V domingo de Pascua – Ciclo C

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Este domingo pertenece ya a la segunda parte de la cincuentena pascual. Hemos celebrado las cuatro primeras semanas, fuertemente marcadas por el misterio de la presencia del Señor resucitado en su Iglesia; los acentos de los textos bíblicos y litúrgicos se orientan ahora en un sentido más eclesiológico: el Presente es también el Ausente, el que está presente por el Espíritu que nos ha dado, el que urge el testimonio de sus fieles…

1.      Oración:

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo. Seguir leyendo «V domingo de Pascua – Ciclo C»

IV Domingo de Pascua – Ciclo C

Domingo del Buen Pastor

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En este Domingo cuarto de Pascua se centra nuestra atención y nuestra fe agradecida en la presencia misteriosa del mismo Cristo Jesús, Pastor único y universal de nuestras almas. Cristo ha prolongado esta cualidad suya en los Pastores de su Iglesia. Hemos de descubrir a Cristo Jesús en el magisterio y en la autoridad de nuestros legítimos Pastores, en comunión con el Romano Pontífice, Vicario de Cristo. Hemos de vivir en la Iglesia el problema serio de las vocaciones consagradas. La necesidad de que los elegidos de Dios para una dedicación total al Evangelio, a la santidad y a la acción pastoral en la Iglesia sepan responder fielmente y con generosidad total a este designio divino sobre sus vidas.

 1.      ORACIÓN

Dios, todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la Resurrección de Jesucristo, concédenos también la alegría eterna del reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor. Él que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén. Seguir leyendo «IV Domingo de Pascua – Ciclo C»

III Domingo de Pascua – Ciclo C

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El diálogo entre Jesús y Pedro hay que trasladarlo a la vida de cada uno de nosotros. San Agustín, comentando este pasaje evangélico, dice: «Interrogando a Pedro, Jesús interrogaba también a cada uno de nosotros». La pregunta: «¿Me amas?» se dirige a cada discípulo. El cristianismo no es un conjunto de doctrinas y de prácticas; es algo mucho más íntimo y profundo. Es una relación de amistad con la persona de Jesucristo. Muchas veces, durante su vida terrena, había preguntado a las personas: «¿Crees?», pero nunca: «¿Me amas?». Lo hace sólo ahora, después de que, en su pasión y muerte, dio la prueba de cuánto nos ha amado Él.

Oración:

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo.

Primera Lectura: Hch 5, 27-32b. 40b-41:

Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

EN aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles, diciendo:
    «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron:
    «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen».
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre.

Se han elegido los versillos más conspicuos del relato.

Han sido, al parecer, los envidiosos saduceos quienes han incitado la reacción del Sinedrio. Los apóstoles continúan impertérritos anunciando la Buena Nueva, la obra de Jesús. Su predicación encuentra eco en los oyentes; tienen éxito. Se les escucha con agrado, y muchos dan un viraje completo a su pensamiento; se convierten. La autoridad interviene de nuevo. La actividad de aquel grupo de hombres iletrados inquieta a la máxima autoridad religiosa del pueblo judío. Los discípulos del Crucificado han hecho caso omiso de la prohibición primera. Se les acusa de desacato a la autoridad. Se les encarcela, y, tras ser liberados milagrosamente, se les obliga a comparecer ante el Sumo Sacerdote.

La réplica de Pedro es categórica: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Pedro y los apóstoles son conscientes de su vocación de testigos. Son profetas. Han sido llamados y enviados a dar testimonio de la Resurrección de Jesús, de aquel que murió crucificado. En él obra Dios la Salvación tan largamente esperada. En otras palabras, Dios los ha enviado a predicar la Buena Nueva, cuyo núcleo es la obra redentora de Cristo en su Muerte y Resurrección. Es una misión suprema, ante la cual se estrellan todas las autoridades y poderes de todo tipo. Están investidos del poder de lo alto y su misión no puede fallar. No pueden claudicar. Testigos, pues, de la Resurrección y movidos por el Espíritu Santo han de continuar la obra por encima de todo. La suprema autoridad de Israel no tiene autoridad. Su función ha terminado. Continuar en ella, al margen de Cristo, es, además de anacrónico, opuesto a los planes de Dios. Vislumbramos ya la separación de comunidades. He ahí dos mundos: Ley-Espíritu, Sumo Sacerdote-Pedro, castigo-gozosa promulgación de la verdad.

Es característico de la primera comunidad el gozo. Se manifiesta así la presencia del Espíritu. La Iglesia perseguida, la Iglesia gozosa en el Señor, la Iglesia que da testimonio. Así la Iglesia de todos los tiempos.

Salmo Responsorial: Sal 29, 2. 4-6. 11-13:

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

       V/.   Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
                y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
                Señor, sacaste mi vida del abismo,
                me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.   R/.

        V/.   Tañed para el Señor, fieles suyos,
                celebrad el recuerdo de su nombre santo;
                su cólera dura un instante;
                su bondad, de por vida;
                al atardecer nos visita el llanto;
                por la mañana, el júbilo.   R/.

        V/.   Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
                Señor, socórreme.
                Cambiaste mi luto en danzas.
                Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.   R/.

Salmo de acción de gracias por la liberación de un peligro de muerte.

