Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

 

XVII
La tradición profética había considerado a Eliseo como un hombre de Dios, que realizaba señales encaminadas a auxiliar a los israelitas, que enfrentaban grandes carencias en tiempos de una grave crisis social. Eliseo animaba a la gente a vivir la solidaridad, desprendiéndose de sus alimentos para favorecer a los miembros de la comunidad profética congregada en torno de Eliseo. Tal como dice la carta a los Efesios, solamente teniendo conciencia de ser un cuerpo es posible vivir los valores de la gratuidad y la solidaridad. El gesto que el Señor Jesús realizó en el Evangelio, se orienta en la misma dirección: hace falta aprender a confiar en la bondad de Dios y en la bondad de las personas. Solamente desde esa actitud es posible vivir de forma permanente en un clima de caridad y donación de sí mismo y de los propios bienes.

  1. ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, protector de los que en ti confían, sin ti, nada es fuerte, ni santo; multiplica sobre nosotros tu misericordia para que, bajo tu dirección, de tal modo nos sirvamos ahora de los bienes pasajeros, que nuestro corazón esté puesto en los bienes eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Seguir leyendo «Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo B»

Domingo 16 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

27

La asociación de la figura del pastor con el oficio de gobernar es una tradición milenaria en el Antiguo Oriente. De esa figura se vale el profeta Jeremías para denunciar los equívocos y desaciertos de los gobernantes de Israel. Siendo las ovejas animales gregarios necesitan de la compañía del rebaño para subsistir, por eso no tiene sentido alguno que un pastor se ocupe de dispersarlas, eso equivale a convertirlas en víctima de lobos y ladrones. Los pastores descuidados pierden toda la confianza. En el Evangelio el Señor Jesús revierte la relación expuesta en el texto del profeta Jeremías, puesto que al encontrarse con una muchedumbre de personas desorientadas y dispersas, de inmediato las atiende, organiza e instruye. La profecía de Jeremías apuntaba a la llegada de un pastor modelo. La esperanza se ha cumplido en Jesús.

  1. ORACIÓN COLECTA

Sé propicio, Señor, con tus siervos y multiplica, bondadoso, sobre ellos los dones de tu gracia, para que, fervorosos en la fe, la esperanza y la caridad, perseveren siempre fieles en el cumplimiento de tus mandatos. Por nuestro Señor Jesucristo…

  1. Texto y comentario

2.1. Primera lectura: Jeremías 23,1-6

Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño -oráculo del Señor-. Por eso, así dice el Señor, Dios de Israel: «A los pastores que pastorean mi pueblo: Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis; pues yo os tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones -oráculo del Señor-. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá -oráculo del Señor-.

Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán con este nombre: El-Señor-nuestra-justicia.»

A Jeremías le ha tocado anunciar el derrumbamiento de su pueblo: la ruina de Jerusalén, altura hermosa; la destrucción del templo, morada de Dios; la deportación del pueblo, nación santa; la caída de la monarquía, un­gidos del Señor. También le ha tocado verlo. El corazón de Jeremías sangra. Pobre nación, pobre pueblo, pobre casa de David. ¿Dónde están tus guías? ¿Dónde tus jefes? ¿Qué han hecho? El pueblo abandonado, desperdigado, des­terrado, parece morir de pena.

Jeremías pronuncia en nombre del Señor palabras terribles. Los «pastores» han desperdigado el rebaño, lo han ahuyentado, lo han descuidado y abandonado. ¡Ay de vosotros, malos pastores! Dios os va a exigiros cuen­tas. El juicio va a ser terrible. Y ¿Qué va a ser del rebaño? También el pue­blo ha merecido, si bien menos que sus jefes, la ira de Dios. Pero Dios es rico en misericordia. Dios va a desandar el camino andado por los falsos guías. Los reunirá, lo cuidará, los hará crecer, los multiplicará, les dará auténticos pastores. No temerán, no se perderán más. Del viejo tronco de David, po­drido y maltrecho, Dios va hacer surgir un Guía, un Pastor, un Rey sabio. Justicia y Derecho en su mano. Volverá el pueblo a ser uno. El nombre del Rey: «El Señor es nuestra justicia». El los salvará.

2.2. Salmo responsorial: 22

El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: / en verdes praderas me hace recostar; / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el sendero justo, / por el honor de su nombre. / Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo: / tu vara y tu cayado me sosiegan. R.  

