Yo soy el buen pastor». Jesús se ha presentado como la puerta única de y a las ovejas. Jesús se proclama también buen pastor. El único que puede llevar las ovejas a pastos abundantes. Como no hay otra Vida, ni otra Verdad, ni otro Camino, ni otra Luz que él, así tampoco existe otro Pastor que conduzca a la vida eterna. Muchos pastores han aparecido en el mundo. Son de muchos tipos. Todos los que han tratado y tratan de ofrecerle a la humanidad el señuelo de un término brillante y definitivo, son falsos. Sólo hay un Pastor, y ese es Jesús. El tiene palabras y hechos de vida eterna. Sus palabras revelan al Padre y sus hechos lo comunican. Jesús da la vida por las ovejas. Muere en favor de los hombres. Y su muerte nos acerca a Dios. No solamente es una donación de la vida como expresión de amor, sino que esa donación produce de verdad el efecto admirable de unirnos a Dios, de concedernos la Vida. Más aun, Jesús, muerto, ha resucitado. La Resu­rrección una vida para siempre, señala la vida de Jesús entregada por noso­tros como fuente de vida. En la vida de Jesús somos salvos. Por eso es el único Pastor. A Jesús le importan las ovejas. Tocamos, en el fondo, el miste­rio de la Encarnación del Verbo: se encarnó por nosotros pecadores. Obra de amor. El YO SOY apunta a su naturaleza divina.

 

«Conozco a las mías » Remontémonos un momento a la vida trinitaria. El Padre conoce al Hijo; el Hijo conoce al Padre. Por connaturalidad, por natu­raleza. Es natural a ellos el conocimiento recíproco, porque es natural y co­mún a ambos la participación de la naturaleza divina. Es tan íntima la unión de ambos que solo los distingue la propia persona. En esa comunica­ción tan inefable ha surgido, por amor, la comunicación a los hombres. El Padre que conoce al Hijo se alarga en el conocimiento del hijo, al conoci­miento de los fieles. Los fieles conocen a Jesús, y en Jesús al Padre. El Padre conoce a Jesús, y en Jesús a los fieles. El Padre se comunica en Jesús a los fieles. Los fieles alcanzan en Jesús la comunicación del Padre. Si el »conocimiento» que el Hijo tiene del Padre lo colocamos en la linea de la co­municación divina, y esta comunicación divina es su vida, no nos será difícil comprender que, al conocernos Jesús en el »conocimiento» que tiene del Pa­dre, nos comunique su vida: »doy mi vida por los ovejas». La donación de su vida natural-humana señala- es signo eficaz- la donación de su vida natural-divina. El que nosotros conozcamos a Jesús en el»conocimiento» que lo une con el Padre, revela en nosotros la acción de Dios a través de Jesús que nos eleva a las relaciones trinitarias.

 

»Por eso me ama el Padre…» No podía menos de aparecer el amor en este precioso mensaje, implícito en el concepto de »conocimiento. Las relaciones entre Padre e Hijo vienen a ser las mismas. Existe, con todo, una particula­ridad: que la relación amorosa del Hijo al Padre no se suele expresar con el término »amor» sino con el de »obediencia» la perspectiva parte del Verbo Encarnado del Hombre-Verbo. El Padre ama al mundo y entrega en expre­sión fecunda a su Hijos. El Hijo hace suyo el amor del Padre »entregándose» con toda libertad a la muerte. Amor con dos vertientes en una misma linea: amor del Verbo-hombre a Dios, amor del Verbo-hombre a los hombre. Amor de tal calibre no puede morir: Jesús tiene poder para entregar la vida y re­cuperarla. La obra de Jesús es una obre de amor. Nace del Padre y a través del Hijo llega al mundo; el mundo -los fieles- recibe el impacto en el Hijo y a través de él y en él se remonta al Padre.

 

»Tengo además otras ovejas…» Breve pero solemne alusión al universa­lismo. Jesús muere por todos. Todos están llamados a gozar de Dios. Jesús redentor universal como universal es el amor del Padre.

 

Reflexionemos

 

Las oraciones de este domingo apuntan, por un lado, al gozo pascual, que debe continuar hasta la consumación de los tiempos. Por otro lado, se habla del «rebaño de Cristo: … Que tenga parte en la admirable victoria de su Pastor». Según esto, partiendo de Cristo Pastor, Piedra Angular, conviene hacer referencia a su puesto, siempre presente es verdad, pero no siempre en primer plano, de Cabeza de la Iglesia.

 

A) Cristo Resucitado, causa de la salvación para todos, reúne en torno a sí a los hombres (Iglesia).

