Tercer domingo de Cuaresma – Ciclo A

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La sed es el signo de que estamos caminando en el desierto. La sed es el signo de que la vida está por delante, más allá de la frontera. Cuaresma es el tiempo en que el hombre descubre su sed, esa sed profunda de vivir, de amar, de crecer, de ser feliz, de crecer como hombre. ¿De qué tenemos sed nosotros? La Palabra de Dios de este domingo, tercero de Cuaresma, nos invita a plantearnos hasta el fondo esta cuestión. También Jesús tuvo sed y hambre, y los sació con el cumplimiento de la voluntad del Padre. Y comprendió nuestra sed, y se ofreció a sí mismo como fuente de agua viva. Hoy Jesús va a dialogar con nosotros, va a preguntarnos por el agua que tomamos y si realmente esa agua calma nuestra sed. Nos obligará a mirarnos dentro de nosotros mismos para que no busquemos fuera de la fuente de la vida. Hoy nos dice, como le dijo a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú me pedirías el agua de la vida.»

1. Oración:

Señor Jesús, de la misma manera como Tú te acercaste a la Samaritana y buscaste que ella se encontrara consigo misma y así contigo así también te pedimos que nos ayudes a mirar nuestro corazón y ver cómo estamos viviendo nuestra fe en ti, para ser conscientes de nuestra situación y nuestra realidad, para que Tú puedas ayudarnos a vivir como Tú quieres y esperas de nosotros.

Por eso Señor, te pedimos que nos ayudes a encontrarnos a nosotros mismos dejando que Tú nos transformes interiormente, como lo hiciste con la Samaritana. Que así sea.

 

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro del Éxodo 17, 3-7

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: — ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Clamó Moisés al Señor y dijo: — ¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen. Respondió el Señor a Moisés: —Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo. Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

El pueblo de Israel acaba de presenciar las maravillas del Señor en las manos de Moisés. Ni siquiera el gran Faraón, poderoso señor de aquel án­gulo floreciente de la tierra, ha podido resistírsele. Los hebreos, pueblo in­significante, se le han escapado portentosamente de entre las manos. Un po­deroso ejército, enviado contra ellos, no había podido retenerlos en su huida al desierto. Más aún, las aguas salobres de los pequeños mares que linda­ban con el reino, lo habían engullido totalmente. El Dios de Israel era en verdad un Dios temible. El los lleva, él los guía, él los defiende de todo peli­gro. En sus brazos se siente el pueblo de Israel seguro.

El pueblo de Israel tiene que aprender a andar, tiene que comenzar a pronunciar sus primeras palabras, como pueblo libre y autónomo. El infante debe hacerse activo joven. El desierto, lugar espacioso y amplio, silencioso y quedo, arena y cielo estrellado, es el mejor sitio para estrenar los primeros pasos, sin prisas y empujes, sin el ritmo dictado por otros soberanos, y para balbucir las primeras palabras inteligibles, distintas y claras, sin el temor de ser confundidas por otras extrañas. Así lo encontramos al pueblo: en el desierto, lugar de enamoramiento, conducido por Dios a la posesión de una tierra propia. El pueblo no es capaz todavía de poseer: es muy niño. ¿Aprenderá, bajo la tutela de Dios, a ser responsable? Los acontecimientos darán la respuesta.

El pueblo tiene sed. El desierto es en verdad una tierra inhóspita. Son muy raras las charcas y muy contados los pozos de agua. El pueblo y sus rebaños se encuentran en necesidad. El pueblo no aguanta la incomodidad. El pueblo protesta; el pueblo se querella con Dios, se queja, se resiste, pierde la fe en su Dios. Realmente era muy cómodo ser llevado en brazos, sin reces ni contratiempos, sin la más pequeña fatiga. Pero Dios quiere que ande, que camine, que le siga. El pueblo protesta y duda de la bondad de su Dios. Aquel Dios que les hace sentir la sed, aquel Dios que les hace vivir las espe­ranzas del desierto no es un Dios, al parecer, que se interese mucho por ellos; probablemente ni los ama. No les agrada aquel Dios; ese Dios no es bueno. ¿No será, llegan a pensar en último término, que traidoramente, prometiéndoles la salvación, los ha llevado al desierto para exterminarlos a todos impunemente? El pueblo ha pecado. He ahí el pecado.