La acción liberadora de Dios arranca del corazón del agraciado un canto de alabanza. La necesidad apremiante obliga a la súplica urgente. El beneficio personal se siente comunitario y la alabanza se alarga a todo el pueblo. La experiencia personal se eleva a principio, se convierte en regla de sabiduría y funda la decisión de un servicio perenne. El señor es más fuerte que la muerte. Es el mensaje del salmo.

Segunda Lectura: Ap 5, 11-14:

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la alabanza.

YO, Juan, miré, y escuché la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los vivientes y de los ancianos, y eran miles de miles, miríadas de miríadas, y decían con voz potente:
    «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza».
Y escuché a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar —todo cuanto hay en ellos—, que decían:
    «Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Y los cuatro vivientes respondían:
    «Amén».
Y los ancianos se postraron y adoraron.

Estos versillos forman parte -la última- de un contexto más amplio. La visión comienza en el capítulo cuarto y se alarga hasta aquí. Es como el pórtico a todo el libro.

Preside la escena la figura de Dios Padre. Dios, Señor de la historia, ha trazado ya el destino de la Iglesia y del mundo. Ahí está el libro escrito: la decisión de Dios inmutable. Dios inaccesible, transcendente, se deja tocar por Cristo. A él se le ha otorgado la potestad de romper los sellos, de abrir el libro. Él puede revelar el contenido y puede asimismo acercar a Dios al hombre, o, si se quiere, introducir al hombre en la esfera divina. El contacto -de por sí imposible- del hombre con Dios se realiza por Cristo. Cristo es el único mediador, el único Salvador. Todo lo que está fuera de él es falso y engañoso. El Cordero señala -no una idea, no un ser impersonal- a una persona concreta en una misión bien determinada: Cristo paciente, muerto por nosotros y resucitado. Es el Verbo hecho carne. Nos recuerda al Cordero pascual con todo el peso bíblico, teológico y soteriológico que la imagen encierra. El Cordero es, además de la figura central, el acontecimiento clave. El más grandioso acontecimiento de la historia es la crucifixión de Cristo. Cristo es el realizador de las esperanzas mesiánicas. Cristo ha sido encumbrado a la soberanía de todo el mundo. A él la gloria y el poder.

En este contexto debemos leer los versillos apuntados. Nótese el carácter marcadamente litúrgico del pasaje. Estamos dentro de una liturgia, no dentro de una exposición teológica. Se nos invita a la aclamación. Es algo cultual. Nosotros mismos tomamos parte en esa liturgia. El Cristo celeste es el mismo que preside la liturgia terrestre. Y la liturgia terrestre, sin dejar de ser algo real, es pálida imagen de la liturgia celeste. Las voces de los ángeles, el eco que despiertan en toda la creación, la actitud de los ancianos nos envuelven y arrancan nuestras voces de alabanza. Los planos celeste y terrestre forman una sola voz; el Señor es uno y es el lazo que une a Dios con la creación entera. Cristo, muerto y resucitado, es el Señor del universo. Salirse de este coro es un suicidio; es como salirse de la existencia a la nada.

Evangelio: Jn 21, 1-19:

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; lo mismo el pescado.

EN aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
    «Me voy a pescar».
Ellos contestan:
    «Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
    «Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
    «No».
Él les dice:
    «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
    «Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
    «Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
    «Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Él le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
    «Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
    «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
    «Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez:
    «¿Me quieres?»
Y le contestó:
    «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
    «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:
    «Sígueme».

Nos encontramos ante un episodio-milagro de fondo simbólico. Estamos en Juan. Y no debemos olvidar las características de su estilo y teología. Juan ve en la realidad visible de Cristo una realidad superior. El Cristo que vieron sus ojos y palparon sus manos es también el Cristo transcendente. También lo ven sus ojos y lo palpan sus manos.

No estará de más notar el carácter eclesial del capítulo 21. La conciencia y realidad de la Iglesia como prolongación de Cristo aflora constantemente en los últimos capítulos del evangelio. Aquí se delinea claramente. Podemos dividir la lectura en dos partes: a) la pesca milagrosa; b) el diálogo de Jesús con Pedro. Esta última continúa la primera.

Cristo es la figura central. Cristo resucitado, Cristo el Señor (así lo llama el discípulo amado). Tras él, Pedro. Pedro dirige la acción: toma la decisión de ir a pescar, se tira de la barca, arrastra la red repleta de peces, mantiene el diálogo con Jesús. Un poco más apartados, los Doce. Al fondo, la red llena de peces y el rebaño de ovejas y corderos. Todo bien medido, bien pensado.

Cristo resucitado es el centro. Sin él no tiene sentido la escena. Él realiza el milagro, él prepara la comida, él dirige la acción de lejos, él, el Señor de las ovejas, él, el punto de atracción -¿me amas?- y el elemento de cohesión. Cristo, el Señor.

Pedro es el primero. Cristo le confiere el Primado. Pedro había prometido ser el más valiente: Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré. Pero le había negado tres veces. A él va dirigida la pregunta: ¿Me amas? Cristo exige una sencilla, pero firme, declaración de amor. Pedro ama a Cristo. Pedro no se atreve a afirmar que le ama más que los demás. Pero sí sabe que le ama. La triple pregunta le recuerda su triple flaqueza y se entristece. Cristo le entrega el cuidado de su rebaño. No puede cuidar el rebaño quien no ame a Cristo tiernamente, pues él y el rebaño son una misma cosa. Pedro expresará así su amor al maestro: apacentando las ovejas. Su misión y oficio lo conducirán al martirio, expresión, la más palmaria, del amor que profesa al Maestro. Morirá, según una tradición antigua, en cruz cabeza abajo. Absoluta fidelidad al Señor. Así, pues, su seguimiento: apostolado, primado, martirio.

