Quinto domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Quinto domingo del tiempo ordinario ciclo A

Sal y luz, el sabor y el color de nuestra vida en Jesús

1. Invocación al Espíritu Santo
Espíritu Santo concédenos tu luz, para que amanezca la luz de nuestro perdón y la ofrezcamos a aquellos hermanos que nos han ofendido.
Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz de la alegría y la ofrezcamos con tu fuerza a los hermanos que viven tristes. Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz de una sonrisa y la brindemos a los hermanos que han perdido la esperanza. Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz del compartir y seamos solidarios con los hermanos. Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Concédenos, Espíritu Santo, tu luz para dar sabor a nuestra vida según los valores del Evangelio. Concédenos, Espíritu Santo, tu luz para dar color a nuestra vida participando en la Eucaristía.

2. PRIMERA LECTURA
El predicador inspirado enseña a su comunidad que la religión no está tanto en las prácticas religiosas cuanto en la obra de justicia con el menesteroso. Dios está en el oprimido y el que necesita ayuda para realizarse como persona. Allí se le encuentra. El que promueve a la persona es luz de Dios en el mundo. Le hace también a él luminoso, en cuanto que le muestra colaborador del creador.

Lectura del Profeta Isaías 58,7-10.

Esto dice el Señor:
Parte tu pan con el hambriento, 
hospeda a los pobres sin techo, 
viste al que va desnudo, 
y no te cierres a tu propia carne.
Entonces romperá tu luz como la aurora, 
en seguida te brotará la carne sana; 
te abrirá camino la justicia, 
detrás irá la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor 
y te responderá. 
Gritarás y te dirá: 
«Aquí estoy.»
Cuando destierres de ti la opresión, 
el gesto amenazador y la maledicencia, 
cuando partas tu pan con el hambriento 
y sacies el estómago del indigente, 
brillará tu luz en las tinieblas, 
tu oscuridad se volverá mediodía.

Vueltos del destierro e instalados en Judea, las obras de reconstrucción del Templo y de las murallas son lentas y desalentadoras. Las grandes perspectivas del Deuteroisaías contrastan con la realidad presente. Se esfuerzan por encontrar el camino de Yahveh su Dios, por acercarse a él y realizar la nueva era de justicia y de paz.
A este propósito han multiplicado los días de ayuno. La Ley sólo les prescribía uno al año, el gran día de la expiación (Lev 16, 29). Pero ya desde los tiempos de Josué, de los jueces y posteriormente de Samuel se proclamaban estos días con motivo de cualquier calamidad. Probablemente el día en que actuó nuestro profeta fuera un gran día de ayuno en el que se conmemoraba la caída de Jerusalén y en el que pudieron nacer los cinco lamentos del llamado Libro de las Lamentaciones.

El pueblo se queja a Dios. Su fidelidad demostrada en la escrupulosa observancia del ayuno no sirve para nada. Dios ni oye ni entiende. El día de la salud para el pueblo no aparece por ningún lado. Cunde el desánimo y están dispuestos a abandonar incluso la estricta observancia ritual.
El profeta en nombre de Dios les sale al paso. Abre los ojos de los sencillos, cuyos gritos eran sinceros, para que vean la hipócrita maldad de las clases dirigentes. El ayuno debía ser un acto de igualdad social en que el rico, el único que puede realmente ayunar por ser el único que tiene algo de qué privarse, se igualará al pobre sintiendo ambos hambre, sintiéndose ambos iguales al menos ese día. En cambio, como el día de ayuno era el día de las grandes aglomeraciones de peregrinos lo aprovechaban para sus pingües negocios y para recordar las deudas a sus servidores. Y malhumorados por el ayuno exterior convertían el día en ocasión de riñas y disputas inicuas.

Este ayuno, gritará el profeta, no puede llegar al cielo. Es la forma más perversa de engreimiento. Por más que, como buenos orientales, sean escrupulosos observantes de las formas externas: saco, ceniza, cabeza torcida…

El ayuno que Dios quiere es el cumplimiento de los deberes morales y humanos para con el prójimo. Desde los más elementales de la comida, bebida y habitación hasta los más serios y básicos derechos de la persona humana como es el respeto a su libertad, romper ataduras y quebrar todos los yugos. Cuando Jesús nos hable del juicio escatológico, citará este pasaje y hará depender la felicidad o desdicha del cumplimiento o incumplimiento de las obras de misericordia -elementales exigencias humanas- aquí mencionadas. «Sólo entonces Yahveh te oirá».

Esta religión interior fue, asimismo, la exigencia de todos los profetas preexílicos. Es que los profetas han sido los auténticos atalayas de las exigencias éticas del Antiguo Testamento. La diferencia entre los preexílicos y nuestro autor está en que mientras allí se refrendaban las exigencias con amenazas, aquí se razona y exhorta. A pesar de todo, el nomismo y legalismo cundió hasta convertirse en el tan criticado fariseísmo de los tiempos de Cristo. Después de dos milenios de cristianismo, la cizaña del «fariseísmo» sigue sin extirpar.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 111,4-5. 6-7. 8a y 9

R/. El justo brilla en las tinieblas como una luz
En las tinieblas brilla como una luz 
el que es justo, clemente y compasivo. 
Dichoso el que se apiada y presta 
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará, 
su recuerdo será perpetuo. 
No temerá las malas noticias, 
su corazón está firme, en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor, 
reparte limosna a los pobres, 
su caridad es constante, sin falta, 
y alzará la frente con dignidad.

4. SEGUNDA LECTURA
Dios no se demuestra como un teorema matemático, un dato de física o un hecho histórico. Dios es gratuito. Sólo puede ser proclamado por un creyente, que se presenta ante el mundo de la razón sin razones y, por lo tanto, con cierto complejo de inferioridad: «con temor y temblor».

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 2,1-5.

Hermanos: Cuando vine a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temeroso; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Después de haber probado la superioridad del Evangelio sobre los sistemas de sabiduría (1 Cor. 1, 18-25), explica Pablo por qué no ha predicado una doctrina de sabiduría: realmente ha sido mucho mejor, puesto que ha presentado una base divina a las actitudes de los fieles.

Pablo no predica una doctrina de la sabiduría, sino que presenta un testimonio (v. 1). Ahora bien: el testimonio vale en razón de la calidad del acontecimiento que presenta y no en razón de la retórica con que va arropado. Las palabras del testigo son esencialmente relativas; su valor es extrínseco a ellas, al contrario de las palabras de sabiduría.

No obstante, Pablo parece haber realizado una selección en los sucesos de que da testimonio: ha insistido más en torno a la cruz que en torno a la soberanía de Cristo (v. 2), en torno a la humildad de Jesús que en torno a su sabiduría. No es que necesariamente haga esa misma diferenciación preferencial en todas las comunidades a las que evangeliza, pero sí la ha hecho en Corinto («entre vosotros»), sin duda para evitar los equívocos a que hubiera podido dar lugar otra postura diferente.

Además, puesto que el testimonio vale tanto como el acontecimiento de que habla y no lo que pueda valer la calidad del orador, Pablo no tiene reparo en expresarse a pesar de su lenguaje pobre y balbuciente (v. 3). Después de haber tenido un fracaso en la acrópolis de Atenas (Act. 17, 16-34), muy bien podía temerse un fracaso permanente en Grecia. Sin embargo, un testigo debe aducir un mínimo de pruebas para apoyar sus afirmaciones. A pesar de todo, Pablo no las ha presentado conforme a una técnica oratoria, sino en forma de una demostración de talento y de poder (v.7). No se trata necesariamente de milagros propiamente dichos, sino seguramente de los carismas repentinos distribuidos entre la comunidad de Corinto y, sobre todo, del cambio operado en la vida de muchos de los miembros de su auditorio.

Si Pablo defiende con tanto ardor el testimonio de Cristo crucificado (v.2), quizá sea porque durante mucho tiempo la Cruz fue para San Pablo un fenómeno incomprensible. No podía admitir que el Mesías esperado fuese un Mesías crucificado. La visión del camino de Damasco le hizo descubrir repentinamente que el Crucificado es realmente Señor y que vive entre igualmente perseguidos, con el fin de incorporarlos a su gloria. ¿No se diría entonces Pablo que, si Dios había podido convertirle con tanta facilidad, a él que era un fariseo exaltado, con solo hacerle ver que la gloria era una locura tan incomprensible como la cruz, el mejor medio de convertir a los hombres podía consistir en tomar como ejemplo esa experiencia del camino de Damasco y en presentarles la locura de la cruz como camino de la gloria? Por eso el testimonio que el apóstol presenta al mundo responde a una experiencia esencial concreta: el misionero no convierte a los demás sino porque él mismo se ha convertido. De lo contrario, no es más que un propagandista o un publicista, y sus palabras no constituyen un testimonio.

5. Leemos el evangelio de San Mateo 5,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– 13 Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. 14 Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. 15Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. 16 Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Contexto: Continúa el desarrollo de lo que significa ser «pescador de hombres». Texto. Equiparación discípulo/sal (v.13a). Reflexión-advertencia en forma de pregunta y respuesta (v.13b). Equiparación discípulo/luz (v.14a). Invitación a base de dos ejemplos (vs. 14b-15). Aplicación (v.16).

1. Los discípulos son sal, es decir, sazonan y evitan la corrupción, y esto con carácter absoluto (=la sal). Los discípulos de Jesús son necesarios e insustituibles en nuestro mundo. Cuando la sal se pierde, aún se puede usar en la limpieza pública. Pero inevitablemente los transeúntes la pisan. Si los discípulos no son sal no sirven para nada.

2. Los discípulos de Jesús son luz que ilumina a los hombres y no hay más luz que ellos. Invitación imperativa a serlo porque para esto están. De ellos depende que los demás hombres den gloria al Padre, es decir, descubran que Dios es Padre. Y esto sólo lo descubrirán si los discípulos viven y son hermanos. En esta fraternidad consisten las buenas obras a que Jesús se refiere. ¿Tienen los discípulos de Jesús una identidad entre los hombres? Ante este texto la duda sobra. ¡Qué inabarcable responsabilidad!

1. Orientaciones para la lectura

v.13: La sal comunica su sabor y conserva los alimentos, pero se puede desvirtuar. Los pueblos orientales a menudo la empleaban para ratificar las negociaciones, de modo que la sal se convirtió en símbolo de “fidelidad y constancia”. Era signo de la Alianza que existía entre Yahveh y su pueblo. (Nm 18,19; 2Cr. 13,5).

vv.14-15: La luz ilumina a todos y no puede ser escondida, sería contra su naturaleza. La luz tiene funciones muy variadas y acompaña todo el arco de nuestra vida:
En la aurora, amanece para nosotros la luz, en nuestro nacimiento y en el Bautismo.
En medio de la vida, recibimos luces inesperadas, que van indicándonos el camino, a través de los acontecimientos, de la Eucaristía y del contacto con la Palabra Divina.
En el ocaso, al final de nuestra vida, cuando comienza el día sin fin,  será la luz de la vida para siempre.
Contemplamos a Dios como luz y fuente de luz: Con toda propiedad podemos exclamar con el salmista: “En ti está la fuente viva y en tu luz vemos la luz” (Sal 36,10). Dios es la fuente de luz por excelencia, ver la luz equivale a recibir el don de la vida (Jb 33,30). Cada uno de nosotros participamos de este magnífico don. Por tanto, estamos llamados a comunicar esta luz, como Dios nos muestra su rostro luminoso, en un día sereno lleno de dones y bendiciones.

