Domingo 6 del TO – Ciclo C

Sexto domingo del tiempo ordinario. Ciclo C.

«Dichosos los pobres porque vuestro es el Reino de Dios»

1. Invocación al Espíritu

Espíritu Santo, Amor eterno del Padre y del Hijo, te adoro, te doy gracias, te amo y te pido perdón por las veces que te he ofendido en mi persona o en el prójimo. Espíritu de verdad, te consagro la mente, la imaginación, la memoria: ilumíname. Que conozca a Cristo Maestro y asimile su evangelio y la doctrina de la Iglesia. Acrecienta en mí el don de la sabiduría, de la ciencia, de la inteligencia y el consejo. Amén.

2. Lectura del Profeta Jeremías 17,5-8.

Así dice el Señor:

Maldito quien confía en el hombre,
y en la carne busca su fuerza,
apartando su corazón del Señor.

Será como un cardo en la estepa,
no verá llegar el bien;
habitará la aridez del desierto,
tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza:
será un árbol plantado junto al agua,
que junto a la corriente echa raíces;
cuando llegue el estío no lo sentirá,
su hoja estará verde;
en año de sequía no se inquieta,
no deja de dar fruto.

De forma sencilla como en el Sal 1 que es posterior, se hace aquí una contraposición entre los «dos caminos», el que siguen los justos y el de los impíos. Estos son unos necios que ponen su confianza sólo en los hombres y en la debilidad de la carne.

Sobre ellos recae la maldición de Dios, su vida es como la de un cardo en el desierto y en la tierra salobre. Pero bendice a los que ponen en él toda su confianza: son como árbol plantado junto al arroyo, que da fruto incluso en los años de sequía. En el salmo citado, se compara la vida del impío a la paja que se la lleva el viento.

El texto de Jeremías recoge la primera de cuatro máximas sapienciales del c. 17, todas ellas se refieren a la retribución con la que el Señor premia a los justos. Podemos ver aquí el peculiar concepto de verdad que tiene la Biblia y que difiere notablemente de la verdad abstracta o la que se dice sobre las cosas. Dios no es la verdad de una frase o una teoría verdadera, sino la verdad misma que existe. Nadie puede vivir de una frase, nadie puede fundar su vida en una verdad abstracta, tampoco puede amarla, ni tiene que morir por ella. En cambio uno puede apoyar su vida en un verdadero amigo, puede amarlo y hasta morir por él. Pero sobre todo puede fundarse en el Dios vivo, en el que no nos falla. Porque Dios es como un río para las raíces de un árbol, o como la roca para los fundamentos de una casa. Adherirse a Dios, a la verdad viva, es creer en él, confiar en él, amarlo sobre todas las cosas. Algo muy distinto a un conocimiento teórico.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 1,1-2. 3. 4 y 6

R/. Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos,
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón,
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así:
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

El salmo primero viene a ser como la introducción al entero libro de los salmos: Dios muestra al hombre los dos caminos que puede seguir en su vida y le exhorta a seguir el del bien, que lleva a la felicidad.

El salterio comienza con este salmo-introducción y termina con el salmo 150, salmo-alabanza, compilación de todas las respuestas del hombre a Dios, hecha de exultación y gratitud. El principio y el fin: como un resumen de la actitud de Dios y del hombre: Dios que habla y el hombre que escucha y obedece alabando al Creador.

La finalidad de este salmo sapiencial es, al decir de san Basilio, el animar al estudio de la Ley de Dios. La Ley no la hemos de entender aquí en un sentido jurídico: mandato, precepto, obligación; sino en el sentido que tiene la palabra hebrea «torá» que quiere decir enseñanza, instrucción, revelación: en una palabra, la revelación de Dios al hombre, toda la Escritura inspirada por Dios. Ley, sinónimo de Escritura, de Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Este salmo es una invitación al estudio de la Palabra de Dios contenida en la Biblia para dejarse guiar por ella, para dejarse estructurar por ella. Hoy, en medio de un mundo marcado por tantas corrientes de pensamiento desorientador y corrosivo, de tantas ideologías ateas o anticristianas, debilitado por un ambiente carente de valores cristianos, cómo agradecemos una voz que nos invite a profundizar en el estudio y en la práctica de la palabra de vida y de verdad de la Sagrada Escritura. Es lo que hace el salmo primero, mostrándonos el camino de la felicidad y de la plenitud humana.

«Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos…» La primera palabra con la que se abre el salmo es: «dichoso», «feliz». De la misma manera comenzará la nueva enseñanza de Cristo en el Sermón de la montaña: «dichosos», «felices» (Mt 5,3). Palabra que quiere sintetizar lo positivo, lo atractivo, lo profundamente humano del mensaje de Dios a los hombres. Es un grito de alegría, un llamamiento a la felicidad, ¿y qué otra cosa no desea nuestro corazón sino la felicidad? Nuestra religión es la religión del Dios con nosotros, del Dios para nosotros, que nos ama y busca nuestro bien. Pero, apenas leída la primera palabra optimista, nos encontramos con algo negativo y que puede desconcertar; pasa lo mismo que en las bienaventuranzas: empiezan con esta palabra positiva y sigue luego una lista de realidades a primera vista negativas: los pobres, los que lloran, los perseguidos, los hambrientos… El salmista es un buen pedagogo, sabe lo que hace, y por vía de contraste enumera primero lo negativo para exaltar más lo positivo de que hablará luego. Habla de tres aspectos negativos, tres momentos que indican progresivamente una adhesión siempre más grande al mal. Estos tres aspectos están representados por los verbos y los sujetos de estas frases: -seguir el consejo de los impíos: dejarse llevar, dejarse arrastrar por las insinuaciones del mal, moverse en la atmósfera del mal; -entrar por la senda de los pecadores: caminar por el mal, adentrarse en la maldad; -sentarse en la reunión de los cínicos: participar en la mentalidad perversa, hacerla propia.

Esta progresión eficaz en el movimiento hacia el mal la vemos también en la descripción de los personajes: -los impíos: los que no tienen ninguna relación con Dios, no creen en él ni se interesan por él; lo religioso les viene grande; -los pecadores: los que cometen el mal, los que no tienen para nada en cuenta la ley de Dios; -los cínicos: los que se burlan de todo, los eternos escépticos que todo lo ridiculizan y desprecian. Hoy diríamos que aquí están representados todos aquellos que se creen suficientes, que menosprecian los valores del espíritu, que pasan de todos ellos, que arrastran al mal y que pervierten. El camino es resbaladizo: quien se aventura por el camino del mal corre el riesgo de llegar hasta el fin, de pervertirse totalmente.

4. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15,12. 16-20

Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿Cómo es que decía alguno que los muertos no resucitan? Si lo muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo, se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

Texto polémico de Pablo sobre la resurrección de los muertos. Había quien la negaba. Y negar que los muertos resuciten significaba herir de muerte el corazón mismo de la predicación de Pablo. Pues ¿qué sentido podía tener entonces la proclamación de que Cristo ha resucitado de entre los muertos? «Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado» (v 13). La cosa era de vida o muerte. Por eso el Apóstol se juega todas las cartas. Para comprender su pensamiento habrá que tener en cuenta que, para Pablo, la situación que podemos llamar natural del hombre es de pecado y perdición. El hombre solo permanece inexorablemente perdido. Solo no se puede salvar. El único que lo puede salvar es el Cristo Jesús que Pablo predica. «Por eso si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es ilusoria y seguís en vuestros pecados. Y, por supuesto, también los cristianos difuntos han perecido» (17-18). Así, pues, el Apóstol les dice bien claro que si la esperanza que tienen en Cristo es sólo para esta vida, «son ciertamente los más desgraciados de los hombres» (19), es decir, unos ilusos.