La Iglesia está aquí claramente simbolizada por la abundante pesca y el rebaño. Es una red que no se rompe, una red que arrastra toda clase de peces, muchos, abundantes. Los apóstoles son pescadores de hombres. Su mensaje va dirigido a todos los pueblos. Y por muchos y diversos que sean no han de romper la red. Lo asegura el Señor resucitado. Tampoco se ha de escindir el rebaño. Él es el Pastor. Pedro su representante. Cristo ha resucitado. Se adivina ya su ida al Padre. Se afirma su presencia entre los suyos. La Iglesia se reúne en torno a él. Los apóstoles la gobiernan en su nombre. Pedro es el primero. Una misión de este tipo sin amor sería imposible. Se alza visible la palma del martirio. Jesús dirige la acción desde dentro.

Consideraciones

El evangelio nos presenta a Cristo resucitado. Jesús atiende eficazmente a su Iglesia: la pesca milagrosa, la provisión del Primado. Es el Pastor supremo. Es el Señor. Es de notar el tono de reverencia y respeto, sin aminorar la confianza, que expresa esa denominación: es el Señor. Es ya objeto de culto.

La segunda lectura subraya ese aspecto trasladándonos a la liturgia celeste. El nombre del Cordero es sugestivo. Expresa la identidad, a la vez que alude al misterio mismo de la redención, del Cristo entronizado formando una unidad con Dios, con el Jesús que padeció por nosotros. La imagen es rica y podría desarrollarse sin mucho esfuerzo. Todos le deben adoración. Nosotros, y con nosotros la creación entera, lo adora como Señor y Salvador. El puesto clave, para la inteligencia del misterio de Dios, de sus planes y aun de la misma creación, se manifiesta evidente. El hombre se desconocerá a sí mismo y al mundo que le rodea, si no llega a Dios por Cristo. Honor y gloria a él. Conviene recalcar este elemento de adoración a Cristo, un tanto olvidado hoy día por desgracia. Los magníficos iconos orientales son una buena inspiración. Conviene recalcar también el elemento cultual. Es un aspecto intrínseco a la constitución de la Iglesia. También esto ha estado un tanto olvidado. La gran celebración cultual.

La Iglesia ve su destino y su imagen en la segunda lectura: reflejo de la liturgia celeste. También el evangelio le atañe bajo diversos aspectos. La pesca: la voz del Maestro, la abundancia de peces, la red que los contiene, la barca de Pedro. El Primado de Pedro: el rebaño, el pastoreo, el amor requerido, el Maestro.

Una instantánea de la Iglesia nos la ofrece la primera lectura. Los apóstoles dan testimonio de Cristo resucitado. Son testigos y mensajeros de la salvación realizada por Dios en Cristo. Un testimonio válido y contra toda oposición. La Iglesia padece en sus representantes la pasión de Cristo: son perseguidos. Por otra parte empalma bien con el evangelio. Para ser testigo es necesario amar al Maestro. Hay que estar dispuesto a dar la vida en el cumplimiento de la misión. Dios es antes que los hombres bajo todo punto de vista. La Iglesia de hoy, como la de todos los tiempos, ha de sufrir persecución en el desempeño de su misión. Hay que ser valientes. Sobre todo sus representantes, los pastores. ¿Cómo se puede ser pastor, si no se ama? ¿Cómo se aguantarán los improperios, si no nos acompaña un tierno afecto a Cristo?

El tema del gozo no deja de ser también interesante. No vamos solos. El Espíritu nos sostiene. Eterna paradoja: sufrir gozosos.

 Sugerencia de cantos: https://goo.gl/WN51f6

Segundo domingo de Pascua – Ciclo C

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Continuamos celebrando con gozo la solemnidad de la resurrección del Señor. Estamos en el octavo día de la Pascua y nos hemos vuelto a reunir aquí, como los discípulos en el Cenáculo. El día de la resurrección de Jesús, el día primero de la semana, se ha convertido para nosotros en el día del Señor, -eso quiere decir domingo. Es nuestro gran día porque creemos que Cristo resucitado se hace presente en medio de nosotros.

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Domingo de Resurrección – Ciclo C

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A la luz de esta certeza hoy brota lo mejor de nosotros mismos e irradia con todo su esplendor nuestra fe como discípulos de Jesús. Efectivamente, somos cristianos porque creemos que Jesús ha resucitado de la muerte, está vivo, está en medio de nosotros, está presente en nuestro caminar histórico, es manantial de vida nueva y primicia de nuestra participación en la naturaleza divina, de nuestro fundirnos como una pequeña gota de agua en el inmenso mar del corazón de Dios.

 “Día de la Resurrección. Resplandezcamos de gozo en esta fiesta. Abracémonos, hermanos, mutuamente. Llamemos hermanos nuestros incluso a los que nos odian. Perdonemos todo por la Resurrección y cantemos así nuestra alegría: Cristo ha resucitado de entre los muertos con su muerte ha vencido la muerte y a los que estaban en los sepulcros les ha dado la vida” (Del Tropario).

