Domingo 4 de Adviento – Ciclo A

Adviento

En este último domingo de Adviento, vísperas de Navidad, la liturgia nos coloca la figura de José como referente y como modelo para disponernos a celebrar el nacimiento del HIJO de Dios. De los personajes que intervienen en los Evangelios de la Infancia, de los más sorprendentes y de más significativos, es la figura de José. Porque es un personaje, que nos ayuda a comprender la verdadera dimensión e identidad del discípulo, de ahí, que mirando la actitud de José, estaremos encontrando un proyecto a ser vivido, pues José, es la persona absolutamente disponible, totalmente entregado a la causa del Señor. Todo lo que hace lo hace por y para Jesús, en vista y en función a Él. Es el que no habla, pero actúa; el que no discute, sino realiza; el que no objeta sino ejecuta el proyecto que Dios le manda. De ahí, que uno encuentre en Él todo un proyecto de vida a ser imitado, en sí, el perfil del verdadero discípulo.

1. Oración

José, el justo, tú el hombre de Dios, el que te dejabas conducir por el Espíritu, el que aceptaste y asumiste el proyecto de Dios para ti, te pedimos que intercedas por nosotros, para que como Tú tengamos la docilidad y apertura que tuviste, para saber decirle al Señor: SÍ, así como lo hiciste Tú.

Por eso, ayúdanos, a que en esta Navidad, le abramos el corazón al Señor, y dejemos que Él ocupe el centro de nuestra vida, siendo Él todo para nosotros, como lo fue para ti. Ayúdanos a estar disponibles y ser dóciles, como lo fuiste tú. Que así sea.

 

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 7, 10-14

En aquellos días, el Señor habló a Acaz: -«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: – «No la pido, no quiero tentar al Señor.» Entonces dijo Dios: – «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con nosotros”.»

Texto famoso en la tradición cristiana, clásico del mesianismo real de Cristo. Pertenece, dentro de Isaías, a libro que algunos llaman del Emma­nuel.

Contexto histórico. Los reyes de Siria y de Samaría, Rasón y Pecaj, han unido sus fuerzas para atacar a Judá. Quieren arrojar de ahí a su rey Acaz, y colocar en su lugar otro que comience una nueva dinastía. El corazón del rey se ha estremecido y tiembla como tiemblan los árboles cuando los sacude el viento. Todo el reino de Judá está consternado; la capital con su rey al frente están en grave peligro.

Isaías es encargado por Dios de asegurar al rey la protección divina. El rey no tiene nada que temer; nada podrán contra él los reyezuelos de Sama­ría y Siria. Sobre la dinastía de David descansa la bendición divina, y nadie podrá invadirla. El rey, no obstante, desconfía internamente de la palabra del profeta. Isaías le ofrece para mayor seguridad una señal; la señal que él desee, de cualquier tipo. Con una capciosa respuesta elude el rey la cuestión. No va a pedir ninguna señal. Para él es más seguro acudir al rey de Asiria. Él lo librará de la amenaza de los enemigos. Esto trajo la ruina a Samaría y la desaparición de la libertad para su país.

Isaías da, con todo, la señal: El nacimiento de un niño, Dios-con-nosotros. Ese será el signo de la protección divina. ¿Quién es ese niño? La tradición cristiana, encabezada por Mateo en su evangelio, ha visto en este pasaje el anuncio del nacimiento de Cristo. Una tradición tan constante y bíblica no puede errar. Hemos de ver, pues, en la palabras de Isaías el anuncio del nacimiento del Mesías. Pero ¿Cómo? He ahí el pro­blema. Son muchas y muy variadas las opiniones. Basten un par.

Para unos, el objeto inmediato que anuncia Isaías es el nacimiento del hijo del rey, Ezequías. Con ello, da Isaías la señal de que la dinastía de David no va a ser destruida por los reyes que ahora lo intentan, ni tampoco su actual rey. El nacimiento del niño, sin embargo, por la gravedad del anuncio, se­ñala los tiempos mesiánicos. Sería algo así como el sentido típico. El nacimiento del Mesías futuro, es también garantía de que la dinastía no iba a sucumbir por completo.

Para otros, el anuncio apunta al Mesías. Es seguro que el Mesías ha de venir, pues es una promesa de Dios por Natán. Al recordar tal promesa, se le sugiere al rey su necesidad de creer en la protección divina y, al mismo tiempo, aprovecha el profeta la ocasión para hablar de su nacimiento. El na­cimiento del Mesías es garantía del auxilio divino.

La palabra virgen que emplea Isaías, significa muchacha casadera. Sólo lo acontecimientos revelaron que la tal virgen iba a ser virgen y madre. Así lo entiende Mateo. En el pasaje hemos de ver, de todos modos, el anuncio de Cristo.

 

2.2. Salmo responsorial Sal 23, 1-2. 3-4ab. 5-6(R.: cf. 7c y 10b) R.

Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos. R.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos. R.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R.

Salmo litúrgico. Parece reflejar un momento cultual, algo así como una procesión. El Salmo culmina en la aclamación que en el contexto actual del domingo repite el estribillo. Va a entrar el Señor, El es el Rey de la gloria.