Cristo Buen Pastor, Cristo Piedra Angular. Tanto el evangelio como los Hechos recuerdan, uno como anuncio, otro como acontecimiento, la resurrec­ción del Señor. Uno y otro se detiene en la consideración de la muerte como expresión de amor inefable a los hombres y de obediencia absoluta a Dios. El Buen Pastor da la vida por las ovejas y da la vida a las ovejas. Esto a tra­vés de aquello. Pastor poderoso y magnífico. Muerte libre en expresión de amor. Los Hechos se detienen en considerar los efectos de la maravillosa exaltación de Jesús: «No se nos ha dado otro nombre que pueda salvar­nos». Tanto el Buen Pastor como la Piedra Angular señalan la existencia en su «poder» de un «cuerpo»: de un rebaño y de un edificio. Rebaño de Dios y Edificio de Dios. Si de Dios, Rebaño y edificio de contextura divina: vida di­vina. La carta de Juan lo comenta con regodeo: ¡Somos Hijos! Ella y el evangelio se detienen en recordar de una forma u otra nuestra incorporación a la vida trinitaria. Amor, conocimiento, semejanza con él…

 

B) La Iglesia. Se presenta como rebaño y como edificio. Como rebaño, grupo de fieles que siguen de cerca al Pastor; que lo «conocen»; que lo aman; que lo imitan. Como rebaño cabe y debe preguntarse hasta qué punto la Iglesia -todos nosotros- nos esmeramos por conocerlo, amarlo y seguirlo. Co­nocer, amar y seguir es una misma cosa. Como edificio, conviene examinar nuestra actitud respecto a él. ¿Estamos edificados en Cristo?

Dentro de este tema cabe pensar en los «pastores». Pensemos en Jesús y de reojo en los asalariados. ¿Dónde nos encontramos? Admiremos a Pedro, valiente y fervoroso seguidor de Jesús. Es un ejemplo para los pastores y para todo cristiano.

También aquí cabe el tema de la alegría. La Iglesia alegre y gozosa y en la resurrección del Señor. El salmo nos invita a cantar y a dar gracias. Como hijos en espera de la revelación perfecta. La Iglesia que espera y ca­mina en el Espíritu. Pidamos con la Iglesia la consecución del fin. Cristo nos lleva. Conviene señalar y subrayar el objeto de la esperanza cristiana (segunda lectura). Cristo resucitado es la garantía y causa.

 

C) Eucaristía. En ella aparece Cristo dando la vida por las ovejas. «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Recordamos su muerte y participamos de su resurrección. En ella Cristo nos comunica sus dones: conocimiento, amor, vida. En ella palpamos a Dios Padre: nos en­trega a su hijo, y nosotros lo aceptamos en la fe y en el amor (Padre nues­tro). En ella nos sentimos hijos suyos y hermanos unos de otros: rebaño y edificio de Dios. En ella, Sagrado Convite, recibimos la prenda de la vida eterna: aumenta nuestro deseo y se fortalece nuestra esperanza.

3.      Oración final:

 

«Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu Reino».

Domingo 3 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO TERCERO DE PASCUA (ciclo B)

La escena que presenta hoy san Lucas tiene muchos puntos de contacto con la que el pasado domingo nos ofrecía san Juan: en el marco de una reunión fraternal de los discípulos, Jesús se manifiesta vivo, les convence de la realidad de su resurrección, y les confía la misión de anunciar la buena noticia a todos los pueblos. Lucas hace hincapié en el realismo de la presencia de Cristo, e insiste en dos puntos -Jesús come delante de ellos, Jesús les ilumina el sentido de las Escrituras- que nos pueden ayudar a comprender el paralelismo de esta escena evangélica con lo que hacemos los cristianos cada domingo en la celebración eucarística.

  1. 1.      Oración:

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Amén.

Como pueblo debemos exultar siempre, porque Jesucristo Resucitado no es solamente eso, sino que, además, es resucitador: nos ha resucitado y rejuvenecido la vida. El cristiano que celebra la pascua no puede hacer otra cosa que alegrarse siempre y ser comunicador de esa alegría.

  1. 2.      Textos y reflexión:

2.1.Lectura de los Hechos de los Apóstoles 3, 12-15. 17-19

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: –Israelitas, ¿de qué os admiráis?, ¿por qué nos miráis como si hubiésemos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas: que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.

Se trata del discurso que Pedro dirige al pueblo de Jerusalén, estupefacto ante la curación del tullido de la Puerta Hermosa. Las palabras de Pedro nos ofrecen el esquema del kerigma primitivo. El milagro, aparte del beneficio que reporta al individuo agraciado, tiene un valor de signo. Allí donde se realiza el milagro, allí se reúne la multitud. El milagro delata la presencia de Dios; llama, por eso, la atención de los que lo contemplan. Los apóstoles deben aprovechar la oportunidad que se les pre­senta para interpretar la maravilla, para explicar el milagro. Sin duda al­guna tiene un sentido; hay que explicarlo. El Nombre de Cristo es poderoso. Las maravillas surgen a su paso. Dios ha exaltado a Jesús.