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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

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En la procesión del domingo de Ramos nos unimos a la multitud de los discípulos que, con gran alegría, acompañan al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, alabamos al Señor aclamándolo por todos los prodigios que hemos visto. Sí, también nosotros hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira, para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad.
La procesión es, ante todo, un testimonio gozoso que damos de Jesucristo, en el que se nos ha hecho visible el rostro de Dios y gracias al cual el corazón de Dios se nos ha abierto a todos. En el evangelio de san Lucas, la narración del inicio del cortejo cerca de Jerusalén está compuesta en parte, literalmente, según el modelo del rito de coronación con el que, como dice el primer libro de los Reyes, Salomón fue revestido como heredero de la realeza de David (cf. 1 R 1, 33-35). Así, la procesión de Ramos es también una procesión de Cristo Rey: profesamos la realeza de Jesucristo, reconocemos a Jesús como el Hijo de David, el verdadero Salomón, el Rey de la paz y de la justicia.

1.      Oración:

Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro señor Jesucristo…
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Domingo V de Cuaresma – Ciclo C

CuarV
Hemos llegado al quinto domingo de Cuaresma, en el que la liturgia nos propone, este año, el episodio evangélico de Jesús que salva a una mujer adúltera de la condena a muerte (Jn 8, 1-11). Mientras está enseñando en el Templo, los escribas y los fariseos llevan ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio, para la cual la ley de Moisés preveía la lapidación. Esos hombres piden a Jesús que juzgue a la pecadora con la finalidad de «ponerlo a prueba» y de impulsarlo a dar un paso en falso. La escena está cargada de dramatismo: de las palabras de Jesús depende la vida de esa persona, pero también su propia vida. De hecho, los acusadores hipócritas fingen confiarle el juicio, mientras que en realidad es precisamente a él a quien quieren acusar y juzgar. Jesús, en cambio, está «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14): él sabe lo que hay en el corazón de cada hombre, quiere condenar el pecado, pero salvar al pecador, y desenmascarar la hipocresía.
Benedicto XVI

Oración:

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por Nuestro Señor Jesucristo….

Amén.
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Domingo IV de Cuaresma – Ciclo C

CuarIV

En este cuarto domingo de Cuaresma se proclama el Evangelio del padre y de los  dos hijos, más conocido como parábola del «hijo pródigo» (Lc15,11-32). Este pasaje  de san Lucas constituye una cima de la espiritualidad y de la literatura de todos los  tiempos. En efecto, ¿qué serían nuestra cultura, el arte, y más en general nuestra  civilización, sin esta revelación de un Dios Padre lleno de misericordia? No deja  nunca de conmovernos, y cada vez que la escuchamos o la leemos tiene la  capacidad de sugerirnos significados siempre nuevos. Este texto evangélico tiene,  sobre todo, el poder de hablarnos de Dios, de darnos a conocer su rostro, mejor  aún, su corazón. Desde que Jesús nos habló del Padre misericordioso, las cosas ya  no son como antes; ahora conocemos a Dios: es nuestro Padre, que por amor nos  ha creado libres y dotados de conciencia, que sufre si nos perdemos y que hace  fiesta si regresamos. Por esto, la relación con él se construye a través de una  historia, como le sucede a todo hijo con sus padres: al inicio depende de ellos;  después reivindica su propia autonomía; y por último —si se da un desarrollo  positivo— llega a una relación madura, basada en el agradecimiento y en el amor  auténtico.

Benedicto XVI. Plaza de San Pedro, domingo 14 de marzo de 2010
Oración:
Al ofrecerte, Señor, en la celebración gozosa de este domingo, los dones que nos traen la salvación, te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y saber ofrecértelos por la salvación del mundo. Por Jesucristo nuestro Señor.

Primera Lectura: Jos 5, 9a. 10-12

El pueblo de Dios celebra la pascua al entrar en la tierra prometida.

EN aquellos días, dijo el Señor a Josué:
    «Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto».
Los hijos de Israel acamparon en Guilgal y celebraron allí la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.
Al día siguiente a la Pascua, comieron ya de los productos de la tierra: ese día, panes ácimos y espigas tostadas.
Y desde ese día en que comenzaron a comer de los productos de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel ya no tuvieron maná, sino que ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

El libro de Josué es la continuación literaria y teológica de los libros del Pentateuco. La mano que escribió estas páginas se asemeja mucho a la que guardó, para la posteridad, muchos acontecimientos que se hallan en el Éxodo. Una misma visión religiosa los relaciona estrechamente. No tendrían sentido las páginas del Éxodo, si el libro de Josué no las continuara. Ni la conquista de la tierra prometida, que nos relata Josué, tendría mayor importancia, si no fuera el resultado teológico del pacto efectuado en el Sinaí.

La obra de la liberación había comenzado en Egipto. El paso del mar Rojo había sido el acontecimiento más saliente, pero no el único. La travesía del desierto había continuado la hazaña. Durante una generación había caminado errante todo un pueblo por un país sembrado de colinas desiertas, valles inhóspitos, barrancos tortuosos, descansando aquí y allá en oasis más o menos acogedores. Había sido un verdadero peregrinar en busca de una patria estable y firme. Largos años y largas pruebas. Dios le había hecho sentir su mano pesada y acariciante. Su amor a él lo había librado del hambre y de la sed (alimento milagroso: codornices, maná; bebida milagrosa: agua de la peña), los había librado de la muerte. Su santidad, no obstante, no había dejado impunes sus repetidas rebeldías.