Dios es nuestra luz. Esta realidad nos llena de confianza. En un mundo donde las “tinieblas”, la oscuridad, parecen imponerse de una forma tan fuerte, encontramos en Dios un gran aliado que nos ofrece las armas de la luz para luchar. Dios nos ofrece dos fuentes muy concretas en las cuales podemos encontrar toda la luz que necesitamos para nuestra vida: La Palabra y la Eucaristía. La Palabra: “Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119, 105). La Eucaristía: En la Eucaristía recibimos la luz por excelencia: Jesús. Él se hace alimento para nosotros y nos enseña a entregar la vida cada día con alegría. Jesús dice: “Yo soy la luz del mundo”. La luz descubre las formas y nos permite la visión, es el símbolo del conocimiento intelectual. La luz está íntimamente ligada con la vida: Vivir es «ver la luz del día” y el parto «es dar a luz”. Jesús se hizo la luz que nos permitió ver al Padre, invitándonos a nosotros a irradiarlo. Tanto la sal como la luz,  poseen una fuerza dinámica interna muy grande: discretamente van transformando el sabor y el color de la vida.  Así debemos ser nosotros, activamente portadores de luz y de sabor para el mundo. La luz y la sal son dones que Dios deposita en nuestras vidas y luego se hacen dones para nuestras familias, nuestras comunidades, nuestros ambientes de trabajo.

v.16: LLAMADOS A IRRADIAR LUZ

Dios es luz (1 Jn 1,5). Jesús es luz (Jn 1,4; 8,12). Nosotros, sus discípulos, debemos ser luz (Mt 5,14).
Nuestra conducta, con sus consecuencias, puede ser luz o tinieblas. Dios habita en nosotros en la medida que somos luz para nuestros hermanos; si andamos en la compañía del Señor, la luz se irradiará. En la vida humana hay valores importantes por los cuales luchar y comprometernos: El pueblo, la familia, la educación cristiana, la formación de criterios de vida y de acción. Todo esto nos lleva a sembrar e irradiar luz. Luz y generosidad se corresponden: la luz nos permite ver las necesidades de nuestros hermanos y compartir con ellos lo que somos y tenemos. En un mundo de tinieblas estamos llamados a trabajar por el triunfo de la luz, desde las pequeñas actividades de cada día.

2. Meditamos el evangelio
1. ¿Qué luz y qué sabor le doy a mi vida y a la de aquellos que me rodean?
2. ¿De las 24 horas de mi jornada, qué tiempo doy a la escucha de la Palabra?
3. ¿Qué otras formas concretas tengo de ser color y sabor en mi ambiente familiar y de trabajo?

3. Oramos el evangelio
Maestro Divino, como al ciego de Jericó, concede luz a mis ojos para reconocerte en los hermanos que sufren. Maestro Divino, como a Lázaro, concédeme la luz de «una vida nueva» para renacer de todas aquellas situaciones de muerte que hay en mi vida. Maestro Divino, como a la mujer pecadora, concédeme la luz de tu «perdón» para que, reconciliado conmigo mismo, viva en armonía con mis hermanos. Maestro Divino, como a tus discípulos, concédeme la luz de tu «amistad» para comunicarte con alegría a mis hermanos. Maestro Divino, como a las multitudes, dame siempre la luz de tu Palabra. Que encuentre en ella fuerza, para enfrentar los acontecimientos de cada día. Amén.

Cuarto domingo del tiempo ordinario – Ciclo A

Domingo cuarto del tiempo Ordinario ciclo A


1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

PRIMERA LECTURA
El pueblo de Dios no coincide con una nación ni con una institución. Está de continuo naciendo en los humildes y los pobres, que buscan y tienen en Dios consuelo y sentido. Son un pequeño resto de la nación y de la institución, pero que sobrepasa sus fronteras y sus denominaciones; no se rige por ellas. La promesa de la vida lograda es para los que, sin duplicidad engañosa, orientan toda la persona por la aspiración al infinito.

2. Lectura del Profeta Sofonías 2,3; 3,12-13.

Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos.

Situación histórica: Tras la invasión de Senaquerib (a. 7O1 a. de Xto.), Judá vive una etapa de decadencia política y religiosa. Durante el reinado de Manasés (698-643) no desaparece como reino, pero se ve obligada a pagar tributo al extranjero y a admitir el culto de los vencedores, incluso en el templo de Jerusalem (II Rey. 21,4ss). Es una etapa de idolatría, corrupción social e indiferencia religiosa: «¡Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora!… no confiaba en el Señor…; sus príncipes… eran leones rugientes; sus jueces, lobos a la tarde…; sus profetas, unos fanfarrones…; sus sacerdotes profanaban lo sacro…» (3, 1ss). Y en medio de esa densa niebla surge, a mediados del s. VII a. de Xto., una luz. Asur empieza a declinar políticamente (se predice la caída de Nínive) y en Judá, bajo la batuta de su nuevo rey Josías (640-609), se inicia un movimiento de restauración política y religiosa (reforma de Josías y promulgación del Deuteronomio).

Contexto: Sofonías, contemporáneo de Jeremías, colabora con Josías en la gran reforma religiosa. Una idea dominante aparece a lo largo de su corto libro: la gran catástrofe que se cierne sobre Jerusalén («Día de la Ira»). El hombre ha de rendir cuenta a Dios, y por eso invita a la penitencia y conversión mientras hay tiempo. Al final, un resto de Israel se salvará (2,7.9;3,13); Sofonìas cierra su obra como otros muchos profetas, con un oráculo de restauración (3,9-20: se ha dudado mucho de la autenticidad de estos versículos). 
Texto: 1) 1,7-2,3: – En 1, 7-18 se describe el día del juicio del Señor (Dies/Irae) en el que se va a pedir cuentas para castigar. El heraldo anuncia un banquete en el que los invitados van a ser juzgados y destinados a morir. Entre los reos aparecen los nobles y los príncipes reales, los que buscan el enriquecimiento a través del engaño y de la virulencia, los comerciantes injustos, los que niegan la acción de Dios en la historia… La ira divina no es ninguna pasión, algo negativo, sino que por el contrario es algo muy positivo: el no conformarse, sublevarse y salir al paso de las injusticias humanas. Ese día de la ira es veloz como un soldado y trae la destrucción por doquier. El hombre debe prepararse para este día: En 2,1-3, el heraldo se dirige a dos grupos muy diversos: «el pueblo despreciable» que va a ser aniquilado y el «pueblo humilde» que buscando la justicia busca a Dios.

2) 3,9-20: -En forma de himno se invita a Sión al gozo y a la alegría: «grita, lanza vítores, festeja exultante» (v.14). El miedo debe ser desterrado: «no temas, no te acobardes» (vs. 15-16). ¿Qué es lo que ha ocurrido? Sofonías nos habla de una restauración, de una época dorada en Jerusalén que anula la anterior de humillación y de corrupción. La Jerusalén humillada por tiranos (v.15) y obligada a pagar tributo y rendir culto a los dioses extranjeros será el centro del mundo: tendrá fama ante los otros pueblos (v.20) quienes, unificados, invocarán y servirán al Dios del Israel (vs. 9-10). Su nuevo amo será un rey y soldado victorioso: el Señor (vs. 15-16). La Jerusalén rebelde, manchada y opresora (vs. 1-2) por la conducta denigrante de sus príncipes, jueces, profetas y sacerdotes (vs.3-4) queda purificada con la presencia de Dios como rey y guerrero, garantía de prosperidad y de protección eficaz para el pueblo (vs. 15-16; cfr.Ez. 48,35;Zac.8,23).

La restauración reúne a los dispersos (v.19) y deja un resto «que no cometerá crímenes ni dirá mentiras…» (vs. 12 s). Es tiempo de alegría, de la que participa el Señor: El «se goza, se alegra contigo, se llena de júbilo» (v.17). Y esa alegría acarrea la paz y la tranquilidad: el resto «pastarán y se tenderán sin que nadie les espante». Es muy duro ser pobre y humilde en nuestro mundo; los soberbios, arrogantes y mentirosos están mejor vistos. Los últimos suelen triunfar, mientras que a los primeros se les deja de lado: no ocupan cargos importantes, ni van de etiqueta por la vida. Muchas veces su sinceridad les hace perder la confianza de sus jefes, perdiendo sus puestos incluso en la misma Iglesia de Dios. En el hombre no deben confiar, pero sí en Dios ya que éste acoge lo humilde y necio del mundo para confundir a los prepotentes y arrogantes. Este es el mensaje de Sofonías, de Pablo y del Evangelio. El peligro de armas nucleares, las promesas políticas que no se cumplen, el miedo de los eclesiásticos al mensaje evangélico por servir a su señor de turno, el fallo de los jueces que sólo atienden al lucro… ¿Dejan pastar al pueblo y que se tienda sin que nadie les espante? ¿Pueden estar alegres y vivir en paz? Por eso, como Sofonías, también nosotros esperamos ese día de la venida del Mesías. Sólo El puede traernos la auténtica paz y alegría.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 145,7. 8-9a. 9bc-10

R/. Dichosos los pobres en el espíritu, 
 porque de ellos es el Reino de los Cielos.
El Señor hace justicia a los oprimidos, 
da pan a los hambrientos. 
El Señor liberta a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego, 
el Señor endereza a los que ya se doblan, 
el Señor ama a los justos, 
el Señor guarda a los peregrinos.
El Señor sustenta al huérfano y a la viuda 
y trastorna el camino de los malvados. 
El Señor reina eternamente, 
tu Dios, Sión, de edad en edad.

En las comunidades cristianas no deberían ocupar los primeros puestos las excelencias o las eminencias mundanas. Allí el orden social se invierte en forma desconcertante. Una iglesia a imagen y semejanza del protocolo mundano es una caricatura del verdadero proyecto de Cristo.

4. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,26-31.

Hermanos: Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así -como dice la Escritura- el que se gloríe que se gloríe en el Señor.

Prosigue la argumentación defendida por Pablo en 1 Cor 1, 18-25 con el fin de demostrar que la sabiduría humana es incapaz, por sí misma, de conocer la persona de Dios y su designio de salvación. La prueba es que desde la manifestación de Dios y la realización de ese designio, todo lo que hace parece locura, es decir, que cae fuera de los cuadros de la inteligencia humana.
a) Pablo continúa diciendo que: Dios continúa operando por medio de locuras, puesto que para ser el signo de su presencia en el mundo escoge una comunidad tan poco cualificada en el plano humano como la de los corintios (vv. 26-28). Sirviéndose de este argumento, Pablo da dos golpes de una sola vez, puesto que recuerda al mismo tiempo a los corintios tan pretenciosos en sabiduría humana su falta de cualificación en este terreno: mejor harían en acomodarse a una vocación más en conformidad con su capacidad: dar testimonio de la locura de Dios. Que se atengan a ella en lugar de sentirse celosos de unas falsas filosofías de las que, por otro lado, son incapaces de comprender cosa alguna.

b) Los hombres no tienen títulos suficientes para vanagloriarse de la gracia de Dios (v. 29); los corintios, por el contrario, pueden hacerlo a condición de que lo hagan en Cristo. Los títulos de su gloria son múltiples: la justicia en la que Dios les constituye, la santidad que es la divinización de su ser, la redención, finalmente, que les libera de todas las alienaciones, el pecado y la muerte comprendidos. ¿Qué sabiduría humana puede procurar tales beneficios? De ahí que venga a ser lo mismo amoldarse a vivir en Cristo (v. 30) y encontrar en El la glorificación (v.31)

5. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5,1-12a.