En realidad, Pablo se encuentra desarmado, no pudiendo probar que Cristo ha resucitado. Con todo, hacia el final del texto no deja de insinuar y sugerir una razón seria, aunque tal vez sutil, a favor de la resurrección de Cristo y de los hombres. Sin la posibilidad de resucitar, es esta misma vida de aquí abajo la que resulta carente de sentido, sin razón, ininteligible. «Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos» (32). Es decir, sin la resurrección, la vida del hombre, tal como se vive, no ofrece razón ni sentido dignos de atención por el hecho de permanecer circunscrita únicamente al cumplimiento de funciones fisiológicas de comer y beber. Ahora bien: ¿sólo para esto estaremos en el mundo? Si así fuera, hay que reconocer que queda desposeído de cualquier valor aquello que hay de más alto y humano en el hombre: la mente, el pensamiento, la inteligencia. Y llega a ser absurdo que el hombre goce de estos dones si la única cosa «racional» que puede hacer no es otra que comer y beber. De esta forma, por tanto, el anuncio de la resurrección representa para Pablo simultáneamente la recuperación y defensa del hombre en la parte más noble y más humana de él mismo.

5. Lectura del santo Evangelio según San Lucas 6,17. 20-26.

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. El, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: -Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. -Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. -Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. -Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo: porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.

Las bienaventuranzas de Lucas son más «críticas» más propias de un profeta que de un legislador que las de Mateo. Jesús las pronuncia «en medio» de la gente venida de todas partes, aunque «mirando» a los discípulos. Son también, además, unas bienaventuranzas con alternativa: las maldiciones. De este modo forman un texto absolutamente paralelo con la primera lectura y el salmo. Leyéndolas, vienen a la memoria las palabras de Simeón: «…éste está destinado a que muchos caigan o se levanten en Israel» (Lucas 2,34), y evocan la escena majestuosa de Mateo 25,31 ss. Se da una antítesis constante entre el «ahora» y el «día que vendrá»; esto introduce al sentido trascendente de la vida presente, en función de una esperanza que se apoya en el don de Dios. Veamos:

Lucas 6,20-23: Las cuatro bienaventuranzas

Lucas 6,20: ¡Dichosos vosotros los pobres! “Levantando los ojos sobre los discípulos”, Jesús declara: “¡Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios!” Esta primera bienaventuranza identifica la categoría social de los discípulos de Jesús. Ellos son ¡los pobres! Y Jesús les garantiza: “¡Vuestro es el Reino de los cielos!”. No es una promesa que mira al futuro. El verbo está en presente. ¡El Reino está ya en ellos! Aun siendo pobres, ellos son ya felices. El Reino no es un bien futuro. Existe ya en medio de los pobres. En el Evangelio de Mateo, Jesús explica el sentido y dice: “¡Dichosos los pobres en “el Espíritu!” (Mt 5,3). Son los pobres que tienen el Espíritu de Jesús. Porque hay pobres que tienen el espíritu y la mentalidad de los ricos. Los discípulos de Jesús son pobres y tienen la mentalidad de pobres. También ellos como Jesús, no quieren acumular, sino que asumen la pobreza y, como Jesús, luchan por una convivencia más justa, donde exista la fraternidad y el compartir de bienes, sin discriminación.

Lucas 6, 21: ¡Dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre, dichosos vosotros los que ahora lloráis! En la segunda y tercera bienaventuranza Jesús dice: “¡Dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados! ¡Dichosos vosotros los que ahora lloráis porque reiréis!” La primera parte de estas frases está en presente, la segunda en futuro. Lo que ahora vivamos y suframos no es definitivo. Lo que es definitivo será el Reino que estamos construyendo hoy con la fuerza del Espíritu de Jesús. Construir el reino supone sufrimiento y persecución, pero una cosa es cierta: el Reino llegará y “¡vosotros seréis saciados y reiréis!” El Reino es a la vez una realidad presente y futura. La segunda bienaventuranza evoca el cántico de María: “Colmó de bienes a los hambrientos” (Lc 1,53). La tercera evoca al profeta Ezequiel que habla de las personas que “suspiran y lloran por todas los abominaciones” realizadas en la ciudad de Jerusalén (Ez 9,4; cf Sl 119,136).

Lucas 6,23: ¡Dichosos vosotros, cuando los hombres os odien…! La cuarta bienaventuranza se refiere al futuro: “¡Dichosos vosotros cuando los hombres os odien y os metan en prisión por causa del Hijo del Hombre! Alegraos aquel día y gozaos porque grande será vuestra recompensa, porque así fueron tratados los profetas!”. Con estas palabras de Jesús, Lucas indica que el futuro anunciado por Jesús está por llegar. Y estas personas están en el buen camino.