Por fin, tras mil peripecias y vicisitudes, había llegado el pueblo a las puertas de la tierra prometida. La peregrinación, larga y penosa, había terminado. Moisés veía acabada su misión. Desde la cumbre del monte Nebo, había contemplado el Caudillo de Israel la extensión y la riqueza de la tierra que Dios les había prometido en herencia: amplia, extensa, feraz. Ahí está. Moisés se la muestra complacido y preocupado. Buena es la tierra, pero peligrosa. La idolatría la domina por completo. ¿Sabrá Israel poseer la tierra sin que, a su vez, sea poseído por ella? El anciano Moisés entrega a Josué la vara de mando. Josué será desde ahora el caudillo de Israel. Él realizará la conquista. Los hombres mueren, pero la acción salvífica de Dios sigue adelante. El pueblo sigue a Josué.

Dios está con Josué, como estuvo en su tiempo con Moisés. El paso del Jordán lo ha demostrado. Con Dios a la cabeza no hay nada que temer. Las ciudades de Canaán caerán una tras otra bajo la espada de Josué. Va a comenzar la conquista.

Pero antes de desenvainar la espada, conviene asegurarse la asistencia divina. ¿Están, en verdad, seguros de encontrarse en buenas relaciones con el Dios Santo de Israel? No sería la primera vez que sintieran desfallecer sus rodillas y temblar sus manos ante el enemigo, precisamente por haberse alejado de ellos el favor divino. La vida nómada, provisional, en el desierto les había impedido o dispensado de ciertas prácticas religiosas importantes. Les faltaba algo. El pueblo no estaba santificado. Josué ordena la circuncisión de los nacidos en el desierto. ¿No es la tierra una tierra santa por la bendición del Señor? ¿No eran, al fin y al cabo, un pueblo santo? ¿No era la circuncisión el signo externo de la pertenencia al pueblo de Dios? Josué arrojó lejos del pueblo santo el oprobio de Egipto. No será jamás pagano ni gentil, como lo era Egipto.

A continuación, la celebración de la Pascua. No podían perder de vista el acontecimiento primero que los había llevado a las puertas de Palestina. La celebración les recuerda el pasado y les abre el futuro: la posesión de la tierra en nombre del Dios que los sacó de Egipto. Van a ser poseedores; dejan de ser peregrinos. Cesa el maná. Dios los alimentará en adelante con los frutos del campo. La celebración de la Pascua lo recuerda y lo anuncia. Los frutos del campo continúan siendo el alimento gracioso que Dios concede a su pueblo.

A la conquista precede un acto religioso que los consagra a Dios. Sagrado es Dios, santos son la tierra y el pueblo, sagrada es la historia que van a levantar sus manos.

Salmo responsorial
Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7 (R/.: 9a)

R/.   Gustad y ved qué bueno es el Señor.

        V/.   Bendigo al Señor en todo momento,
                su alabanza está siempre en mi boca;
                mi alma se gloría en el Señor:
                que los humildes lo escuchen y se alegren.   R/.

        V/.   Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
                ensalcemos juntos su nombre.
                Yo consulté al Señor, y me respondió,
                me libró de todas mis ansias.   R/.

        V/.   Contempladlo, y quedaréis radiantes,
                vuestro rostro no se avergonzará.
                El afligido invocó al Señor,
                él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.   R/.

Es fundamentalmente un salmo de acción de gracias: El Señor me libró de todas mis ansias. De esta experiencia personal surge espontánea la alabanza: Su alabanza está siempre en mi boca. La alabanza se ensancha hasta hacerse comunitaria: Ensalcemos juntos su nombre. La comunidad interpreta como propio el beneficio de uno de sus miembros y eleva a máxima universal la experiencia del individuo: Si el afligido invoca al Señor, él lo escuchará.

El fiel no gime solo, no pide solo, ni goza solo del beneficio del Señor, ni siquiera resuena aislada su alabanza. La comunidad, de la que forma parte, lo acompaña en todos sus actos; con él gime, con él da gracias por el beneficio recibido, con él alaba al Señor de los ejércitos. La acción del individuo cobra amplitud y profundidad. La misma experiencia se hace comunitaria. Por eso, la invitación: Gustad y ved qué bueno es el Señor, va dirigida a todos. De las experiencias particulares surge la máxima, La comunidad -la Iglesia- viva a través de los siglos, lo proclama y lo garantiza. A nosotros va dirigida en forma de enseñanza la experiencia de muchos.

Segunda Lectura: 2 Co 5, 17-21

Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo y nos encargó el servicio de reconciliar.

Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.
Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.
Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.
Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

Alguien ha pasado por Corinto, que ha sembrado el desconcierto entre los fieles de aquella comunidad. Individuos de dudosa intención han intentado desprestigiar al apóstol, juntamente con su trabajo. Se ha puesto en tela de juicio el alcance y el valor de su apostolado, y han tratado de rebajar su autoridad. Nada de esto le hubiera movido a Pablo a tomar la pluma y a escribir, si, tras ese ataque personal, no hubiera entrevisto el apóstol también una seria amenaza a las más sólidas y firmes enseñanzas que en un tiempo impartiera en Corinto. Aquel movimiento en contra de su persona ponía en grave peligro la fe, el orden y la buena armonía de los corintios. Pablo sale a la defensa, más que de su persona, de su apostolado.

