Domingo 26 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

26 Dom TO

CUANDO EL MALVADO SE CONVIERTE

El profeta Ezequiel representa un cambio sustancial en la comprensión de la justicia divina, puesto que afirma el principio de la responsabilidad personal. Cada persona se hace responsable de sus propias decisiones. En adelante, el proceder del Señor enfatizará la compasión y la misericordia sobre el castigo. El Dios de la vida se alegra cuando sus hijos reorientan sus opciones y reajustan sus relaciones con Él y con sus hermanos. De esa manera cosecharán vida en abundancia. La parábola de los dos hijos que nos refiere el Evangelio de san Mateo ilustra ese planteamiento. Para Dios no hay prisas ni plazos terminantes. Alarga las oportunidades, regala su perdón y acoge con alegría al hijo desobediente que depone su rebeldía. En el terreno de los hechos, eso fue lo que hizo el Señor Jesús al acoger a los descreídos y a las prostitutas. Esa compasión abierta despertó los recelos y el rechazo de la “gente decente” que cuestionó su proceder.

ANTÍFONA DE ENTRADA (Dn 3, 31.29. 30. 43. 42)

Todo lo que hiciste con nosotros, Señor, es verdaderamente justo, porque hemos pecado contra ti y hemos desobedecido tus mandatos; pero haz honor a tu nombre y trátanos conforme a tu inmensa misericordia.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que manifiestas tu poder de una manera admirable sobre todo cuando perdonas y ejerces tu misericordia, multiplica tu gracia sobre nosotros, para que, apresurándonos hacia lo que nos prometes, nos hagas partícipes de los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA PALABRA

Cuando el pecador se arrepiente, salva su vida.

Del libro del profeta Ezequiel: 18, 25-28

Esto dice el Señor: “Si ustedes dicen: ‘No es justo el proceder del Señor’, escucha, casa de Israel: ¿Conque es injusto mi proceder? ¿No es más bien el proceder de ustedes el injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere; muere por la maldad que cometió. Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se aparta de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. 

Ezequiel ha caminado al destierro con los deportados. A él le toca orien­tarlos y mantenerlos en actitud digna en tan lejana tierra. La catástrofe su­frida, la extrañeza del país, la ausencia total de todo lo patrio, el desespe­rante alargamiento del destierro motivan en el público actitudes y cuestio­nes de verdadera amplitud.

Ezequiel predica la conversión. El público la entiende a medias, o mejor, la rechaza: el Dios de Israel no es justo. Israel ha pecado, Israel ha ido al destierro. Hasta ahí se entiende. Los deportados, sin embargo, no conside­ran justo el alargamiento del castigo. Creen que caen sobre ellos las faltas de los mayores. Si es así, la conversión, que predica el profeta, se declara inútil. Aplican mal el principio de solidaridad. Ezequiel les sale al paso. Es todo el capítulo 18. Si es verdad que nuestra suerte, en cierto sentido, se en­cuentra vinculada a la suerte de otros -sufrimos las consecuencias de sus errores-, también lo es que la suerte de cada uno guarda relación con su comportamiento particular personal. Es, por tanto, necesaria la conversión. Es el contexto.

El Señor ha de pagar a cada uno según su conducta. Existe una relación personal con Dios. Aunque los errores de los padres hayan motivado la ruina de la nación, esto no quiere decir que Dios ignore o no tenga en cuenta la conducta de cada uno de los descendientes. No se ha roto de ningún modo la responsabilidad personal. Más aún, se exige y se agudiza: su conducta prepara la acción salvadora de Dios.

La estancia en el destierro responde a los planes de Dios, que dirige todo a la salvación. Dios mantiene sus relacio­nes con cada uno de los deportados; y la salvación o perdición de cada uno no guarda relación con los padres, sino con el comportamiento de cada uno en particular. Es la palabra de Dios por Ezequiel. Dios tiene en cuenta las obras de cada uno y juzga según ellas a cada uno. El justo, que se torna im­pío y muere impío, impío se presenta ante el Señor. El impío, en cambio, que se aparta de sus crímenes y vuelve al Señor, el Señor lo recibe como justo. ¿Qué hay de injusticia en ello? ¿No es el primero injusto y justo el segundo a la hora de dar cuentas al Señor? Mire cada uno por sus obras. Dios las tiene muy en cuenta.