 

He aquí el esquema:

Dios -el Dios que se manifestó a los patriarcas los condujo durante toda su vida, y a quienes hizo solemnes promesas- ha vuelto a realizar signos y maravillas estupendas. Esta vez en Jesús de Nazaret. Jesús es el siervo por excelencia. Siervos fueron los patriarcas, siervos los profetas. El gran Siervo, de quien ya hablara Isaías (cap. 53) es Jesús de Nazaret. El es el Santo; en él habita la divinidad. El es el Justo. Todas las figuras del Antiguo Testamento se quedan pequeñas junto a él. Él es quien cargó con nuestras faltas y pecados. El gran profeta que anunció a Dios de modo definitivo.

 

El es el Mesías, el gran Rey, el gran Señor. Debía padecer. Con sus sufrimientos debían ser curadas todas nuestras llagas y perdonados nuestros pecados. A ese Dios lo ha resucitado. He aquí la gran señal. Lo ha constituido Señor de todo. Por eso en su nombre ha sido curado este tullido que pedía la limosna. Por eso se perdonan los pecados en su nombre. El es el Autor de la vida.

 

Somos pecadores. Es parte del Kerigma. Debemos reconocer a Cristo como Mesías. Debemos reconocer que la salud nos viene de él, no de noso­tros, Por eso la conversión. Cambio de dirección. Arrepentimiento. Los genti­les deben abandonar el culto a los ídolos; los judíos deben reconocer a Jesús como Mesías.

Es curioso notar cómo sin dejar de ser culpables, aunque ignorantes, lle­varon a cabo la disposición de Dios, que Cristo padeciera. Este es el testimonio que deben proclamar los apóstoles. La Resurrección de Cristo compromete a todo hombre. Nos obliga a una conversión y a un arrepentimiento, a comenzar una nueva vida.

 

2.2.Salmo responsorial:

«Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro». Es una petición de tipo general, fundada en la experiencia pasada. La confianza es firme. De Dios la luz, el resplandor, la tranquilidad, la dicha, el favor. En el fondo la maravilla de Cristo resucitado. Ello nos da tranquilidad y sosiego. Haz bri­llar tu rostro sobre nosotros, Señor.

Sal. 4,2. 4. 7. 9 R: Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro.

Escúchame cuando te invoco,
Dios, defensor mío,
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mi y escucha mi oración.

Sabedlo: El Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.

Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros ?

En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo.

2.3.Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 2, 1-5a

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él.

De nuevo aparece el título de justo aplicado a Cristo. Este apelativo evoca inmediatamente al justo perseguido -frecuente en los salmos de súplica y en los libros sapienciales-, al justo que muere, al siervo que da la vida por los demás, al justo, en último término, que justifica. Víctima de propiciación por todos los pecados y pecadores, aboga eficazmente por nosotros.

El cristiano no se halla inmune de todo mal, por el mero hecho de haber abrazado la fe. Su vocación lo debe mantener, ciertamente, alejado de todo pecado. Pero en realidad no siempre sucede así. También el cristiano peca, por desgracia. No desespere. Conviértase; vuelva a comenzar. El perdón nos viene de Cristo. Cristo aboga por nosotros.

La conversión dura toda la vida. La vida cristiana abarca: la aceptación plena de la persona de Cristo, como Señor y Mesías, y el seguimiento o cum­plimiento de los preceptos. A esta actitud se le llama conversión. Debe durar toda la vida. Conviene examinar nuestra conducta y ver si nuestra actitud se refiere tan sólo a la fe, especulativamente considerada, y no al segui­miento de sus preceptos. Quien no le sigue, no le conoce. Ese todavía no se ha convertido plenamente.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo  reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: –Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: –¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: –¿Tenéis ahí algo que comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: –Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mi, tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: –Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por  Jerusalén.

Los discípulos han sido testigos de la muerte de Cristo. Lo han visto mo­rir y lo han visto sepultar. De ello están seguros todos, desde Pedro que lo negó hasta las piadosas mujeres. Precisamente ellas fueron aquella mañana del domingo a embalsamarlo. No hay duda de ello; el Señor ha muerto. El habló, en vida, de resurrección. Sin embargo, ésta no parece creíble. Puede que ni piensen en ello. Los discípulos, unidos en el amor del maestro, se en­cuentran solos, separados de él. Cristo ha muerto. Esta es la situación.