El apostolado de Pablo no obedece a voluntad humana, sino al mandato de Dios. Más aún, Pablo ha dejado todo a un lado para cumplir dignamente con esta misión. Todos conocen su conducta. A nadie insultó, a nadie empobreció, nunca abusó de su ministerio para aprovecharse de los otros. Si, a veces, se mostró sensato, lo hizo por el bien de sus fieles corintios. Si otras veces dio pruebas de locura, no fue otra cosa que el celo y el amor de Dios (v. 13). El amor de Cristo es el único móvil de sus acciones: Amor Christi urget nos. Cristo murió -hasta ahí llega su amor- por todos, para que todos vivan, y no para sí, sino para su salvador, Cristo que murió y resucitó por ellos. Ese amor tan grande es el que mueve a Pablo a ser loco y sensato por Dios y por los hombres.

La muerte y la resurrección de Cristo exigen una nueva vida en los hombres, una nueva forma de pensar y de actuar, según Cristo. Esa es la vocación del cristiano. No es otro, fundamentalmente, el sentido del bautismo: muertos en Cristo, resucitados en Cristo, vida nueva en Cristo. Por tanto (v. 17) el que está en Cristo es una nueva creación. Pablo ha hablado muchas veces de esa nueva realidad: hombre nuevo, creación nueva, creación en Cristo. Esa es la obra de Dios en Cristo. El hombre se hallaba alejado de Dios, enemistado con Dios; su naturaleza, cuarteada por el pecado, estaba pronta para la destrucción y la muerte. Pero Dios tuvo a bien, por su misericordia, reconciliarnos con él, haciendo caso omiso de nuestras faltas y pecados. Todos ellos fueron lavados en la sangre de Cristo. La pertenencia a él por el bautismo nos garantiza el perdón más sincero. Cristo ocupó el lugar que correspondía al pecado -no que cometiera pecado- atrayendo sobre sí la ira de Dios que merecían nuestros delitos. Se hizo pecado, ocupando nuestro lugar, para que nosotros viniésemos a ser justicia, ocupando así el lugar que a él correspondía. Dios nos ha justificado en él, en su muerte y resurrección. Nos ha reconciliado consigo en él; nos ha perdonado, nos ha hecho sus hijos.

Toda la misión de Pablo, todo su trabajo se reduce a proclamar y a anunciar por todas partes la justicia de Dios a los hombres (v. 20). Pablo exhorta en nombre de Dios. Dios mismo exhorta por medio de Pablo. Pablo suplica ardientemente en nombre de Cristo: ¡Reconciliaos con Dios!

Evangelio: Lc 15, 1-3. 11-32

Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.

EN aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

El tema de la misericordia de Dios invade toda la Biblia y alcanza los más apartados rincones de la historia de la salvación. Corre de un extremo a otro de la revelación divina. Dios se muestra eminentemente misericordioso a través de sus obras. Los profetas se esmeraron en recordarlo al pueblo. Los salmos lo celebran con alborozo. Los sabios lo proponen respetuosos en sus reflexiones. Los evangelios lo revelan Padre.

Lucas sobresale entre ellos. Con razón ha sido llamado el evangelista de la misericordia divina. Efectivamente, Lucas la pone de relieve. Sin duda alguna, cautivó extraordinariamente a Lucas este atributo divino, revelado en la predicación de Jesús. Por otra parte, los destinatarios eran especialmente sensibles a ella: cristianos venidos de la gentilidad, cuyos ojos contemplaban diariamente salvajismo, brutalidad y sangre.

Esta preciosa parábola, para muchos la más hermosa y la más tierna de todas, forma parte de un pequeño grupo de parábolas que tienen como tema común objetos perdidos, o, como otros prefieren, la misericordia. Son las parábolas de la dracma perdida, de la oveja perdida y del hijo perdido. Tres objetos, preciosos a los ojos del dueño, que estaban perdidos, son recobrados sanos y salvos con inefable alegría y gozo del poseedor. Comunicativa la alegría de la mujer que encuentra su dracma; emocionante el gozo del pastor que vuelve con la oveja descarriada; conmovedoras, hasta el extremo, las lágrimas incontenibles del padre que recobra al hijo. Hoy nos toca leer la última de ellas. Es propia de Lucas. No es necesario explicarla detenidamente. Valgan algunas consideraciones.

1. Los fariseos acusan a Jesús; más aún, lo condenan. Aquel hombre, que rompe el sábado y anda de continuo con los pecadores y publicanos, no puede ser un hombre de Dios; es un falsario. Si fuera un profeta, sabría que aquellos hombres con quienes trata son aborrecidos por Dios. Nada más equivocado. No sabían los pobres que Cristo representaba y practicaba la misericordia divina, y que ésta era infinita. Dios ama tiernamente al hombre y lo llama, por pecador que sea, continuamente a su amistad. Si esto es así ¿por qué importunar a Cristo, que cumple la voluntad divina a la perfección? Los hombres son severos en sus juicios. Dios es más misericordioso. A curar a los enfermos vino Cristo, no a los sanos. La misericordia nos asemeja a Dios, no la severidad del juez.