Salmo Responsorial (salmo 24)

R/. Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza. R/.

Acuérdate, Señor, que son eternos tu amor y tu ternura. Según ese amor y esa ternura, acuérdate de nosotros. R/.

Porque el Señor es recto y bondadoso indica a los pecadores el sendero, guía por la senda recta a los humildes y descubre a los pobres sus caminos. R/.

Este es un Salmo de tipo sapiencial. Alternan los motivos de reflexión y las súplicas a modo de jaculatorias. El pecado es en verdad lo único que entorpece las re­laciones con Dios. El salmista reflexiona sobre la misericordia de Dios y acude a ella, impe­trando perdón. El Señor perdona los pecados y usa largamente de miseri­cordia. En Cristo se revelará plenamente.

Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús.

De la carta del apóstol san Pablo a los filipenses: 2, 1-11

Hermanos: Si alguna fuerza tiene una advertencia en nombre de Cristo, si de algo sirve una exhortación nacida del amor, si nos une el mismo Espíritu y si ustedes me profesan un afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo todos una misma manera de pensar, un mismo amor, unas mismas aspiraciones y una sola alma. Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo. Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. 

Podemos distinguir dos partes bien diferenciadas, aunque trabadas en el contexto. La primera es una vehemente exhortación, una súplica. La se­gunda un himno cristológico.

Pablo ruega a los fieles de Filipos que mantengan la unión y la unidad en­tre sí tanto externa como interna. Pablo toca todos los resortes a su alcance: amistad y afectos personales, motivos religiosos. La unanimidad y concordia está, y debe estar, por encima de todo: siempre y en todo momento un mismo amor y un mismo sentir. Es el ideal. Hacia ahí tiende la acción del Espíritu Santo, que habita en ellos. Es el signo del cristiano: un solo corazón y una sola alma. Los fieles deben secundar esas mociones. Para ello la humildad, la sumisión y el servicio a las necesidades de los demás y al bien común. Pa­blo había descrito (1 Co 13) la caridad, como la que no busca las cosas pro­pias, sino el interés de los demás. La ostentación vana y baldía, la envidia corruptora, la arrogancia son la polilla de toda comunidad cristiana. Lejos de ellos tal calamidad. Es un ruego entrañable de Pablo.

El argumento máximo viene al final: Tened los mismos sentimientos que Cristo. El cristiano, por definición, está revestido de Cristo y vive los senti­mientos de Cristo. Sentimientos orientados y alimentados por el amor a to­dos, hasta en la más extrema humillación. Pablo inserta, con este motivo, un himno cristológico. Himno por todos conocido y por todos admirado. Tiene por centro a Cristo, su vida, su obra: Jesús, Siervo de Dios. Siendo de condi­ción divina, se hizo siervo, Siervo de Dios, al servicio salvador de los hom­bres. Su servidumbre llegó al extremo de morir en una cruz. Tras ello y a través de ello, Jesús ha sido exaltado, recibiendo como nombre propio el Nombre de Dios: Nombre-sobre-todo-nombre. Señor de todas las cosas.

Queda en discusión si es o no es de Pablo este precioso himno. So no es, opinión más probable, de qué tiempo es. Es, de todos modos, un antiquísimo himno cristológico de aire litúrgico que aduce Pablo, tomado de las celebra­ciones litúrgicas, con motivo de la exhortación a los fieles de Filipos: mante­ned la unidad en el amor; servid a los demás; sentíos, en el servicio, inferio­res a todos. El ejemplo de Cristo es convincente. Si los fieles conocían ya el himno, éste, recitado en las celebraciones litúrgicas, les debe recordar su condición de siervos y su actitud perenne de humildad.