La primera estrofa, de sabor hímnico, canta la soberanía de Dios sobre todas las cosas: Todo le pertenece porque todo lo ha creado él. La segunda, dentro ya del acto litúrgico, dirigida al público que asiste, reclama una pre­paración adecuada para participar dignamente. Para acercarse al Señor de los ejércitos, momento cumbre de la celebración litúrgica, es menester tener un corazón puro y unas manos inocentes. Dios es santo y exige santidad. La tercera recuerda la bendición del Señor sobre los que dignamente se acer­can. Dios bendice con largueza; Dios, aunque exige santidad, no estima su favor al hombre que le honra con sencillez y sinceridad. Ese Dios Viene; ese es el Rey de la Gloria.

Buena preparación para la venida del Señor. El Señor es el Señor de la creación. NO podrán acompañarlo sino aquellos que guardan inocentes sus manos y su corazón: Los puros de corazón verán a Dios. Sobre ellos descan­sará la bendición divina. La venida del Señor es doble; una anuncio de la otra: en la carne y en la parusía. Sólo le acompañarán en la gloria aquellos que estén preparados. Hay que prepararse para la venida del Señor. Esta­mos en adviento.

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 1, 1-7

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

La carta a los Romanos es la carta más importante de Pablo. La misma introducción lo indica. El acostumbrado saludo se alarga y eleva en temas y proposiciones teológicas.

Pablo ha sido elegido y enviado a predicar el evangelio de Dios, Es un don y una misión. En rigor puede y debe ser llamado apóstol: ha visto a Cristo resucitado y ha sido enviado par a dar testimonio de ello. Pablo dedicará toda su vida a dar cumplimiento de esta misión. Ese es su timbre de gloria. Jesús es el Cristo, es el señor; Pablo su fiel siervo. El evangelio de Dios no es algo que no tenga precedentes. Ya se rastreaba en el Antiguo testamento. Pablo comparte la mente de los demás autores del Nuevo Testamento, al afirmar la continuidad de ambos testamentos. Los profetas hablan del Evangelio en las Escrituras Santas.

El Evangelio lo compone Cristo, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, Señor. : Según la carne nacido del linaje de David; según el Espíritu, Hijo de Dios y señor. La resurrección lo ha declarado y constituido a la vez señor «en po­der» y majestad. El «Poder» de Dios lo ha resucitado y constituido en «poderoso» y. La resurrección ha sido el momento. Murió primero (humillación) y resucitó después (exaltación) En la resurrección se ha visto lo que era: Hijo de Dios en sentido riguroso. Ese es el evangelio.

La fe es respuesta al mensaje: La fe da gloria a Dios. Y no porque Dios reciba algo con ello, sino porque con la fe el hombre se abre a la gloria de Dios que se derrama en él. Así participa el hombre de la glorificación reali­zada en Cristo. A ello somos llamados. Merece la pena anunciar el Evangelio de Dios. Es una llamada de amor de Dios, una llamada a favor del pueblo santo, una llamada a tener intimidad con Dios y participar de su ser: gracia y paz en Cristo.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 18-24

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: -«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Ernmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Sólo dos evangelistas traen la infancia de Cristo en sus respectivos evan­gelios. (No parece que esta breva historia formara parte del kerigma primi­tivo. Ni Pablo, ni Juan, ni autor alguno del nuevo Testamento hacen mención de ella. El único dato que aparece en la predicación primitiva es: Cristo na­ció de la Estirpe de David).

Tanto en Lucas como en Mateo la infancia de Cristo recoge una serie de acontecimientos esporádicos de significación religiosa. Ha habido, sin duda alguna, una selección; y la selección ha sido sin dependencia mutua. Los evangelistas caminan por senderos propios. Es particular la ordenación de los acontecimientos. Presentan un género especial, aunque guardan estrecha relación con los respectivos evangelios.

Hoy toca leer a Mateo. Mateo presenta la infancia de Cristo un tanto sombría; diríamos que tétrica. Todo son dificultades y angustias para el Me­sías que viene al mundo. Las angustias de José (y María) y la persecución por parte de Herodes lo prueban claramente. El Mesías que viene a salvar, es perseguido a muerte. Anuncia así su destino. El pueblo -su pueblo- lo ig­nora. Sólo unos sabios de Oriente dan con él. Este cuadro, sin embargo, está de acuerdo con la voluntad de dios. Mateo se cuida de recordarlo, colocando al final de cada episodio una referencia al Antiguo Testamento. Jesús es el Mesías. En el fondo puede uno distinguir la infancia de Moisés. No será la primera ni la única vez que Mateo nos lo recuerde. La madre de Jesús está desposada con José. Nótese la frase: «madre de Jesús». El relato habría que completarlo con el relato de la anunciación en Lucas. Conocemos las cos­tumbres vigentes en Palestina respecto del matrimonio. Primero tenían lu­gar los esponsales, que para los efectos jurídicos eran como el matrimonio. Los novios vivían por separado, cada uno en su casa, algo así como un año. Transcurrido este tiempo, el novio recogía a la esposa y se la llevaba a con­vivir con él. En este intervalo parece que nos encontramos. María espera un hijo, por obra del Espíritu santo, José se encuentra en una situación emba­razosa, diríamos que trágica. No hay duda de que José amaba tiernamente a su esposa y que tenía de ella un concepto muy elevado de su virtud. Era bueno, sencillo, manso. Pero he aquí algo que sus ojos no pueden negar: Su mujer va a tener un hijo, y ese hijo no es de él. ¿Qué hacer? ¿Entregarla a las autoridades como rea de adulterio? Repugna a su buen natural. Por otra parte, la virtud de su esposa lo intriga. ¿Sabe él quizás lo que ha sucedido? Su esposa tampoco le da muchas explicaciones, ni puede dárselas siquiera. Lo mejor es abandonarla.