2. El padre condesciende a la petición del hijo. Dios respeta la voluntad libre del hombre, aunque con frecuencia condena sus actos. El hombre ha recibido de Dios bienes de todas clases, materiales y espirituales, del cuerpo y del espíritu. El hombre, que se aleja de él, los malgasta; se aleja para malgastarlos; al malgastarlos, se aleja. El mal uso de los bienes no elevan al hombre; antes bien lo degradan, lo envilecen. Compárense los extremos, la casa del padre y la guarda de puercos. Alguno le susurró al oído: Aléjate, lleva tu propia vida; no vivas como un niño, siempre a la sombra del padre; ya eres mayor, disfruta tú solo de tus bienes, independízate. Nos recuerda la tentación del diablo en el Paraíso: Seréis como dioses. Acabaron desnudos. Así el hijo pródigo. Nótese de paso la desaparición de los amigos a la par que la de los dineros.

3. El dolor es síntoma de enfermedad. El dolor nos obliga a confesarnos enfermos. Sin el dolor moriríamos sin darnos cuenta. El hambre y el abandono le hacen al hijo reflexionar sobre su infortunio. La experiencia de la ruina le hace ver la magnitud de su locura. Las imágenes del pasado feliz se le agolpan y amontonan en la mente. ¡Qué era y qué es ahora! Ni siquiera de bellotas puede llenar su estómago vacío. ¡Qué desilusión haber abandonado al padre! Su espíritu vuelve a cobrar esperanza: Me levantaré e iré al, padre y le diré: He pecado contra el cielo y contra ti… El hijo está contrito y humillado. Ha comenzado la conversión. Ese es el proceso: sentir el pecado, admitirlo como propio, levantar la mirada a Dios, confesar el delito. La desgracia acompaña al que abandona a Dios, la gracia al que lo encuentra. ¿Hubiera sentido el hijo la necesidad de ir al padre, de no haber sufrido el hambre y el abandono? El sufrimiento nos acerca a Dios.

4. La figura del padre es conmovedora. El pensamiento ha seguido de continuo al hijo errante. Sintió su marcha. Desea su vuelta. La espera todos los días. Sobre un cabezo otea, sin descanso, el horizonte. Puede que venga y no lo encuentre a él. Pero un día salta de repente su corazón, adivinando, en aquella figura andrajosa que se divisa a lo lejos, la persona de su hijo. Corre, lo abraza, lo besa y sus lágrimas de gozo se mezclan con las amargas de su hijo. No le deja hablar. Lo levanta del suelo, lo estrecha entre sus brazos y comienza a llamar a los siervos. Hay que preparar un banquete, una fiesta: ¡El hijo perdido ha vuelto! Ni un reproche, ni una insinuación a su pecado. Todo lo contrario: el gozo del padre es indescriptible, su alegría sin límites.

5. La figura del hermano mayor ensombrece un tanto la escena. Pero es para realzar con más fuerza la luz. La postura del hermano obliga a definir la actitud del padre: Tú estabas conmigo; todo lo mío es tuyo; tuya debe ser también mi alegría; el hijo perdido ha vuelto.

6. ¿Dónde está el pecado del hijo? No aparece expresamente. Lo que pidió al padre, le pertenecía; ni hizo nada injusto. Sí que es una cosa mala el malgasto de los bienes. Pero no está ahí propiamente el pecado. El malgasto de los bienes es consecuencia y expresión de una actitud interna irregular. El verdadero pecado está aquí: marcharse de casa. Al hijo no le importó la casa, no le importó el padre; la convivencia con él le pareció superflua y despreciable. Ese es el mal. Rompió con el padre, despreciando así su condición de hijo. Acabó siervo y esclavo de señores ajenos. Se apartó de la vida y cayó en la miseria más absoluta. De nuevo recordamos la desgracia de Adán y Eva. El camino ha sido el mismo. El mismo ha de ser el camino para encontrar al padre de nuevo: reconocer nuestro pecado, volver al padre, reconciliarnos con él y vivir con él siempre.

Consideraciones:

Después de la explicación del evangelio, no es necesario detenerse mucho en las consideraciones. De todos modos ahí van un par de pensamientos.

Reconciliación con Dios – Misericordia divina. El hombre no puede vivir sin el Dios que lo creó; ni el hijo lejos del padre que lo ha engendrado. Como ovejas errantes caminábamos sin dirección ni rumbo a merced de nuestros propios caprichos y veleidades, malgastando, abocados a la ruina completa, los bienes que Dios misericordiosamente nos había concedido. La situación era desesperada. Se alzó entonces, como reconciliador entre el Dios que nos creara y el hombre que lo había ofendido, la persona de Cristo. La misericordia de Dios lo dispuso así. En su muerte nos ha librado del castigo que merecían nuestras culpas; él mismo ocupó nuestro lugar y nos arrancó de las fauces de la muerte. De siervos que éramos fuimos elevados a la dignidad de hijos, de extraños a la de amigos, de ofensores a la de herederos y a la de confidentes de Dios. El bautismo en Cristo nos ha reconciliado con Dios. (No olvidemos a los catecúmenos, que estos días se preparan para la recepción del bautismo). La reconciliación empeña toda la vida, vida por cierto nueva en Cristo (Pablo).