Lucas 6,24-26: Las cuatro amenazas Después de las cuatro bienaventuranzas a favor de los pobres y marginados, siguen cuatro amenazas contra los ricos, los que están saciados, los que ríen, los que son alabados por todos. Las cuatro amenazas tienen la misma forma literaria que las cuatro bienaventuranzas. La primera está en presente. La segunda y la tercera tienen una parte en presente y otra en futuro. La cuarta se refiere totalmente al futuro. Estas cuatro amenazas se encuentran en el Evangelio de Lucas y no en el de Mateo. Lucas es más radical en denunciar la injusticia.

Lucas 6,24: ¡Ay de vosotros los ricos! Delante de Jesús, en aquella llanura, hay sólo gente pobre y enferma, venida de todos los lados (Lc 6,17-19). Pero delante de ellos Jesús dice: “¡Ay de vosotros los ricos!”. Al transmitir estas palabras de Jesús, Lucas está pensando en las comunidades de su tiempo, hacia fines del primer siglo. Había ricos y pobres, había discriminación contra los pobres por parte de los ricos, discriminación que marcaba también la estructura del Imperio Romano (cf. Snt 2,1-9; 5,1-6; Ap 3,15-17). Jesús critica duramente y directamente a los ricos: “¡Vosotros ricos, ya tenéis vuestro consuelo!” Es bueno recordar lo que Jesús dice en otro momento respecto a los ricos. No creen mucho en la conversión (Lc 18,24-25). Pero cuando los discípulos se asustan, Él dice que nada es imposible para Dios (Lc 18,26-27).

Lucas 6,25: ¡Ay de vosotros los que ahora reís! “Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque seréis afligidos y lloraréis!” Estas dos amenazas indican que para Jesús la pobreza no es una fatalidad, ni mucho menos el fruto de prejuicios, sino el fruto de un enriquecimiento injusto por parte de los otros. También aquí es bueno recordar las palabras del cántico de María: “Despidió a los ricos vacíos” (Lc 1,53)

Lucas 6,26: ¡Ay de vosotros cuando todos los hombres digan bien de vosotros! “¡Ay de vosotros cuando todos los hombres digan bien de vosotros, del mismo modo hacían sus padres con los falsos profetas!” Esta cuarta amenaza se refiere a los judíos, o sea, a los hijos de aquéllos que en el pasado elogiaban a los falsos profetas. Citando estas palabras de Jesús, Lucas piensa en algunos judíos convertidos de su tiempo que se servían de su prestigio y de su autoridad para criticar la apertura hacia los paganos. (cf Hch 15,1.5)

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo II del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Segundo domingo del tiempo ordinario ciclo C : «Haced lo que Él os diga»

1. Invocación al Espíritu

Entrando en un clima de encuentro con Dios, que nos conduce a la Palabra, nos confiamos a María, mujer enteramente abierta y dócil a la acción del Espíritu, y pedimos la gracia de poder situarnos ante Dios con sus mismas actitudes interiores. En sus manos ponemos todos los obstáculos que aún nos impiden dejar actuar libremente a Jesús en nosotros.

A ti, Espíritu de verdad, te consagro la mente, la imaginación, la memoria: ilumíname.

A ti, Espíritu santificador, te consagro mi voluntad: guíame según tus deseos.

A ti, Espíritu vivificador, te consagro mi corazón: guarda y acrecienta en mí la vida divina.

Seguir leyendo «Domingo II del Tiempo Ordinario – Ciclo C»

El Bautismo del Señor

BAUTISMO DEL SEÑOR

Introducción

La fiesta del Bautismo del Señor enlaza con la Epifanía por su condición de celebración de la primera manifestación pública de Jesús, al comienzo de su ministerio. Hemos pasado, en la celebración de los misterios, de la infancia a la edad adulta de Jesús. La antífona de entrada (Mt 3,16-17) expresa bien el contenido celebrativo de esta solemnidad: «Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él. Y se oyó la voz del Padre que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto». Hay varios signos epifánicos: el abrirse el cielo, cerrado para la humanidad por su pecado, el posarse sobre Jesús el Espíritu en un gesto que recuerda la primera creación, ungiéndole como Mesías, y la voz del Padre manifestando que aquel hombre, aparentemente pecador, es su Hijo predilecto (prefacio). Esto mismo expresa la oración colecta: «Dios todopoderoso y eterno, que en el Bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo»… El Bautismo de Jesús es la revelación solemne, la epifanía esplendorosa de quién es aquel que lucha para que Juan le bautice.