Preparas una mesa ante mí, / enfrente de mis enemigos; / me unges la cabeza con perfume, / y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan / todos los días de mi vida, / y habitaré en la casa del Señor / por años sin término. R.

Para la mejor inteligencia del salmo, conviene distinguir dos partes: 1-4/ 5-6. En la primera domina la imagen del pastor. La segunda nos transporta al templo, lugar donde el salmista experimenta la presencia de Dios.

Salmo de confianza. No hay que perder de vista la relación con la «acción de gracias», recordada aquí, quizás, por la mesa, la copa, la unción (sacrificios de comunión) y por la mención de los enemigos. La experiencia religiosa culmina en el templo. El estado de ánimo viene expresado en la primera parte. La imagen es rica y sugestiva.

Conviene recordar en el versículo 2 el alcance, por contraposición de los términos «verde» (opuesto a hierbas secas y rastrojos poco jugosos) y «tranquilas» (donde se bebe con sosiego y sin ningún peligro). Jugosidad y abundancia. Merece la pena entrever en el versículo 3 el alcance de «recto»: justicia salvífica de Dios para con el fiel. En el versículo 4 es de notar, además del valle de tinieblas (peligro para el fiel- enemigo del versículo 5), el término «cayado»: con punta de hierro para defender a las ovejas de cualquier ene­migo y para reunir y conducir el rebaño. El versículo 5 es denso: Dios de anfi­trión: sacrificio de comunión, de acción de gracias. No es un idilio sin sustan­cia. La presencia de los «enemigos» da al canto un carácter real, enraizado en la vida del salmista. El versículo 6 es la expresión de una esperanza serena y segura: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». Así espera­mos. El salmo recibe su plenitud en Cristo, el «Buen Pastor».

2.3. Segunda lectura: Efesios 2,13-18

Hermanos: Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

Los fieles de Éfeso, ahora cristianos, vivieron un tiempo, cuando paganos, en una situación desesperada, viene diciendo San Pablo. Estaban sin Cristo, no pertenecían al pueblo de Dios, vivían al margen de la Alianza que asegu­raba las promesas de salvación y de bendición. Su existencia corría, por tanto, sin esperanza. Como remate de desgracias estaban sin Dios en el mundo. ¿Cabe mayor tragedia? ¡Vivir sin Dios! Así vivían y así eran. Pero ahora ¡ahora! no. Antes separados del pueblo de Dios, ahora pueblo de Dios único. De ello habla el texto leído.

Ahora todo ha cambiado en Cristo Jesús. Jesús ha traído la paz. El es la Paz en persona. Destrozados y quebrados, antes, en sus pecados y pasiones, alucinados en promesas humanas y cultos ilusorios, han encontrado, ahora, en Cristo a Dios, Origen y Meta de todo lo creado. La Sangre de Cristo, muerto por los pecados, los ha reconciliado con Dios. El don del Espíritu que han recibido los preserva del desastre como individuos y como sociedad. Cristo ha roto la barrera que separaba a los pueblos pagano y judío. El or­gullo, el desprecio, el odio recíproco que se guardaban, ha quedado abolido y convertido en un lazo de unión: el amor fraterno. Ya no hay pueblos, sino un sólo pueblo, el pueblo de Dios. La ley que establecía la separación, ha que­dado sin fuerza por la sangre del Señor. La ley es ahora Cristo. San Pablo habla de la Ley del Espíritu grabada en nuestros corazones. Ley que nos transforma, Ley viva, Ley divina. La Ley, así entendida, hermana a todos en un mismo cuerpo, en una misma Iglesia, en un mismo Pueblo. No hay ni lejos ni cerca, ni más ni menos, todos hermanos en Cristo. Cristo lo ha hecho. Unos y otros podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. Esa es nuestra vocación, esa nuestra vida.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Marcos 6,30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.» Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Estos versículos enlazan temáticamente con el v.13. Los discípulos han sido enviados por Jesús a anunciar el Evangelio. Ahora vuel­ven de sus correrías. De todo dan cuenta al Maestro. Jesús se retira con ellos a descansar a un lugar apartado.