Hay otra opinión, José se percató en del Misterio en que se hallaba en­vuelto, y temeroso de Dios, quiso apartarse de él, por «indigno»; era un hom­bre «justo» Así la ignominia cae sobre él en particular. Esta solución le pa­rece más acertada. Es comprensible; ante un caso extremadamente excep­cional no cabe ley que regule la conducta humana. El caso es extraordinario; Cualquier situación que se tome es necesariamente deficiente.

Pero Dios sale al encuentro de angustiado José. E sueños le revela y le asegura en la verdad del misterio. El hijo que va a nacer llevará el nombre que le conviene a la misión que se le confía: Dios-con-nosotros, Salvador. Por muy portentoso que parezca el acontecimiento, ya lo había anunciado Isaías. Hasta aquel momento nadie lo había interpretado así. Sólo la realidad del acontecimiento les ha obligado a los cristianos a ver en Isaías lo que otros, ignorantes del misterio, no veían. Cristo cumple la escritura de forma admi­rable, hasta en sus más pequeños detalles.

El anuncio es sorprendente; Dios-con-nosotros. Y en verdad y para siem­pre: Dios con nosotros como poderoso Salvador, es el anuncio glorioso.

Reflexionemos:

Es el último domingo de adviento. El inmediato a la celebración del miste­rio de la Navidad del Señor, La liturgia se vuelca gozosa en su prepara­ción. Podríamos detenernos, a partir de las lecturas, en las personas que lo integran.

La más saliente, por el peso y el volumen, es, sin duda alguna, «el que va a nacer»: el Verbo encarnado. Según san Mateo: el Emmanuel el Aquel de quien hablan las escrituras, y aquel que les ha dado desbordante cumpli­miento: Jesús de Nazaret, Mesías de Dios. Su presencia conmueve cielos y tierra: es concebido por obra del Espíritu santo y es Hijo de Dios, Salvador. El inicia y termina un.

En esta línea sobresale la figura inimitable de nuestra Señora la virgen María: Virgen y Madre. El Mesías, el hijo de Dios nace de una madre y es e la estirpe de David: Carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos. No se avergonzará de llamarnos hermanos. El impacto de su presencia salva­dora en María es soberano: Madre de Dios y Virgen. Ambos conceptos, irre­conciliables según naturaleza, se implican tan maravillosamente en María que no pueden separarse. Realmente virgen y realmente madre; Virgen en fecundidad de madre y madre en transparencia de virgen. El impacto la desborda a ella misma, alcanzando respecto a José, una virginidad en pro­fundidad de esposa y una condición de esposa en calidad de virgen y, res­pecto a nosotros, una madre amantísima para todas las generaciones.

También podemos considerar el impacto de la acción salvadora de Dios en José: esposo y virgen, con el encargo de padre para el precioso hijo de su esposa María, Madre de Dios. Ambos se ven envueltos de forma peculiar en la sombra del Dios misterioso y santo que se acerca al hombre para sal­varlo. Son ya, de alguna forma, misterio en el misterio del Emmanuel. Noso­tros también.

San Pablo nos lleva más allá del momento inicial del iluminándolo desde la exaltación: Jesús, el “Kyrio”, Dios y hombre. Hombre según la carne y, después, hombre según el Espíritu, investido del poder de Dios.

Nos preparamos gozosos, con la Iglesia santa de Dios, al nacimiento de nuestro Rey y Salvador, Jesús, Hijo de María Virgen, esposa de José.

3. Oración final

 José, hombre de Dios, tú que aceptaste el proyecto de Dios, que aún contra tus proyectos, fuiste dócil para adherirte a lo que Él te pedía, y ahí fuiste el que cuidaste y protegiste al Niño Dios y a su Madre, siendo el custodio fiel, amparando y protegiendo a María y al Niño, hoy cuando estamos vísperas de la Navidad, te pedimos que intercedas por nosotros, para que el Niño Dios pueda nacer en el corazón de cada uno de nuestras familias, para que el Señor nos llene de sus bendiciones, y podamos así experimentar su amor y su misericordia, sintiendo su presencia viva junto a nosotros, viviendo nosotros como lo hiciste Tú, siendo dóciles a lo que el Señor quiere y espera de nosotros, diciéndole en todo y siempre: SÍ, así como tú. Que así sea.

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