La mañana del domingo está llena de sobresaltos. Han ocurrido cosas inauditas. Las mujeres que fueron al se­pulcro, lo encontraron vacío. Allí no estaba el cuerpo del Señor. Cunde la alarma. Sigue la aparición del Señor a las mujeres. Los discípulos no creen. No son testimonio suficiente ni la confesión de las mujeres ni las palabras del Maestro, antes de morir. Así piensan también los discípulos que se dirigen a Emaús. Pero en el camino, aquel transeunte que se les une les reprende y acaban por ver en él a Cristo resucitado, precisamente en la fracción del pan. También a Pedro se le ha manifestado. Con todo, hay quien rehúsa creerlo. Es demasiado extraño para creerlo. Por úl­timo, todos son testigos de la resurrección.

Cristo se manifiesta a los suyos. Las pruebas se multiplican. El hecho se impone. Allí su figura, sus cicatrices, su voz conocida, su semblante; su participación en la comida, el recuerdo de sus palabras antes de morir, la Escritura… Todo da testimonio del hecho. La duda, la incredulidad no pueden resistir más. La realidad se impone. Los discípulos están plenamente convencidos de ella.

Sobresalen los siguientes elementos:

a) Paz a vosotros. Un saludo. Un don. Cristo trae la paz.

b) Cristo vive. Está con los suyos. Ya no estarán jamás huérfanos. Per­manecerá con ellos para siempre. De aquí el gozo y la seguridad.

c) La Escritura lo anunciaba. ¿Dónde? En su conjunto. Estaba implícita­mente en las promesas antiguas. De hecho era necesaria una inteligencia más profunda de las escrituras. Los Apóstoles la poseen ahora. La Escritura fue escrita por hombres movidos por Dios. Ahí los Apóstoles, nuevos profe­tas; ahí la Iglesia, donde Cristo el Señor vive, donde el Espíritu Santo da testimonio de verdad.

d) Los últimos versículos nos dan un compendio del kerigma primitivo. Así lo anunciaron los Apóstoles; así lo anuncia la Iglesia. Cristo ha sido consti­tuido Señor. Cristo vive; en Cristo está la salvación. Conversión aceptación completa de su persona perdón de los pecados en su Nombre.

Reflexiones para la celebración litúrgica:

En las oraciones se pide insistentemente a Dios haga permanentes en el pueblo santo el gozo, la exultación y la alegría de verse renovado y rejuve­necido. Es don que procede de la resurrección de Cristo. Dios nos ha hecho hijos de Cristo. De ahí el gozo. El Espíritu habita en nosotros. El es garantía de nuestra futura resurrección.

Dentro, pues, de la alegría pascual, donde Dios nos ha enriquecido con multitud de dones, pedimos continúe en nosotros la obra comenzada, conser­vando la alegría y manteniendo viva la esperanza en la consecución del fin.

Temas:

A) Misterio pascual. Cristo ha resucitado.

Cristo vive. Dios lo ha resucitado. De esta forma ha cumplido Dios las promesas hechas a los antiguos, comenzando desde el Génesis, pasando por los patriarcas para llegar a Cristo mismo. Jesús es el santo por excelencia. De él nos viene la santidad; santos los que les pertenecen. El es el Justo; de él la justicia. El nos justifica. El es Autor de la vida. Alejado el hombre como estaba de Dios desde el primer pecado, encuentra en Cristo su reconcilia­ción. Somos hijos de Dios, santos, justos, herederos de la gloria. La paz y el perdón de él.

B) Las tres lecturas hablan de la salvación, como procedente de Cristo. Arrepentimiento-conversión. El hombre debe volver, debe cambiar de direc­ción. La escala de valores no está ya en el mismo hombre, sino en Cristo. Hay que aceptar a Cristo y seguirle. Esa es la conversión. No hay salvación fuera de Cristo. Los pecados se nos perdonan en su nombre.

1) Hay que predicar la conversión. Está dentro del Kerigma cristiano. Se olvida con suma frecuencia.

2) La conversión dura toda la vida. El hombre debe mirar siempre a Cristo y seguirle. Está siempre convirtiéndose.

3) El cristiano es un hombre que debe luchar siempre contra el pecado. En Cristo se nos perdonan los pecados. Debemos acudir a él siempre que nos sintamos pecadores.

4) Juan da la señal de si estamos unidos o no a Cristo: el cumplimiento de sus mandamientos. Muy importante.

C) Estamos en camino, somos conscientes del don recibido. De ahí el gozo y la alegría. Pero nos queda todavía camino. Por eso la esperanza. Pedimos que Dios nos conceda el gozo perfecto: la resurrección eterna. El cris­tiano es hombre de esperanza, rebosante de gozo, pero en lucha con el pecado. Dios resucitando a su Hijo ha resucitado a los hombres.

3. Oración final:

Me asomaré al sepulcro, Señor. Como Pedro, que te negó como yo tantas veces te niego, entenderé que, mucho nos ama Dios, cuando desea para mí VIDA ETERNA, cuando, me freno para no llegar a la hora del alba, y dejo que la Resurrección no sea primera noticia en mi vida.