Si es verdad lo que algunos autores sugieren, la retirada de Jesús con los suyos a un lugar apartado, señalaría una comunicación más íntima a éstos, tendríamos aquí una indicación altamente sugestiva. De todos modos es ya de por sí significativo que Jesús se aparte con los suyos del tumulto de las gentes. Dejaba por un momento la labor de predicar. ¿La dejaba en reali­dad? La labor seguía con sus discípulos más intensa. Palabras, gestos, ac­ciones del Maestro eran medio de comunicación y por tanto de predicación de Evangelio. Los suyos lo tienen a él. ¿Y la muchedumbre? Anda como re­baño sin pastor. A Jesús le dan lástima. Jesús es el Buen Pastor. Jesús en­seña con calma.

Reflexionemos:

Las lecturas nos obligan de nuevo a reflexionar sobre el misterio de Cristo. Si atendemos a la primera lectura, al salmo responsorial y al evan­gelio, podríamos representarnos a Jesús bajo la figura del Pastor. La pri­mera lo anuncia, el segundo lo canta, el tercero lo constata. Jesús, el Pastor de Dios.

Efectivamente, las ovejas que andan descarriadas encuentran en Jesús su auténtico Pastor. Como Pastor tiene lástima de ellas, las reúne en torno a sí, les enseña con calma. El las hace recostar en verdes y jugosas praderas, las abreva en arroyos tranquilos y claros, las conduce con seguridad y aplomo. No espantan las cañadas oscuras, él va delante de ellas; su «cayado» – la Cruz – es cobijo y orientación, por una parte, y por otra, arma terrible contra los enemigos. La mesa, la copa, el perfume de acción de gra­cias pueden recordarnos la Eucaristía, alimento de las ovejas. Sin temor a errar caminan hacia la Casa del Padre. El Espíritu del Señor va con ellas.

Las ovejas forman un rebaño, uno solo, por más que por un tiempo estu­vieran desperdigadas. Dos pueblos separados forman uno. No hay judío ni griego, ni señor ni esclavo. Todos hermanos en el Señor. Urge, hoy día, fo­mentar el sentimiento de hermandad que debe caracterizar al rebaño del Pastor. Las separaciones impuestas por la historia, por la raza, por intere­ses personales o nacionales, no tiene ya sentido. Jesús nos ha hermanado a todos en su sangre de una vez para siempre. ¿No suspira hoy el mundo en­tero por la unidad y la comprensión? ¿Dónde quiere encontrarlo? Ahí está el Pastor de la humanidad, no hay otro. El rebaño debe dar señales de ello.

Jesús, Pastor, trae la Paz. ¿Que más desea el mundo que la paz? Jesús es la Paz. Paz con Dios, paz de unos con otros. El da la vida por sus ovejas. El Pastor de la casa de David, el Mesías. Jesús nos lleva a Dios. ¿Qué más puede desear el hombre que alcanzar a Dios? Jesús nos conduce a él.

¿Qué decir de los malos pastores? ¡Ay de ellos! ¿Somos buenos pastores? ¿Qué buscamos en el ejercicio de nuestra pastoral? ¿A nosotros mismos? ¿Ahuyentamos, desperdigamos, abandonamos el rebaño? ¡Ay de nosotros! ¿Somos la paz? ¿Creamos la paz? ¿Vivimos la hermandad? ¿Nos dejamos llevar por el Espíritu de Cristo en ver los demás hermanos en Cristo? ¿Qué papel desempeña en nuestra vida nuestra nación, nuestro pueblo? ¿Separa, disgrega, destroza? Hay un solo pueblo, un solo rebaño. Por ello murió Cristo. ¿Somos buenas ovejas? ¿Nos dejamos conducir? ¿Sabemos derribar con nuestra vida el odio, la envidia, el rencor de siglos que tiene separada la humanidad? ¿Confiamos en el Señor? ¿Es en realidad nuestro Pastor? ¿O son quizás los líderes políticos los que nos apasionan más que Cristo? Pensemos, meditemos y actuemos en consecuencia.

Actualmente no es fácil despojar del poder a quienes lo han usado en beneficio propio durante décadas. Lo que pasa actualmente en nuestro país, en particular, la deshonesta conducción de los asuntos públicos por parte de políticos de todos los partidos, ha generado una sensación de indignación, rabia y empacho que hace eco de las palabras del profeta Jeremías. Algunos creyentes imaginan que esta situación crítica traerá cambios radicales en cuanto a la organización social, semejantes a los que supuso la ruina del imperio romano o del mundo medieval. Sin embargo, también advierten de lo lento e incierto de estos periodos de profunda transformación. La función educadora y evangelizadora tampoco se ha realizado con acierto. Ningún proyecto de cambio verdadero puede construirse sobre personas encallecidas en la simulación y la doble moral. Los ciudadanos tampoco estamos libres de responsabilidad en este desastre, también nos urge la autocrítica profunda.

Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

2727

El pescador dejó su profesión y su familia y lo mismo hizo Amós, dejó su profesión de criador de ganado y su huerta, para irse a gritar la condena de Dios a los abusos y la prepotencia de los poderosos. Su mensaje resultó insoportable para el sacerdote y el rey de Israel. El desenlace no fue favorable, aunque la verdad del mensaje profético de Amós nos sigue incomodando la conciencia desde hace casi tres mil años. Sobre la misión cumplida por los Doce, el Evangelio nos refiere gratas noticias. La misión incluía realizar curaciones y sanaciones a favor de la gente necesitada y una clara invitación a revisar sus criterios de juicio, sintetizados en el llamado a la enmienda. La credibilidad de los mensajeros facilitaba la buena acogida por parte de los aldeanos de los pueblitos de Galilea.

  1. ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a cuantos se profesan como cristianos rechazar lo que sea contrario al nombre que llevan y cumplir lo que ese nombre significa. Por nuestro Señor Jesucristo… Seguir leyendo «Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo B»

Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

25 14TO

Jesús enfrenta en Nazaret la incredulidad de los suyos. Se preguntan: “¿De dónde le viene esta sabiduría?”. Los profetas de Israel habían pasado por lo mismo. Ezequiel, por ejemplo, a quien Dios envía donde gente rebelde. Es como si se repitieran las palabras del Salmo a propósito del menosprecio de los orgullosos. Igualmente Pablo debe afrontar los insultos y las persecuciones. Pero se siente fortalecido por Jesús que le dice: “Mi gracia te basta. Mi poder se manifiesta en la debilidad”. Seguir leyendo «Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo B»

Domingo 13 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

25 

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Décimo primer domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

11TO

La Iglesia, en cuanto comunidad de creyentes, tiene la misión de ser «sacramento» del Reino de Dios aquí, en la tierra: ha sido convocada para ser, con sus palabras y sus acciones, «signo eficaz» de este Reino que, como la pequeña simiente echada en tierra, puede crecer sin límites.

  1. Oración colecta:

Señor Dios, fortaleza de los que en ti esperan, acude, bondadoso, a nuestro llamado y puesto que sin ti nada puede nuestra humana debilidad, danos siempre la ayuda de tu gracia, para que, en el cumplimiento de tu voluntad, te agrademos siempre con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo… Seguir leyendo «Décimo primer domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B»

Domingo 6 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

6toB

Dios -que sigue oyendo «los gritos de auxilio de su pueblo» (Ex. 2, 24)- tiene prisa por acelerar la marcha del Reino, por conducirnos de la esclavitud al servicio, y tiende su mano mendiga al hombre. Mendiga, porque Dios no fuerza, aunque transforma. «Forzar es lo que hace aquél que impone a la piedra una fuerza superior a la gravedad para que la piedra suba, en lugar de caer; transformarla es lo que haría quien pudiera conseguir que la piedra no tuviera gravedad» (Santo Tomás). Transformación que no se da tampoco sin nosotros, contra nuestra voluntad.

  1. Oración colecta

Dios nuestro, que te complaces en habitar en los corazones rectos y sencillos, concédenos la gracia de vivir de tal manera que encuentres en nosotros una morada digna de tu agrado. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

  1. Textos y comentario

2.1. Levítico 13,1-2.44-46

El leproso tendrá su morada fuera del campamento

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!» Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»

El libro del Levítico, llamado así por los traductores de la Biblia de la así llamada de los Setenta, pertenece al grupo de los libros -los cinco primeros de la Biblia- que los antiguos convinieron en llamar Pentateuco. El nombre indicado de Levítico, responde al material que recoge este volumen. Reciben lugar apropiado en él tradiciones, leyes, costumbres antiguas referentes en su mayor parte a los sacerdotes y al mundo cultual, donde estos se mueven. La idea de la Santidad da coherencia a un conglomerado de leyes de origen y valor muy diversos. El núcleo principal proviene de Moisés.