ACLAMACIÓN (Jn 10, 27) R/. Aleluya, aleluya.

Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; yo las conozco y ellas me siguen. R/.

El segundo hijo se arrepintió y fue. – Los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el Reino de Dios.

Del santo Evangelio según san Mateo: 21, 28-32

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”. Ellos le respondieron: “El segundo”. Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él.

Esta parábola guarda relación con las dos que siguen: la de los Colonos malvados y la del Banquete nupcial.

El pueblo de Israel, ha rechazado a Cristo; han de­soído la Voz de Dios. Han cometido un gravísimo error. En los dirigentes re­cae la principal responsabilidad. Éstos, en particular, han cometido también un grave error al no aceptar a Juan Bautista, que preparaba el camino de la salvación.

Un padre, dos hijos. Dos hijos igualmente hijos. Requeridos por el padre; el uno responde no, el otro . El segundo, sin embargo, no ratifica con la práctica su primero; mientras el primero revoca con su conducta su no inicial. En resumidas cuentas, el primero hace la voluntad del padre y el se­gundo no. ¿Quiénes son estos hijos?

Los fariseos y dirigentes encabezan el segundo grupo. Han dicho sí a la voluntad de Dios; pero ha sido de palabra solamente. No les han acompa­ñado las obras. Su conducta ha sido un no: no han aceptado a Jesús, enviado por el Padre, no han escuchado la voz del Hijo de Dios. Jesús es la voluntad del Padre. Los dirigentes se han negado a seguirle; lo han rechazado con to­das sus fuerzas: han desobedecido a Dios. Tras ellos, en el fondo, todo el pueblo de Israel.

Los pecadores, en cambio, publicanos (mentirosos y ladrones) y prostitu­tas, han dicho con su conducta primera un no al Señor: su moral no respon­día a la voluntad divina; pero han rectificado. Han oído a Cristo y le han se­guido. Han hecho penitencia, han renunciado a la vida pasada (Magdalena, Zaqueo, Mateo…) y han cumplido así la voluntad de Dios. Éstos han entrado en el Reino de los Cielos, aquéllos no. Tras los pecadores, el pueblo gentil.

La persona de Jesús es central y decisiva. Jesús, el evangelio, trastorna prácticamente el orden humano, incluido el religioso. Los primeros -fariseos y dirigentes- quedan atrás; los últimos -pecadores y malhechores- se colocan delante. Otra vez se cumple aquello de los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. El Reino proyecta una luz nueva, yo soy la Luz, la auténtica, sobre las realidades humanas y religiosas. A la hora de escribir el evangelio, piensa probablemente Mateo en el pueblo pagano. El pueblo gentil, incluido implícitamente entre los pecadores, ha dicho sí; el pueblo he­breo ha dicho no. Jesús, objeto de contradicción.

El último versículo parece colocado aquí por Mateo. Hay semejanza de te­mas: Jesús—Juan, pecadores–pecadores, fariseos–fariseos. El comporta­miento de éstos, pecadores y fariseos, respecto a Juan y Jesús es semejante y en la misma línea. Los dirigentes han cometido un grave error al rechazar a Juan; los pecadores, en cambio, han acertado al escucharlo.

Reflexionemos:

Dios Justo

La justicia de Dios es misteriosa, como es misterioso todo su obrar. Los pensamientos de Dios están muy por encima de los pensamientos de los hombres. También la justicia. La justicia es uno de los atributos de Dios más cantados y celebrados en el culto (salmos). La justicia es miseri­cordia y es fidelidad; es bondad: Dios que perdona los pecados, Dios que de­fiende al desvalido. Es una justicia que rompe los moldes de la justicia hu­mana. El hombre no la comprende fácilmente; se le antoja, a veces, injusta, caprichosa y escandalosa. El tema de hoy va por ahí.