En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los Hijos de Dios». Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

a) Contexto del discurso de Jesús:
En el Evangelio de Mateo, Jesús aparece como el nuevo legislador, el nuevo Moisés. Siendo Hijo, conoce al Padre. Sabe lo que el Padre tenía en su mente cuando, en el pasado, dio la ley al pueblo por medio de Moisés. Es por esto por lo que Jesús puede ofrecer una nueva versión de la Ley de Dios. El solemne anuncio de esta Nueva Ley comienza aquí, en el Sermón de la Montaña. En el Antiguo Testamento la Ley de Moisés está representada en cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Imitando al viejo modelo, Mateo presenta la Nueva ley en cinco grandes Discursos repartidos en el evangelio: el Discurso de la Montaña (Mt 5 a 7), el Discurso de la Misión (Mt 10), el Discurso del Misterio del Reino presente en la vida (Mt 13), el Discurso de la Comunidad (Mt 18) , el Discurso del futuro del Reino (Mt 24 y 25). Pero para Mateo, no basta sólo el estudio de la Ley. Es necesario observar bien la práctica de Jesús, porque en ella obra el Espíritu de Dios, que anima desde dentro la letra de la Ley. La descripción de la práctica de Jesús ocupa las partes narrativas intercaladas entre los cinco Discursos y tiene la finalidad de mostrar cómo Jesús observaba la ley y la encarnaba en su vida.

b) Comentario del texto:

Mateo 5,1: El solemne anuncio de la Nueva Ley En el Antiguo Testamento, Moisés subió al Monte Sinaí para recibir la Ley de Dios. También Jesús, nuevo Moisés, sube a la montaña y mirando a la gente que le seguía, proclama la Nueva Ley. Hasta este momento, sólo eran cuatro los discípulos de Jesús (Mt 4,18_22). Pero de hecho lo seguía un inmenso gentío. Rodeado de discípulos, Jesús comienza a enseñarles, proclamando las bienaventuranzas.

Mateo 5,3-10: Las ocho puertas de entrada al Reino Las bienaventuranzas constituyen la solemne apertura del Sermón de la Montaña. En ellas Jesús define quién puede entrar en el Reino. Son ocho categorías de personas. Ocho puertas de entrada. ¡No hay otra puerta para entrar en el Reino, en la Comunidad!. Los que desean formar parte del Reino deberán identificarse con una de estas categorías o grupos.

Bienaventurados los pobres de espíritu No es ni el rico, ni el pobre con mentalidad de rico. Sino el que, como Jesús, vive pobre (Mt 8,18), cree en el pobre (Mt 11,25-26) y ve en ellos a los primeros destinatarios de la Buena Noticia (Lc 4,18). Es el pobre que tiene el Espíritu del Señor.

Bienaventurados los pacíficos No es la persona pasiva que pierde las ganas y no reacciona por nada. Sino que son aquéllos que están “pacificados” y ahora, como María, viven en la “humillación” (Lc 1,48). Perdieron la tierra que poseían, pero la recobrarán (Si 37,7.10.11.22.29.34). Como Jesús, intentan ser “ mansos y humildes de corazón” (Mt 11,19).

Bienaventurados los tristes No se trata de cualquier tristeza, sino de la tristeza ante las injusticias y las faltas de humanidad que suceden en el mundo (Tb 13,16; Sir 119,136; Ez 9,4; 2Pe 2,7). Están tristes porque no aceptan la situación en la que se encuentra la humanidad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia No se trata sólo de la justicia que se busca en los tribunales y que muchas veces es la legislación de la injusticia. Sino sobre todo es la Justicia de Dios que se busca, haciendo de modo que las cosas y las personas puedan ocupar el lugar que deben ocupar en el plan del Creador.

Bienaventurados los que son misericordiosos No es la filantropía que distribuye limosnas, sino que se trata de imitar a Dios, la que tiene entrañas de misericordia por aquéllos que sufren (Ex 34,6-7). Misericordia quiere decir tener el corazón en la miseria de los otros para disminuir su dolor. Quiere decir obrar de modo que no nos sea ajeno el sufrimiento de los demás.

Bienaventurados los puros de corazón
No se trata de la pureza legal que sólo mira lo externo, sino que se trata de tener la mirada purificada para asimilar la Ley de Dios en el corazón, que se hace transparente, y permite a las personas reconocer la llamada de Dios en los hechos de la vida y de la naturaleza.

Bienaventurados los constructores de paz No es sólo la ausencia de guerra. La Paz que Dios quiere sobre la tierra es la reconstrucción total y radical de la vida, de la naturaleza, de la convivencia. Es el Shalôm, la Paz anunciada por los profetas y dejada por Jesús a sus apóstoles (Jn 20,21).

Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia
En el mundo construído y organizado a partir del egoísmo de personas y grupos (como el sistema neoliberal que hoy domina al mundo), aquél que desea vivir el amor desinteresado, será perseguido y morirá en la cruz.

c) Ampliando la visión sobre las Bienaventuranzas:
* La comunidad que recibe las bienaventuranzas Mateo tiene ocho bienaventuranzas. Lucas tiene cuatro y cuatro maldiciones (Lc 6, 20-26). Las cuatro de Lucas son: “vosotros los pobres, vosotros que tenéis hambre, vosotros que lloráis, vosotros que sois odiados y perseguidos” (Lc 6,20-23). Lucas escribe para las comunidades de paganos convertidos. Viven en el contexto hostil del Imperio Romano. Mateo escribe para las comunidades de judíos convertidos, que viven en el contexto de rotura con la sinagoga. Antes de la rotura, gozaban de una cierta aceptación social. Pero, ahora, después de la rotura, la comunidad entró en crisis y en ella empezaron a aparecer diversas tendencias en lucha entre ellos. Algunos que pertenecían a la línea farisaica querían mantener el mismo rigor de la observancia de la Ley, a la que estaban acostumbrados antes de su conversión a Jesús. Pero al hacerlo, excluían a los pobres y pequeños. La nueva ley introducida por Jesús pide que sean escuchados todos en la comunidad como hermanos y hermanas. Por esto, al solemne comienzo de la Nueva Ley presenta ocho bienaventuranzas que definen las categorías de personas que debe ser escuchadas en la comunidad: los pobres, los mansos, los afligidos, aquéllos que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los promotores de paz, los perseguidos.

* ¿Pobres de espíritu? Jesús reconoce la riqueza y el valor de los pobres (Mt 11,25-26). Su misión era “anunciar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4,18). Él mismo vivió como pobre. No poseía nada propio, ni siquiera una piedra donde reclinar la cabeza (Mt 8,18). Y a los que quieren seguirlo Jesús pide que escojan entre Dios y el dinero (Mt 6,24). Pobre en Espíritu es la persona que tiene ante los pobres el mismo espíritu que Jesús. Cada vez que en la historia del Pueblo de Dios se intenta renovar la Alianza, se comienza también a restablecer el derecho de los pobres y de los excluídos. Sin esto, no es posible renovar la Alianza. Así hacían los profetas y así hace Jesús. Denuncia el sistema que excluye a los pobres y persigue a los que luchan por la justicia. En nombre de Dios, Jesús anuncia un nuevo Proyecto que acoge a los excluídos. La comunidad en torno a Jesús debe ser una muestra donde este futuro Reino comience a plasmarse. Debe caracterizarse con un nuevo tipo de relación con los bienes materiales, con las personas y con Dios mismo. Debe ser semilla de una nueva nación. He ahí el deber más importante para nosotros los cristianos, sobre todo para los jóvenes. Porque el único modo de merecer credibilidad es presentar una muestra bien concreta del Reino, una alternativa de vida que sea verdaderamente una Buena Nueva de Dios para los pobres y excluídos.

* Ser felices hoy El evangelio dice exactamente lo contrario de lo que afirma la sociedad en la que vivimos. En la sociedad el pobre es considerado un infeliz, y es feliz quien posee dinero y puede gastar a su antojo. En nuestra sociedad es feliz quien tiene fama y poder. Los infelices son los pobres, aquéllos que lloran. En televisión, las telenovelas divulgan el mito de las personas felices y realizadas. Y sin darse cuenta, las telenovelas se convierten en padrones de vida para muchos de nosotros. Estas palabras de Jesús todavía tienen sentido en nuestra sociedad: “¡Bienaventurados los pobres! ¡Bienaventurados los que lloran!”. Y para mí, que soy cristiano o cristiana, ¿quién de hecho es feliz?

6. Oración final
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Tercer domingo del tiempo ordinario – Ciclo A

Domingo tercero del tiempo ordinario ciclo A

En este domingo Cristo se nos muestra como luz, pero una luz que nos permite descubrir su persona. Jesús es la luz que poco a poco se enciende para iluminarnos a Dios. Es una luz para todos los hombres y que a su vez necesita de los hombres para continuar iluminando la humanidad. Y por último es la luz que nos envuelve a todos, que a todos nos une bajo su resplandor.

0. Oremos para que sepamos  seguir a Jesús radicalmente, hasta el fin.
Oh Dios y Padre nuestro: Tu Hijo nos invita, de modo suave pero insistente, a seguirle como discípulos fieles. Abre nuestras mentes a su luz, haz que respondamos a su amor y que le confiemos a él todo nuestro ser. Que su reino crezca en cada uno de nosotros y en todo el mundo, para que nos lleve con esperanza a la alegría que tú has preparado para nosotros en tu casa Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.

0.1. Acerquémonos a la lectura y reflexión de la divina Palabra. » … Isaías anuncia en términos exultantes la liberación…, los que vivían en tristeza y en sombras vieron una luz grande… » (Is 9, 1-4).

1. Lectura del Profeta Isaías 9,14.

En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombre los quebrantaste como el día de Madián.

v. 1: El mismo profeta que había anunciado la ruina del Reino del Norte (cf. cap. 5 y 8), es el que ahora anuncia su salvación. La ira de Dios no es lo último en sus caminos inescrutables, sino la misericordia y la gracia. Si Dios castiga es para salvar, no «para arreglar cuentas».

v. 2: Cuando una persona se halla en apuros y, de pronto, le ocurre alguna solución inmediata decimos que «le ha encendido el foco». De igual manera describe el profeta la salvación de Dios, «sol de justicia», para un pueblo que padecía la humillante opresión de sus invasores. La «luz grande» que verá ese pueblo esclavizado es la presencia de Dios que viene a salvarle y a poner en fuga a todos sus enemigos (cf. 10. 17; Sal 50. 2; 27. 1; 104. 2). La descripción de este cambio venturoso allí donde cundía el desespero de los sometidos y dominaba el despotismo de los invasores, se hace espontáneamente un canto de alabanza a Dios en boca del profeta.

v. 3: Los que son librados se alegran como el campesino se alegra en la cosecha. Los que vivimos en la ciudad y dependemos de un sueldo no podemos figurarnos la alegría desbordante del campesino que ha esperado pacientemente el fruto de su trabajo y ahora, al fin, mete con alegría y fuerza la hoz en su propia mies.

v. 4: En tiempos de Teglatfalasar III los asirios se anexionaron estas tierras que menciona el profeta y abrumaron con tributos a sus habitantes, trataron a los hijos de Israel como si fueran animales de carga. Se explica el gozo profundo y la alegría de estos hombres que ven ahora como el Señor desarma a sus opresores y rompe el yugo de su esclavitud. La nueva salvación aviva la memoria y confirma la fe de los hijos de Israel: una vez más sucede lo que ya sucedió el «día de Madián», el Señor salva a su pueblo. Las antorchas de Gedeón y de sus hombres en medio de la noche espantaron a los enemigos y disiparon los temores del pueblo (Jc 7.), así también ahora la «luz grande» que brilla en la Galilea ocupada por los asirios. Pero la verdadera luz está por ver, cuando aparezca en Jesús de Nazaret comenzará a brillar en estas mismas tierras. Respondamos a esta palabra, reconociendo que solamente el Señor es nuestra luz y definitiva salvación.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 26,1. 4. 13-14

R/. El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi salvación; 
¿a quién temeré? 
El Señor es la defensa de mi vida; 
¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor, 
eso buscaré: 
habitar en la casa del Señor 
por todos los días de mi vida; 
gozar de la dulzura del Señor 
contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor 
en el país de la vida. 
Espera en el Señor, sé valiente, 
ten ánimo, espera en el Señor.

Lo peor de todas esas sombras es el “divisionismo”: » … las rivalidades y divisiones acechan en toda estructura humana. A Pablo le duele que la Iglesia de Cristo se rompa y se divida. «

3. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,10-13.17.

Hermanos: Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo.» ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

La carta de Pablo a los cristianos de Corinto responde a las preguntas planteadas al apóstol por los notables que fueron a consultarle en nombre de la comunidad (1 Cor. 16, 15-16). Pero Pablo comienza por dedicar algunas líneas al problema de las facciones que dividen la comunidad.

a) Las facciones en la Iglesia de Corinto se constituyen en torno a Pablo, a Apolo, a Pedro y… a Cristo (v. 12). Se trata sin duda de cristianos que han conocido personalmente a uno y otro de estos cuatro personajes, han aceptado su mensaje y quizá han sido bautizados por ellos. Y cada uno de ellos asimiló con preferencia, dentro del mensaje de su padre en la fe, los matices que más le atrajeron: algunos con un carácter judaizante (partidarios de Pedro), otros con una nota profética y libre (¿adeptos de Jesús?), quién el espíritu misionero y ascético de Pablo y finalmente quienes seguían el espíritu dialéctico y filosófico de Apolo.

Pablo ha tratado inmediatamente de disolver el grupo centrado en torno a él afirmando que no tiene prácticamente ninguna pretensión respecto a él, puesto que no ha bautizado a nadie (vv. 14-16). Rechazará a continuación el estatuto del grupo de Apolo mediante la exposición de la sabiduría cristiana (1 Cor. 1, 17-4, 21) y arremeterá contra los libertarios (¿los de Jesús?) en los caps. 5 y 6.

Para destruir esos grupos en su embrión, Pablo distingue al Maestro de su ministro: solo el primero ha sido crucificado, con lo que mereció el título de Salvador y de Maestro, y el Maestro ha sido el único en instituir el bautismo en su nombre (v. 13). El discípulo no es más que un mensajero y un misionero de la cruz (v. 17). De hecho, las facciones se construyen cuando se da preferencia al ministro sobre el Maestro, al rito sobre el mensaje, Pablo sitúa al ministro en su puesto de simple intendente (1 Cor 4, 1-5) y el rito bautismal en su estrecha dependencia respecto a la Palabra de evangelización.

b) Pablo manifiesta más interés hacia el ministerio de la evangelización que hacia el ministerio litúrgico (v. 17; cf. también Rom. 15, 15-16). El apóstol vive en una época en que el rito ocupa un lugar excesivo en todas las religiones; el judaísmo en Israel, la disputa sobre los bautismos entre los seguidores del Bautista y cristianos, los «misterios» de la religiones griegas, etc. Como no está de acuerdo con que el cristianismo se caracterice por la incorporación de ritos nuevos, insiste en hacer de él, ante todo, una religión de la Palabra y de la Misión. Pero no es que propugne una religión sin rito, sino que afirma que el rito está actualmente supeditado a la Palabra y a la Misión y no recibe su eficacia sino de la Palabra misionera y sacramental que le acompaña y de la fe con que es acogida esa Palabra.

Preparémonos para escuchar las palabras del Evangelio que nos sitúa a Jesús en un lugar concreto, iluminando las realidades humanas, Jesús inicia su predicación y llama a sus discípulos: Galilea es la frontera geográfica y teológica: su población es heterogénea, casi pagana, periférica, casi marginación del pueblo de Dios; ahí es donde Jesús inicia su ministerio, viene a eliminar fronteras… Jesús llama al Reino (Mt,4, 12-23)

4. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 4,12-23.

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el Profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló. Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: -Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. [Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.]

En el evangelio de hoy podemos distinguir claramente tres partes: a) la presentación de Jesús que predica en Galilea; b) el mensaje que predica; y c) la elección de los discípulos.

a) La actividad de Jesús empieza cuando Juan fue «entregado» (más que «arrestado»): su misión de precursor termina de modo semejante a la del propio Jesús. Ante esta noticia Jesús se retira a la región de Galilea, estableciendo en Cafarnaún el centro de su actividad.

La predicación de Jesús se inicia en la «Galilea de los gentiles», es decir, en una región donde la situación religiosa del pueblo era más precaria, debido a una gran cantidad de población pagana. Los primeros destinatarios de la predicación de Jesús van a ser, por tanto, los que están más necesitados de ella, y los que aún no conocen la «luz» de la revelación porque viven en las «sombras» del paganismo. Y, a través de estos paganos, la predicación de Jesús se dirige a todas las naciones.

b) El mensaje de Jesús es el mismo que Mateo pone en labios del Bautista: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 3,2). Aunque las palabras sean las mismas, el evangelista Mateo nos irá mostrando que el contenido no es idéntico. Subrayemos, en primer lugar, que Jesús no vincula la conversión a un bautismo, ni se pone a predicar en el desierto, sino entre la gente de su pueblo. Estas palabras de Jesús no son más que el inicio de su ministerio de la palabra, que los siguientes capítulos de Mt irán desarrollando. El mensaje de Jesús se resume en esta frase: está cerca el Reino de los cielos. El Reino de Dios (o de los cielos), expresión ya existente en el pueblo de Israel, se contrapone a todos los demás reinos o poderes humanos que pretenden un dominio total sobre el pueblo de Israel -también al poder que se ofrecía a Jesús en sus tentaciones-, y expresa el deseo de que sea Yahvé quien reine. Este reinado de Dios, dice Jesús, «está cerca»; de hecho comenzó ya con El: Dios reina ya en Jesús y quiere reinar en cada hombre. Esto tiene una exigencia práctica muy concreta: convertíos.

c) Estrechamente unido a la proclamación del mensaje, vemos el seguimiento de los discípulos (Mt y Mc nos lo presentan de forma muy esquemática, y no sabemos qué tiempo transcurrió entre el inicio de la predicación y la elección de los discípulos). De todos modos, lo que más nos interesa es el significado de la expresión «seguir a Jesús»: en primer lugar se trata de una llamada personal hecha por el propio Jesús que en el evangelio de hoy va seguida por una respuesta inmediata; para los discípulos esto supondrá ser -como Jesús- testigos del Reino de Dios. Habrá también mucha gente que, atraídos por la autoridad de su palabra o por sus curaciones (cfr. 4,25) seguirá a Jesús; pero el propio Jesús les hará caer en la cuenta de que ser discípulo significa olvidarse de sí mismo, cargar la propia cruz y seguirle (cfr. 16,24).

Hagamos nuestro el mensaje de los textos que nos ofrece la liturgia dominical, reconociendo que Jesús es Luz para todos los pueblos, que nos llama para iluminar con su luz nuestra vida y la de los demás y, que nuestro seguimiento se centra en él.

Cristo es Luz de todos los pueblos
Lo que nos llama la atención de las lecturas de este domingo, y que debemos resaltar, es la perfecta armonía que existe entre ellas. Esto no sólo es debido a que en el Evangelio de Mateo se nos cite el pasaje de Isaías que tenemos como primera lectura, sino porque en todas ellas, incluyendo el salmo responsorial, Cristo se nos presenta como la Luz, que alumbra hoy muchas realidades. Para empezar vemos que Jesús es la luz que poco a poco se ha ido encendiendo. Pensemos que el relato nos habla del comienzo de su vida pública, pero ya hacia mucho tiempo que esa luz había comenzado a iluminar. Jesús no es un fogonazo que nos deja ciegos, sino justamente lo contrario, la luz que poco a poco nos deja ver más claro su amor “Tu luz nos deja ver la luz” (Sal 35). Pero aunque esta luz surja poco a poco no es tímida, es universal. Cristo es visto como una “luz grande” en la Galilea de los gentiles, en los lugares que la sociedad piadosa judaica, centrada en la luz de su amada Jerusalén, no alcanzaba a ver como buenos judíos porque “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1, 46). Y sobretodo está luz progresiva, que nos alumbra a todos para conocer a Dios, no es una luz muda sino que tiene un mensaje clave: “Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos”. Este anuncio no nos tendría que dar miedo, sino alegría. El Reino de los cielos es el momento en que Dios Padre lleno de Misericordia va a llenar nuestra vida de sentido. El Reino de los cielos no es otro imperio terrestre, sino el imperio de la justicia y el amor. Por ello esta luz nos deja ver la verdad de nuestra existencia: vivir plenamente ese amor. Pero hemos de convertirnos, es decir, dar la vuelta a nuestros valores para aceptar los valores del Reino/reinado de Dios con gozo porque Dios será nuestro Rey.

2. La llamada de Cristo es para todos
“Pero Jesús, la luz que brilla, no quiere actuar sólo; todo hombre, incluso, el hombre Dios es hombre con otros hombres. Por eso Jesús busca enseguida colaboradores”. Este bellísimo pasaje de Von Balthasar nos puede ayudar a comprender la siguiente acción de Jesús en el Evangelio. Cristo no sólo anuncia una nueva luz, sino que necesita de sus discípulos, de seguidores, de “amigos” suyos (Jn15, 14-16) para que esta luz continúe brillando. La misma encarnación fundamenta la llamada a otros hombres para que sean colaboradores de su misión. Pero un detalle importante es darnos cuenta de la forma de llamar de Cristo. Llama a quien quiere, como quiere y cuando quiere. Esta máxima libertad de Jesús es condición necesaria para nuestra propia vocación cristiana. Jesús llama a unos simples pescadores, unos “obreros” de la pesca. Pero también llama a unos pescadores con barca y redes, los “ricos” del negocio. La llamada al seguimiento es universal, para todos. La luz no es para muchos ni para pocos sino para todos los hombres y para todo el hombre. Pero a todos los llamados se les llama a lo mismo y se les dará la misma paga, aunque dejen diferentes cosas. Todos buscan seguirle y todos serán pescadores de hombres. Por ahora los discípulos serán “contemplativos” del maestro, pero cuando ellos también hayan de comenzar a actuar las misiones que recibirán serán las mismas para todos, pero también las adecuadas para cada uno de ellos. Esta es la forma real de la unidad de la Iglesia, que es tanto la que predica Pablo en la segunda lectura como en otros textos que la complementan (Rom 12, 1Co 12). Pero esta ya es nuestra última clave.

3. Jesucristo, el único objeto de nuestro seguimiento y pertenencia
Quizás este sea el aspecto de las lecturas de este domingo que más podemos aplicar a nuestra realidad cotidiana y eclesial. El apóstol Pablo comienza así esta carta a su querida comunidad de Corinto, que debía estar dando un ejemplo poco edificante al resto de sus iglesias hermanas. Y esto era debido a sus divisiones, a sus luchas intestinas dentro de la comunidad para ver quién era más o quién tenía toda la verdad: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo”. ¡Cuantas veces a nosotros nos pasa lo mismo dentro de la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas! Una constatación de todo ello la tenemos estos días muy presente, ya que estamos dentro del octavario de oración para la unión de los cristianos. Las divisiones siempre se dan por creerse las dos partes las únicas llenas de razón y romper el diálogo. Pero la lectura de Pablo, que es expresión de su propia experiencia de conversión, nos habla de la verdadera forma cristiana de luchar y vivir por la unidad: “¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?” No. Nosotros somos hijos de Dios por Cristo y su vida, muerte y Resurrección es la que nos ha mostrado el camino verdadero del hombre. Cristo es nuevamente una luz para todos, pero esta vez una luz que nos abarca a todos en su interior. Cristo es el fundamento único de nuestra pertenencia y unidad porque es el único que nos ha mostrado y amado como Dios. Por eso es todavía más sangrante que nosotros fundamentemos nuestras divisiones en su Persona. Tengamos así especialmente en cuenta este domingo esta intención, y pidámosla al Espíritu, principio de la unidad, que nos ilumine con la verdadera y única Luz: Cristo.

4. Oración final:
Señor Dios nuestro: En nuestro caminar hacia ti, Tú nos has iluminado con la Palabra de tu Hijo. Que él nos transforme a su imagen, como luz para el mundo; que llevemos una chispa de esperanza a donde haya desesperación, un resplandor de alegría  a donde haya tristeza, amor a donde haya indiferencia o, peor todavía, a donde haya odio y rencor. Te lo pedimos en el nombre de Jesús nuestro Señor. Amén.

2º domingo del tiempo ordinario – Ciclo A

El Cordero de Dios

El Cordero de Dios, Diric Bouts El Viejo.

Domingo II del tiempo ordinario

Ciclo A

Entre la despedida y la vuelta del Señor, los cristianos tenemos una tarea que realizar. Iniciamos un ciclo litúrgico, Domingos del Tiempo Ordinario, porque siguen y realizan la pascua pentecostal que viene a expandir la fe fuera de la Iglesia, y que manifiesta que los cristianos tenemos que ser los realizadores de la extensión del Reino de Dios. Su vida se ha convertido en misión de testimonio. Nace el tiempo del testimonio. Domingos de maduración cristiana, de afirmación cristiana desde el mayor conocimiento y compromiso con la fe en Jesús.

1. Lectura del Profeta Isaías 49,3.5-6.

«Tú eres mi siervo (Israel) de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel, -tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza-. Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

El libro de la «Consolación de Israel» (Is 40-55) trata de abrir nuevos horizontes al pueblo abatido. Uno de los encargados será ese misterioso personaje que se llama «el siervo de Yahvé». Este siervo no es idéntico en cada uno de los cuatro cantos. En este segundo canto parece identificarse de una forma bastante clara a un solo personaje. La versión del texto hebreo no es muy clara. El sentido parece ser éste: Israel llegará a poseer la gloria del Señor en la persona del siervo. Por medio del siervo, Dios se sentirá orgulloso de Israel. De una cierta manera, el siervo se identifica o, mejor, representa en su persona a Israel como canalizador de la liberación que van a recibir todos los pueblos para gloria de Dios. Este «mediador» por excelencia lo será después Jesús.

Este tema del ser escogido desde el vientre de la madre es muy bíblico y signo de consagración profética (aparece ya en el v. 1; ver Jr 1; Lc 1). El creyente también está amorosamente destinado en los planes de Dios a que sea el encargado de ir haciendo camino a los hombres hasta que definitivamente lleguen a Dios.
Vuelve a aparecer el tema del nuevo éxodo, tan querido por los profetas del exilio. Ante el Dios que dispersa (cf. Ez 5,10, 6.9, 20,23), está el Dios que reúne (cf. Ez 11,17 34,13, 36, 24). Israel diezmado podrá regresar a Jerusalén, reconstruir el pueblo de Dios y volver a ser la luz de las naciones. Profecías que se han cumplido en la muerte de Jesús y que ahora hay que hacerlas vida en la tarea cristiana.

Esta proximidad del siervo para con Yahvé es la garantía de que los oráculos se cumplirán. De algún modo, el siervo queda constituido en prenda de salvación. Así ocurre con Jesús: en él tenemos la seguridad de que las promesas se cumplirán, de que su reino tiene sentido.

La progresión y distancia que hay entre los términos «desde el seno de la madre – hasta el confín de la tierra» es lo que se llama una fórmula de totalidad. Al siervo se le encomienda toda la tarea de llevar adelante la alianza que Dios ha hecho con su pueblo. A la luz de la resurrección, estas palabras adquieren verdadero sentido. En Jesús se ha cumplido todo esto con perfecta exactitud. Continuar la obra es tarea del cristiano.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 39,2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor; 
El se inclinó y escuchó mi grito; 
me puso en la boca un cántico nuevo, 
un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 
y en cambio me abriste el oído; 
no pides sacrificio expiatorio, 
entonces yo digo: «Aquí estoy 
-como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.

Dios mío, lo quiero, 
y llevo tu ley en las entrañas.
He proclamado tu salvación 
ante la gran asamblea; 
no he cerrado los labios: 
Señor, tú lo sabes.

¡ABRE MIS OIDOSI
Abre mis oídos, Señor, para que pueda oír tu palabra, obedecer tu voluntad y cumplir tu ley. Hazme prestar atención a tu voz, estar a tono con tu acento, para que pueda reconocer al instante tus mensajes de amor en medio de la selva de ruidos que rodea mi vida. Abre mis oídos para que oigan tu palabra, tus escrituras, tu revelación en voz y sonido a la humanidad y a mí. Haz que yo ame la lectura de la escritura santa, me alegre de oír su sonido y disfrute con su repetición. Que sea música en mis oídos, descanso en mi mente y alegría en mi corazón. Que despierte en mí el eco instantáneo de la familiaridad, el recuerdo, la amistad. Que descubra yo nuevos sentidos en ella cada vez que la lea, porque tu voz es nueva y tu mensaje acaba de salir de tus labios. Que tu palabra sea revelación para mí, que sea fuerza y alegría en mí peregrinar por la vida. Dame oídos para captar, escuchar, entender. Hazme estar siempre atento a tu palabra en las escrituras.

Comienzo de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,1-3.

Yo Pablo llamado a ser apóstol de Jesucristo, por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro y de ellos. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, sea con vosotros.

La primera carta a los corintios, que se lee durante los domingos, enfoca los grandes problemas de vida cristiana en el seno del mundo pagano y de la sociedad particularmente decadente de Corinto.

a) El encabezamiento de la carta contiene ya los temas fundamentales de la epístola. Pablo comienza por revalorizar su misión de apóstol (v. 1): la autoridad que va a necesitar para disciplinar a los cristianos de Corinto no se fundamenta en el hecho de que sea fundador de una secta o pensador filósofo, sino en un llamamiento de Dios y sobre una tradición: las palabras que dirá no serán suyas, sino Palabras de Dios lealmente retransmitidas.

b) Los cristianos de Corinto tienen igualmente títulos particulares que han de tomar en consideración en la manera de resolver sus problemas. El primero de esos títulos es la santidad (v.2). La Iglesia de Corinto sucede así al antiguo Israel que había de mantenerse en santa asamblea ante su Dios (Ex. 19, 6-15; cf. 1 Cor 6, 2-4, 6, 11): la santidad obliga, pues, a los corintios a rechazar el amoralismo de su sociedad y a hacerse los representantes de la trascendencia divina en el corazón del mundo pagano.

c) La segunda situación a que deben atender los cristianos de Corinto es su solidaridad con aquellos que, a través del mundo, invocan el nombre del Señor. Esta invocación del nombre de Yahvé era el privilegio de Israel en el seno de las naciones (Jer. 10,25; cf. Is. 43, 7). Invocando el nombre de Jesús, los cristianos cargan con la responsabilidad de la salvación del mundo, puesto que, mediante su oración y su conducta, garantizan la realización de esa salvación en ellos y a su alrededor.

Lectura del santo Evangelio, según San Juan 1,29-34.

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquél de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. Y Juan dio testimonio diciendo: -He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: -Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Hoy al leer y releer despacio y atentamente el pasaje del evangelio que queremos conocer y orar: el del segundo domingo del Tiempo Ordinario. Fijémonos en lo siguiente:

1. Los personajes que aparecen, mencionados o implícitos:
El pasaje menciona a Juan Bautista, Jesús, el Espíritu Santo y Dios Padre («el que me envió a bautizar con agua»). Otros personajes que no aparecen identificados son aquellos a los que Juan habla. Es preciso acudir al contexto anterior y posterior de ese pasaje para saber a quién se está dirigiendo Juan.

El evangelio de Juan, capítulo 1,19, nos presenta a Juan Bautista bautizando al otro lado del Jordán, en una aldea llamada Betania (distinta de la ciudad de Marta, María y Lázaro cercana a Jerusalén). Los judíos de Jerusalén le envían sacerdotes y levitas fariseos para preguntarle si él es el Cristo. Él da testimonio diciendo: «Yo, voz del que clama en el desierto…». Al día siguiente sucede la escena de nuestro evangelio: Juan ve venir hacia él a Jesús y da testimonio de lo que ha visto y contemplado sobre este hombre. No se dice ante quién da testimonio. Quizá ante los mismos fariseos del día anterior, ante la gente que acudía a él para bautizarse, o ante sus mismos discípulos. Porque el evangelio continúa, después, narrando que, al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y les señaló a Jesús, diciendo: «Éste es el Cordero de Dios». Quizá el hecho de que no se mencione a quién va dirigido el testimonio de Juan apunta al hecho de que los destinatarios somos todos nosotros, los oyentes del evangelio de todos los tiempos. Así pues, cada uno de nosotros es el quinto personaje de este pasaje.

2. ¿Hay un diálogo o un monólogo? ¿Quién habla?
Sólo Juan habla. Su testimonio ocupa todo el evangelio de este domingo.

3. ¿Qué dice Juan Bautista de Jesús?

3.1: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v.29). 
¿Qué te recuerda la imagen del «Cordero de Dios»? ¿Por qué crees que Juan la ha utilizado para referirse a Jesús?
En primer lugar, es indudable que esta expresión se refiere al Cordero Pascual cuya sangre liberó al pueblo de la muerte, según el relato del Éxodo 12,1-11. Otros pasajes del N.T. también comparan a Jesús con el Cordero Pascual: «Cristo, nuestro Cordero Pascual (nuestra Pascua) ha sido inmolado» (1 Cor 5,7); «Os rescataron… con la sangre preciosa del Mesías, cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1,18), como debía ser el Cordero Pascual, sin defecto ni mancha. 
En segundo lugar, la expresión «Cordero de Dios» se refiere al Siervo de Yahveh, según el cuarto cántico del Siervo, en Is 53,7, donde se dice: «Como Cordero manso, llevado al matadero, no abrió la boca».
Este Cordero «quita el pecado del mundo». Del Siervo de Yahveh se dice que «mi Siervo justificará a muchos y sus culpas él soportará…; él llevó el pecado de muchos» (Is 53,11.12). Y la carta a los Hebreos dice que «Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de la multitud» (Hb 9,28). Esa ofrenda la realizó Jesús desde la Encarnación hasta su entrega a una muerte de cruz por fidelidad a la misión que recibió del Padre. El punto culminante de esa entrega fue su amor hasta el extremo, demostrado en el servicio y en la muerte por amor a nosotros. En efecto, en la última cena, sentado a la mesa con sus discípulos, Jesús tomó el cáliz y dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14,24). «Por muchos» es una expresión tomada de Isaías que significa, en este caso, «por todos».
En una sola frase, Juan Bautista condensa todo lo que Jesús es y toda su misión.

3.2: «Un hombre que está por delante de mí porque existía antes que yo» (v.30).
Juan deja bien claro que Jesús es mayor que él. Le corresponde ir por delante porque es el Mesías. Es el verdadero Maestro. Por eso Juan invita a sus propios discípulos a seguir a Jesús. Es «el Novio», el que tiene a la Esposa, que es el nuevo Israel, la Iglesia. Juan sólo es el amigo del Novio que se alegra cuando escucha su voz (cf. Jn 3,29). No hay rivalidad ni envidia en Juan. El Bautista disminuye para que Cristo crezca. 
De Jesús dice, además, que «existía antes que él». Desde un punto de vista humano, Juan existía antes que Jesús. Pero Juan reconoce en Jesús al Hijo de Dios preexistente, del que se habla en el prólogo de este evangelio: el Hijo que existía en el principio, por el cual y para el cual se hizo todo, que estaba en el seno del Padre y vino a poner su tienda entre nosotros.

3.3: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él» (…). «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él….» (vv.32-33).
a) Dos veces dice Juan que el Espíritu bajó del cielo y se posó sobre Jesús. Esta repetición indica su importancia. La expresión evoca la unción de David: cuando David fue ungido rey por Samuel, «el Espíritu del Señor invadió a David y estuvo con él en adelante» (1 Sm 16,13). David es el único rey sobre el que el Espíritu permanece. Esta evocación quiere transmitir que Jesús, ungido por el Espíritu, es el nuevo David, el Mesías-Rey que Israel estaba esperando.

b) Puede extrañarnos que no se diga que Juan bautizó a Jesús. El evangelista Juan no cuenta que Juan Bautista bautizara a Jesús porque quiere resaltar, más que los otros evangelistas, que el Bautista está subordinado a Jesús en todo y que Jesús es ungido directamente por Dios con el Espíritu Santo, sin mediación humana.

c)  La venida del Espíritu sobre Jesús corresponde a tres textos proféticos:
Is 11,1ss: «Retoñará el tocón de Jesé, de su cepa brotará un vástago, sobre el cual reposará el Espíritu del Señor».
Is 42,1: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu para que promueva el derecho en las naciones».
Is 61,1ss: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad» (cf. Lc 4,18).

d) La imagen que se utiliza para referirse al Espíritu es la de una paloma que baja del cielo a posarse sobre Jesús. Esta imagen no aparece en la Escritura para referirse al Espíritu. ¿Qué quiere decir esta imagen? La expresión «como una paloma» denotaba el cariño al nido: el Espíritu encuentra su nido, su hogar, su lugar natural y querido, en Jesús. El amor del Padre tiene nostalgia de su nido, que es Jesús, y baja a establecerse en Él como su morada permanente. 
Por otra parte, al utilizar esta imagen los evangelistas han podido inspirarse en un comentario rabínico al relato de la creación de Génesis 1, que dice que el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas como una paloma sobre su nidada. Con esta evocación, el evangelista querría decir que el Espíritu desciende sobre Jesús para hacer una nueva creación, el Hombre Nuevo del que nosotros estamos llamados a ser imagen por el bautismo (Rom 8,29).

3.4: Jesús «ha de bautizar con Espíritu Santo» (v.33).
¿Recuerdas algún pasaje de los evangelios que diga que Jesús bautizara?
Pues sí, el evangelio de Juan lo dice: «Jesús fue con sus discípulos a Judea. Y allí estaba con ellos y bautizaba» (Jn 3,22). Sin embargo, líneas más adelante se corrige diciendo: «aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos» (4,2). Entonces, ¿cómo bautizó Jesús con Espíritu Santo?
Fue Jesús Resucitado el que derramó el Espíritu sobre sus discípulos para hacer de ellos una nueva creación, tal y como nos cuentan los relatos de resurrección y el libro de los Hechos de los Apóstoles. El bautismo en el Espíritu no es un mero signo externo, como el bautismo de Juan, sino un acto por el cual el Espíritu nos transforma en hijos e hijas de Dios, llenos de la Vida abundante que Jesús vino a traer.

3.5: «Éste es el Hijo de Dios» (v.34)
Esta confesión solemne del Bautista cierra el pasaje. La misma confesión cerrará el evangelio en su primera conclusión, esta vez en labios de Juan Evangelista: «Estas señales han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Jn 20,31).
En las narraciones del bautismo del Señor, en los otros tres evangelistas, es el Padre el que proclama, desde el cielo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11)

4. ¿Qué dice el pasaje de hoy sobre Juan Bautista?

4.1:: «Yo no lo conocía» (vv.31.33)
Dos veces dice Juan que él no conocía a Jesús. Sabemos, por el evangelio de Lucas, que Juan era pariente de Jesús, pues María e Isabel eran primas. ¿Puede ser que no se hubieran visto a lo largo de su vida y en verdad no se conocieran o Juan habla de otro tipo de conocimiento?
Efectivamente, parece que es así: Juan está hablando de que no conocía la identidad profunda ni la misión de Jesús. Lo supo porque Dios, que lo envió a bautizar con agua, se lo reveló. Nadie puede reconocer a Jesús como Dios y Señor si no le es revelado de lo alto. Por eso la fe hay que pedirla. Es un don, no una imposición ni una conquista personal.

4.2: «He salido a bautizar con agua» (v.31)
El bautismo de Juan no quita el pecado del mundo ni comunica el Espíritu. Es como una figura o preanuncio del que había de venir. Es signo de la buena disposición a recibir el Reino. Pero no transforma. No recrea. No libera.

La liturgia de la Palabra para este domingo nos sitúa frente a la actitud de quienes son enviados por Dios para cumplir una misión. El Siervo de Dios ha de cargar sobre sí las consecuencias de las decisiones equivocadas de las gentes, abriendo la posibilidad de rehacer la vida.

La comunidad en Corinto viciada por tanto mal está llamada a vivir un nuevo estilo de vida, ordenada a la consagración a Dios de todo cuanto dice y hace.

Jesús de Nazaret carga sobre sí los pecados del mundo, orientando a las personas a seguir un estilo de vida de acuerdo a la voluntad de Dios, acompañados de su Palabra que no juzga ni condena sino que orienta para que se puedan tomar decisiones serias.

Dios estuvo atento a las decisiones de su pueblo y, aun en los equívocos mostró su misericordia enviando profetas que comunicaban su voluntad. En Jesucristo se hizo presente la Palabra de Dios, hablando y viviendo la voluntad de Dios, siendo el modelo de vida a la perfección. Hoy esta palabra sigue mostrándonos que vivir nuestra consagración de vida es de sacrificio, ofrenda permanente (Rom 12,1), como la de Jesús cordero inmolado, que entregó su vida por nosotros hasta el extremo. Aprendamos de él a vivir nuestra entrega por el bien de los demás.

El Bautismo del Señor

Domingo: Fiesta del Bautismo del Señor

La liturgia de este domingo nos va a poner ante la presentación «oficial» de Jesús en público. Su aparición ante los hombres y mujeres de su época para dar comienzo a los que tradicionalmente se ha llamado su «ministerio público». Pero, como punto de partida en esta cuestión, como es lógico y normal, lo primero será presentar al «protagonista»: ¿quién es Jesús? El evangelio de hoy nos dará una respuesta clara, una respuesta de fe, a esta pregunta: es el Hijo predilecto de Dios.
La memoria del bautismo de Jesús en el Jordán quiere responder a una serie de interrogantes que se planteó la comunidad primitiva y que se formulan también hoy. ¿Quién es Jesús? ¿En qué se funda la autoridad de su mensaje? Jesús es el siervo de Yahvé (1. lectura) que ha pasado haciendo el bien (2. lectura). El Mesías que viene a hacerse bautizar desconcierta a Juan, que esperaba un Mesías juez y un bautismo de fuego (3,11-12).

1. Lectura del Profeta Isaías 42,1-4. 6-7.

Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.

Tenemos aquí la primera de las cuatro piezas literarias que se conocen con el nombre de «cantos del siervo de Yahveh». Se trata de un ciclo de profecías en las que, avanzando progresivamente en hondura y extensión. Se describe la figura del discípulo verdadero de Yahveh que ha sido elegido para enseñar «el derecho» a las naciones, que ha sido fortalecido para aguantarlo todo con tal de cumplir su misión y que, después de expiar con su dolor los pecados del pueblo, será glorificado por Dios. La Iglesia ha visto en estos cantos la descripción profética de la pasión y muerte de Jesús; sin embargo, resulta exegéticamente imposible determinar quién sea el siervo de Yahvé. Probablemente se refiere a todo un grupo dentro de Israel. «Siervo» es aquí un título honorífico, no tiene que ver nada con la condición y el «Status» sociológico de los esclavos. Frecuentemente se llama «siervo» a personas físicas; por ejemplo, a Abraham, a Moisés, a David…, todos ellos son llamados en la Biblia «siervos de Yahveh». También se da este nombre a todo el pueblo de Israel.
Estas primeras palabras tienen el sentido de una designación; es decir, de una elección y de una presentación. Dios elige al Siervo y lo presenta a Israel y a las naciones. Esta designación difiere de la designación de los reyes y de la vocación de los profetas. En el caso de los reyes, Dios elige a un caudillo carismático y lo presenta al pueblo para que éste lo acepte y después sigue la proclamación real; en el caso de los profetas, la vocación acontece sin testigos. Dios elige al Siervo porque quiere, porque se complace en él, sin fijarse en las cualidades que tenga y sin justificar ante nadie su elección. Dios elige a su Siervo soberanamente, y lo presenta después a todo el mundo.
La misión del siervo de Yahveh es sentenciar justicia y llevar el derecho a las naciones. El siervo dará una nueva constitución a los pueblos y establecerá un orden nuevo en el que habite la justicia. Se piensa aquí especialmente en la sentencia que ha de resolver el pleito de Yahveh con todas las naciones y que pondrá en claro que Yahveh es el único Dios. La proclamación del nuevo orden no se hará según la costumbre de los reyes orientales que sancionaban las leyes antiguas y establecían otras nuevas tan pronto ascendían al trono, que las hacían pregonar por las calles y las plazas en todas sus ciudades. El Siervo de Yahveh actuará en silencio, sin el ruido y la pompa de los conquistadores de este mundo, que, como Ciro, conmueven toda la tierra para establecer el derecho de los más fuertes. Esta sentencia no será ejecutada violentamente contra los débiles, los vencidos y los que estén ya moribundos.
Aunque el Siervo de Yahveh es también una caña cascada, no se quebrará ni vacilarán sus rodillas hasta implantar la justicia. El será la fortaleza de todos los oprimidos. Como otro Moisés será mediador en la nueva alianza entre Dios y su pueblo. Como «luz de las naciones» llevará a todas partes el conocimiento de Dios. Su misión es universal. Por fin, se subraya el carácter liberador del Siervo de Yahveh.

2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 28,1a y 2. 3ac-4. 3b y 9b-10

 R/. El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, 
aclamad la gloria del nombre del Señor, 
postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas, 
el Señor sobre las aguas torrenciales. 
La voz del Señor es potente, 
la voz del Señor es magnífica.

El Dios de la gloria ha tronado. 
El Señor descorteza las selvas. 
En su templo, un grito unánime: ¡Gloria! 
El Señor se sienta por encima del aguacero, 
El señor se sienta como rey eterno.

3. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10,34-38.

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: —Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.
Pedro se encuentra en casa de Cornelio, comparte con él la misma mesa y le anuncia el Evangelio. Comprende que no debe distinguir ya entre alimentos puros e impuros, tampoco entre gentiles y judíos. Pero proclama la universalidad de la salvación que realiza Dios en Cristo. Todos los hombres son iguales ante la salvación de Dios.

Pedro confiesa abiertamente que ahora comprende lo que dicen las Escrituras, que Dios no hace distinciones (Dt, 10, 17; Rm 2, 11; Gal 2, 6) y que el Evangelio no puede detenerse ante las fronteras de ningún pueblo, raza o nación. La igualdad de los hombres ante Dios era comúnmente aceptada por los helenistas, esto es, por los cristianos procedentes de la gentilidad que habían sido mentalizados por la filosofía estoica. Sin embargo, para Pedro y los cristianos procedentes del judaísmo se trataba de un cambio radical en su concepción de la historia de salvación. Pero confiesa que el Evangelio es para todo el mundo, porque Jesús es el Señor de todos los hombres (Mt, 28, 18-20; Jn 1, 1ss; Fl 2, 5-11).

Después de esta introducción, Pedro pasa ahora a predicar el Evangelio de Jesucristo. La descripción que se hace aquí de la actividad pública de Jesús a partir del Jordán y comenzando en Galilea recuerda el Evangelio según San Marcos, que recoge precisamente la tradición de San Pedro. En atención a sus oyentes gentiles, Pedro destaca particularmente el poder de hacer milagros y la fuerza con la que Jesús libera a los oprimidos por el diablo. Jesús es el «ungido», es decir, el Cristo o Mesías. Sobre él descendió el Espíritu Santo y fue consagrado con toda la plenitud de Dios. Su dignidad mesiánica está inseparablemente unida a su misión salvadora.

Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, pasó por el mundo haciendo bien y curando a los oprimidos. Esta expresión sugiere el título de Salvador (Soter) y Benefactor (Euergetes), títulos que solían dar los antiguos a los soberanos después de su apoteosis. Claro que todos estos «salvadores y benefactores» no entendieron su autoridad como un servicio que se acercaba al menos al que prestó el Siervo de Yahveh. Los cristianos de la naciente Iglesia, confesando su fe en Cristo, el Señor, protestaban contra todo culto a los emperadores. Sólo Jesús vino a servir y no a ser servido, por eso Jesús es el Señor.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 3,13-17

En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: -Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Jesús le contestó: -Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.

El Mesías que viene a hacerse bautizar desconcierta a Juan, que esperaba un Mesías juez y un bautismo de fuego (3,11-12); en lugar de ello, ve venir hacia él a un hombre confundido entre la multitud. Así, Juan y Jesús representan dos concepciones mesiánicas. La afirmación me parece importante, y conviene documentarla con mayor cuidado. En el capítulo 3 se pueden distinguir tres unidades literarias, determinadas por la repetición de «entonces» (adverbio que Mateo usa con mucha frecuencia para relacionar las diversas escenas de un relato): 3,5.13.15.

En la primera unidad, el Bautista censura enérgicamente la religiosidad demasiado segura de sí, demasiado confiada en su patrimonio nacional, demasiado legalista. Juan invita a esta religiosidad a convertirse en profundidad. ¿Motivo? Va a sonar la hora del juicio, la hora en que el hacha está puesta en la raíz. Es el lenguaje de los profetas.

En la segunda unidad literaria (3,13-15a), al presentarse Jesús al bautismo como uno más de la multitud, desconcierta el proyecto mesiánico del Bautista. No es el juez, sino el siervo del Señor; se diría que más que el juicio le conviene la mansedumbre; aunque mejor podríamos hablar quizá de «solidaridad». El Mesías vive una profunda solidaridad con el pueblo judío; se muestra solidario con el momento penitencial que está llamado a vivir el pueblo, y todo ello por obedecer al plan de Dios.

La tercera unidad literaria (3,15b), brevísima, cuenta que el Bautista se sometió a Jesús. Así pues, ambos mesianismos se encontraron frente a frente, y el del Bautista (no así el de los fariseos y los saduceos) se abrió al proyecto de Jesús, lo aceptó y se sometió a él; un ejemplo de cómo hubiera debido comportarse todo el pueblo judío y, en mayor escala, de cómo debe conducirse cualquiera otra expectativa del hombre.

Ahora podemos entender mejor una afirmación ya expuesta: «cumplir toda justicia» significa someterse al plan de Dios revelado por las sagradas Escrituras, plan de Dios que se revela como proyecto de humildad y de solidaridad. En el gesto de Cristo, que se confunde con la muchedumbre de los pecadores, se contiene ya aquella lógica que le llevará a la cruz, a morir por los pecados del pueblo. No podemos pasar por alto el hecho de que las primeras palabras (3,15) de Jesús sean: «Conviene que se cumpla toda justicia». Estas breves palabras, las primeras de Jesús, definen su actitud profunda; ha venido a cumplir el plan de Dios, y no permite que nada le aparte de él. Su actitud profunda es la sumisión, la obediencia que se expresa como una lógica de humildad y de solidaridad con todo el pueblo pecador.

Mateo subraya luego que estas actitudes de Cristo, que definen la lógica de toda su existencia, suponen ciertamente una ruptura con las expectativas mesiánicas de su tiempo, pero no con el verdadero significado del AT. Ruptura con el judaísmo, pero no con lo que pretendían las Escrituras. La conversión a que son invitados el Bautista y todo el judaísmo es una vuelta a sus propios orígenes. El verdadero judío es el que se hace cristiano. -La Voz Celestial. Obviamente, no podemos reducir todo el significado del bautismo al diálogo que hemos examinado. Hemos de tomar en consideración otros elementos de gran importancia.
Para comprender el significado fundamental de la apertura de los cielos y del descenso del Espíritu, hay que referirse a Isaías 63,19: «¡Oh, si tú abrieses los cielos y bajases; ante tu rostro vacilarían los montes!» Se trata de un versículo que pertenece a un salmo (63,7-64,11), en el cual el que ora pide a Dios que vuelva a abrir el cielo, que se manifieste y descienda en medio del pueblo, a fin de llevar a cabo un nuevo éxodo y guiar otra vez al pueblo hacia la libertad. Tal es el significado de nuestro episodio; después de un largo silencio por parte de Dios y por parte de su Espíritu, ahora comienza el tiempo esperado, el tiempo de la salvación, en el cual Dios de nuevo se da a los hombres y vuelve a hablar. Mateo modifica, respecto a Marcos y Lucas, las palabras de la voz celestial; la proclamación no está en segunda, sino en tercera persona: «Este es mi hijo amado». No es una revelación dirigida a Jesús, sino una revelación sobre Jesús dirigida a los hombres. Con ello Mateo encuadra el episodio en una perspectiva eclesial, convirtiéndolo en una profesión de fe hoy. Invita a los lectores a reconocer en Jesús al Hijo de Dios.

Lee también:
El bautismo del Señor (C-2010)

Domingo 6 del TO – Ciclo C

Sexto domingo del tiempo ordinario. Ciclo C.

«Dichosos los pobres porque vuestro es el Reino de Dios»

1. Invocación al Espíritu

Espíritu Santo, Amor eterno del Padre y del Hijo, te adoro, te doy gracias, te amo y te pido perdón por las veces que te he ofendido en mi persona o en el prójimo. Espíritu de verdad, te consagro la mente, la imaginación, la memoria: ilumíname. Que conozca a Cristo Maestro y asimile su evangelio y la doctrina de la Iglesia. Acrecienta en mí el don de la sabiduría, de la ciencia, de la inteligencia y el consejo. Amén.

2. Lectura del Profeta Jeremías 17,5-8.

Así dice el Señor:

Maldito quien confía en el hombre,
y en la carne busca su fuerza,
apartando su corazón del Señor.

Será como un cardo en la estepa,
no verá llegar el bien;
habitará la aridez del desierto,
tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza:
será un árbol plantado junto al agua,
que junto a la corriente echa raíces;
cuando llegue el estío no lo sentirá,
su hoja estará verde;
en año de sequía no se inquieta,
no deja de dar fruto.

De forma sencilla como en el Sal 1 que es posterior, se hace aquí una contraposición entre los «dos caminos», el que siguen los justos y el de los impíos. Estos son unos necios que ponen su confianza sólo en los hombres y en la debilidad de la carne.

Sobre ellos recae la maldición de Dios, su vida es como la de un cardo en el desierto y en la tierra salobre. Pero bendice a los que ponen en él toda su confianza: son como árbol plantado junto al arroyo, que da fruto incluso en los años de sequía. En el salmo citado, se compara la vida del impío a la paja que se la lleva el viento.

El texto de Jeremías recoge la primera de cuatro máximas sapienciales del c. 17, todas ellas se refieren a la retribución con la que el Señor premia a los justos. Podemos ver aquí el peculiar concepto de verdad que tiene la Biblia y que difiere notablemente de la verdad abstracta o la que se dice sobre las cosas. Dios no es la verdad de una frase o una teoría verdadera, sino la verdad misma que existe. Nadie puede vivir de una frase, nadie puede fundar su vida en una verdad abstracta, tampoco puede amarla, ni tiene que morir por ella. En cambio uno puede apoyar su vida en un verdadero amigo, puede amarlo y hasta morir por él. Pero sobre todo puede fundarse en el Dios vivo, en el que no nos falla. Porque Dios es como un río para las raíces de un árbol, o como la roca para los fundamentos de una casa. Adherirse a Dios, a la verdad viva, es creer en él, confiar en él, amarlo sobre todas las cosas. Algo muy distinto a un conocimiento teórico.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 1,1-2. 3. 4 y 6

R/. Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos,
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón,
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así:
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

El salmo primero viene a ser como la introducción al entero libro de los salmos: Dios muestra al hombre los dos caminos que puede seguir en su vida y le exhorta a seguir el del bien, que lleva a la felicidad.

El salterio comienza con este salmo-introducción y termina con el salmo 150, salmo-alabanza, compilación de todas las respuestas del hombre a Dios, hecha de exultación y gratitud. El principio y el fin: como un resumen de la actitud de Dios y del hombre: Dios que habla y el hombre que escucha y obedece alabando al Creador.

La finalidad de este salmo sapiencial es, al decir de san Basilio, el animar al estudio de la Ley de Dios. La Ley no la hemos de entender aquí en un sentido jurídico: mandato, precepto, obligación; sino en el sentido que tiene la palabra hebrea «torá» que quiere decir enseñanza, instrucción, revelación: en una palabra, la revelación de Dios al hombre, toda la Escritura inspirada por Dios. Ley, sinónimo de Escritura, de Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Este salmo es una invitación al estudio de la Palabra de Dios contenida en la Biblia para dejarse guiar por ella, para dejarse estructurar por ella. Hoy, en medio de un mundo marcado por tantas corrientes de pensamiento desorientador y corrosivo, de tantas ideologías ateas o anticristianas, debilitado por un ambiente carente de valores cristianos, cómo agradecemos una voz que nos invite a profundizar en el estudio y en la práctica de la palabra de vida y de verdad de la Sagrada Escritura. Es lo que hace el salmo primero, mostrándonos el camino de la felicidad y de la plenitud humana.

«Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos…» La primera palabra con la que se abre el salmo es: «dichoso», «feliz». De la misma manera comenzará la nueva enseñanza de Cristo en el Sermón de la montaña: «dichosos», «felices» (Mt 5,3). Palabra que quiere sintetizar lo positivo, lo atractivo, lo profundamente humano del mensaje de Dios a los hombres. Es un grito de alegría, un llamamiento a la felicidad, ¿y qué otra cosa no desea nuestro corazón sino la felicidad? Nuestra religión es la religión del Dios con nosotros, del Dios para nosotros, que nos ama y busca nuestro bien. Pero, apenas leída la primera palabra optimista, nos encontramos con algo negativo y que puede desconcertar; pasa lo mismo que en las bienaventuranzas: empiezan con esta palabra positiva y sigue luego una lista de realidades a primera vista negativas: los pobres, los que lloran, los perseguidos, los hambrientos… El salmista es un buen pedagogo, sabe lo que hace, y por vía de contraste enumera primero lo negativo para exaltar más lo positivo de que hablará luego. Habla de tres aspectos negativos, tres momentos que indican progresivamente una adhesión siempre más grande al mal. Estos tres aspectos están representados por los verbos y los sujetos de estas frases: -seguir el consejo de los impíos: dejarse llevar, dejarse arrastrar por las insinuaciones del mal, moverse en la atmósfera del mal; -entrar por la senda de los pecadores: caminar por el mal, adentrarse en la maldad; -sentarse en la reunión de los cínicos: participar en la mentalidad perversa, hacerla propia.

Esta progresión eficaz en el movimiento hacia el mal la vemos también en la descripción de los personajes: -los impíos: los que no tienen ninguna relación con Dios, no creen en él ni se interesan por él; lo religioso les viene grande; -los pecadores: los que cometen el mal, los que no tienen para nada en cuenta la ley de Dios; -los cínicos: los que se burlan de todo, los eternos escépticos que todo lo ridiculizan y desprecian. Hoy diríamos que aquí están representados todos aquellos que se creen suficientes, que menosprecian los valores del espíritu, que pasan de todos ellos, que arrastran al mal y que pervierten. El camino es resbaladizo: quien se aventura por el camino del mal corre el riesgo de llegar hasta el fin, de pervertirse totalmente.

4. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15,12. 16-20

Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿Cómo es que decía alguno que los muertos no resucitan? Si lo muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo, se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

Texto polémico de Pablo sobre la resurrección de los muertos. Había quien la negaba. Y negar que los muertos resuciten significaba herir de muerte el corazón mismo de la predicación de Pablo. Pues ¿qué sentido podía tener entonces la proclamación de que Cristo ha resucitado de entre los muertos? «Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado» (v 13). La cosa era de vida o muerte. Por eso el Apóstol se juega todas las cartas. Para comprender su pensamiento habrá que tener en cuenta que, para Pablo, la situación que podemos llamar natural del hombre es de pecado y perdición. El hombre solo permanece inexorablemente perdido. Solo no se puede salvar. El único que lo puede salvar es el Cristo Jesús que Pablo predica. «Por eso si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es ilusoria y seguís en vuestros pecados. Y, por supuesto, también los cristianos difuntos han perecido» (17-18). Así, pues, el Apóstol les dice bien claro que si la esperanza que tienen en Cristo es sólo para esta vida, «son ciertamente los más desgraciados de los hombres» (19), es decir, unos ilusos.

En realidad, Pablo se encuentra desarmado, no pudiendo probar que Cristo ha resucitado. Con todo, hacia el final del texto no deja de insinuar y sugerir una razón seria, aunque tal vez sutil, a favor de la resurrección de Cristo y de los hombres. Sin la posibilidad de resucitar, es esta misma vida de aquí abajo la que resulta carente de sentido, sin razón, ininteligible. «Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos» (32). Es decir, sin la resurrección, la vida del hombre, tal como se vive, no ofrece razón ni sentido dignos de atención por el hecho de permanecer circunscrita únicamente al cumplimiento de funciones fisiológicas de comer y beber. Ahora bien: ¿sólo para esto estaremos en el mundo? Si así fuera, hay que reconocer que queda desposeído de cualquier valor aquello que hay de más alto y humano en el hombre: la mente, el pensamiento, la inteligencia. Y llega a ser absurdo que el hombre goce de estos dones si la única cosa «racional» que puede hacer no es otra que comer y beber. De esta forma, por tanto, el anuncio de la resurrección representa para Pablo simultáneamente la recuperación y defensa del hombre en la parte más noble y más humana de él mismo.

5. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 6,17. 20-26.

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. El, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: -Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. -Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. -Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. -Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo: porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.

Las bienaventuranzas de Lucas son más «críticas» más propias de un profeta que de un legislador que las de Mateo. Jesús las pronuncia «en medio» de la gente venida de todas partes, aunque «mirando» a los discípulos. Son también, además, unas bienaventuranzas con alternativa: las maldiciones. De este modo forman un texto absolutamente paralelo con la primera lectura y el salmo. Leyéndolas, vienen a la memoria las palabras de Simeón: «…éste está destinado a que muchos caigan o se levanten en Israel» (Lucas 2,34), y evocan la escena majestuosa de Mateo 25,31 ss. Se da una antítesis constante entre el «ahora» y el «día que vendrá»; esto introduce al sentido trascendente de la vida presente, en función de una esperanza que se apoya en el don de Dios. Veamos:

Lucas 6,20-23: Las cuatro bienaventuranzas

Lucas 6,20: ¡Dichosos vosotros los pobres! “Levantando los ojos sobre los discípulos”, Jesús declara: “¡Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios!” Esta primera bienaventuranza identifica la categoría social de los discípulos de Jesús. Ellos son ¡los pobres! Y Jesús les garantiza: “¡Vuestro es el Reino de los cielos!”. No es una promesa que mira al futuro. El verbo está en presente. ¡El Reino está ya en ellos! Aun siendo pobres, ellos son ya felices. El Reino no es un bien futuro. Existe ya en medio de los pobres. En el Evangelio de Mateo, Jesús explica el sentido y dice: “¡Dichosos los pobres en “el Espíritu!” (Mt 5,3). Son los pobres que tienen el Espíritu de Jesús. Porque hay pobres que tienen el espíritu y la mentalidad de los ricos. Los discípulos de Jesús son pobres y tienen la mentalidad de pobres. También ellos como Jesús, no quieren acumular, sino que asumen la pobreza y, como Jesús, luchan por una convivencia más justa, donde exista la fraternidad y el compartir de bienes, sin discriminación.

Lucas 6, 21: ¡Dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre, dichosos vosotros los que ahora lloráis! En la segunda y tercera bienaventuranza Jesús dice: “¡Dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados! ¡Dichosos vosotros los que ahora lloráis porque reiréis!” La primera parte de estas frases está en presente, la segunda en futuro. Lo que ahora vivamos y suframos no es definitivo. Lo que es definitivo será el Reino que estamos construyendo hoy con la fuerza del Espíritu de Jesús. Construir el reino supone sufrimiento y persecución, pero una cosa es cierta: el Reino llegará y “¡vosotros seréis saciados y reiréis!” El Reino es a la vez una realidad presente y futura. La segunda bienaventuranza evoca el cántico de María: “Colmó de bienes a los hambrientos” (Lc 1,53). La tercera evoca al profeta Ezequiel que habla de las personas que “suspiran y lloran por todas los abominaciones” realizadas en la ciudad de Jerusalén (Ez 9,4; cf Sl 119,136).

Lucas 6,23: ¡Dichosos vosotros, cuando los hombres os odien…! La cuarta bienaventuranza se refiere al futuro: “¡Dichosos vosotros cuando los hombres os odien y os metan en prisión por causa del Hijo del Hombre! Alegraos aquel día y gozaos porque grande será vuestra recompensa, porque así fueron tratados los profetas!”. Con estas palabras de Jesús, Lucas indica que el futuro anunciado por Jesús está por llegar. Y estas personas están en el buen camino.

Lucas 6,24-26: Las cuatro amenazas Después de las cuatro bienaventuranzas a favor de los pobres y marginados, siguen cuatro amenazas contra los ricos, los que están saciados, los que ríen, los que son alabados por todos. Las cuatro amenazas tienen la misma forma literaria que las cuatro bienaventuranzas. La primera está en presente. La segunda y la tercera tienen una parte en presente y otra en futuro. La cuarta se refiere totalmente al futuro. Estas cuatro amenazas se encuentran en el Evangelio de Lucas y no en el de Mateo. Lucas es más radical en denunciar la injusticia.

Lucas 6,24: ¡Ay de vosotros los ricos! Delante de Jesús, en aquella llanura, hay sólo gente pobre y enferma, venida de todos los lados (Lc 6,17-19). Pero delante de ellos Jesús dice: “¡Ay de vosotros los ricos!”. Al transmitir estas palabras de Jesús, Lucas está pensando en las comunidades de su tiempo, hacia fines del primer siglo. Había ricos y pobres, había discriminación contra los pobres por parte de los ricos, discriminación que marcaba también la estructura del Imperio Romano (cf. Snt 2,1-9; 5,1-6; Ap 3,15-17). Jesús critica duramente y directamente a los ricos: “¡Vosotros ricos, ya tenéis vuestro consuelo!” Es bueno recordar lo que Jesús dice en otro momento respecto a los ricos. No creen mucho en la conversión (Lc 18,24-25). Pero cuando los discípulos se asustan, Él dice que nada es imposible para Dios (Lc 18,26-27).

Lucas 6,25: ¡Ay de vosotros los que ahora reís! “Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque seréis afligidos y lloraréis!” Estas dos amenazas indican que para Jesús la pobreza no es una fatalidad, ni mucho menos el fruto de prejuicios, sino el fruto de un enriquecimiento injusto por parte de los otros. También aquí es bueno recordar las palabras del cántico de María: “Despidió a los ricos vacíos” (Lc 1,53)

Lucas 6,26: ¡Ay de vosotros cuando todos los hombres digan bien de vosotros! “¡Ay de vosotros cuando todos los hombres digan bien de vosotros, del mismo modo hacían sus padres con los falsos profetas!” Esta cuarta amenaza se refiere a los judíos, o sea, a los hijos de aquéllos que en el pasado elogiaban a los falsos profetas. Citando estas palabras de Jesús, Lucas piensa en algunos judíos convertidos de su tiempo que se servían de su prestigio y de su autoridad para criticar la apertura hacia los paganos. (cf Hch 15,1.5)

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo II del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Segundo domingo del tiempo ordinario ciclo C : «Haced lo que Él os diga»

1. Invocación al Espíritu

Entrando en un clima de encuentro con Dios, que nos conduce a la Palabra, nos confiamos a María, mujer enteramente abierta y dócil a la acción del Espíritu, y pedimos la gracia de poder situarnos ante Dios con sus mismas actitudes interiores. En sus manos ponemos todos los obstáculos que aún nos impiden dejar actuar libremente a Jesús en nosotros.

A ti, Espíritu de verdad, te consagro la mente, la imaginación, la memoria: ilumíname.

A ti, Espíritu santificador, te consagro mi voluntad: guíame según tus deseos.

A ti, Espíritu vivificador, te consagro mi corazón: guarda y acrecienta en mí la vida divina.

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El Bautismo del Señor

BAUTISMO DEL SEÑOR

Introducción

La fiesta del Bautismo del Señor enlaza con la Epifanía por su condición de celebración de la primera manifestación pública de Jesús, al comienzo de su ministerio. Hemos pasado, en la celebración de los misterios, de la infancia a la edad adulta de Jesús. La antífona de entrada (Mt 3,16-17) expresa bien el contenido celebrativo de esta solemnidad: «Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él. Y se oyó la voz del Padre que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto». Hay varios signos epifánicos: el abrirse el cielo, cerrado para la humanidad por su pecado, el posarse sobre Jesús el Espíritu en un gesto que recuerda la primera creación, ungiéndole como Mesías, y la voz del Padre manifestando que aquel hombre, aparentemente pecador, es su Hijo predilecto (prefacio). Esto mismo expresa la oración colecta: «Dios todopoderoso y eterno, que en el Bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo»… El Bautismo de Jesús es la revelación solemne, la epifanía esplendorosa de quién es aquel que lucha para que Juan le bautice.

Con esta fiesta se cierra el ciclo navideño de las manifestaciones de Dios en la carne, para dar paso al tiempo ordinario.

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Domingo 1 de Adviento – Ciclo C

I Domingo de Adviento

«Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación»

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Jesucristo Rey del Universo – Ciclo B

Domingo XXXIV del tiempo ordinario:

1. Oración:

Oh Cristo Jesús, te reconozco por Rey universal. Todo cuanto existe ha sido creado por ti. Ejerce sobre mí todos tus derechos. Renuevo mis promesas del bautismo, renunciando a Satanás, a sus seducciones y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia. Jesucristo, te ofrezco mis pobres acciones para obtener que todos los corazones reconozcan y vivan tu mensaje de paz, de justicia y de amor. Amén.
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