Dios es Santo. He ahí la clave del libro. La tradición sacerdotal, verda­dera artífice de la obra, presenta la santidad de Dios bajo un aspecto mar­cadamente cultual. Por eso tanto el sacerdote como el pueblo en su trato con Dios deben aparecer Santos cultualmente. De ahí las leyes referentes a la puridad e impuridad, tema este donde nos encontramos en la lectura pre­sente.

La lepra. -Enfermedad terrible y contagiosa-. No podía menos de dedi­carle la tradición sacerdotal un apartado en su colección de leyes. Por una parte, esta enfermedad -descomposición del individuo- no podía aparecer di­sociada de la impureza legal -cadáveres, suciedad, muertos…- dados los co­nocimientos de los antiguos. Por otra parte, su fácil contagiosidad, en un mundo falto de defensas, no podía menos de poner en guardia a los dirigen­tes responsables de la comunidad. Había que velar por ella. La lepra ame­naza su existencia seriamente. El diagnóstico pertenece al sacerdote, más instruido, conocedor oficial del valor cultual de las cosas.

Al leproso se le aleja por impuro de las reuniones litúrgicas, por conta­gioso de la vida de sociedad. Se le arranca de la familia -de los hijos, de los padres, del esposo o esposa, de los parientes- de los amigos; se le priva de la alegría de la convivencia social y del gozo que uno experimenta en el culto a Dios en lugares de concurrencia popular. Debía caminar y vivir solo, anun­ciando a grandes voces su presencia a los transeúntes. Todos se alejaban de él como de una maldición. Situación extremadamente trágica. Se le conside­raba un castigo de Dios.

En la disposición del Levítico, al lado de la auténtica lepra, se catalogan aquellas enfermedades de la piel en mayoría- que guardan aparentemente con ella alguna relación. La ciencia de entonces no alcanzaba a distinguir­las. A pesar de todo, nos parece la disposición un tanto cruel.

2.2. Salmo responsorial: 31

Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación

Dichoso el que está absuelto de su culpa, / a quien le han sepultado su pecado; / dichoso el hombre a quien el Señor / no le apunta el delito. R.

Había pecado, lo reconocí, / no te encubrí mi delito; / propuse: «Confesaré al Señor mi culpa» / y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor; / aclamadlo, los de corazón sincero. R.

2.3. 1Corintios 10,31-11,1

Hermanos: Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

1. Pablo da fin en estos versículos al problema un tanto intrincado de los idolotitos. El asunto merecía atención. Pablo lo ha considerado bajo diversos aspectos: libertad en las comidas y bebidas, posible escándalo de algunos, conducta a seguir. La regla de Pablo es siempre la misma: Libertad, limi­tada y ordenada por la Caridad. Esta ha de ser la que determine y dirija las acciones en el mundo cristiano.

A la luz de esto debe de entenderse la frase:…Haced todo para gloria de Dios. Nuestras acciones no servirán para gloria de Dios, si con ellas herimos la caridad. No ha de ser la propia comodidad, el propio gusto o provecho, sino la caridad el móvil de nuestras acciones. Con ella todo va hacia Dios; con ella lo indiferente se vuelve santo. Lejos de nosotros, abusando de la li­bertad que hemos adquirido, el escándalo, ya con unos ya con otros. Ahí está el ejemplo de Pablo: todo para todos. Así fue Cristo, que dio la vida por los demás.

2.4. Marcos 1,40-45

La lepra se le quitó, y quedó limpio

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.» Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Pasaje totalmente transparente. Un leproso. Un hombre alejado de la so­ciedad. Ni civil ni culturalmente tiene acceso a la convivencia con los huma­nos. S e le considera peligroso. Es una amenaza grave para la comunidad. Se le arroja de ella. Todos lo evitan. A algunos pudiera parecer que es un maldito de Dios.

Este pobre hombre ve en un momento la posibilidad de reintegrarse a la sociedad. De rodillas pide fervorosamente al maestro, de quien ha oído ma­ravillas, tenga a bien curarlo de su enfermedad. Cristo accede, tiene piedad de él. Un acto de voluntad, una palabra lo deja al momento limpio. Sigue un mandato: «No lo diga a nadie». Era pedir casi un imposible. Naturalmente no es obedecido. La presentación al sacerdote era necesaria para una admisión oficial a la comunidad. Se cumple así el precepto del Levítico. Jesús lo de­vuelve a la comunidad santa, al culto.