Los oyentes de Ezequiel juzgan muy a lo humano el proceder de Dios. El profeta sale al paso de tal atrevimiento. Tachar a Dios de injusto es una blasfemia. Dios da a cada uno, proclama Ezequiel, lo que se merece según sus obras. Dios tiene en cuenta las obras que uno realiza. La obra por exce­lencia es la conversión, el arrepentimiento, la obediencia a su voz. El hombre que ha obrado la justicia, pero se retracta y practica el mal, a la hora de la muerte se presenta ante Dios malhechor, enemigo. Y lo es en verdad, pues ha obrado el mal y no lo ha retractado. Dios no olvida las buenas obras; es el malhechor quien las ha neutralizado por propia voluntad. En cambio, el malhechor, que retracta el mal que hizo y se convierte, la justicia de Dios lo justifica; cosa que no pudo hacer con el anterior, por haberse opuesto a su misericordia. Dios quiere salvar, quiere justificar. Las obras de cada uno cuentan. Obras que son expresión de la conversión. Por ahí va el evangelio. Los pecadores dejan sus caminos y encuentran en Dios un juez benigno y misericordioso. Los justos, los cumplidores tan sólo de palabra, se enfrentan a su voluntad salvadora y se cierran así el camino de la salud (parábolas de la Misericordia en Lucas y de la Viña en Mateo).

La justicia de Dios, la misericordia, abre la puerta a todos, justos y peca­dores. El justo deja de ser justo, cuando se niega a entrar, y el pecador deja de serlo, cuando se decide a entrar por ella. Para todos es la salvación. La fe y la aceptación de Dios deciden la balanza. Cada uno es responsable. Sólo el que se cierra a la voz salvadora de Dios obra el mal y se pierde. La última decisión es la que cuenta. Y es que no se mide materialmente por las obras (fariseos), sino por la docilidad, expresada en obras, de seguir y aceptar la voz de Dios. Y la Voz de Dios es Cristo. Hay que escuchar y seguir a Cristo.

La segunda lectura va por otro camino. Cristo autor de la salvación por la muerte en cruz. La unidad, el servicio mutuo, el amor fraterno en Cristo, son la obra de Dios por excelencia. Quien la practica, quien la fomenta, ése obra el bien, ése está en Cristo, ése dice sí a Dios. Para él el premio eterno. Cuide de permanecer en ella. No estaría mal un examen de conciencia a este respecto. Hay mucho que corregir. La obediencia a Cristo se mide por el de­seo y la práctica del amor a los hermanos: unidad, humildad, atención, ser­vicio. Ésa es, en última instancia, la conversión que exige el Señor. Es el se­guimiento real del Cristo Salvador, que muere por nosotros en una cruz. Imitemos la obediencia o el servicio de Cristo. Nos va en ello la salvación. Con la gracia de Dios podemos hacerlo.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Concédenos, Dios misericordioso, que nuestra ofrenda te sea aceptable y que por ella quede abierta para nosotros la fuente de toda bendición. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Que este misterio celestial renueve, Señor, nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que seamos coherederos en la gloria de aquel cuya muerte, al anunciarla, hemos compartido. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.


UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO

Las personas somos impacientes con los demás, administramos con tacañería las oportunidades y vamos negándoles el perdón y la comprensión. La longanimidad y la nobleza de corazón no son nuestra principal fortaleza. Las personas que nos tratan con enorme compasión y tolerancia nos aman de manera incondicional. Esas relaciones nos estimulan a ser mejores personas. Dios nos trata siempre de esa manera. Si revisamos nuestra historia personal podemos advertir que en distintos momentos de nuestra vida nos hemos equivocado radicalmente y Dios nos ha dado otra oportunidad. La conciencia de haber sido perdonados nos da confianza para recomenzar de nuevo. Nuestra fragilidad está sustentada por el amor compasivo de Dios, que como Padre y creador nos cuida y protege, con un amor mucho mayor que el de una madre por sus creaturas. Desde esa certidumbre podemos vivir confiadamente nuestra vida.

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