Me asomaré al sepulcro, Señor. Y, si por lo que sea, en la nada sigo sin ver nada, haz que recuerde aquello a lo que tantas veces me resisto: que has resucitado entre los muertos, que vuelves para devolvernos a la vida, que resucitas para que seamos semilla de eternidad.

Me asomaré al sepulcro, Señor. Y, entonces, sólo entonces, me alegraré de haberlo encontrado vacío, con vendas y sudario por el suelo, pues, al asomarme y ver todo eso, estaré intuyendo lo que me aguarda en el futuro: ¿Tú has resucitado? ¡También yo resucitaré, Señor! ¡Gracias, Señor!

¡ALELUYA! ¡HA RESUCITADO!

Domingo 2 de Pascua – Ciclo B

DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA CICLO B

El primer día de la semana, y de nuevo el día octavo, o sea, siempre en domingo, la comunidad apostólica experimentó la presencia de su Señor, primero sin Tomás y luego con él, y «se llenaron de alegría». El Señor les dio su Espíritu, les envió como el Padre le había enviado a Él, les dio el encargo de la reconciliación.

 

1.      ORACIÓN:

 

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por Jesucristo..

 

         2. Textos bíblicos y comentario:

2.1. Primera Lectura: Hch 2,42-47

 

En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

 

Nos encontramos ante un «sumario», semejante a 2,42-47. Así lo llaman los especialistas. Lucas nos pinta la vida de la primitiva comunidad con un par de pinceladas que la ca­racterizan. El pensamiento  arranca de atrás, de los versículos 30-31. Se ha «reunido» la asamblea, ha «orado» en común, ha «llenado» a los presen­tes el Espíritu Santo, se ha visto «sacudido» el edificio, han comenzado a «predicar» los apóstoles. A partir del último versículo 31, el tiempo del verbo permanece en «imperfecto». Lo rompe el «caso» de Bernabé (36). No es, pues, un «momento», un acontecimiento aislado. Es una repetición de hechos, una acción continuada. Es un «carácter». La primitiva comunidad «era» así. Toca el «ideal». Y como ideal luminoso para todos los tiempos se ha eterni­zado en la palabra de Dios.

Son creyentes y son multitud. Y la multitud es variopinta: distintas cla­ses sociales, diversos países, varias lenguas. Reina la unidad más profunda: un mismo sentir y un mismo pensar. Un solo corazón y una sola alma. Sin divisiones, sin desgarramientos. Una fuerza superior centrípeta los aúna y compenetra en torno a Jesús. Un querer, un pensar, un obrar Hasta la pro­piedad privada recibe el impacto de una ordenación a lo común. Con entu­siasmo, con libertad. Así de gigante irrumpía el Soplo de lo alto, así de apremiante el fuego de su amor. Con las manos unidad y entrelazados lo brazos. Se sostenían unos a otros, sin que nadie se viera en situación de pa­sar necesidad. Fuerza poderosa de cohesión. Pero la fuerza iba también ha­cia fuera. Fuerza de expansión. Los apóstoles daban testimonio de la resu­rrección de Jesús con audacia y «libertad». Son los «profetas» de la nueva creación. El Espíritu sostiene la debilidad del hombre predicador y mantiene abierta la sed del oyente. El lanza con vigor la semilla y él fecunda el campo que recoge. La palabra del apóstol, en el Espíritu Santo, se mostraba pode­rosa: operaba maravillas externas e internas, milagros y conversiones. Así será por siempre. La iglesia dispondrá, de ahora en adelante, de una pre­ciosa «libertad» interna que la capacitará para la empresa. No es de extra­ñar que la comunidad gozara de ascendiente. Las gentes la admiraban. Al fin y al cabo, era un portento. Y había gestos heroicos para situaciones ex­cepcionales. Había quien vendía todo para socorrer a los necesitados. Se desprendían voluntariamente y libremente de la «sagrada» herencia familiar para mantener viva la nueva familia que les había tocado en gracia. El bien común se miraba y valoraba por encima del bien personal. Fue una época de gran fervor. El Espíritu hizo tal maravilla. No parece, sin embargo, que tu­viera gran repercusión en las demás comunidades. Estas, a pesar de ejerci­tar la caridad con magnanimidad, no llegaron a esa altura. La comunidad de Jerusalén se encontraba en especiales circunstancias. Veremos a Pablo que hace frecuentes colectas para socorrer a sus miembros. También ello era acción del Espíritu Santo. Esta estampa, como «ideal», ha ejercitado du­rante la historia de la Iglesia poderoso influjo sobre fundadores y reformado­res. Pensemos tan solo en san Agustín.

 

2.2. Salmo responsorial:

 

Salmo de acción de gracias. El estribillo, con la primera estrofa, da la tó­nica: acción de gracias. Sonora, jubilosa, exultante. Comunitaria, universa: toda la asamblea santa. Díganlo todos, cántenlo todos, divúlgenlo todos. Is­rael, Aarón, fieles: ¡Dios ha intervenido! ¡Es eterna su misericordia!