El pueblo ha ensayado sus primeros pasos y los ha dado hacia atrás; ha pronunciado sus primeras sílabas y han sido de protesta, de desconfianza, de desafío. En cuanto se alejaron un poco las manos protectoras de Dios y se hizo, sin apartarse, invisible su rostro, todo amenaza ruina y desconcierto. Es un pueblo que no tiene fe. Dios los vuelve a tomar de la mano. Pero la mano que salva es también la mano que cura, corta y sana; vendrá la co­rrección y el castigo. Es la pedagogía divina. El lugar se llamará Meribá: al­tercado, discusión, y no amigable por cierto; Masá, tentación y desconfianza desafiante. El pueblo tentó osadamente a su Dios, después de haber visto sus maravillas. Dios atiende a las quejas de su pueblo, pero el pecado no que­dará impune.(El Exodo no habla explícitamente del castigo a este pecado; sí a otros).

El texto es transparente. Dios exige fe y confianza; el hombre la rehusa. Dios no lo aplasta, lo cura. Por un capricho del hombre no va Dios a anular su plan de salvación. No se puede tentar a Dios. Es menester dejarse llevar de la mano amorosa de Dios que quiere salvarnos. El justo, es decir el amigo de Dios, tendrá pruebas. Es menester superarlas. Así, y sólo así, se hace uno responsable, así responde el hombre al amor de Dios.

 

2.2. Salmo responsorial Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9

V/. Escucharemos tu voz, Señor.

R/. Escucharemos tu voz, Señor.

V/. Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos.

R/. Escucharemos tu voz, Señor.

V/. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

R/. Escucharemos tu voz, Señor.

V/. Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»

R/. Escucharemos tu voz, Señor.

Salmo demasiado complejo para una de nominación sencilla y precisa. Salmo de alabanza, salmo litúrgico, salmo profético. En realidad el salmo contiene elementos varios. Fundamentalmente este salmo es un salmo de alabanza. Claro ejemplo de ello es la primera parte: invitación, motivos… La alabanza parece encuadrada en un acto litúrgico solemne. El salmo trans­parenta una función litúrgica, un momento cultual importante, donde el pue­blo, como tal, es parte integrante. La «postración» delante de Dios, creador nuestro, nos recuerda el recinto sagrado del templo. Quizás se trate de una celebración litúrgica que se repite todos los años. Algunos piensan en una fiesta de la «renovación de la Alianza». Notable es también el tenor, el «carácter» profético, sobre todo en la segunda parte: estilo directo conmina­torio-admonitorio, oracular.

Por tanto una alabanza a nuestro Dios salvador, dentro de una celebra­ción litúrgica importante; una adoración al Dios creador nuestro, al Dios que nos guía; una amonestación a la obediencia y a la docilidad, con el recuerdo de los acontecimientos relatados en el Éxodo. Dios es el creador y el salvador del pueblo; Dios continúa creándonos y salvándonos. El «Hoy» de la salva­ción se alarga hasta el fin de los tiempos. Dios nos conduce al «Descanso» El descanso no se encuentra en la tierra; el «Descanso» es la morada de Dios. Cristo nos ha precedido abriéndonos el camino (carta a los Hebreos). Aquella es nuestra morada. Dios sigue ofreciéndola en Cristo. Los ejemplos del Éxodo deben aleccionarnos: es necesaria la docilidad. No podemos disputar desa­bridamente con Dios, creador nuestro, ni poner a prueba su amor. Debemos dejarnos llevar por él. La gran maravilla de Cristo Resucitado es la garan­tía de su interés por nosotros.

2.3. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los Hijos de Dios. La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; —en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir—; más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Pablo acaba de establecer por diversas vías la necesidad que tiene todo hombre de ser justificado por Dios. El hombre no puede justificarse a sí mismo; Dios tiene que hacerlo. La justificación de Dios llega al hombre, cuando éste se abre a la acción de Dios por la fe. Pablo lo ha discutido am­pliamente; la vocación de Abrahán lo manifiesta a las claras. La gran ver­dad, sin embargo, se la ha revelado al hecho fundamental de la Muerte y Resurrección de Cristo, Hijo de Dios.