Reflexionemos:

A) Hay muchas personas que por sus acciones o por su educación y tem­peramento, o por su salud precaria y puede que hasta contagiosa se encuen­tran un tanto marginados de la sociedad. Pensemos en los hospitales, en los asilos, en las cárceles, en los manicomios, en los pobres, en los abandonados. A todos los separa una barrera más o menos gruesa de la sociedad. Muchas veces es ella misma la que los arroja de sí. Algunos son indeseables. La so­ciedad es a veces cruel. ¿Dónde están las instituciones cristianas que los atiende? He ahí un campo inmenso. ¿Nos toca algo de ello a nosotros? Para curar hay que ser médico; para aconsejar, sabio; para consolar, consolador. Se abre un gran horizonte. ¡Queremos ayudarles! Somos la voluntad salva­dora de Dios.

Naturalmente esto puede que nos moleste. Ese sería un buen empleo de la libertad, de que habla Pablo. Todo para todos. Salud para el enfermo, con­suelo para el triste. Así fue Cristo. De este modo nuestras obras darán glo­ria a Dios.

B) Cristo cura la lepra. Lo incurable, lo contagioso, lo impuro, la maldi­ción los extirpa Cristo con solo su palabra. Pero no sólo eso. Cristo puede ha­cer cosas más grandes: puede perdonar los pecados. Esa es la verdadera le­pra del hombre. Cristo nos ofrece su mano. Nótese la actitud del leproso: pi­dió encarecidamente, pues se sentía enfermo. Ese es el primer paso. Somos pecadores. Pidamos a Cristo nos sane de todo lo que sepa a pecado, de todo lo que se parezca a lepra. El es el Salvador. El nos promete la vida eterna. Fuera de Él no hay salvación. (El salmo habla del perdón del pecado).

Domingo 5 del tiempo ordinario – Ciclo B

5toB

En cierta manera las dos lecturas tomadas del Nuevo Testamento concluyen de manera semejante, afirmando la urgencia y la necesidad de vivir al servicio del Evangelio. El apóstol san Pablo padeció un derrumbe interior en el camino a Damasco. Había vivido en perspectiva de autosuficiencia, queriendo acumular méritos delante de Dios. Por eso mismo vivió su infancia y juventud como fariseo escrupuloso, cumpliendo la ley de Moisés. Sin embargo, el encuentro con el Señor Resucitado le desajustó sus esquemas personales más íntimos. Esa alegría lo transformó de raíz y vivió para compartir esa profunda esperanza recién adquirida. Por eso mismo declaró con toda firmeza, que la razón de su vida era anunciar el evangelio de la misericordia del Padre Celestial. El relato evangélico afirma lo mismo: Jesús no puede permanecer en los poblados de Galilea donde sus seguidores lo quieren retener con lazos de cariño, tendrá que salir cada día a anunciar la buena nueva del Reino a las demás poblaciones.

  1. ORACIÓN COLECTA

Te rogamos, Señor, que guardes con incesante amor a tu familia santa, que tiene puesto su apoyo sólo en tu gracia, para que halle siempre en tu protección su fortaleza. Por nuestro Señor Jesucristo que tu amor incansable cuide y proteja siempre a estos hijos tuyos, que han puesto en tu gracia toda su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo…

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Cuarto domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

4toB

En este domingo Jesús se nos presenta como un auténtico profeta. Tal como lo presenta la primera lectura, su palabra posee una fuerza tal, que expulsa el espíritu del mal. Ahora Jesús sigue liberando a través de su Iglesia. Hagamos un momento de oración antes de leer y meditar la palabra de Dios.

  1. Oración colecta

Señor y Dios nuestro, concédenos honrarte con todo el corazón y amar a todos con amor verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

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Tercer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

 3toB

Jesús comienza el anuncio de la Buena Nueva afirmando que ha llegado la hora, que el Reino de Dios está cerca y que HEMOS DE CONVERTIRNOS Y CREER EN EL EVANGELIO. Los profetas habían anunciado el Reino y constantemente habían llamado a la conversión. Jesús nos dice que ha llegado la hora y que el Reino está cerca, porque en Él se realiza la plenitud del Reino, el plan salvífico de Dios; la necesidad de convertirse y de creer es total, porque lo que esperábamos ya ha llegado y Dios ha realizado su manifestación plena entre los hombres.

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