La iglesia se congrega, de fiesta, en el día de la Fiesta del Señor. Del Se­ñor que con su poder ha instituído la Fiesta. Porque la Fiesta es obra del Señor. Y la obra del Señor es el Señor obrando. Obrando maravillas. Y ma­ravilla de maravillas es su resurrección gloriosa. Gran actuación, soberbia manifestación de poder. Cristo que, muerto, surge a la vida; que, sepultado, escapa a la tierra; que, desechado, se presenta Elegido; que, castigado, se levanta triunfante; que, mortal, resplandece inmortal para siempre. Elegi­dos en él, muertos con él, resucitaremos con él. Lo recordamos y celebramos en la Fiesta; lo cantamos, lo aplaudimos, lo vivimos en pregusto. Alegría y alborozo. No hemos de morir, ¡viviremos! La Diestra del Señor es poderosa; la Diestra del Señor es excelsa. Ha comenzado el Milagro patente. Dad gra­cias a Dios, porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 

Sal 117, 2-4. 16ab-18. 22-24
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna en su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia.

La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo Ya hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

2.3. Segunda Lectura: 1 Jn 5,1-6.

 

Queridos hermanos: Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a aquel que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

 

La caridad proviene de Dios:«Dios nos amó primero» (4,19). Se ha mani­festado espléndidamente en el envío de su Hijo (4, 9-10). El amor de Dios se recibe en la fe. La fe es la respuesta del hombre al amor de Dios: aceptación vital de amor que Dios nos profesa en su Hijo. La fe tiene, en éste más que en ningún otro texto, un sentido complexivo, pleno: obediencia a Dios y reco­nocimiento práctico de su presencia en el prójimo. Quien cree en Jesús, y creer es hacer lo que él hace, es hijo de Dios, ha nacido de Dios.

 

El amor de Dios es un «don». Un «don» sobrenatural, concedido en Cristo. Como tal nos capacita para amar a Dios de forma semejante, guardadas las distancias, a como Dios nos ama. Toma la forma de «obediencia», como en Cristo, y nos lanza, como en él, a dar la vida por los hermanos, en forma de «entrega». No en vano recomendó Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Es el mandamiento radical del cristianismo. El amor al pró­jimo-hermano está dentro del amor de Dios, es su expresión vital, pues en el prójimo-hermano habita Dios con su amor. El amor así entendido y la fe así vivida vencen al mundo, como venció al mundo el amor de Cristo, obediencia total al Padre y entrega total por los hermanos. Así se entiende que nos lla­memos y seamos «hijos» de Dios, pues habita y actúa en nosotros. La filiación se considera, por tanto, de forma dinámica: odio al odio y enemistad con el pecado. Toda una vida de amor. Que por ser de tal amor -amor de Dios- vence a la muerte y supera las tinieblas. Como en Cristo Jesús. ¿No es el pe­cado del mundo falta de fe en Cristo, amor del Padre, y ausencia de amor a los «hermanos»? La fe del cristiano vence al mundo.

 

Jesús aparece en este edificio divino como pieza imprescindible. En Jesús somos hijos, en Jesús nos engendra el Padre. Tocamos en él la misma vida trinitaria. Jesús es, por tanto, objeto de fe: confesamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías, la causa de nuestra salvación por su muerte. El autor recuerda su paso por este mundo, como Verbo Encarnado: Bautismo (agua), consagrado Siervo; Muerte expiatoria (sangre). No se puede confesar la una sin la otra, ni a Jesús sin alguna de las dos. La Iglesia da testimonio perenne de este misterio en virtud del Espíritu Santo. Y el tes­timonio revela la presencia del Espíritu Santo en la iglesia.

2.4. Tercera Lectura: Jn 20,19-31

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: – «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: – «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Dos preciosas escenas, unidas entre sí externamente por la figura de To­más. Internamente por la de Jesús, figura central. Cada una de ellas con un centro de interés propio. Interés cristológico y eclesiológico. Jesús resucitado vive en la Iglesia y la Iglesia vive en Jesús. Jesús resucitado abre poderoso el futuro y la Iglesia corre hacia él para revelar al Revelador del Padre. Primera conclusión del evangelio.

 

Es el día primero. El día, que por el acontecimiento, resulta ser el más grande, el Primero. El Día del Señor, creador y redentor. El Día de la Resu­rrección. La luz ha madrugado resplandeciente y creadora. Los discípulos, como grupo, «duermen» todavía. Han oído hablar a la Magdalena. Pedro y el «otro discípulo» han «visto» la maravilla del sepulcro vacío. Pero no han «visto» a nadie. El grupo no «ve» todavía. Y como no ve, tiene miedo. Y como sienten miedo, se cierran por dentro y permanecen juntos. Faltaba la fe ro­busta.