Pablo habla ahora de la «justificación» y de su contenido, que llega a noso­tros por la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro. Jesucristo es el Hijo de Dios. A través de él nos llega la «justificación» de Dios. Justificación que es «amistad», «acceso» a la divinidad, «participación» de la naturaleza divina (gracia), «filiación» admirable. Es un «don» que se nos comunica en lo más profundo de nuestro ser, haciéndonos criaturas nuevas, destinados, como Cristo, a una plena comunicación de Dios, y a una total y completa trans­formación en él. Seremos como él es. La verdad y realidad del hecho están garantizadas por el amor que Dios nos tiene. Expresión de ese amor, de forma extrínseca, es el envío de su Hijo por nosotros pecadores. Siendo, como éramos, enemigos, nos dio a su Hijo, para hacernos amigos e hijos suyos. Amor formidable. De forma intrínseca, expresión de ese amor a nosotros es el «don “transformante del Espíritu Santo. Dios nos da su propio Espíritu, como prenda y expresión de su amor. La aceptación de ese Espíritu nos ca­pacita para responder a su amor con un amor semejante.

Por eso es firme nuestra esperanza, auténtica, base de toda actividad y fuente de toda consolación. Somos inmortales; veremos a Dios cara a cara y le podemos, ya desde ahora, llamar Padre. Esos son los hechos maravillosos que nos dispensa la fe en Cristo.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de  samaría a sacar agua, y Jesús le dice: —Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida). La Samaritana le dice: — ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contesto: —Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: —Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: —El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: —Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. [ Él le dice: —Anda, llama a tu marido y vuelve. La mujer le contesta: —No tengo marido. Jesús le dice: —Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad. La mujer le dice: ] —Señor, veo que tu eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: —Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adoraran al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. La mujer le dice: —Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: —Soy yo: el que habla contigo. [ En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?» La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: —Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías? Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: —Maestro, come. Él les dijo: —Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis  Los discípulos comentaban entre ellos: — ¿Le habrá traído alguien de comer?: Jesús les dijo: —Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.  ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio «Uno siembra y otro siega.»  Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores. ] En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él [por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»] Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: —Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

Podríamos señalar con algunos autores que estamos en la primera sec­ción de la primera parte del evangelio de San Juan. Los pasajes apuntan to­dos ellos a Cristo como «fundador» de una nueva Economía superior a la an­tigua. Bástenos recordar para ello el «Nuevo Templo», el «Nuevo Naci­miento», el «Nuevo Bautismo» en Espíritu. También aparece esa nota en este precioso pasaje: Cristo ofrece un «Agua Nueva» superior a la que pueda ofre­cer todo otro ser humano, incluida la antigua Revelación (pozo de Jacob). Este «don» divino, el Agua, llámesele gracia o Espíritu Santo, crea o reclama unas relaciones «Verdad». El Espíritu no es otro que el Espíritu Santo y la verdad no es otra que Cristo. Cristo es más que Jacob y más que todos los patriarcas juntos. Cristo es el ´«Salvador» del mundo, confiesan los samari­tanos. No tiene otro interés que salvar a los hombres, es decir darles el Agua para que nunca tengan ya más sed.

Ese es su «alimento»: cumplir la voluntad del Padre: hacer beber a todos el agua que salta hasta la vida eterna. Ha llegado el momento de sembrar la semilla «nueva». La siembra y la siega coexisten; se siembra y se cosecha al mismo tiempo. Ha comenzado el tiempo de dar frutos de vida eterna.

El agua que Cristo ofrece calma la sed. Todo hombre tiene sed de Dios, sed de felicidad, sed de ver cumplidas y saciadas todas sus apetencias no­bles humanas. Solo Dios puede calmarla satisfactoriamente. Cristo nos ofrece esa agua; y la ofrece abundantemente. El hombre ha nacido con sed y busca saciarla en todas direcciones. Una sólo nos garantiza la saciedad: Cristo. La oferta va para todos. La samaritana nos representa a todos. Es una pobre mujer, entregada a cinco maridos, alejada del orden querido por Dios. Cristo no se avergüenza de hablar con ella, como tampoco se aver­güenza de hacernos a todos hermanos. Cristo se ha quedado con nosotros para siempre; se ha hecho uno de nosotros. Él nos conoce y sabe cómo somos y cuáles son nuestras más profundas necesidades. Él sabe lo que es hambre y sed; las ha vivido personalmente. El diálogo es precioso. Juan lo ha ador­nado con todo detalle. Magnífico.