La parábola del Hijo pródigo nos describe la situación del que se aparta de Dios. A pesar de nuestro bautismo, a pesar de nuestras promesas de cambiar de vida, a pesar de las comunicaciones divinas que hemos recibido, seguimos claudicando. Somos con frecuencia hijos pródigos, alejados del Padre. ¿Vamos a estar siempre apacentando los cerdos de nuestras pasiones, cuando podíamos ser, en casa del Padre, señores de nosotros mismos? Es menester levantarse de nuevo y dirigirse al Padre para pedirle perdón. Nos espera con los brazos abiertos. Para él es una alegría vernos de nuevo a su lado. Es que realmente nos ama. No quiere nuestra perdición, sino nuestra salvación. ¿No dio Cristo, su Hijo, la vida por nosotros? Pues a qué esperamos. Es menester reconocerse enfermo, pecador; de lo contrario no daremos un paso. Es el tiempo oportuno para pensarlo. Las desgracias e infortunios desempeñan, a veces, el papel de hacernos sentir la necesidad de acudir a Dios. El salmo responsorial canta alborozado, fruto de la experiencia de muchos, el gozo de estar unido a Dios: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

La primera lectura recuerda nuestra consagración a Dios. Todo aquello sucedía en figura para nuestro provecho. La circuncisión nos recuerda el bautismo, la pertenencia al pueblo santo. La Pascua, el misterio de Cristo Salvador. La entrada en la tierra, nuestra pertenencia a la Iglesia, por una parte, y, por otra, la gloria eterna. Los panes ácimos y las espigas, nuevo alimento, indican la nueva vida en Cristo, alimento de nuestras vidas. Antes de gustar los bienes eternos ¡reconciliación con Dios misericordioso!

La oración pide, después de mencionar la reconciliación realizada en Cristo, la digna celebración de la Pascua. ¡Fuera pecados y faltas! El ofertorio ruega por la salvación del mundo entero. Ese fin tiene la obra de Cristo. Por último, la oración al fin de la misa pide luz para nuestra mente y fuego para nuestro corazón, para llevar una vida nueva.

La eucaristía nos recuerda todos estos motivos: la misericordia infinita de Dios, la reconciliación en la muerte de Cristo, la nueva vida y el aborrecimiento de nuestros pecados. El gozo de sentirse perdonado. Es el auténtico alimento de nuestras vidas.

Sugerencia de cantos: https://goo.gl/nzOCzT

III Domingo de Cuaresma – Ciclo C

Cuaresma 3

La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma nos presenta el tema de la conversión. En la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, Moisés, mientras pastorea su rebaño, ve una zarza ardiente, que no se consume. Se acerca para observar este prodigio, y una voz lo llama por su nombre e, invitándolo a tomar conciencia de su indignidad, le ordena que se quite las sandalias, porque ese lugar es santo. “Yo soy el Dios de tu padre —le dice la voz— el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”; y añade: “Yo soy el que soy” (Ex 3, 6.14). Dios se manifiesta de distintos modos también en la vida de cada uno de nosotros. Para poder reconocer su presencia, sin embargo, es necesario que nos acerquemos a él conscientes de nuestra miseria y con profundo respeto. De lo contrario, somos incapaces de encontrarlo y de entrar en comunión con él. Como escribe el Apóstol san Pablo, también este hecho fue escrito para escarmiento nuestro: nos recuerda que Dios no se revela a los que están llenos de suficiencia y ligereza, sino a quien es pobre y humilde ante él.

Oración

Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo. Seguir leyendo «III Domingo de Cuaresma – Ciclo C»

Domingo II de Cuaresma – Ciclo C

Cuaresma 2

En este segundo domingo de Cuaresma, el evangelista san Lucas subraya que Jesús subió a un monte “para orar” (Lc 9, 28) juntamente con los apóstoles Pedro, Santiago y Juan y, “mientras oraba” (Lc 9, 29), se verificó el luminoso misterio de su transfiguración. Por tanto, para los tres Apóstoles subir al monte significó participar en la oración de Jesús, que se retiraba a menudo a orar, especialmente al alba y después del ocaso, y a veces durante toda la noche. Pero sólo aquella vez, en el monte, quiso manifestar a sus amigos la luz interior que lo colmaba cuando oraba: su rostro —leemos en el evangelio— se iluminó y sus vestidos dejaron transparentar el esplendor de la Persona divina del Verbo encarnado (cf. Lc 9, 29).

En la narración de san Lucas hay otro detalle que merece destacarse: la indicación del objeto de la conversación de Jesús con Moisés y Elías, que aparecieron junto a él transfigurado. Ellos —narra el evangelista— “hablaban de su muerte (en griego éxodos), que iba a consumar en Jerusalén” (Lc 9, 31).

Por consiguiente, Jesús escucha la Ley y los Profetas, que le hablan de su muerte y su resurrección. En su diálogo íntimo con el Padre, no sale de la historia, no huye de la misión por la que ha venido al mundo, aunque sabe que para llegar a la gloria deberá pasar por la cruz. Más aún, Cristo entra más profundamente en esta misión, adhiriéndose con todo su ser a la voluntad del Padre, y nos muestra que la verdadera oración consiste precisamente en unir nuestra voluntad a la de Dios.

Por tanto, para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor. Por eso, la transfiguración es, paradójicamente, la verificación de la agonía en Getsemaní (cf. Lc 22, 39-46). Ante la inminencia de la Pasión, Jesús experimentará una angustia mortal, y aceptará la voluntad divina; en ese momento, su oración será prenda de salvación para todos nosotros. En efecto, Cristo suplicará al Padre celestial que “lo salve de la muerte” y, como escribe el autor de la carta a los Hebreos, “fue escuchado por su actitud reverente” (Hb 5, 7). La resurrección es la prueba de que su súplica fue escuchada.

La oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo. Durante este tiempo de Cuaresma pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia.

Benedicto XVI, 4 de marzo de 2007

Oración:

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestra espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo.

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