 

Jesús se puso en medio. Jesús constituye el centro y la vida de la Iglesia de todos los tiempos. Jesús, en el centro, disipa las dudas y ahuyenta los miedos. Jesús Resuci­tado, lleno de luz y de fuerza, infunde seguridad y firmeza. Jesús irradia alegría. Sin Jesús en el centro no existe la Iglesia, ni la seguridad, ni la fir­meza ni la alegría.

 

Jesús saluda con la paz. Jesús trae la paz. Es un saludo cordial. Por ser de Jesús resucitado, un saludo doblemente significativo y eficaz. Es la paz del resucitado. Paz de Dios que  alarga hasta la vida eterna. ¡Jesús ha re­sucitado! Allí sus manos, allí su costado: las cicatrices sagradas que testi­monian la obra redentora. No es solamente el Jesús vivo, sino el Jesús vivifi­cante. El cordero que murió por los pecados, el Hijo que se entregó por amor hasta la muerte. Seguridad y alegría que se levantan, por encima del Jesús «vivo», al Jesús, Señor y Dios de la confesión de Tomás. La Iglesia recoge tan precioso saludo. Muestra su alegría y satisfacción. Nadie se las podrá arrebatar, como nada ni nadie podrá impedir ni arrebatar a Jesús su estado y poder de resucitado.

 

Vuelve a sonar la «paz». Más honda, más trascendente, más divina. Apunta a una comunicación misteriosa e indecible de Jesús. Jesús, la Paz, se entrega como «paz» a los suyos para todos los tiempos. Jesús, enviado del Padre, envía. Jesús, redención de Dios, confiere el poder de perdonar. Sos­pechamos lo que encierra el título de Enviado. Por una parte indica la unión íntima e inefable con Dios en la propia naturaleza: relaciones trinitarias. Por otra, respecto al mundo, señala la «misión» de revelar al Padre. La «misión» cumplida -Jesús exaltado- implica el poder de cumplir la «misión» a través de todos los tiempos. El Verbo, que nace del Padre, y Encarnado asume la «misión» salvadora de este mundo, se alegra, en virtud de su resurrección, en la «misión» que confía a los suyos, hasta el fin del mundo. Los discípulos reciben la misión de Jesús y gozan de ella: en su nombre y en su poder, que es el nombre y el poder del Padre, pueden y deben continuar la obra de Je­sús. Jesús resucitado ha sido transformado; Jesús enviado, ha sido investido de todo poder. Los discípulos reciben el poder de Jesús que los trasforma y capacita para dar la paz, para “revelar” al Padre, para en él, Jesús, conti­nuar su obra. He ahí la fuerza trasformante que exhala la boca del resuci­tado: el Espíritu Santo. El aliento de Jesús, el amor del Padre. Como aliento, fuerza creadora; como amor, perdón y paz. Es la fuerza para creer, es la fuerza para perdonar, es la fuerza para revelar al Padre que ama. Es la obra de Jesús, es la obra de la Iglesia.

 

Tomás no se encontraba allí. Tomás no acepta el testimonio de sus com­pañeros. Tomás no cree. Tomás exige, para creer, “ver” personalmente a Je­sús. Y no de cualquier manera. Tomás “tiene” que tocar por sí mismo al Je­sús muerto en la cruz: palpar las llagas de sus manos y de su costado. Y Je­sús le da la oportunidad. Y le recrimina su falta de fe. Jesús bendice la fe. La Iglesia vivirá de la fe. He ahí su “bendición” y bienaventuranza. La Iglesia vive de la palabra de Jesús y del testimonio de los apóstoles. Ahí descasa todo el edificio. Edificio sostenido por la acción del Espíritu Santo. La iglesia que vive de la fe delata la presencia de Dios salvador.

 

Tomás “ve” a Jesús. Ve y “cree”. Y como creyente, confiesa confundido: “Señor y Dios mío”. Señor y Dios. Intuición profunda y certeza del carácter divino de Jesús. La resurrección lo ha manifestado. A Jesús resucitado se llega por la fe. La iglesia debe predicarla y en su acción facilitarla. Dios opera por dentro. Jesús es Señor y Dios nuestro.

Reflexión:

 

A) Jesús ha resucitado. Este es el hecho. No es una invención. Es una rea­lidad. Ahí el testimonio de Juan, de Pedro, de la Magdalena, de Tomás, de los discípulos… Ahí el testimonio de toda la iglesia hasta nuestros días. Tes­timonio rubricado en sangre.