 Reflexionemos:

Cristo Salvador del mundo.- Así lo llaman explícitamente los samarita­nos, después de haber disfrutado unos días de su compañía. La salvación en la concesión de un «don» maravilloso: agua de la vida que calma toda sed. Es el «don» del Espíritu Santo, capaz de fecundar hasta las tierras más áridas. El Espíritu Santo calma nuestra sed para siempre. Es agua que dio Moisés al pueblo sediento, el agua que dio Jacob a sus hijos y descendientes, no son el agua auténtica, la verdadera. Todo el que bebe de ellas volverá a tener sed. El agua que Cristo no ofrece nos lleva a la divinidad, salta hasta la vida eterna; ésta sí puede calmar la sed. Es el amor de Dios, dice S. Pablo, que se ha derramado en vosotros por el Espíritu Santo. Él nos hace vivir una vida nueva; somos una nueva creación, un nuevo pueblo; somos hijos de Dios. Nuestras relaciones con Dios son filiales; somos adoradores en espíritu y en verdad. De pecadores que éramos, hemos pasado a ser amigos. Como prenda el Espíritu Santo que se nos da en Cristo. Esperamos al glorificación eterna, a si se prefiere la invasión plena de la gloria de Dios en nosotros. El principio ya lo tenemos.

Esta maravillosa obra es fruto del amor que Dios nos tiene. Dios nos ama. No podemos dudar de ello. El envío de su Hijo y el «don» del Espíritu son pruebas inconmovibles. Por eso es nuestra esperanza firme y segura; no puede fallar, se apoya en Dios mismo. Para alcanzar la realidad de lo pro­metido sólo hay una condición que cumplir: dejarnos llevar por él. La pri­mera lectura y el salmo nos advierten seriamente: El «Hoy» de la salvación está vigente todavía; el «Descanso» abierto por Cristo. Debemos ser obedien­tes y dóciles a la palabra de Dios. Hay que superar toda prueba. Las prue­bas son expresión del amor de Dios. Dios nos quiere hacer responsables, mayores, adultos. No es un abandono, es una caricia. Toda su ley, que se nos antoja a veces dificultad y prueba, está dictada por el amor. Lo duro, lo mo­lesto no deben apartarnos de Dios. Dios cura, Dios sana, Dios corrige lo de­fectuoso, Dios salva en su Hijo, Señor nuestro. Necesitamos del agua que él nos ofrece. Pidamos como la samaritana: «Danos de beber de esa Agua». Así de imperfectos somos, como la samaritana. Ante la magnitud del «don» debe surgir espontanea la alabanza (salmo) colectiva, unánime, perenne.

Cristo nos ofrece el Agua especialmente en la Eucaristía. Vayamos a be­berla. Las virtudes teologales juegan un papel importante en la vida cris­tiana. No las olvidemos.

3. Oración final:

Señor Jesús, Tú has llegado a lo más hondo del corazón de esa Samaritana, y la ayudaste a encontrarse a sí misma, para darse cuenta de su situación y así buscarte a ti, como el que transformas y vivificas, como el que llenas los corazones, como el que das vida y vida en abundancia, por eso, Señor, te pedimos que también nos ayudes a nosotros, a encontrarnos a nosotros mismos, a mirarnos con tus ojos, con tu corazón, y así darnos cuenta de lo que estamos viviendo, para dejar todo lo que nos aleja de ti, para buscarte a ti de todo corazón, para que Tú nos hagas sentir tu presencia viva, y así te sigamos, viviendo como quieres y esperas de nosotros. Danos Señor la gracia de sentir tu amor y experimentar tu misericordia, inúndanos de tu presencia, siendo transformados y vivificados por ti. Amén.

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