Con esta fiesta se cierra el ciclo navideño de las manifestaciones de Dios en la carne, para dar paso al tiempo ordinario.

Seguir leyendo «El Bautismo del Señor»

La Epifanía del Señor

Solemnidad de la Epifanía – Domingo entre el 2 y el 6 de Enero

La oración principal de la fiesta, oración atribuida a san Gregorio Magno, sugiere este último enfoque. Es una oración que enlaza tres ideas: la vocación de las naciones, la estrella como símbolo de fe y el premio de la fe, que es la visión de Dios cara a cara. Señor, tú que en este día revelaste a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria. Esta oración representa nuestra propia vida como un peregrinar, como una peregrinación de fe. Nosotros somos los magos. La fe es la estrella que nos guía. Belén es nuestra meta.
Seguir leyendo «La Epifanía del Señor»

Santa María Madre de Dios

Solemnidad de santa María madre de Dios – Octava de Navidad

El Año nuevo nos evoca el paso del tiempo, al que estamos sometidos y que nos arrastra irremediablemente; es un año de gracia, nos recuerda el misterio de la encarnación y la historicidad de nuestra fe. Que el año nuevo se celebre en el interior de las fiestas de Navidad es para los cristianos una invitación a vivir a lo largo de todo este lapso de 365 días que hoy comienza en compañía del Señor Jesús, en quien se nos manifiesta la benignidad de Dios.
Seguir leyendo «Santa María Madre de Dios»

La Sagrada Familia

Domingo después de Navidad – La Sagrada Familia

Navidad es un tiempo hogareño, familiar. Y esto tiene una importancia religiosa y psicológica: necesitamos volver a los orígenes, a las raíces, a la familia de cuando en cuando. En el plano espiritual hacemos esto en nuestras celebraciones litúrgicas, renovando nuestros «orígenes sagrados» cuando celebramos el nacimiento de nuestro Señor. La cueva, el pesebre…, allí comenzó todo. Pero el hogar fue el entorno en el que aprendimos la fe por primera vez. Para los judíos de otros tiempos era una obligación sagrada la de volver al hogar y a la familia. Toda la noción del Año Jubilar da testimonio de esto: «Cada uno de vosotros recobrará su propiedad, cada uno de vosotros se reintegrará a su clan» (Lev 25,10). De esta manera, la navidad es una especie de celebración de familia en el plano humano y en el espiritual.

Seguir leyendo «La Sagrada Familia»

25 de Diciembre – Navidad

Navidad. La Palabra acampó entre nosotros

1. Invocación al Espíritu

Espíritu Santo, Tú que eres el gran “precursor” de Jesús, tú que descendiste sobre María para cubrirla con el poder del Padre, ven, introdúcenos en la contemplación del misterio del nacimiento de Jesús. Ilumina nuestra mente, santifica y purifica nuestros corazones para que la Palabra ”acampe” hoy en nuestra vida, se haga carne en ella, y desde aquí, por tu acción, se irradie sobre el mundo.
Seguir leyendo «25 de Diciembre – Navidad»

Domingo 4 de Adviento – Ciclo C

IV Domingo de Adviento

Se acerca la fiesta de Navidad
«¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

1. Introducción:

El IV domingo de Adviento está penetrado por el deseo y la convicción de que la meta de la Navidad está a punto de ser alcanzada. Por eso en la oración poscomuni6n se pide que el pueblo cristiano «sienta el deseo de celebrar dignamente el nacimiento de tu Hijo al acercarse la fiesta de Navidad». Este deseo se convierte en súplica en la antífona de entrada (Is 45,8): «Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación». Esta salvación es la gracia del Emmanuel que la Iglesia pide en la oración colecta: «Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que hemos conocido por el anuncio del ángel (a María) la encarnación de tu Hijo»… El prefacio II proclama en este domingo: «El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza». La perspectiva de Navidad, ya cercana, marca los textos e invita a una preparación más intensa. Preparémonos orando para hacer lectura y meditación de la palabra de Dios que la Iglesia nos ofrece:
Seguir leyendo «Domingo 4 de Adviento – Ciclo C»

Domingo 3 del Tiempo de Adviento – Ciclo C

III domingo de adviento

EL DOMINGO DEL «ALEGRAOS»

«Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»

Invocación al Espíritu

Espíritu del Señor,
ven sobre nosotros,
transforma nuestro corazón
y toma posesión de él.
Quema nuestros miedos,
vence nuestras resistencias,
danos capacidad de ser justos
con nosotros mismos y con los demás,
para reconocer y aceptar en todo
las exigencias de la verdad.
Haz que no quedemos
prisioneros de la nostalgia
o de la añoranza del pasado,
sino que sepamos abrirnos,
con serena fortaleza,
a las sorpresas de Dios.
Danos la fidelidad
al humilde presente
en el que nos has colocado,
para redimir contigo y en ti
nuestro hoy
y hacer de él el hoy del Eterno.
Haznos vigilantes, confiados y prudentes
en llevar adelante el mañana
de la promesa
en la dificultad de las obras
y en la paciencia de los días
de nuestra vida.
Santificador del tiempo,
ayúdanos a hacer
de nuestro camino
el lugar del Adviento,
en el que se asome ya desde ahora,
en los gestos del amor
y en el rendimiento de la fe,
el alba del Reino
prometido y esperado en la esperanza.
¡Amén! ¡Aleluya!

(Bruno Forte)

Seguir leyendo «Domingo 3 del Tiempo de Adviento – Ciclo C»

Domingo 2 de Adviento – Ciclo C

2 domingo de adviento ciclo C

Juan Bautista el Precursor

Introducción

El Adviento es tiempo de conversión, tiempo de preparar los caminos y enderezar las sendas para que se acerque el advenimiento del Reino. Sólo Dios puede desenmascarar nuestro autoengaño y arrancarnos de nuestra mentira. Esa acción cauterizadora que Dios realiza en el hombre es el juicio, el juicio de Dios. El primer paso de la conversión es el sentirse juzgado por Dios. Lo que puede haber de decisión personal para cambiar, está movido por la acción previa de la iniciativa de Dios. Cuando se ha recibido el fuego de la acción juzgadora de Dios, entonces se recibe el Espíritu.

El juicio de Dios, que nos lleva a la conversión, es el inicio de nuestra justificación. Ahora bien, Dios no nos justifica moviéndonos a realizar actos meramente externos, rituales, sino a dar buenos frutos; es decir, nos impulsa a la multiplicación de nuestros talentos, a las acciones fecundas de donación y de entrega, a vivir en la justicia. Somos justificados si aceptamos el impulso de Dios a vivir en la justicia. La conversión es un cambio radical de mentalidad y de actitudes profundas, que luego se va manifestando en acciones nuevas, en una vida nueva. El Reino de Dios está cada vez más cerca. Nadie puede detenerlo. El juicio pende sobre nuestras cabezas, como el hacha sobre la raíz del árbol que va a ser cortado. De cada uno depende el que ese juicio dé paso a una conversión o a un endurecimiento irremediable.

En este segundo domingo de adviento, la Iglesia nos orienta hacia los pasos de la conversión, siguiendo el orden de lo que la iglesia recomienda nos preparamos para orar, leer, meditar, comprometernos con Dios que nos habla. Éste es un método antiquísimo en la Iglesia para orar la Palabra de Dios. El concilio Vaticano II lo recomendó afirmando: “El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran `la ciencia suprema de Jesucristo´ (Flp 3, 8), `pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo´…. Los fieles recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues `a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos los oráculos divinos” (Dei Verbum 25).
Seguir leyendo «Domingo 2 de Adviento – Ciclo C»