 

Jesús vive. Coronado de honor y de gloria. Poderoso, sentado a la diestra de Dios omnipotente. Su gloria es la divina, su poder el de Dios. Es el en­viado del Padre par todas las gentes y para todos los tiempos. Es el centro de las edades. Irradia, como precioso abanico, prerrogativas divinas y su­blimes realidades. Es la paz y trae la paz. Paz que se alarga hasta la vida eterna. En él encontramos la paz con Dios, la paz de Dios, encontramos a Dios. En él se comunica el Padre y en él nos comunicamos con Dios. Fuente de gozo, causa de alegría. Jesús resucitado es el Jesús que murió por noso­tros. Con su muerte alcanzó el perdón, con su entrega, el don del Espíritu Santo. La iglesia se reúne en torno a él y lo celebra y confiesa: “Señor y Dios mío”. Gritemos, cantemos, alabemos, demos gracias a Dios. El salmo nos in­vita incontenible. Es nuestra Fiesta, la Fiesta del Señor. Se hace imprescin­dible la “contemplación” del misterio. Las palabras se declaran impotentes de expresarlo.

 

B) El Espíritu Santo. Es el don de Jesús resucitado. La paz y el perdón los frutos más preciados. Recordemos la caridad y la fe con su multiplicidad de matices. La lectura segunda se extiende en ello. La presencia del Espíritu demuestra la verdad de la Resurrección de Jesús. Y testimonia la presencia de Jesús en su Iglesia. Tanto el individuo como la comunidad cristianos vi­ven en virtud de su fuerza.

 

C) La Iglesia. La Iglesia es obra de Dios. La Iglesia continúa la obra sal­vadora de Jesús. De él recibe el poder y la fuerza, de él la «misión» de reve­lar al Padre. Expande la paz y procura el perdón. Paz que el mundo no puede dar y perdón que los hombres no pueden por sí mismos conseguir. Esa es su misión y no otra. Para ello el Don de lo alto. El Espíritu Santo la dirige y gobierna, la vivifica y sostiene. Dispuesta a correr la historia hasta el fin, Dios le ha concedido en Cristo su propio Espíritu.

 

La Iglesia revela a Dios creador y salvador: a Dios-padre bueno que ama al hombre. La Iglesia se esforzará en predicarlo, en confesarlo, en practi­carlo. La Iglesia es, dentro de los límites humanos, expansión del amor de Dios a los hombres. Su principal virtud y forma de vida ha de ser la «caridad». La Iglesia vive de amor. La Iglesia ama a Dios y ama a los hom­bres como ve y encuentra que Jesús los ama. La primera y segunda lectura nos lo recuerda.

 

La Iglesia, que se esfuerza por amar al Padre, se esmera por amar al Hijo. La Iglesia proclama la Resurrección del Jesús. La confiesa y la cele­bra. Aclama a Jesús como Señor y Dios, como Dios y como hombre verda­dero. Se adhiere a él con todas sus fuerzas. Toda para él, como él todo fue para ella. Obediente al Padre como Jesús, entregada a los hombres como su Señor. Fe robusta y amor sincero. La Iglesia favorecerá la acción del Espí­ritu Santo. Propugna la paz cristiana y el perdón divino. Se prepara la «visión» en una vida de profunda fe y de encendido amor.

 

La Iglesia ama a sus hijos. Sus hijos la componen. La primera lectura nos ofrece la bella imagen de los hermanos unidos. Conviene detenerse en esto. Amor práctico y real con los necesitados. Es la Familia de Dios, es el Cuerpo de Cristo. El que ama a Cristo ama a los hermanos. La estampa nos invita a una revisión y reforma.

 

  1. ORACIÓN FINAL

Padre resucitado, que sienta la paz que me muestras,
Que no se cierren mis “puertas” por el miedo,
Que me aferre al Espíritu que me regalas,
Para vivir intensamente el compromiso de sentirme enviado…
Señor mío y Dios mío, perdona mis debilidades, mis dudas, mis temores…
Porque aun siendo a veces como Tomás, deseo buscarte, estar contigo…
Porque aunque me encierre en mis silencios o en mis ruidos, en mis comodidades o en mis ocupaciones…
Tú sabes cómo entrar en mi vida, como hacerla distinta, como insuflar aire en mis vacíos y oxigenar mi alma endurecida.
Que el Espíritu renovado de la resurrección,
Nacido de la victoria sobre la muerte y alimentado por el Amor más generoso…
Impulse mi fe, mi permanencia en Ti, y aliente el ánimo modesto de quien quiere quererte, seguirte y responderte, Padre…

Tu Amor es mi paz, mi paz es tu perdón, y tu perdón es mi camino de testimonio al amparo de tu Fuerza.

AMEN

 

Reflexiones de Semana Santa

Pueden encontrar material en nuestro archivo:

Lunes Santo

Martes Santo

Miércoles Santo

Jueves Santo

Viernes Santo

Sábado Santo – Vigilia Pascual

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor